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¿Y cómo es que se nos han abierto los cielos?
Homilía en la fiesta del Bautismo del Señor


Por: P. Eugenio Martín Elío, LC | Fuente: Catholic.net



“Vamos corriendo también nosotros al Jordán para ver cómo Juan bautiza la cabeza inmaculada, no hecha por mano de hombre”. Es la invitación que hace la liturgia ortodoxa en la celebración solemne de hoy, bautismo del Señor, inauguración oficial de su ministerio público.

Cuando estudiamos en la teología el sacramento del bautismo siempre me cuestionaba que, si la gracia obtenida por este sacramento es el perdón de los pecados, no tenía mucho sentido poner como ejemplo el bautismo de Jesucristo, que fue semejante a nosotros en todo menos en el pecado. Y por eso dicen más bien los teólogos que así Jesucristo se humilló y santificó las aguas del bautismo, que es la materia de este sacramento. Pero la otra gracia o efecto principal que nos obtiene -en la que quisiera centrar mis reflexiones de esta homilía- es la de que nos abre las puertas de los cielos y nos hace hijos de Dios, convirtiéndonos así en herederos de la patria celestial.

El pasaje que hemos proclamado hoy del evangelio de Lucas, que también narran los otros sinópticos, es conocido por los estudiosos de la Biblia como una “visión interpretativa” o también una teofanía. Se trata de una manifestación grandiosa que nos presenta dos signos cargados de significado. El primero: la paloma, que es símbolo del Espíritu Santo, que cumple la profecía de Isaías sobre la efusión del Espíritu Santo en el Mesías: “Vendrá sobre él y se posará el Espíritu del Señor, espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de conocimiento y temor del Señor”. (Is 11, 2). En Cristo, el Ungido, se realiza esta consagración para su misión como Salvador y Revelador del Padre.

Y el otro símbolo que se nos presenta de la Trinidad es la voz del Padre, que se hace eco del Salmo 2,7: “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy”. Realiza la relación filial, como le prometió a Abraham que tendría una relación con él y sus descendientes (los Reyes y el Mesías judío) como la de un padre y un hijo. Pero éstos eran sólo hijos adoptivos, mientras que Cristo es el Unigénito.

La experiencia cristiana es un crecer continuo en nuestra condición de hijos, “de gloria en gloria” (Cfr Rom 1, 17; 2Cor 3, 18), que sucede gracias a nuestra participación en el misterio de su muerte y resurrección. Los bautizados reflejan la gloria del Señor. Como en un espejo, pero la diferencia es que el espejo refleja la luz que está fuera, mientras que los santos, los que se dejan transfigurar y transformar por la gracia del bautismo, la reflejan desde dentro, como las vidrieras de las catedrales que dejan pasar la luz.



Como leíamos en la primera lectura de estos días con el apóstol san Juan: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! (…) ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.” (1 Jn 2, 30-31). Como cristianos y bautizados estamos llamados a ser por gracia lo que Cristo es por naturaleza: hijos amados, hijos en el Hijo, invitados a entrar en el flujo de amor entre el Padre y el Hijo, que se da por toda la eternidad. Engendrados por el Espíritu Santo para vivir en esa comunión de amor.

¿Y cómo es que se nos han abierto los cielos? Porque en la muerte de Cristo se cumplió el verdadero bautismo. El corazón de Cristo fue traspasado después de la muerte de Jesús y antes de su resurrección, anunciado así la nueva vida con los signos del agua y la sangre que brotaron de su costado abierto. La efusión del agua y la sangre fue como una prelibación del don del Espíritu y un “romper la fuente” del nacimiento a la nueva vida en Cristo. La herida del corazón de Cristo fue como la apertura de los cielos. De hecho, hay una correspondencia exegética entre los pasajes de Mc 1, 10, en que se abren los cielos y se escucha la voz del Padre: “Apenas salió del agua, vio rasgarse los cielos…” y el texto de Mc 15, 38, cuando inmediatamente después de entregar el Espíritu, el evangelista señala: “El velo del tempo se rasgó en dos, de arriba abajo”. En ambos textos se usa el mismo verbo griego “sjitzoi”, que sugiere esa apertura de los cielos. Y añade Mc: “El centurión que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo: verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (15, 39).

El Señor nos permita, como le pedimos en la oración colecta, que con la efusión del Espíritu Santo podamos profundizar en nuestra condición de hijos adoptivos y perseverar en nuestra actitud filial. Termino con la última estrofa de una poesía que escribí hace unos años, inspirándome en la frase de san Ireneo:

Dos manos tiene mi Padre,
Con las que abraza mi cuerpo,
El Cristo y su Espíritu Santo,
Que de su amor son reflejo.









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