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Un camino discipular difícil pero bello y renovador
Cuantos han experimentado la presencia de Jesús en sus vidas no quieren separarse de Él.


Por: Mons. Jorge Carlos Patrón Wong | Fuente: Semanario Alégrate



Jesús iba desvelando de manera paulatina su verdadera identidad. Y, a partir de la respuesta de Pedro -como meditamos el domingo pasado-, toma la determinación de emprender el viaje a Jerusalén para darle plenitud a su misión mesiánica.

Precisamente el viaje a Jerusalén provoca el rechazo de los samaritanos para recibir a Jesús, lo cual muestra las diferencias irreconciliables entre ambos pueblos. Sin embargo, esta postura integrista de los samaritanos no se distingue mucho de la postura intransigente de Santiago y Juan que sugieren acabar con ellos. Actitud inconcebible para la construcción del reino, por lo que Jesús los reprende y continua su camino mesiánico, cuyo acento se pone en el amor, la libertad, la paz y la reconciliación.

La actitud de rechazo de parte de los samaritanos contrasta con la apertura y emoción que provoca la persona de Jesús, como se manifiesta en los casos de esos hombres que se acercan a Él para exponerle su deseo de seguirlo.

Prácticamente desde que Jesús toma esta decisión fundamental, así como desde el momento que nos decidimos a seguir al Señor se va palpando la complejidad de este camino.

Este viaje a Jerusalén, a través del cual seguimos a Jesús, no resulta para nada un paseo o una bella excursión, sino que es un itinerario de fe en el que nos vamos encontrando dificultades y resistencias para acoger la palabra de Dios.



Jesús tiene que enfrentar la incomprensión del contexto religioso de su tiempo e incluso la incomprensión de parte de sus mismos discípulos, que ya en otras ocasiones se habían opuesto a su mesianismo humilde.

Se trata, por tanto, de un camino en el que se va experimentando el rechazo y la disponibilidad, la cerrazón y la apertura, la esclavitud y la libertad que es propiamente la vocación a la que nos llama Cristo, como dice san Pablo a los Gálatas.

Por eso, desde el mismo momento del llamado Jesús presenta la bondad y al mismo tiempo la seriedad de su camino hablando con entera libertad ante las tres personas que lo abordan, haciéndonos ver también a nosotros cómo debemos comprender desde el principio la propia vocación.

El seguimiento de Jesús requiere una entrega total en la que es esencial estar dispuestos a cambiar de mentalidad y a renovar nuestra vida conforme al evangelio. Este criterio es necesario para entender las respuestas desconcertantes de Jesús.

La primera respuesta destaca que ser discípulo consiste en basar la confianza no en los propios recursos y capacidades, sino únicamente en la persona de Jesús: “Las zorras tienen madriguera y los pájaros nido, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”



En segundo lugar, ser discípulo consiste en tener la capacidad de superar las propias costumbres y esquemas personales para asumir el evangelio como criterio de vida: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve y anuncia el reino de Dios”.

Y, en tercer lugar, el discípulo está llamado a vivir la suprema libertad en la que Jesús vive, por lo que tiene que estar dispuesto incluso a perder sus propias ventajas y seguridades, cuando lo requiere el compromiso con el reino: “El que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el reino de Dios”.

Nos pueden parecer duras las respuestas de Jesús. Pero lo que intenta el Señor es que seamos engendrados a una vida nueva. Hay personas que sufren y se pierden en este mundo, por lo que tenemos que sentir la urgencia de esta misión.

Estar con Jesús es lo más hermoso que nos puede pasar en la vida. No importa que tengamos que subir al Calvario, después de haber estado en el Tabor, porque si Jesús está allí ese es el cielo para nosotros. Si vivimos todo esto agarrados de Jesús seremos engendrados a una vida nueva y experimentaremos una anticipación de lo que es el cielo.

Cuantos han experimentado la presencia de Jesús en sus vidas no quieren separarse de Él porque entienden que es el cielo en la tierra, el principio de vida nueva. Por eso, las personas del evangelio no le preguntan a Jesús a dónde va, sino que quieren seguirlo, estar con Él, para nunca más separarse del Señor.

Todos podemos recordar con emoción y gratitud nuestro propio llamado y sentir una vez más la firmeza de las enseñanzas de Jesús para basar nuestra respuesta en la confianza incondicional a su Palabra.







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