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Los diversos regímenes de la castidad
Bien entendida la castidad se lleva una vida llena de alegría y de paz.


Por: Mons. José Rafael Palma Capetillo | Fuente: Semanario Alégrate



Los afectos, emociones y sentimientos son influenciados por diversos factores, como las realidades afrontadas, las personas con que se trata y las reacciones de cada persona; por eso hay alegrías y tristezas, angustias y tranquilidades, simpatías y antipatías, exigencias y beneplácitos en las relaciones con los demás. Sin embargo, siempre será un signo de madurez humana, en cualquier etapa de la vida, si se vive en un estado de ánimo estable y con la convicción de no tomar decisiones importantes en momentos de “tempestad” o confusión, es decir, de grande dificultad o contrariedad, sino hasta que se recupere la calma y claridad.

La vida afectiva es un componente natural e importante de la vida del ser humano. Es necesaria para poder amar con todo el corazón y con todas las fuerzas, para sentir compasión por las gentes y para apasionarse en el anuncio del reino de Dios. ¡Qué sería de nosotros, si no tuviéramos un corazón capaz de amar! Los afectos no son malos en sí mismos, ni la vida afectiva es siempre negativa. No conviene buscar dónde hay afecto para cortarlo, sino de descubrir dónde hay desorden para integrarlo y purificarlo; hay afectos desordenados cuando no se usan las cosas para su correcto fin.

El “corazón indiviso” al que se refiere el Concilio Vaticano II, en cuanto a la opción sacerdotal y a la vida consagrada, significa un testimonio evidente y permanente de la vivencia del amor a Dios por encima de todo y de todos. En sentido amplio, todo seguidor de Cristo tiene que vivir sin divisiones, guiado siempre por el amor. En efecto, todo bautizado es llamado a la castidad. El cristiano se ha “revestido de Cristo” (Gal 3,27), modelo de toda castidad. Todos los fieles de Cristo son llamados a una vida casta según su estado de vida particular. En el momento de su bautismo, el cristiano se compromete a dirigir su afectividad en la castidad, es decir, en una auténtica fidelidad y transparencia de vida.

La castidad debe calificar a las personas según los diferentes estados de vida: A algunas, en la virginidad o en el celibato consagrado, manera eminente de dedicarse más fácilmente a Dios sólo con corazón indiviso; a otras, de la manera que determina para ellas la ley moral, según sean casadas o celibatarias. Las personas casadas son llamadas a vivir la castidad conyugal; las otras practican la castidad en la continencia ‘por el reino de los cielos’. Existen tres formas de la virtud de la castidad: Una de los esposos, otra de las viudas, la tercera de la virginidad. No alabamos a una con exclusión de las otras. En esto la disciplina de la Iglesia es rica (cf san Ambrosio, vid. 23).

Los novios están llamados a vivir la castidad en la continencia, mientras se casan. En esta prueba han de ver un descubrimiento del mutuo respeto, un aprendizaje de la fidelidad y de la esperanza de recibirse el uno y el otro de Dios. Reservarán para el tiempo del matrimonio las manifestaciones de ternura específicas del amor conyugal. Deben ayudarse mutuamente a crecer en la castidad.



Bien entendida la castidad se lleva una vida llena de alegría y de paz, de amor y de esperanza que Dios concede a quienes dan testimonio de gracia y de fidelidad. ¡Viva el amor fiel y casto, permanente y limpio, viva el amor!

(Texto basado en: Catecismo de la Iglesia Católica, 2348- 235; CONCILIO VATICANO II, Lumen gentium, 42; Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Persona humana, 11).







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