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Para andar con Dios por casa
Todo lo que va referido a Dios gana en la tierra y gana en el cielo.


Por: Paúl Herrera, L.C. | Fuente: Gama - Virtudes y Valores



Oficinas. Avenidas y tráfico. La universidad. El colegio del niño. La cola de 20 metros del automercado. Estos son algunos escenarios en que los años de nuestra vida van pasando.

Para muchos, factor de stress; para otros… también factor de stress. Frenético es el tópico que muchos usan para llamar a nuestra vida de hoy en día. Pero, ¿para qué cambiar la palabrita si es la verdad? Frenetismo desenfrenado, carrera contra el tiempo y diez pendientes en la cabeza que aún me quedan por resolver en este día. Así es nuestra vida: un eterno resolver de problemas.

El hecho curioso es que hay unas cuantas personas por ahí que se empeñan en decirnos que todos estos sitios (oficinas, avenidas y tráfico…) son muy aptos para conseguir toda la realización que nosotros queremos en nuestra vida. «¿Realizar mi vida en la cola del mercado? ¡Sí, claro!».

Qué lástima que las personas que proclaman esta verdad sean pocas. Hombres que han podido experimentar la belleza de su vida en la vida cotidiana también mientras esperaban que el semáforo cambiara a verde.

El truco es sencillo: Dios, el dador de todo bien, de toda paz, de toda felicidad, se encuentra en todas partes y tiene servicio de 24 horas. Aunque muchos ya no lo crean (y este puede ser el gran mal de nuestro tiempo) el hombre cuando encuentra a Dios en su vida se siente realmente a gusto. Dios y el hombre son compañeros inseparables, el uno para el otro.

El reto es encontrar a Dios y dejarse encontrar por Él en las situaciones de cada día. Aquí pueden servir algunos trucos.

El primero es conversar, charlar, hablar, platicar, dialogar, discutir, o como queramos llamarlo, con Dios. Todos estos sinónimos pretenden mostrar que eso de la oración con Dios no es muy diferente de lo que hacemos con las demás personas: exponerle nuestros puntos de vista como hacemos con nuestros compañeros de trabajo, contarle nuestros problemas como hacemos con nuestros mejores amigos, pedirle algún favor como hacemos con cualquier familiar, o simplemente disfrutar de su compañía sin palabras como hacemos con las personas que más amamos en el mundo.

En fin, es lo más sencillo que hay y se puede hacer en cualquier parte. Aunque claro, mientras más íntimo es el lugar (como en una capilla), más profundamente podemos hablar con Dios. No es nada del otro mundo, no hay que hacer un curso para ello (aunque los hay, y muy buenos). Llenará nuestro día de gozo el tener siempre a alguien de mucha confianza que nos escucha, nos responde y nos orienta.

Un segundo truco es acudir a Él y dedicarle actos del día. La conciencia personal no se siente igual cuando sabe que lo que hacemos lo hacemos por los demás. Los actos que tienen su principio y su fin en nosotros mismos son menos satisfactorios.

Un ejemplo claro es un padre o una madre de familia, capaz de hacer mil peripecias y hasta actos heroicos por sus hijos, los cuales no haría sin ellos. Cuando el fin de mi trabajo, de mis quehaceres, de mis carreras por aquí y por allá, son los demás, la visión de mi vida da un giro total. Y si en esa lista de personas por las que obramos diariamente metemos a Dios… rendiremos el doble y nos ganaremos al mejor aliado.

Esto nos lleva directamente al tercer truco: sentido de eternidad. Todo lo que va referido a Dios gana en la tierra y gana en el cielo. Esto es matar tres pájaros de un tiro: yo me encuentro en el trabajo; el jefe me da X encargo; y en vez de entrar inmediatamente en acción, añado un paso extra en el proceso: lo ofrezco primero a Dios por una intención que me interese, como puede ser mi familia. Entonces, en resumidas cuentas, el resultado es formidable. Hice lo que me pidió el jefe, además Dios me lo toma en cuenta para cuando llegue al cielo, y lo hice para que Dios ayudara a alguien al que quiero.

De este modo ya no es posible quedarse estresado en medio del tráfico. Sabemos cómo aprovechar cada momento de nuestro día para ser y hacer felices a los demás en compañía de Dios.

¡Vence el mal con el bien!





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