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La estrella de Michael J.
¿Hay algo estable, un ser que brille para siempre, una realidad viva que el poderoso y demoledor tiempo no pueda opacar, quizá una estrella eterna?


Por: Víctor Alejandro Ramírez, L.C. | Fuente: Virtudes y Valores



 

 

Es curioso pensar que todo lo que vemos en el cielo, desde la luna, hasta la más lejana constelación no es en realidad lo que vemos, pues cuando su luz nos llega, ya pertenecen al pasado. El sol que ahora vemos es como era hace ocho minutos, es decir, un sol del pasado. De la misma forma ocurre con las estrellas que observamos cada noche.

Las estrellas como los hombres, nacen, se desarrollan y mueren, se apagan y dejan de enviarnos su luz mientras empezamos a percibir la luz de otras que van naciendo. De igual manera sucede con la fama y la vida de los hombres. Sin darnos cuenta van dejando de brillar.

Decía Sófocles en su Edipo Rey: “Sólo para los dioses no hay vejez ni muerte jamás, todo lo demás lo destruye el omnipotente viento del tiempo”. Hace apenas algunos meses, todos los medios de comunicación anunciaban la noticia de la muerte de una gran estrella: Michael Jackson, la estrella del Pop.

Qué rápido pasa el tiempo, ya los medios no hacen referencia al gran artista que hizo bailar a tantos al ritmo de sus peculiares movimientos. Se dice que Jackson marcó una época, muchos crecieron con su música, con sus vídeos... y ahora ya no se habla más de él. Unos pocos días han sido suficientes para sustituirle en el escenario de la fama. Su historia personal se ha diluido como una gota en aquel vasto océano de personas, famosas y no famosas, que constituyen nuestra historia.

Así transcurren nuestros días, observamos cientos de luces que nos llegan del cielo hoy y que algún día se extinguirán. De forma análoga sucede con tantos personajes famosos de nuestros días. Hoy se nos presentan como grandes triunfadores, con miles de seguidores y en poco tiempo desaparecen del escenario público. Se van casi sin dejar rastro, dando paso a nuevas estrellas que deslumbrarán por algunos momentos a miles de personas.

En este vaivén de luces y estrellas que se contempla en el cielo de nuestra vida, podemos preguntarnos si hay algo estable, un ser que brille para siempre, una realidad viva que el poderoso y demoledor tiempo no pueda opacar, quizá una estrella eterna.

En la historia se pueden contemplar personas que han puesto su esperanza en lo inmediato, en las luces intermitentes de su momento presente, personas que al final de su vida han sentido el vacío y la duda existencial de quien se enfrenta a la muerte desde su condición humana temporal.

Sin embargo encontramos también personas que han decidido seguir a Dios, esa luz eterna, esa estrella perenne que cuanto más se mira más brilla. Personas que han sentido la satisfacción de saber que nada, ni el tiempo, ni la muerte pueden opacar aquello en lo que han creído y por lo que han vivido.

Shakespeare en palabras de MacBeth decía: “La vida es sólo una sombra que transcurre, un pobre actor que orgulloso consume su turno sobre el escenario para jamás volver a ser oído.” Ya no veremos más a Michael Jackson en el escenario, sólo unas cuántas fotos y videos nos recordarán que algún día, cada vez más lejano, llegó a ser una brillante estrella. En su lugar irán apareciendo nuevas estrellas, nuevos personajes de doy, que empiezan sin tardar a emitir su efímera luz. Basta cambiar de canal en la televisión para percibirlo.

Qué hermoso es saber que existe Dios, esa verdad absoluta en la cual anclar nuestro efímero paso por la historia. Alguien que nos permite trascender el tiempo sin los límites del sepulcro, de la inexorable niebla del olvido. Un ser eterno que no nos deslumbra sólo por un instante, como un castillo de fuego que en segundos se desvanece y se torna humo. Una estrella que no se apaga y que desea seguir siendo un punto de referencia en el turbio cielo de nuestra vida.

Ese Dios, eterno, inmutable, siempre presente y siempre brillante, continúa iluminando los pasos de quienes un día hemos podido salir del círculo vicioso del momento presente. Ese breve momento presente que se vende como algo eterno y que parece ocultar a los ojos de los hombres, la tenaz realidad de la fugacidad del hombre. Realidad que ha llamado la atención de muchos pensadores en la historia, llevándoles a unir su corta vida a algo que no se desvanece con el inevitable paso de los días.

 

 



 

 

 

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