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El secreto de la felicidad
La felicidad profunda del corazón no está en lo que tengamos o gocemos unos momentos de paz o unos días de descanso. Está en saber que alguien nos quiere, nos espera, nos rescata.


Por: P. Fernando Pascual, L.C. | Fuente: Gama - Virtudes y Valores



 

 

 

 

Con cierta frecuencia aparecen en la prensa o la televisión nuevos estudios en los que dicen desvelar el secreto de la felicidad, los ingredientes que hacen más hermosa la vida humana.

Esto no es algo nuevo. Desde la Antigüedad hasta nuestros días cientos de personas han dado consejos, escrito libros, redactado máximas, elaborado leyes y programas de desarrollo, planeado cambios de vivienda, de ciudad, de trabajo... para ayudar a los hombres a ser felices.

El hecho de que se ofrezcan tantos consejos y tantas ideas da a entender dos cosas: que nos gustaría que todos (o la mayoría) fuesen felices; y que no conocemos exactamente el camino para lograr esta meta tan ambiciosa, pues se han ofrecido tantas ideas que uno ya no sabe cuál sea la “verdadera”.

¿No conocemos realmente el camino hacia la felicidad? Podríamos pensar en esos momentos en los que hemos sido, de verdad, felices, profundamente felices.

Podemos recordar situaciones puntuales: aprobar un examen, beber un vaso de agua fresca después de un día de trabajo agotador, recibir el abrazo de un ser querido. Podemos traer a la memoria situaciones más prolongadas: unos días de vacaciones de verano, un trabajo que nos ha gustado de verdad, haber visto cómo un familiar enfermo se curaba, o que un hijo dejaba la droga y empezaba a tomar la vida entre sus manos.

Pero en los momentos más fugaces o en esos días o meses más largos, queda casi siempre un cierto temor, una inquietud, un tintineo interior que nos susurra: “todo puede cambiar en un momento, no has llegado a un jardín de eternas delicias”.

No se trata de ser fatalistas, sino de aceptar ese misterio de la vida que da mil vueltas cuando menos lo esperamos.

La historia (antigua y reciente) lo recuerda de tantos modos. Una guerra deja, en pocos días, miles de huérfanos y viudas. Bastan treinta segundos para que un terremoto cambie la vida de miles de familias. Incluso un pequeño virus “recogido” en el metro o en el avión es suficiente para que un hombre de negocios, un turista o un médico, y luego cientos de personas, contraigan una enfermedad desconocida y lleguen a las puertas de la muerte en el momento menos programado de la agenda...

En un mundo tan frágil, tan cambiante, ¿es posible ser felices, de verdad, profundamente?

Jesús nos enseña en el Evangelio a mirar los lirios del campo, a las aves del cielo, y a confiar. Es verdad que un animal no piensa en la felicidad, ni una planta disfruta ni sabe que puede disfrutar más. Pero cada uno de esos pequeños compañeros de camino vive con sencillez su presente. Nos enseña, sin palabras, que vale la pena vivir con un amor sencillo a un Dios que nos ha hecho hermanos y nos llama a su encuentro cuando este mundo deje paso al cielo en el que nos espera con afecto.

La felicidad profunda del corazón no está en lo que tengamos o gocemos unos momentos de paz o unos días de descanso. Está en saber que alguien nos quiere, nos espera, nos rescata. Está en recordar que si no falta comida a un cuervo que grazna tampoco Dios podrá olvidar a sus hijos hombres, aunque a veces, por nuestra culpa, falte el pan al hermano que vive a nuestro lado. Está en levantarnos una y mil veces para romper con ese pecado que nos engañó con una felicidad de espejismo, barata y, en el fondo, triste y vergonzosa. Está en perdonar, porque antes Dios nos quiso perdonar a nosotros, a pesar de todo, simplemente porque nos amaba.

No es tan difícil, por lo tanto, encontrar el secreto para ser felices. Basta con dejarnos amar y con amar sin medida, sin límites, como ama el Padre de los cielos.

Basta... Parecerá difícil, casi heroico, pero no podemos dejar de explorar ese camino que nos abrió Cristo en el Evangelio. La alegría que vemos en tantos santos es la seguridad de que sí se puede ser felices si empezamos a caminar con Dios a nuestro lado.



 

 

 

 

 



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