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El noveno mandamiento
Cada uno de los mandamientos representa una nueva luz para nuestra vida.


Por: Mons. José Rafael Palma Capetillo | Fuente: Semanario Alégrate



En el contexto de la tercera parte del Catecismo de la Iglesia Católica se presenta el tema de los pecados internos, que son aquellos cometidos únicamente con la imaginación y el corazón, aunque no siempre lleguen a actos externos. Entre estos pecados, se dan los llamados pensamientos y deseos “impuros”, y las codicias o ambiciones desordenadas.

La diferencia entre pecado y tentación en este plano de la imaginación y de los sentimientos, está en el consentimiento voluntario y pleno de tal idea o afecto desordenado. Vivir es estar sometidos a distintas pruebas o tentaciones, que deben ser motivo de purificación y fortaleza. No conviene a nadie jugar con la curiosidad insana ni caer en actitudes de morbosidad, que representan en sí un grave peligro a la castidad. La mente sana y el corazón puro son resultado del que encuentra siempre su fuerza en la oración, trata de tener su tiempo bien ocupado y desea en todo ser fiel al amor de Dios.

No codiciarás la casa de tu prójimo, ni codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo (Ex 20,17). El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón (Mt 5,28).

El apóstol Juan distingue tres especies de codicia o concupiscencia: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida (cf 1Jn 2,16). Siguiendo la tradición catequética católica, el noveno mandamiento proscribe la concupiscencia de la carne; el décimo prohíbe la codicia del bien ajeno.

En sentido etimológico, la “concupiscencia” puede designar toda forma vehemente de deseo humano. La teología cristiana le ha dado el sentido particular del movimiento del apetito sensible que contraría la obra de la razón humana. El apóstol Pablo la identifica a la lucha que la “carne” sostiene contra el “espíritu” (cf Gal 5,16-24; Ef 2,3). Procede de la desobediencia del primer pecado (Gn 3,11). Trastorna las facultades morales del ser humano y, sin ser una falta en sí misma, le inclina a cometer pecados.



En el individuo humano, porque es un ser compuesto de espíritu y cuerpo, existe cierta tensión, tiene lugar una lucha de tendencias entre el “espíritu” y la “carne”. Pero, en realidad, esta lucha pertenece a la herencia del pecado. Es una consecuencia de él, y al mismo tiempo una confirmación. Forma parte de la experiencia cotidiana del combate espiritual. Para el apóstol Pablo no se trata de discriminar o condenar el cuerpo, que con el alma espiritual constituye la naturaleza de la creatura humana y su subjetividad personal, sino que trata de las obras –mejor dicho, de las disposiciones estables–, virtudes y vicios, moralmente buenas o malas, que son fruto de sumisión (en el primer caso) o bien de resistencia (en el segundo caso) a la acción salvífica del Espíritu Santo. Por ello el apóstol escribe: “Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu” (Gál 5,25).

Cada uno de los mandamientos representa una nueva luz para nuestra vida y son la garantía del amor auténtico y fiel. Hagámosle caso al Señor que nos ha dejado la riqueza espiritual de sus mandamientos para conocerlos y seguirlos con alegría y prontitud.

Texto basado en: Catecismo de la Iglesia Católica, 2514-2516; JUAN PABLO II, Dominum et vivificantem, 55.







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