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Los fines ficticios y la búsqueda de la felicidad
Ponencia de la Lic. Patricia Elena Schell durante las Jornadas de Psicología a la luz de la Fe, en Buenos Aires 2009


Por: Lic. Patricia Elena Schell | Fuente: Jornadas de Psicología a la luz de la Fe, en Buenos Aires 2009



El bien del hombre tomado como totalidad acontece de un solo modo, porque es una y concreta su naturaleza y su fin. Este modo único se da por la concurrencia de todo aquello que pertenece a su perfección, incluso de lo malo que depende del bien para existir, de manera tal que todas las cosas finalmente coinciden en el bien, no sólo las buenas, sino también las malas.

Esa unidad que el bien produce en la vida del hombre está dada por su fin último, que orienta y da coherencia a toda ella, hecha de momentos y situaciones muy dispares en principio, pero guiadas siempre por la presencia más o menos explícita de ese fin. Ese fin no es otra cosa que la providencia divina que el hombre descubre a través de la fe y de su razón.

Este bien, por otro lado es fundamentalmente un bien interior, que tiene la estabilidad de la virtud, que es justamente una disposición permanente, que sólo posteriormente se expresa en obras exteriores buenas.

Sin embargo, aún cuando la persona conozca y desee explícitamente ese fin, no deja de verse asaltada en muchos momentos de su vida por la aparición, en algún sentido violenta, de fines ficticios que interrumpen o demoran la presencia activa y atrayente del fin último.

Estos fines ficticios tienen orígenes diversos: cierta inclinación natural mal orientada, una mala educación, vicios explícitamente cultivados, situaciones imprevistas o exigentes, etc.

Estas ficciones, como señala Alfred Adler, fundador de la psicología individual, tienen un poder hipnótico, es decir tienen un impulso propio que por no responder a la naturaleza humana engendran división.

Captar la relación que guardan estas tendencias diversas con el fin último de la vida humana, en el que se encuentra la perfección y salud del hombre, es clave para una recta comprensión de la personalidad y su configuración.

Es por ello que la presente exposición intentará mostrar por un lado cómo se realiza esta integración y como interpretan algunos representantes de la psicología contemporánea, la coexistencia de estas tendencias que en muchos casos se erigen como fines ficticios y que parecen contradecir la existencia de un único fin en la vida del hombre.

En efecto, la psicología contemporánea reduce la vida humana y su comprensión a una puja constante entre estos diversos impulsos, contrarios entre sí, sin considerar la preeminencia del verdadero fin de la vida, que se cuenta, para ellos en el mejor de los casos, entre una de las tantas tendencias que aparecen.

El hombre, para alguna de estas corrientes, siendo originariamente un ser identificado con su entorno, sea la naturaleza, el útero materno, la sociedad, etc., paulatinamente, por el ejercicio de su libertad, que supone siempre el pecado, va adquiriendo su individualidad. Esta individualidad es el resultado de la pugna de estas tendencias. Sin embargo el precio que tiene que pagar por ello, es el de la soledad, que en el mejor de los casos, debe ser canalizada creativamente, para no sucumbir en una forma de amor patológica que tienda a una unión simbiótica que espera reinsertarlo inútilmente en esa unidad originaria.

Entre aquellos que sostienen esta visión, podemos citar entre otros a Erich Fromm, autor norteamericano de la llamada escuela neo- freudiana.

“El hombre, cuanto más gana en libertad, en el sentido de emergencia de la primitiva unidad indistinta con los demás y la naturaleza, y cuanto más se transforma en «individuo», tanto más se ve en la disyuntiva de unirse al mundo en la espontaneidad del amor y del trabajo creador o bien de buscar alguna forma de seguridad que acuda a vínculos tales que destruirán su libertad y la integridad de su yo individual.”

En el relato del pecado original, aparecería claramente esbozada, según este autor, esta realidad: “Una imagen particularmente significativa de la relación fundamental entre el hombre y la libertad la ofrece el mito bíblico de la expulsión del hombre del paraíso. El mito identifica el comienzo de la historia humana con un acto de elección, pero acentúa singularmente el carácter pecaminoso de ese primer acto libre y el sufrimiento que éste origina. Hombre y mujer viven en el Jardín edémico en completa armonía entre sí y con la naturaleza. Hay paz y no existe la necesidad de trabajar; tampoco la de elegir entre alternativas; no hay libertad, ni tampoco pensamiento. Le está prohibido al hombre comer del árbol del conocimiento del bien y del mal: pero obra contra la orden divina, rompe y supera el estado de armonía con la naturaleza de la que forma parte sin trascenderla. Desde el punto de vista de la Iglesia, que representa a la autoridad, este hecho constituye fundamentalmente un pecado. Pero desde el punto de vista del hombre se trata del comienzo de la libertad humana. Obrar contra las órdenes de Dios significa liberarse de la coerción, emerger de la existencia inconciente de la vida prehumana para elevarse hacia el nivel humano. Obrar contra el mandamiento de la autoridad, cometer un pecado, es, en su aspecto positivo humano, el primer acto de libertad, es decir, el primer acto humano.”

La presencia, en principio de la armonía, es signo de falta de libertad. El uso de esta facultad supone, necesariamente la entrada del conflicto en la vida del hombre. Este es el precio que debe pagar para alcanzar su individualidad, la introducción en este juego de fuerzas opuestas.

De esta manera la orientación del carácter aparece fundamentalmente determinada por los impulsos dominantes dentro del movimiento dialéctico.
Es decir, la contraposición de tendencias contrarias es lo que engendra un movimiento que determina la configuración del carácter. Sin embargo este movimiento es constante, es decir no deviene en reposo, sino que es constante contrariedad.

Justamente estas posturas ven en el movimiento dialéctico, la clave de la comprensión de la conducta humana y del desarrollo de la cultura: “Cuanto más crece el niño, en la medida en que va cortando los vínculos primarios, tanto más tiende a buscar libertad e independencia. Pero el destino de tal búsqueda sólo puede ser comprendido plenamente si nos damos cuenta del carácter dialéctico del proceso de individuación creciente.”

Por otro lado la sociedad, que persigue fines diversos a los del individuo, aumenta el carácter dialéctico de la configuración de la personalidad, contribuyendo al aumento de la tensión interna.

Freud, por su parte y en relación a esto señalaba precisamente que el yo es un pobre vasallo que sirve a muchos amos: la realidad, sus propios impulsos y las exigencias de la conciencia moral.
Es por esto que esta dialéctica manifiesta algo positivo y algo negativo. Lo positivo es la tensión generada por el fin, lo negativo la inercia que impone el desorden. Ambos implican un impulso, una inclinación que hay que reconocer, uno hacia delante y otro hacia atrás.

La psicología contemporánea considera que los términos de la dialéctica son iguales, por eso este movimiento es constante e irremediable, no se puede salir.

“Fácilmente se ve que el yo es una parte del ello modificada por la influencia del mundo exterior, transmitido por el preconciente, o sea en cierto modo, una continuación de la diferenciación de las superficies. El yo se esfuerza en transmitir a su vez al ello dicha influencia del mundo exterior, y aspira a sustituir el principio del placer, que reina sin restricciones en el ello, por el principio de la realidad. La percepción es para el yo lo que para el ello el instinto. El yo representa lo que pudiéramos llamar la razón o la reflexión, opuestamente al ello, que contiene las pasiones. La importancia funcional del yo reside en el hecho de regir normalmente los accesos a la motilidad. Podemos, pues, compararlo, en su relación con el ello, al jinete que rige y refrena la fuerza de su cabalgadura, superior a la suya, con la diferencia de que el jinete lleva esto a cabo con sus propias energías, y el yo, con energías prestadas. Pero así como el jinete se ve obligado alguna vez a dejarse conducir a donde su cabalgadura quiere, también el yo se nos muestra forzado en ocasiones a transformar en acción la voluntad del ello, como si fuera la suya propia.”

Es decir, la tendencia más genuina del hombre, son sus impulsos, que pugnan por su satisfacción. El yo, ocupa el lugar de la negatividad por su función represora, a la que se suma la acción del super yo y de la sociedad. Por eso en realidad hay que decir que los términos dialécticos no son iguales, sino que el término negativo es el principal.

Si no existiera ese elemento represor, es decir negativo, no se daría el movimiento dialéctico del que surgiría la cultura: en términos universales, afirma Freud, nuestra cultura se edifica sobre la sofocación de las pulsiones.
Evidentemente esta sofocación deviene, casi inevitablemente en una frustración neurótica:

“Toda vez que persistiendo la rebelión contra el mundo real falle o no baste ese precioso talento (se refiere al talento artístico), será inevitable que la libido, siguiendo el rastro de las fantasías, arribe por el camino de la regresión a reanimar los deseos infantiles y así, a la neurosis. La neurosis, hace, en nuestro tiempo, las veces del convento al que solían retirarse antaño todas las personas desengañadas de la vida o que se sentían demasiado débiles para afrontarla.”

Sin embargo, como vemos, no es la neurosis el destino de todos los hombres. El movimiento dialéctico deviene en neurosis o en actividad creadora, que no es otra actividad más que la del superhombre nietzscheano.

Estos dos modos parecen corresponder a lo que Adler llamaba modo directo de la ficción y modo oblicuo:

“Y en el proceso de este trabajo su sensibilidad se va aguzando y afinando, aprende a ver cosas allí donde nadie ve nada, a oír lo que escapa al oído de los otros; se hace exageradamente precavido y adquiere el hábito de prever todas las consecuencias de un acto ya antes de emprenderlo, o de un infortunio antes de sufrirlo; se vuelve mezquino, ávido, avaricioso, procurando ensanchar en el tiempo y en el espacio los límites de su influencia y de su poder. Como resultado último de este trabajo, pierde la objetividad, la serenidad y la calma de espíritu, que sólo la salud psíquica y la actividad normal pueden procurar. Cada vez se hace más desconfiado de sí mismo y de los demás, y la envidia, la malignidad y las tendencias agresivas y crueles, con las cuales cree asegurarse la superioridad sobre el ambiente, van tomando un incremento cada vez mayor. O bien procura atraerse y conquistar a los demás afectando una obediencia exagerada, una sumisión y humildad extremas, que suelen degenerar en verdadero masoquismo. Pero estos dos tipos de actitudes, la acometedora y la acometida, la agresiva y la sumisiva, la terca y la obediente, así como la exaltada actividad o la pasividad afectada, constituyen simples variantes artificiosas que le son impuestas al neurótico por su finalidad ficticia: por su afán de poder, por su deseo de ‘estar arriba’ de los demás, de afirmar su virilidad.”

Para el psicoanálisis en cambio, es una actividad creadora, que nos recuerda a lo que Ellenberger llamó enfermedad creadora, tema al que nos referimos en otra exposición.
Esta actividad creadora es en el fondo un acto heroico, sólo reservado a espíritus elegidos. En ellos, lo moral aparece como el momento segundo. En el resto de los hombres, en cambio, debe llegarse, a partir de un proceso de introspección, a ese momento dialéctico: “Por lo demás…¿hay algún punto de vista más moral que la teoría de la vida sin trabas?¿Hay alguna concepción de la moral más heroica que esa? Por eso el heroico Nietzsche es su particular adepto. Ya por cobardía natural e innata decimos: «Dios me libre de una vida sin reservas», pensando que así somos particularmente morales; pero sin reparar en que entregarse a vivir la vida sin reservas resulta demasiado costoso, demasiado violento y peligroso y, en último término, harto indecoroso, idea que se relaciona en muchas gentes más con el gusto que con el imperativo categórico. El defecto imperdonable de la teoría de la vida intensa es su carácter demasiado heroico, demasiado ideológico. Por eso, donde mejor prospera es en los cerebros enfermizos. Acaso no haya, pues, sino que el inmoral acepte su corrección moral inconsciente, así como que el moral, entre en composición, cuanto le sea posible, con sus demonios subterráneos.”

Aquí se agrega entonces un cuarto elemento, lo diabólico. Es decir esa pugna interna que agita el psiquismo, no es sólo producto de una violencia que se puede entender al nivel de la naturaleza, sino que hay que reconocer el influjo preternatural. Si bien el texto citado muestra este influjo como algo positivo, no deja de ser interesante el recurso a la presencia diabólica para explicar la conflictiva neurótica.

Larchet, quien ha insistido sobre este aspecto fundándose en la doctrina de los Padres de la Iglesia, describe el influjo preternatural en la constitución de este movimiento interior:



“Este estado donde el hombre confunde el mal y el bien y toma el uno por el otro, puede ser considerado como un verdadero estado de delirio, lo que señala a su manera Atanasio: «Al ver que el placer era un bien para ella, el alma en su error, abusó del nombre del bien, y pensó que el placer era un bien absoluto y verdadero: igual que un hombre que, alcanzado por la demencia, reclamara una espada para golpear a los que encuentre y creyera que eso fuera la sabiduría» San Gregorio de Nisa repite muchas veces que el hombre es aquí víctima de una ilusión. Las cosas que son para nosotros ocasión de mal «desde el principio parecen deseables y son buscadas como consecuencia de un engaño». Escribe «el mal en sus profundidades tiene la muerte como una trampa escondida, pero por una trampa engañosa, la hace aparecer como una imagen del bien» -dice también- El diablo-explica- es el inspirador de esta ilusión: «Sucedió que la inteligencia, inducida al error en su deseo del bien verdadero, fue apartada hacia lo que no es: engañada por el promotor y consejero del vicio, se dejó persuadir de que el bien era lo opuesto del bien». Y presenta al Maligno como un encantador que el envuelve literalmente al hombre que consiente «haciendo brillar la gracia exterior de las apariencias y, como un charlatán, encanta nuestro gusto por algún placer de los sentidos».

Como podemos observar, la psicología contemporánea, sobre todo el psicoanálisis, describe una situación real, la del hombre cuando es considerado sin ningún agregado. En términos teológicos, el hombre herido por el pecado original. No por nada, aunque vean en el primer pecado un acto positivo, le dan tanta importancia a este hecho del principio de la humanidad.

Es que evidentemente, cuando se abandona la perspectiva del fin último, los medios, que se imponen como falsos fines, pugnan entre sí irremediablemente generando ese movimiento dialéctico, porque el mal, como dice Aristóteles, es de muchos modos, incluso, y sobre todo modos contrarios, justamente por la ausencia de racionalidad.

De esta manera la libertad, se identifica con la violencia, porque es libre aquel que se guía por el impulso dominante procedente de un estado interior perturbado o por lo menos incoherente. Y la exteriorización de ese impulso no tiene otro fin que el de la descarga.

Esta descarga como tiene su origen en un movimiento pasional desordenado, siempre tiene algo de arbitrario. Esto es así porque la afectividad sensible considerada aisladamente tiende siempre a un objeto particular , pues cuando no es orientada por la recta razón, que es la que considera el bien común, se inclina a su objeto sin considerar nada más. Por otro lado esto particular de suyo imprime un sentimiento más vehemente a la acción que produce una ligazón en la razón. Es decir impide o dificulta el recto uso de la inteligencia, lo cual se traduce en la falta de libertad interior, porque quien no puede pensar bien no puede ser verdaderamente dueño de sus actos.

Por otro lado como estas tendencias son numerosas, cuando la persona está librada a ellas no puede avanzar, porque no sólo pugnan entre ellas, sino además contrarían el juicio de la razón , produciendo algo que en realidad emula el movimiento pero que propiamente es inercia o atrofia. Por eso estas personas se sienten literalmente paralizadas, porque entran en la contradicción del mundo así como es. Es la ligazón que se produce en la razón la que genera el estancamiento, puesto que la inteligencia es la principal facultad, al encontrarse ésta oscurecida, se ofusca toda la persona.

Sin embargo, no debemos olvidar, que entre todo aquello que puede agitar interiormente a una persona, siempre está presente, aunque sea de manera oscura, el fin último, que conocido por la inteligencia, orienta y unifica toda la personalidad.

En efecto el verdadero movimiento es pasaje de la potencia al acto, es decir a algo más perfecto y este es el fin. Cuando se introduce la ficción, lo que sucede es que se frena el movimiento, la tendencia al fin. Ese detenerse es percibido como un cierto movimiento en realidad por la violencia de la detención.
El verdadero fin, por otro lado, mueve en una única dirección, hacia delante, y por eso, como afirmaban los medievales el que no avanza retrocede.

El movimiento dialéctico, en cambio no hace avanzar, sólo agita, por eso lo único que provoca es estancamiento y perturbación ya que los movimientos contrarios alteran e impiden el movimiento unidireccional propio de una personalidad bien integrada, cuyo actuar se caracteriza por ser pacificador y plenificador, aún en aquellos momentos en que tiene que obrar con vehemencia.

Por esta razón los que proponen la dialéctica como motor de la realidad psíquica, como es el caso de los autores arriba mencionados, en este caso no hacen más que eliminar por definición toda posibilidad de progreso, porque las tendencias contrarias se anulan mutuamente.

Evidentemente cuando miramos al hombre y al mundo, así como están, sin agregados, nos encontramos necesariamente con lo que podríamos llamar un movimiento paralizante, aunque la expresión sea contradictoria.

Sumado a esto están las inclinaciones de los otros, que también tienen sus propias ficciones, que no siempre coinciden entre sí, de manera que así considerada la situación la misma sociedad se vuelve también violenta.

En este sentido podemos decir que la ficción no se orienta necesariamente en una única dirección, como pensaba Adler, sino que dependiendo de las circunstancias y del temperamento, podemos encontrar cierta movilidad en la instalación del ideal ficticio de vida.

Esto responde al hecho de que en última instancia las afecciones psicológicas no guardan una lógica pura que se puede deducir racionalmente por el sentido que sustentan, sino que por el contrario, porque guardan cierta arbitrariedad resultan de alguna manera oscuras.
Esta oscuridad no debe identificarse con la profundidad en el sentido de más real, como pretenden ciertas corrientes de psicología que identifican profundidad con oscuridad negativa, es decir, irracionalidad.

De modo que este movimiento dialéctico o falso movimiento que se crea, no es más que la expresión de la debilidad de la naturaleza humana en la que luchan fuerzas contrarias, con el agregado del influjo preternatural.

La vida, ordinariamente, tiene muchas distracciones que ocultan este hecho radical, pero en ciertos momentos, o cuando las mismas circunstancias provocan esto, o sencillamente cuando uno decide profundizar en la vida personal, inmediatamente aparece esta división, que no es otra cosa que la presencia activa del fin que se impone.

La tentación más frecuente frente a esto es buscar una falsa paz. La paz perpetua de la que habla Kant. La paz del método. Es decir la paz de un silogismo que tenga coherencia en sí mismo pero que no tenga conexión con la verdad, y por lo tanto, con la realidad. Esto es una cierta moral formal , como cuando afirmamos que tenemos que tener valores para ser felices, pero el contenido de esos valores carece de valor. Este tipo de solución, basado en el ideal moderno de la tolerancia, después aplicado, a cada individuo particular, no hace más que ocultar el desorden interior o los impulsos que pugnan por salir, como diría Freud.

Por eso el pensamiento clásico ha insistido en que la perfección del hombre, su bien más propio se da en la posesión de un bien superior a lo humano que se realiza fundamentalmente en el interior de la persona. No es en este sentido un bien que dependa de los otros, sino que es un bien que asumiendo las inclinaciones humanas las ordena desde una perspectiva superior e interior.
Evidentemente la perspectiva clásica difiere de la mentalidad contemporánea no sólo en el contenido, sino también en el lenguaje con que se expresa, ya que términos como bien, fin, virtud, han desaparecido del vocabulario psicológico o permanecen como ejemplo de un pensamiento arcaico ya superado.

La única forma de salir del movimiento constante o de esta inercia es ubicándose en la firmeza del fin. El fin es la medida del movimiento. Este fin, que es el único verdadero bien del hombre, es el que engendra el único verdadero movimiento, que es el movimiento hacia la perfección.

Dios está por encima del movimiento porque es su medida, es la medida de todo tiempo y movimiento, es la causa del movimiento. Es aquello estable que mide el movimiento. Es nuestra paz. Cuando la voluntad, que siendo espiritual es una potencia infinita, logra mantenerse firme en este fin, se quiebra el movimiento por elevación y toda acción y movimiento engendra cada vez mayor estabilidad porque se integra paulatinamente toda la personalidad en torno al bien. Se integra incluso aquello, que tomado aisladamente parece patológico, ya sea porque desaparece o porque encuentra su verdadero lugar en el todo armónico.

Evidentemente esta integración es tarea de toda la vida, por ello no hay que considerar como definitivas ciertas manifestaciones disonantes en algún período determinado, puesto que mientras sea estable el movimiento de la voluntad, la orientación fundamental se mantiene y eso es lo que permitirá a la larga conectar los aspectos diversos o desordenados.
Se trata justamente de sacar todas las consecuencias prácticas del seguimiento del verdadero fin. Consecuencias que suponen en primer lugar un acuerdo, no de compromiso sino real entre el conocimiento y el apetito, es decir las tendencias afectivas. Todo lo cual implica un largo camino, ya que no vemos todo junto, sino que vamos percibiendo por partes. Partes que a la luz del fin adquieren coherencia.
Por supuesto que esto es fundamentalmente obra de la gracia, ya que como se ha dicho en numerosas oportunidades, la herida del pecado original que afecta fundamentalmente a la voluntad, sumado a los defectos personales, que como vimos engendran esta división interior, impiden que encontremos en la naturaleza humana, así como está, el remedio definitivo para nuestra salud.

Sin la gracia no se puede salir de esta situación porque son muchos y distintos los obstáculos que hay que superar. Como afirma Santo Tomás siguiendo a Aristóteles en las situaciones inesperadas, hasta que no se adquiere esta perfección, se obra según el fin preconcebido, es decir, según la ficción: “Lo mismo que en apetito inferior no sometido plenamente a la razón es inevitable que surjan de vez en cuando movimientos desarreglados, así también tienen que aparecer movimientos desordenados en la razón natural que se encuentra en estado de insubordinación a Dios. Porque cuando el hombre no tiene su corazón de tal manera fijo en Dios que ni por conseguir provecho ni por evitar daño consienta en apartarse de Él, le salen al encuentro multitud de cosas que, por alcanzarlas o por regirlas, le inducen a apartarse de Dios por la infracción de sus mandatos, y así cae en el pecado mortal. Sobre todo, porque cuando tiene que actuar de improviso, el hombre obra de acuerdo con fines prefijados y con hábitos previamente adquiridos, según observa el Filósofo en III Ethic. Mediante la premeditación puede, sin duda, eludir en alguno de sus actos el condicionamiento de los fines preconcebidos y de las inclinaciones habituales. Pero, como no puede mantenerse siempre en estado de premeditación, es imposible que permanezca mucho tiempo sin obrar a impulsos de la voluntad insubordinada a Dios, a no ser que sea prontamente reintegrada por la gracia a su debida subordinación.”

Por eso ese mantenerse firme en esta vida no es otra cosa que la participación en el misterio de la pasión y muerte de Cristo, que no debe verse, como hace Freud, como el momento dialéctico por excelencia, sino justamente como aquel momento en que se quiebra la dialéctica. Por eso, nadie puede evitar la cruz, huir de ella es la principal ficción.

La tarea del psicólogo aparece entonces como la de aquel que secunda esa obra interior. Es la de aquel que ayuda a avanzar en un camino que tiene que ser de clarificación, no de mayor confusión, como el que generan todos aquellos que entienden la psicoterapia como un adentrarse en la dialéctica negativa. La tarea del psicólogo es la de un buen consejero. Del mal consejero, nos advierte san Buenaventura, debemos apartarnos:

“Más es preciso advertir que no nos basta escoger un buen consejero, si no procuramos además apartarnos del malo con diligente solicitud, según aquello que está escrito en los libros santos: Del mal consejero guarda tu alma (Ecles. 37, 9), y lo que se dice en otro lugar del mismo libro: El espíritu de un mal consejo perturba la inteligencia. Y ¿quién es este espíritu? El que convierte en nada las cosas grandes; las buenas las hace malas, y las ciertas, dudosas. Y ¿cómo perturba la inteligencia? Para responder a esta pregunta diremos que es propio de nuestra inteligencia hacer que el discurso de dudoso pase a ser cierto; por lo cual, siempre que alguno nos infunde alguna duda, contribuye de un modo cierto a perturbar el acto propio de la inteligencia.”

Pidamos, entonces el don de consejo para discernir y apartarnos de aquellos movimientos perturbadores, que nos desfiguran la grandeza del fin al que estamos llamados.

Si tienes alguna duda, escribe a nuestros Consultores

 









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