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El cantante desconocido
Dios es un cantante desconocido. Basta que le dediquemos parte de nuestro tiempo para disfrutarlo.


Por: Gustavo Velázquez, L.C. | Fuente: Virtudes y Valores



 

 

Karla vive aprisionada en la música: es su máxima pasión. La semana pasada, una de sus amigas le pasó las canciones de su cantante favorito. Ella las escuchó y le han gustado todas, ¡todas! Ha durado días enteros escuchándolas y algunas noches también. Se ha vuelto su máxima admiradora y quisiera poder llamarse “su fan” por excelencia.

En el mundo, abundan los cantantes desconocidos: unos, por mala suerte, y otros, por ser presa del tiempo. Pero, al fin y al cabo, unos y otros terminan siendo víctimas de los nuevos grupos. A veces no porque sean mejores, sino porque suenan diferente.

A este segundo tipo de cantantes, pertenece un “famoso” grupo, formado mucho tiempo atrás. Consta de tres jóvenes integrantes, que cantan a las 24 horas… ¡sin parar! Dominan cualquier instrumento y gozan de una voz privilegiada. Su dinamismo y genialidad se han hecho legendarios. Sus canciones se inspiran en el hombre: en su creación, redención y santificación.

Sin embargo, lo que nos resta de Ellos no es más que un mito. Esto es para reflexionar: “¿Por qué un grupo tan fogoso cayó en el más rotundo olvido?”. Puede que los grupos de moda hayan tenido su parte en semejante exterminio, pero ni siquiera ellos son capaces de borrar algo tan grandioso de forma instantánea.

Y, no obstante, muchos hemos dejado de escuchar a Dios. ¿Por qué? Por ignorancia, porque vivimos demasiado atareados como para pensar en Él. Todo hombre experimenta una sed espantosa de Dios, pero no sabe cómo saciarla. Sin embargo, otros lo han logrado.

Nos bastaría con admirar la creación. Porque al cantante se le conoce por sus canciones, y a Dios, por su creación. Cuando contemplamos la naturaleza -lo que hay en nuestro mundo y fuera de él-, admiramos la perfección del Hacedor. Todo nos habla de Él, así como el orden nos habla de un “Ordenador”. Y aunque el cosmos no es su voz -sino su música de fondo-, exalta con descaro su grandeza.

Pero ¿qué sería de la música sin una voz cantante? Sin duda alguna, perdería gran parte de su valor. Porque el lenguaje de las palabras es más claro y preciso que el de los sonidos. Además, los versos de Dios contienen un mensaje tan profundo, que son literalmente un camino de vida. Su letra la plasmó en la Biblia, para quien quiera apropiársela. Pues Él no impone: propone.

Y cabría preguntarse: “Si estamos tan cerca de sus obras y palabras, ¿qué nos separa de Dios?”. Nada. Los cantantes, por más cercanos que se quieran mostrar, se mantienen alejados por una barrera. Sólo podemos alcanzarlos con la vista, sea a unos metros del escenario o mediante la televisión. Nos parecen inaccesibles; pero Dios no es así. Más bien, Él se aficionó por nosotros de tal manera, que se bajó de su escenario, y se nos presentó en la Eucaristía. Nada le importó humillarse con tal de disfrutar nuestra compañía.

Dios es un cantante desconocido. Basta que le dediquemos parte de nuestro tiempo para disfrutarlo. La naturaleza nos habla de Él. La Biblia nos muestra su mente, y la Eucaristía, su corazón. Él ha sido siempre nuestro fan, aunque nosotros no lo seamos de Él.

 

 



 

 

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