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Carlitos, ¿ya estás cansado?
Sí: hay ocasiones en las que nos gustaría tener un “Carlitos” para huir de esas reuniones (o de algunas páginas de Internet muy concurridas) en las que el centro de animación gira en torno a murmuraciones, a chismes, a veces a calumnias más o menos disimu


Por: Fernando Pascual, L.C. | Fuente: Virtudes y Valores



 

 

Carmen tenía 5 hijos. Con cierta frecuencia iba a reunirse con varias señoras amigas. Y llevaba consigo a uno de los hijos más pequeños, Carlitos.

Las reuniones permitían hablar un poco de todo: de lo humano y de lo divino, de lo importante y de lo baladí, de la costura y del tiempo, de la política y de las guerras.

Era fácil que una u otra empezase a hablar de personas conocidas, a veces de alguna de las señoras del mismo grupo de amigas que ese día estaba ausente. Y era también fácil que al hablar de esas personas conocidas surgieran comentarios no muy positivos: que si hace esto, que si su esposo lo otro, que si alguien la vio una tarde con otro señor, que...

Cuando la conversación tomaba ese aire que lleva tan fácilmente hacia la murmuración y hacia esos chismes que tienen, por desgracia, tanto éxito a la hora de amenizar un encuentro de amigos, Carmen miraba a su hijo pequeño y decía: “Carlitos, ¿estás cansado? Nos vamos a casa”.

Entonces Carmen se levantaba, se despedía de las demás señoras y se iba. Una señora que tenía más confianza con Carmen, un día le dijo: “¡Ay, Carmen! ¡Cómo me gustaría tener un Carlitos para no seguir en ciertas conversaciones!”

Sí: hay ocasiones en las que nos gustaría tener un “Carlitos” para huir de esas reuniones (o de algunas páginas de Internet muy concurridas) en las que el centro de animación gira en torno a murmuraciones, a chismes, a veces a calumnias más o menos disimuladas. Nos gustaría tener una excusa sencilla y educada para dejar el grupo y dar a entender que no estamos de acuerdo con esa terrible costumbre de apuñalar a otros por la espalda.

Pero no siempre hay un Carlitos a nuestro lado, y a veces hemos de reconocer con pena que nos gusta escuchar conversaciones en las que se llega a desplumar al prójimo, si es que no somos nosotros mismos quienes lanzamos la primera piedra y empezamos a la serie de murmuraciones sobre un conocido ausente.

Por eso, es hermoso encontrarnos con señoras como Carmen. Con valor y sencillez dan a entender que algo está mal en ciertos ambientes, y que llega la hora de salir para respirar un aire sano y limpio. De este modo, nos enseñan a mirar al cielo, para apreciar nubes o estrellas que brillan en la noche, y para reconocer que Dios es bueno y que ama a todos. También a esos familiares, amigos o conocidos que tienen derecho a la buena fama.

Con o sin Carlitos, si somos fuertes y amantes de la justicia, también nosotros tendremos fuerzas para dejar reuniones y grupos que se ahogan en sembrar venenos, y dedicaremos ese gran don de nuestro tiempo a lo constructivo, a lo noble y a lo bueno.

 

 



 

 

 

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