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Te andan buscando
Glorifiquemos a Dios con nuestras obras.


Por: Mons. Jorge Carlos Patrón Wong | Fuente: Semanario Alégrate



Jesucristo vive jornadas intensas dedicadas a la gente, predicando la palabra y curando a los enfermos, a quienes atiende incluso después de que se pone el sol, como dice el evangelio. Pero por muy agotadores que sean sus días, volcado de lleno a atender a las personas, no puede faltarle el alimento de la oración.

La oración es vital para Jesús y espera esos momentos para estar en la presencia del Padre del cielo. De esta forma, la oración y el silencio completan su ministerio y lo impulsan para continuar su misión, haciendo el bien a tantas personas necesitadas de Dios.

Contemplando la vida de Jesús descubrimos que la oración afianza nuestra identidad como hijos de Dios y nos hace experimentarnos amados y abrazados por el Padre del cielo. La oración no es un lujo en la vida espiritual, ni un recurso para momentos especiales, sino que es nuestra misma condición de hijos de Dios, porque los hijos necesitan hablar con sus padres y saberse amados de manera especial.

La fe cristiana nos hace madurar en esta conciencia: somos hijos de Dios. Como hijos necesitamos el abrazo y el calor del padre; necesitamos sentirnos protegidos. Recurrimos, por tanto, a quien sabemos no nos va a rechazar, pues se alegra con nuestra presencia.

Además de afianzar esta identidad, la fe cristiana nos va llevando a sentir a Jesús como nuestro amigo, como alguien muy cercano a nosotros. Por eso, podemos platicar con él más allá de nuestras necesidades personales porque disfrutamos estar con él, porque su presencia llena nuestra vida.



Al llegar a una experiencia como ésta, nuestras necesidades personales pasan a un segundo término porque al ser sus discípulos y experimentarlo como amigo, vamos reproduciendo los mismos sentimientos de Jesús, de tal manera que nuestro corazón comienza a ser cada vez más como el corazón de Dios.

En ese ambiente de confianza, y compartiendo su misma causa, llegamos a la presencia de Jesús para decirle, como le dijeron los apóstoles: “Señor te andan buscando”.

Un signo de madurez en la vida cristiana es llegar a reconocer que nosotros no somos los únicos que sufrimos y tenemos necesidades, por lo que aprovechamos la intimidad y la confianza con Jesús para decirle: “Te andan buscando”.

Muchos enfermos, Señor, como la suegra de Simón, te andan buscando; muchas personas buenas, como el justo Job, te andan buscando; las personas que han sido víctimas de la violencia y la inseguridad, te andan buscando; los jóvenes que se sienten solos y son seducidos por los criterios de este mundo, te andan buscando; las familias que están en crisis, te andan buscando; los enfermos y tantas personas, te andan buscando.

Muchos ponen en segundo plano las necesidades personales para decirle a Jesús: “Todos te andan buscando”: mira cómo sufren, cómo no pueden salir adelante, cómo aquellos hermanos están desmotivados e indefensos ante las situaciones desgarradoras que han vivido.



En nuestra vida como discípulos misioneros de Cristo llegamos a sorprendernos al escuchar su respuesta. No le decimos a Jesús “Te andan buscando”, en un tono de reclamo, como si estuviera desaparecido, como si se hubiera olvidado de la humanidad. Se lo decimos compartiendo su amor por las personas.

Por eso, el Señor nos responde: “Vamos a los pueblos cercanos para predicar también allá el Evangelio, pues para eso he venido”. Vamos a los pueblos, a las ciudades, con las personas, con las familias, con los jóvenes, con los ancianos, que para eso he venido.

Jesús tiene una respuesta a las peticiones que le presentamos en nuestros momentos de oración: “Vamos para allá”. A ejemplo de nuestro Señor Jesucristo, San Pablo llega a decir: “Hermanos: No tengo por qué presumir de predicar el Evangelio, puesto que ésa es mi obligación. ¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio!”. Nos toca llevar a Jesús, como los apóstoles lo llevaron con la suegra de Simón. Nos toca llevarlo a muchos lugares como San Pablo, hacerlo presente en la vida de las personas para que recobren la esperanza y sientan la cercanía de Dios.

Además de compartir al Señor nuestras penas y preocupaciones, no dejemos de aprovechar la cercanía que tenemos con él para decirle que hay muchas personas que lo andan buscando. A la hora de responder, el Señor Jesús nos toma la palabra y nos dice: “vamos”, es decir, nos permite ir con él.

A partir de esta respuesta de Jesús, que revela todo su amor por los demás, preparémonos para celebrar el próximo domingo la Jornada Mundial del enfermo, en el marco litúrgico de la fiesta de la Virgen de Lourdes.

Que la solicitud y misericordia del Señor por los enfermos nos motiven para vivir esta Jornada y para afianzar las obras de misericordia, así como para fortalecer las estructuras pastorales de nuestra Iglesia a fin de atender solícitamente a los enfermos.

Glorifiquemos a Dios con nuestras obras, especialmente acompañando y asistiendo a los enfermos y que podamos decir como Santa Bernardita: “Mi única ambición es ver a la Virgen Santísima glorificada y amada”.







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