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X Domingo Ordinario. Creemos y por eso hablamos
Meditación al Evangelio 9 de junio de 2024 (audio)


Por: Mons. Enrique Díaz | Fuente: Catholic.net



¿Cómo era Jesús en su vida diaria y en sus relaciones con sus amigos? Lo describe el pasaje de este día.  Jesús baja de la montaña donde había estado en una profunda oración y cercanía con Dios, y entra en una casa. ¿Dos lugares distintos? Sí, pero muy relacionados. Desde la experiencia de Dios su Padre, Jesús pasa a la intimidad que ofrece la pequeñez y estrechez de una casa. Ahí es donde predica y vive el evangelio, ahí es donde se inicia con la expulsión de los demonios de la mentira y de la injusticia, ahí es donde se puede vivir plenamente la comunidad. Nuestras casas ahora, la mayoría pequeñitas, también tendrían que ser expresión de amor de Dios, escuelas de honradez y de justicia. También tendrían que compartir Buena Nueva, escuchar y mitigar necesidades. ¡Qué frías son a veces nuestras casas! No son acogedoras, se siente el frío de la indiferencia, el frío de la ausencia de tiempo y de disposición. ¡Cómo duele un desprecio de las personas que amamos y están más cercanas a nosotros! ¡Cómo les duele a ellas también nuestras ingratitudes e indiferencias! Jesús entra en una casa y la transforma, y hoy le pedimos que entre en nuestras casas y las transforme en hogares de amor, de comprensión y de armonía.

 

El segundo verso de este pasaje nos parecería desconcertante a primera vista: sus parientes se deslindan de Él y lo llaman loco. Pero si lo pensamos bien veremos que tendrían sus razones y que en la actualidad sucede lo mismo. Llaman a Jesús loco porque ofrece y promete un mundo de amor. Afirman que no es posible y quieren quitarlo de en medio. Lo llaman loco porque ofrece el perdón y dice que es el único modo de superar la violencia. Lo llaman loco porque exige el verdadero amor que es fiel, constante y para siempre. Lo llaman loco porque prefiere a los pobres, mientras los grandes los miran con desprecio, los consideran un retraso y los rechazan. Lo llaman loco porque vive y predica un evangelio donde todos somos importantes, donde todos valemos lo mismo, donde todos somos hijos de Dios. Y al llamarlo loco, se apartan de Él y justifican su rechazo para no seguirlo y poder continuar un camino de egoísmo, de materialismo y de injusticia. ¿Y nosotros lo dejamos entrar en nuestra casa? ¿O nosotros también lo llamamos loco y nos apartamos de Él?

 

Para los escribas, sabios y entendidos, Jesús se convierte en un grave problema:  cuestiona sus enseñanzas, socava su autoridad y da un nuevo espíritu a la ley. El mejor camino para desprestigiarlo es la difamación y la duda. Igual que los modernos candidatos, asumen la máxima: “difama, difama, que al final la duda queda”. Actúan de la misma manera que la serpiente que ha hecho caer a Adán y a Eva a base de mentiras. Pero con Jesús la ocurrencia no resulta tan feliz pues lo acusan de estar endemoniado cuando precisamente expulsa a los demonios de sus pobres víctimas. La acusación, aunque inconsistente, es grave pues debía ser castigada con la lapidación. Pero contra los hechos no valen los argumentos pues los demonios son sometidos a “Aquel que es más fuerte”. Velada e implícita queda la respuesta: son ellos los que se ven sometidos al poder del demonio: el demonio del poder, el demonio de la envidia, el del orgullo y la ambición. Al estar sometidos no son capaces de descubrir al verdadero Mesías y no aceptan ser liberados quedando atados a sus propios demonios. ¿Cuáles demonios atan nuestro corazón y nos impiden descubrir a Jesús como el verdadero libertador? 



 

San Marcos cierra esta escena con una imagen paradigmática: mientras los que se creían con derechos de familia, con lazos de carne y sangre, van quedando de lado; los sentados en torno al Maestro, sencillos y ávidos de su Palabra, son reconocidos como su verdadera familia. “El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” será la sentencia que abre los horizontes de la nueva familia. Esos que han abierto el corazón a su Palabra y, quizás dando tumbos y trastabillando por sus debilidades, siguen con entusiasmo y alegría sus pasos. Aquellos que olvidando las seguridades y la cordura de las riquezas y posesiones, se dejan contagiar de la locura de fraternidad y servicio de los que ha dado ejemplo. Los que rompen las rejas y las fronteras para estrechar las manos de todos los pueblos y de todas las razas que ha hermanado con su Sangre el Cordero. Sí, la nueva familia de Jesús está sustentada en el amor y la entrega. Y no es ningún desconocimiento a María, su madre, pues ella ha sido ejemplo atrevido y revolucionario de ese amor.

 

Nos deja San Marcos todavía una espinita clavada muy dentro: “El que blasfeme contra el Espíritu Santo nunca tendrá perdón”. ¿Cómo entender esta condena sobre todo ahora que el Papa Francisco nos ha develado constantemente el amor misericordioso del Padre? No es limitación del amor Paterno y tampoco de la eficacia de la fuerza del Espíritu. Blasfemar contra el Espíritu es renegar de la gran liberación que Jesús anuncia en nombre de su Padre; es rechazar la verdad con los ojos abiertos; es llamar luz a las tinieblas y tinieblas a la luz; es difamar al portador del Espíritu acusándolo de endemoniado. Es no dejarse amar por Dios aunque estemos viviendo sumergidos en su bondad.

 



Acerquémonos a Jesús. Escuchemos sus palabras. Definamos nuestra postura. Es cierto que parece locura su obsesión de amar sin medida; pero su locura es locura de amor que abre inmensos horizontes a una nueva humanidad abrazada en el amor infinito e incondicional del Padre. Dejémonos amar, contagiar de esa locura. Vivamos con Jesús su locura de amor.

 

Padre Dios, Padre Bueno, que has encomendado a tu Hijo la manifestación de tu infinito amor, contágianos y sostennos en esta locura de amor que construye la nueva familia, sin límites, sin fronteras, sin condiciones. Amén.







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