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Riesgos teológicos de la clonación humana
Dios no se comprometió a crear almas para las clonaciones humanas


Por: Paulino Quevedo | Fuente: catholic.net



Se anunció el nacimiento del primer ser humano clonado. ¿Progreso, aventura, miedo? No suelen mencionarse los puntos de vista filosóficos y teológicos.

Preartículo (algo breve)

El 26 de diciembre de 2002, que acaba de pasar, a las 11:55 (tiempo de Florida, E.U.) nació por cesárea ―fuera de E. U. y sin decir dónde― el primer ser humano clonado, una niñita a quien llamaron Eva; todo según la declaración a una rueda de prensa organizada en Orlando, de Brigitte Boisselier, directora científica de Clonaid y “obispo” del Movimiento Raeliano, cuyos miembros piensan que la vida sobre la Tierra fue creada por científicos extraterrestres. El hecho ha sido puesto en duda por los expertos a nivel mundial, quienes piden las debidas pruebas.

Según lo anunciado, Eva es una niña clonada de una mujer de nacionalidad norteamericana, de 31 años, que no podía tener hijos con su marido. Clonaid posteriormente anunció que el día de ayer, 3 de enero de 2003, nació en Holanda el segundo bebé clonado, que se esperan tres más para finales de enero y que tiene una lista de dos mil personas para clonar.

El 28 de diciembre, apenas dos días después del nacimiento de Eva, el director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, Joaquín Navarro-Valls, declaraba lo siguiente: “El anuncio, sin ningún elemento de prueba, ha provocado ya el escepticismo y la condena moral de gran parte de la comunidad científica internacional”.

Un anuncio como el mencionado, está dando lugar a que se incrementen las discusiones sobre los aspectos morales y científicos de la clonación humana, y también sobre sus posibles peligros y perspectivas médicas. La realidad es que no sabemos cómo resultarán ser los niños clonados; ni siquiera sabemos si serán verdaderos seres humanos. La Filosofía y la Teología pueden arrojar luz sobre toda esta problemática y ayudarnos a comprender los riesgos que se pueden presentar.

Cuerpo del artículo

Como en muchos otros aspectos de nuestra vida moderna, pero sobre todo en lo referente a la clonación humana, pensamos y actuamos como si Dios no existiera. Indudablemente los aspectos morales son muy importantes y, sin dejarlos de lado, en este artículo voy a cargar las tintas en los aspectos ontológicos, que se refieren al ser mismo de las cosas, a la realidad misma. ¿Serán auténticos seres humanos los niños clonados? La verdad es que no lo sabemos, y que no lo sabremos hasta que el comportamiento de esos niños nos permita averiguarlo con seguridad.

Los investigadores que trabajan en el campo de la clonación humana centran su atención en todo lo científico, biológico, genético, tecnológico, etcétera. Sin embargo, parecen no darse cuenta, o no quieren darse cuenta ―no hay peor ciego que el que no quiere ver―, de que el éxito de la clonación humana depende principalmente de una libre decisión divina. En efecto, Dios crea libremente el alma de cada ser humano que es concebido. Surge entonces la pregunta: ¿querrá crearla, libremente, también en los casos de clonación?

La pregunta anterior es de suma importancia si aceptamos que los hombres tenemos alma, es decir, una realidad espiritual que nos constituye en personas, con dignidad y derechos, que nos permite conocer intelectualmente, amar, obrar libremente y que también nos hace sujetos de moralidad. El alma humana es una realidad espiritual, distinta de la materia, que no recibimos por herencia, sino que es creada por Dios en el instante mismo de la concepción.

Mucho se ha discutido sobre el tiempo en que Dios crea el alma humana. Algunos, como Santo Tomás de Aquino y muchos más, han opinado que la crea cierto tiempo después de la concepción. Otros, en cambio, sostienen que la crea en el instante mismo de la concepción. Ésta última es la enseñanza actual del Magisterio de la Iglesia, en la que se funda la insistente petición del Papa de que se respete la vida humana desde el momento de su concepción hasta el de su muerte natural.

Sin embargo, y con el debido respeto a todos, el asunto está revelado en la Sagrada Escritura: “En pecado me concibió mi madre” (Salmos 51, 7). Con toda claridad lo dice la versión oficial actual de la Biblia, la Nova Vulgata: “in peccato concepit me mater mea”. Si, pues, se nos imputa pecado al momento de ser concebidos, es porque en ese momento ya somos personas, es decir, porque en ese momento Dios crea nuestras almas.

El compromiso divino

El plan de Dios fue que los hombres se multiplicaran como fruto del amor conyugal de sus padres. Y por tanto, tal como se desprende de los textos del Génesis, Dios se comprometió con la humanidad a crear un alma para cada concepción humana. Aquí tenemos los textos:

Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó macho y hembra; y los bendijo Dios diciéndoles: “Procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados y sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra” (Génesis 1, 27-28).

Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre; y se adherirá a su mujer; y vendrán a ser los dos una sola carne (Génesis 2, 24).

La multiplicación del género humano sería imposible si Dios no creara un alma para cada concepción humana, para cada procreación; de donde se deriva que, junto a la misión de procrear y multiplicarse dada al hombre y a la mujer, Dios se comprometió a crear un alma para cada concepción humana. Y de hecho Dios respeta su compromiso incluso en las concepciones logradas contra las leyes morales.

Lo que debemos notar aquí ―de suma importancia― es que Dios no se comprometió a crear almas para las clonaciones humanas. Ante las clonaciones humanas, Dios bien puede reaccionar mediante su libre decisión de no crear las almas humanas correspondientes. Por tanto, en cada clonación humana nos encontramos ante dos importantes y principales alternativas: Dios puede decidir crear el alma humana, o puede decidir no crearla. Todos los otros aspectos anteriormente mencionados, científicos, genéticos, etcétera, son completamente secundarios.

Aunque resulta difícil, procuraré idear un ejemplo. Supongamos que un joven asiste muy temprano a ciertas prácticas deportivas, por lo que debe dormirse temprano y, al despertarse, tiene que salir deprisa de su casa, antes de que se despierten los demás, y también antes de tener apetito. Por tal motivo su madre, que tiene otro horario, desde la noche anterior le deja preparado su desayuno en una fiambrera, para que se lo lleve a sus prácticas deportivas.

Todo funciona bien hasta que, un día, el joven le informa a su madre que ya no se llevará su desayuno en la fiambrera, sino en el precioso portafolio de piel de su abuelo paterno, recientemente muerto. Obviamente, la madre podrá decidir no usar el fino portafolio de su querido padre, que acaba de morir, como portaviandas para el desayuno de su hijo. En tal caso, aunque el hijo busque y encuentre el portafolio, pruebe sus llaves, lo limpie y cumplimente todos los demás tecnicismos, al abrirlo a media mañana podrá encontrarse con la sorpresa de que esté vacío. Del mismo modo, ante una clonación humana, bien podremos encontrarnos ante la sorpresa de que el clon esté vacío, de que no tenga alma.

Este joven tomaba su fiambrera cada mañana, sin revisarla, como si por arte de magia su desayuno tuviera que estar ahí dentro, o casi como si fuera de la naturaleza de la fiambrera llevar dentro un desayuno. La solícita actividad de su madre le pasaba inadvertida, precisamente por ser cumplida y puntual. Así sucede con las actividades divinas, nos pasan inadvertidas por ser siempre cumplidas y puntuales. Y podemos llegar a pensar que en los niños concebidos hay un alma como por arte de magia, o que es de la naturaleza de su genética llevar consigo un alma humana. Pero si violamos los principios fundamentales, podemos airar a Dios y llevarnos muy grandes sorpresas.

Las dos alternativas

Estamos, pues, ante dos alternativas en cada clonación humana: Dios puede decidir crear el alma, o no crearla. Es muy importante notar que, mientras que Dios se comprometió a crear un alma para concepción humana, no se ha comprometido a nada en lo referente a las clonaciones humanas. Por tanto, no se ha comprometido a crear almas humanas en todas ellas, ni a dejar de crearlas en todas ellas, sino que en cada una hará lo que mejor le parezca; y así, en algunas podrá crear el alma, y en otras no. Carecemos de toda prospectiva... ¡ésa es la situación en que hemos querido colocarnos!

En los casos en que Dios cree el alma para una clonación humana, nos encontraremos ―afortunadamente― en la situación que injustificadamente teníamos “prevista”: el niño clonado efectivamente será un ser humano cabal, una persona humana, por muchas deficiencias emocionales y educativas que pueda tener. Aun así, la situación será gravemente inmoral, ya que se habrán violado los derechos de ese niño, dado que no habrá sido fruto del amor conyugal de sus padres, si es que hay algunas personas que puedan llamarse padres, o padre, o madre. En estos casos todo caerá dentro del ámbito de lo que se ha venido discutiendo hasta la fecha.

Lo más interesante ―quizá por monstruoso― se refiere a los casos de las clonaciones humanas para las que Dios no cree el alma correspondiente. Lo que en tales casos nazca será un monstruo humano, es decir, un animal irracional con cuerpo, estructura genética y cerebro humanos, pero sin alma humana; será como un cachorrito genéticamente humano. Por tanto no será persona, sino sólo un supósito o individuo animal, como sucede con los changos, caballos, perros, etcétera. No podrá conocer intelectualmente, ni amar, ni será libre, ni sujeto de moralidad, ni tendrá dignidad ni derechos. Sin embargo, gracias a su cerebro humano, podrá hablar como un súper-loro, tener memoria, afectos y ser amaestrado en destrezas muy superiores a las de los changos de circo.

La capacidad de amaestramiento de estos clones humanoides ―llamémosles así― podrá llegar hasta el desempeño rutinario de tareas sencillas, como algunas de las del orden y limpieza de una casa, servicios de mensajería, etcétera. Podrán asociar determinadas situaciones con ciertas frases hechas, como cuando el loro ve venir al cartero y dice “el cartero”, pero más complejas. Sin embargo, así como el loro repite sin pensar, pues no tiene el concepto de cartero ―persona que entrega la correspondencia―, tampoco los clones humanoides tendrán conceptos o ideas, sino sólo frases hechas.

Podrá incluso parecer que leen algunas frases sencillas, asociándolas a los sonidos correspondientes, pero carecerán de los conceptos pertinentes. El hecho será que no podrán pensar. ¿Cómo poder saber, entonces, si un determinado clon tiene alma o no, si es persona humana o no?

Tal vez no sea fácil saberlo con certeza en sus primeros dos o tres años de vida, sobre todo si no se vive íntimamente con él, tratando de dialogar más allá de las frases hechas. El razonamiento lógico y matemático podrá ayudar mucho al respecto. Así como es fácil descubrir si un muchacho entiende el Álgebra o sólo se la sabe de memoria, así podrá averiguarse también en los clones. La diferencia es que el muchacho puede ser reorientado, porque tiene inteligencia, mientras que el humanoide no podrá serlo, porque no la tiene.

Previsibles destinos o usos de los clones humanoides

Debe notarse que, aunque los humanoides no tendrían pecado original propiamente dicho, por no ser personas, ciertamente tendrían las tendencias desordenadas del pecado original, dado que dichas tendencias vienen en el cuerpo por herencia. Además, por no tener alma, no tendrían libertad, ni podrían controlar libremente sus tendencias desviadas, ni podrían tener virtudes. Lo que tendríamos sería un monstruo humano, o genéticamente humano... ¡un auténtico Frankenstein!

Podemos prever la existencia de escuelas de amaestramiento de humanoides especializadas en el desarrollo de destrezas específicas, como guardianes, veladores, sirvientes de diversas clases, ladrones, prostitutas, guerreros, asesinos y toda clase de horrores. En efecto, como los que se dediquen al cultivo de humanoides serán personas sin principios morales, deberá presumirse que los destinarán a fines inmorales, para los que serán especialmente aptos, dadas sus incontroladas desviaciones derivadas del pecado original.

Los clones humanoides serían usados principalmente para la consecución de mayor poder y riquezas, para la violencia y el sexo. Podemos pensar en humanoides logrados a partir de la genética de los más crueles y sanguinarios guerreros. Podemos también pensar en la compraventa de humanoides logrados a partir de la genética de los principales ídolos sexuales, mujeres y hombres. Y todos ellos mejorados mediante manipulaciones genéticas destinadas al acrecentamiento de su características competitivas. Semejantes monstruosidades no tienen más límites que los de la imaginación.

Además, la producción de humanoides no tendría las limitaciones de los períodos requeridos por la ovulación, sino que podrían producirse masivamente, de inmediato y en serie. Quizá podría acelerarse su desarrollo. Para ellos nunca faltarían los mejores alimentos, y el mundo nunca estaría sobrepoblado de ellos, como nunca lo está de caballos de pura sangre ni de armamentos bélicos; y con ellos nunca se practicaría el control de la natalidad.

Dios quiera que nunca lleguemos a tales depravaciones, y que en caso de que lo hagamos Él quiera crear almas humanas incluso para los clones humanos, a fin de que sean personas humanas; o que tenga a bien volver ya ―Ven, Señor Jesús―, antes de que la humanidad llegue a caer tan bajo. Porque el cuerpo humano, incluso en su materialidad, ha sido destinado por Dios para ser templo del Espíritu Santo, por lo que debe ser algo sagrado para nosotros.

 





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