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Daniel 3,52-56: " Bendito seas, Señor, santo y glorioso"

A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos, pero a ellos no
Meditación al Evangelio 24 de julio de 2025 (video)


Por: Mons. Enrique Díaz | Fuente: Catholic.net



Jesús siempre ha optado por los pobres y pequeños, pero este pasaje parecería contradictorio pues al que tiene más, se le dará más; y al que tiene poco aun eso poco se le quitará. Sin embargo, las parábolas nos descubren a Jesús cuando ponemos nuestro corazón cercano al de Él, pero a quien se le opone, todo le parece oscuro. Los misterios del Reino de Dios sólo son revelados a los pequeños y se pueden entender por la fe. ¿No es cierto que a quien se encuentra obcecado por la ira o por la ambición o por una pasión, cada explicación y cada nueva enseñanza le cierra más el corazón? Por el contrario quien se abre a la verdad va aprendiendo cada vez cosas nuevas. Quien tiene el corazón dispuesto puede recibir las nuevas enseñanzas y con esas enseñanzas se hace apto para recibir más. Lo tenemos muy claro cuando fallamos en algo: una mentira o una infidelidad, trae nuevas mentiras e injusticias queriendo ocultar nuestras fallas. Vamos cavando un pozo cada vez más profundo. En cambio cuando nos disponemos a escuchar con el corazón dispuesto, entenderemos cada vez más los valores y las exigencias del Reino. Nos gustará más el tesoro que significa seguir a Jesús. La misma palabra que significa luz y dicha para unas personas, para otras significa oscuridad y condenación y esto depende solamente de la disposición del corazón. Es cierto que las parábolas aparentemente son tan sencillas y son tomadas de la vida cotidiana de una cultura campesina, sin embargo todas ellas tienen un profundo significado que se hace muy claro para el que quiere aceptar a Jesús y que se torna difícil y hasta contradictorio para quien se opone a Él. Pensemos simplemente en la parábola del sembrador y descubriremos muchos aspectos que nos iluminan tanto en la generosidad y gratuidad de la palabra, como en la responsabilidad que asumimos cada uno de nosotros al recibirla. Pero si el surco se cierra, si el corazón se endurece, si las espinas ahogan la palabra, no habrá fruto. No por culpa de la Palabra, sino por culpa de quien no la ha aceptado y no la ha hecho vida.

 







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