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Clonar seres humanos es cosificar al ser humano
La clonación de seres humanos, tanto como método de reproducción de la especie, como la destinada a finalidades “terapéuticas”, son la negación más radical de la ciencia


Por: Fernando Chomali Profesor Centro de Bioética,Facultad de Medicina Pontificia Universidad de Chile. | Fuente: catholic.net




La ciencia es un bien.

El trabajo de hombres y mujeres de ciencia ha permitido que conozcamos mejor el mundo y a nosotros mismos. Los aportes que ha hecho en el ámbito de la física, la química, la biología y la medicina están a la vista. Suscitan admiración y reconocimiento de la sociedad. Además los conocimientos logrados a través de la ciencia ha permitido constatar la maravilla de toda la creación. No son pocos los que, a través del estudio de todo cuanto existe, han querido conocer al mismo Creador.

La clonación de seres humanos, tanto como método de reproducción de la especie, como la destinada a finalidades “terapéuticas”, son la negación más radical de la ciencia por cuanto no aporta nuevos conocimientos respecto del hombre , sino que lo manipula, lo destruye, se apodera de él como si fuera puro material biológico del que puede disponer libremente. Un sinnúmero de organizaciones académicas, sociales, religiosas, legislativas y políticas, han percibido que producir embriones humanos, destruirlos, o dejarlos en la más absoluta indefensión es una radical manipulación del ser humano y un atentado en contra de su integridad e identidad; en definitiva de su dignidad. Además que niega el principio fundamental de que todos los seres humanos somos iguales y que no podemos ser arbitrariamente discriminados.

Algunos han planteado que la clonación con fines reproductivos sería una opción adecuada para aquellas parejas infértiles. En realidad no lo es. Primero, porque el legítimo deseo de los esposos a ser padres es posterior al derecho que tiene todo ser humano a ser concebido, gestado, y educado en el contexto del amor conyugal. En una palabra a ser procreado fruto del amor, de la entrega sincera de los esposos, y no de la pericia de terceros. Segundo, porque implica la pérdida de innumerables embriones, que, aunque obtenidos por clonación, merecen ser igualmente respetados. Tercero, porque manipula de modo radical las relaciones fundamentales de la persona, como lo es su filiación, la consanguinidad, llegando a situaciones claramente aberrantes como por ejemplo que una mujer sea hermana gemela de su madre. Cuarto, porque abre una puerta ancha a prácticas eugenésicas en las cuales el hijo, de ser un don, pasa a ser un producto que se puede fabricar según las posibilidades que ofrece la técnica y los recursos económicos de que dispone el “mandante”.

Otros han planteado que la clonación de seres humanos con finalidad “terapéutica” sería una posibilidad para tratar enfermedades hasta ahora incurables. Esta tesis no se justifica desde el punto de vista moral. Primero, porque la obtención de las células estaminales embrionarias humanas implica la producción y eliminación de vidas humanas que merecen ser respetadas desde el momento de la fecundación. Segundo, como recuerda un documento de la Academia Pontificia para la Vida, ningún fin considerado bueno, como la utilización de células estaminales que podrían obtenerse para la preparación de otras células diferenciadas con vistas a procedimientos terapéuticos de grandes expectativas, puede justificar esa intervención. Un fin bueno no hace buena una acción en sí misma mala. Tercero, porque considera al embrión como un mero medio que puede ser instrumentalizado como si fuera una cosa, un objeto, olvidando su condición de sujeto. Cuarto, porque considera el cuerpo humano al margen del ser personal que comporta, haciendo del cuerpo una máquina con capacidad de producir “piezas”.

Otros han dicho que la clonación de embriones ya existentes en los gélidos depósitos de embriones sería una buena opción frente a la posibilidad de que desechados. Ambas acciones son inmorales. Esta situación no hace más que reflejar las intrincadas y complejas situaciones a las que se puede llegar cuando se violenta la naturaleza de modo tan radical. Resulta paradójico que los mismos embriones que fueron producidos para dar un hijo a una pareja infértil, terminen siendo destruidos.

Mucho más coherente con el ethos de la ciencia y de la medicina es centrar la atención en las células madres que existen en ciertas células adultas. Esta línea de investigación no tiene reparos desde el punto de vista ético, porque promueve nuevas y prometedoras posibilidades terapéuticas, y porque es respetuosa de la vida humana en cuanto no implica clonar embriones y destruirlos.

Lo recientemente planteado obliga a levantar barreras jurídicas y legislaciones adecuadas con el propósito de prohibir estas prácticas tan claramente nocivas. Pero, además, lleva a reconocer que ellas no son sino que el fruto de una sociedad que ha puesto la esperanza en la ciencia y la tecnología de modo desmesurado, olvidando que su fundamento y su belleza radica en que es posibilidad de servir al hombre, y no servirse de él. Estas prácticas no se pueden comprender al margen de una mentalidad abortista y una legislación muy consolidada en occidente que ha hecho de las prácticas abortivas, que hasta hace poco eran un delito, un derecho, y más aun, un signo de progreso, consolidando una verdadera cultura de la muerte.
Gran tarea espera al hombre en los inicios de este milenio: impregnar de sabiduría las posibilidades que ofrece la ciencia y la tecnología. Esta tarea es de todos y pasa necesariamente por reconocer que el hombre encuentra plenitud y sentido a la vida, cuando lo que realiza está asociado al bien, a la verdad, a la belleza. La clonación se aleja radicalmente de este propósito porque representa una auténtica tiranía de lo técnicamente posible respecto de lo que humaniza al hombre.






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