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Obedecer duele menos que resistir
"Bendecir el día en una ciudad que casi nunca se detiene"


Por: Rafael Moya | Fuente: Cristo en la Ciudad



Hoy bendigo mi día.
Lo bendigo no porque sea perfecto, sino porque Cristo camina antes que yo por cada calle que voy a pisar.

Lo bendigo porque, en medio del ruido, Él sigue hablando suave;
porque entre los semáforos eternos, las prisas y los rostros cansados,
siempre hay un guiño suyo escondido:
un gesto amable, un trabajador que no se rinde,
una madre que carga con amor lo que la vida no le aligera,
un joven que aún cree que puede cambiar el mundo desde un cuarto pequeño.

Hoy bendigo mi día porque Cristo se mete ahí, en lo cotidiano,
en lo que parece chiquito,
en lo que nadie presumiría en redes:
el café compartido, la paciencia recuperada, la disculpa ofrecida,
el abrazo que llega justo antes de quebrarse.

Bendigo mi día porque Él —el Cristo urbano, el que conoce el polvo del metro y el olor de las fondas—
nunca deja que la ciudad me trague.
Me recuerda que incluso aquí, donde todo se mueve tan rápido,
la gracia tiene pies más ligeros y alcanza primero.

Hoy bendigo mi día porque, pase lo que pase,
Cristo lo habitará conmigo.
Y donde Él está, nunca falta la luz.



Obedecer duele menos que resistir







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