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¿JESÚS FUE SOLO UN PROFETA?
LAS PROMESAS QUE ISRAEL ESPERABA DEL MESÍAS


Por: Brenda Treviño | Fuente: Catholic.net



Durante todo el caminar del pueblo de Israel, desde su salida de Egipto, vivían esperanzados por una gran promesa: Dios enviaría a un Mesías. No se trataba de un profeta más, sino alguien enviado por Dios que iba a restaurar, purificar y vencer a los enemigos del pueblo de Israel, estableciendo el reinado definitivo de Dios entre ellos. No sé si sabías, pero al día de hoy (sí, 2000 años después de la venida de Cristo), los judíos siguen esperando a su mesías. Entonces, ¿si Jesús cumplió estas promesas, por qué los judíos siguen esperando a su mesías? La respuesta es sencilla: porque aunque Jesús cumplió estas promesas, no lo hizo de la manera en que el pueblo de Israel lo imaginaba. 

A lo largo de la historia, el pueblo de Israel vivió marcado por una promesa, y esto era lo que los esperanzada a seguir. Dios no abandonaría a su pueblo, sino que enviaría un Mesías que traería restauración, justicia y salvación. Esta esperanza fue enseñada por los profetas y transmitida de generación en generación. Por eso cuando nosotros cómo católicos decimos que Jesús él es Mesías, no lo decimos por “tradición”, sino que, cada vez que lo afirmamos, estamos dando a entender que Él es el “ungido” de Dios, que de hecho, eso significa la palabra Mesías = ungido. 

Hoy en día, no solo judíos, alegan que Jesús fue únicamente un profeta más, y es por esto que vale la pena hacer un pequeño análisis del Antiguo Testamento para ver que era lo que se esperaba de este Mesías. 

  1. Reunir al pueblo de Dios

Una de las grandes promesas de los profetas era que Dios reuniría nuevamente a su pueblo disperso. Después de siglos de guerras, exilios e invasiones, Israel vivía fragmentado. Los profetas anunciaban que el Mesías vendría a restaurar la unidad del pueblo. El profeta Ezequiel, por ejemplo, dice:  “Yo mismo recogeré a mis ovejas… las reuniré de todos los lugares donde fueron dispersadas” (Ez 34, 11-13). ¿Qué creían los judíos? Que este Mesías vendría con su poder a vencer a quienes los tenían invadidos, para que así, el pueblo de Israel viviera nuevamente junto. Pero sabemos que Dios nunca se queda corto y siempre excede expectativas.



En los Evangelios vemos cómo Jesús comienza esta misión, pero de una manera distinta a cómo los judíos lo esperaban. Durante su vida pública, reúne a quienes habían sido excluidos o marginados: pecadores, recaudadores de impuestos, enfermos, pobres y olvidados. Jesús sanó a muchos enfermos y en la religión judía, ciertas enfermedades impedían participar en la vida religiosa del pueblo y a veces hasta eran exiliados del pueblo. Al curarlos, Jesús no solo aliviaba su sufrimiento físico, sino que los restauraba dentro de la comunidad, aliviando el sufrimiento espiritual y social. Era impuro a alguien que tocara un cuerpo muerto, y Jesús toca a la hija de Jairo para devolverle la vida. Otro ejemplo puede ser el cómo Jesús se relacionaba con las mujeres. En ese tiempo, en la sociedad judía no era común hablar públicamente con mujeres, inclusive, las mujeres en el Templo tenían un espacio designado hasta atrás, y no podían conocer las Sagradas Escrituras. Vemos a lo largo del Nuevo Testamento cómo Jesús dialoga con las mujeres, cómo las hace parte de su ministerio, inclusive, dejando que fuera una mujer el primer testigo de su Resurrección. Cómo podrás verlo, esta no era la idea de “reunir al pueblo” de un judío tradicional, porque Jesús “rompe” con las reglas de su tiempo, pero “cumple” las reglas de Dios, porque acercarse a estas personas que eran ignoradas y excluidas era un signo de que Dios estaba reuniendo a su pueblo, pero un nuevo pueblo en donde todos cupieran, cumpliendo así la promesa que le hizo a Abraham: “En ti serán bendecidas todas las naciones de la tierra” (Gn 12,3).

  1. Purificar el templo de Dios

Otra esperanza profunda de Israel era que el Mesías purificaría el templo. El templo de Jerusalén era el centro más importante para los judíos, el lugar donde se ofrecían sacrificios y culto a Dios. en el Antiguo Testamento vemos cómo varios profetas denunciaban que el culto en el templo se había corrompido, pues aunque había sacrificios y rituales, el corazón del pueblo estaba lejos de Dios. Podemos leer estas profecías en Malaquías: “De repente entrará en su templo el Señor a quien ustedes buscan… Él se sentará para fundir y purificar” (Mal 3,1-3), y en Zacarías: “En aquel día ya no habrá comerciantes en la casa del Señor” (Zac 14,21).

¿Te suena familiar? Una de las escenas más impactantes es cuando Jesús expulsa con bastante enojo a los comerciantes del templo, diciendo que el templo se había convertido en una “cueva de ladrones” (cf. Mt 21,13). En esta escena podemos ver cómo se cumple esa profecía de Zacarías, pues el templo se había convertido desde antes en un lugar donde se mezclaba la religión con intereses económicos, políticos y hasta corrupción. Pero sus palabras van aún más lejos, pues Jesús dice: “Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré” (Jn 2,19). Jesús mismo es el nuevo templo, y esto es nuevamente cómo Dios excede las expectativas humanas que los judíos tenían, pero no quisieron verlo. 

En el libro de Ezequiel también podemos encontrar una profecía de esto, y él da la profecía de que desde el templo comenzaría a brotar agua que traería vida y restauración al mundo, sanando la tierra y devolviendo la vida a todo lo que tocara  (cf. Ez 47,1).  En la narración de la Pasión del Evangelio de San Juan, vemos cómo se cumple esta profecía, pues cuando Jesús muere en la cruz, y un soldado atraviesa su costado con una lanza,  “al instante salió sangre y agua.” (Jn 19,34). Jesús mismo es el nuevo templo. Desde su costado abierto brota la vida que restaura al mundo. 



  1. Vencer a los enemigos de Israel

Otra expectativa fuerte del Mesías era que derrotaría a los enemigos del pueblo. La historia de Israel está marcada por invasiones y dominaciones: los egipcios, los filisteos, los asirios, los babilonios, los griegos y finalmente el Imperio romano. Por eso muchos esperaban un Mesías guerrero, un nuevo rey como David que liberaría políticamente a la nación.

Cuando Jesús entra en Jerusalén el Domingo de Ramos, la multitud lo recibe como el hijo de David, el rey esperado, precisamente este “vencedor” que todos estaban esperando para su liberación. Pero lo que no sabían, era que Jesús venía a vencer de otra manera, pues Jesús libra una batalla distinta.

En lugar de enfrentarse a Roma, enfrenta algo mucho más profundo, nuestro pecado, el mal en el mundo y la muerte.  Allí, en la cruz, parece que el mal ha vencido, pero precisamente allí ocurre la verdadera victoria. Nos recuerda San Pablo:  “El hombre viejo que está en nosotros ha sido crucificado con Cristo. Las fuerzas vivas del pecado han sido destruidas para que no sirvamos más al pecado. Pero si hemos muerto junto a Cristo, debemos creer que también viviremos con él. Sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; desde ahora la muerte no tiene poder sobre él.” (Rom 6, 6; 8-9).

El enemigo más profundo de la humanidad no era un imperio, sino el pecado que esclaviza el corazón del hombre. Jesús derrota ese enemigo entregando su vida por amor. La victoria del Mesías no se manifiesta en un campo de batalla ni en la caída de un imperio, sino en la cruz, donde el amor vence al odio, la misericordia vence al pecado y la vida vence a la muerte. 

  1. Reinar cómo Señor de todas las naciones

Finalmente, los profetas anunciaban que el Mesías reinaría sobre todas las naciones. Los profetas anunciaban que el Dios de Israel no sería reconocido solamente por un pequeño pueblo, sino que llegaría el día en que todas las naciones vendrían a adorarlo. El profeta Isaías lo expresa de una manera muy clara cuando dice: “Vendrán muchos pueblos y dirán: ‘Vengan, subamos al monte del Señor… Él nos enseñará sus caminos’” (Is 2,3).

Para muchos judíos, esta promesa significaba que Israel se convertiría en la nación dominante del mundo y que los demás pueblos quedarían sometidos bajo su autoridad. Esperaban un Mesías rey que restauraría la grandeza política del reino de David. Pero nuevamente, Dios tenía un plan mucho más grande. Después de la resurrección, los primeros cristianos comprendieron que el reinado del Mesías no se limitaría a un territorio o a una nación. Por eso Jesús, antes de ascender al cielo, da una misión clara a sus discípulos: “Vayan y hagan discípulos a todas las naciones” (Mt 28,19).

Aquí comienza algo completamente nuevo en la historia de la salvación. El pueblo de Dios ya no estaría definido por una frontera geográfica, por una religión o por una pertenencia étnica, sino por la fe en Cristo. El Mesías no vino a reinar sólo sobre Israel, sino sobre todo el mundo. En aquel tiempo existía una proclamación política muy fuerte: “César es el Señor”. Reconocer esa frase era una forma de declarar lealtad al emperador. Pero los cristianos comenzaron a proclamar algo radicalmente distinto: “Iesus Kyrios”, que significa Jesús es el Señor. Con esta frase estaban diciendo algo revolucionario: el verdadero Rey del mundo no era el emperador de Roma, sino aquel a quien el imperio había crucificado y Dios había resucitado.

Como podrás ver, Jesús cumple exactamente las promesas que Israel esperaba del Mesías: reúne al pueblo de Dios, purifica el templo, vence a los enemigos y establece el reinado de Dios. Sin embargo, lo hace de una manera que supera completamente las expectativas humanas.  Muchos esperaban un líder político, pero Dios envió a su propio Hijo, sencillo y humilde, hijo de un carpintero. Esperaban una liberación nacional, pero Dios nos dió una salvación universal. Esperaban una victoria militar con una gran hazaña de guerra, pero Dios venció al mal desde la cruz. Por eso muchos no pudieron reconocerlo: porque el Mesías que Dios envió no correspondía a la imagen que habían construido en su mente. Pero cuando miramos la vida de Jesús a la luz de las profecías del Antiguo Testamento, descubrimos que  en Él se cumplen todas las promesas de Dios.

 







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