Una sociedad sana
Por: Francisco Mario Morales | Fuente: Catholic.net

Tenemos, todos, que construir una sociedad sana en principios y en valores, ¡Aun hay mucho por hacer! Tenemos que ser congruentes, dar ejemplo…ese es el reto.
Con divisiones, discordia, conflictos, enemistades, indisposiciones, somos todo menos grupos de apostolado y evangelización. Somos todo menos católicos cristianos. No desvirtuemos la finalidad de nuestros grupos y asociaciones, ante todo debemos pensar en el antitestimonio que damos a nuestras comunidades y a nuestra propia familia. ¿No será que nosotros mismos hacemos que nuestros hijos pierdan el interés por conocer, crecer y practicar nuestra religión?
¿Por qué no le preguntamos a cada uno de nuestros hijos el concepto que tiene de nuestra religión y de los que nos decimos cristianos católicos?
Valdría la pena reconocer lo contraproducente y el daño que nosotros mismos, con nuestras actitudes, causamos a nuestro apostolado, a nuestra iglesia doméstica, a nuestros hermanos y a la Iglesia.
¿A cuántos niños, adolescentes, jóvenes y adultos hemos alejado de nuestra religión con nuestro propio actuar, pensar y hablar?
¿Cuántos y cuanto seremos culpables del concepto erróneo que muchos hermanos tienen de nuestra religión?
¿En qué hemos fallado? Nos cuestiona el Cardenal Felipe Arizmendi
¿Por qué no somos capaces de retener a nuestros hijos en nuestra religión? ¿Qué no hemos sabido dar? ¿Por qué nuestros hijos llegan a sentirse atraídos por otras creencias? ¿Por qué una gran mayoría de las nuevas generaciones no tienen el menor interés, ni entusiasmo por vivir su religión ni participar en su iglesia? ¿Entre los católicos y nuestros movimientos hay hospitalidad, aceptación y acogimiento? ¿Existe verdadero sentido de servicio a ejemplo de Jesús? O ¿nos hacemos disimulados y nos llenamos de pretextos? ¿Podrán los papás que no conocen su religión, enseñarla a sus hijos? ¿Los papás que no conocen la gratitud podrán enseñar a sus hijos ser agradecidos con Dios?... esto es señal, indicio y consecuencia de que algo grave está pasando en las familias. No podemos, ni debemos ocultar las causas, los efectos los comenzamos a vivir. Preguntémonos ¿En qué hemos contribuido en la pérdida de la fe de nuestros hijos? ¿Hasta qué punto somos culpables?, Nuestra prioridad es formar a nuestros hijos, Dios nos tomará cuentas de la formación que dimos a cada uno de ellos.
Todo es origen del desconocimiento y la falta de interés por conocer y crecer verdaderamente en nuestra religión.
Nuestra responsabilidad familiar
Hemos abandonado a la niñez, a los adolescentes y a la juventud. Nos quejamos de su alejamiento de la Iglesia, del desconocimiento, falta de interés y del relajamiento en sus deberes cristianos, de su nula convicción y falta de fe. Pero esto es porque también nosotros, como papás, vivimos alejados de la Iglesia, de nuestros deberes para con Dios, de nuestra falta de interés, de nuestro relajamiento en nuestros deberes cristianos y de nuestra nula convicción, mal ejemplo y falta de fe. Esto es consecuencia de nuestra poca formación y preparación religiosa.
Nuestras actitudes hacia los niños, adolescentes y jóvenes no muestran ningún ánimo, intención o voluntad, ninguna fuerza notable para su preparación y formación religiosa y moral, más bien en la gran mayoría de papás existe desinterés (apatía). No damos la menor importancia a que nuestros hijos hagan una cosa u otra (indiferencia). Esto obviamente es consecuencia de que nuestra vida solamente gira en torno nuestro y de nuestros propios intereses. San Pablo insiste en la verdadera unión de los cristianos. Tenemos que imitar a los discípulos que dejan todo por seguir a Cristo. No es buen cristiano quién solamente se preocupa de sí mismo y deja a los demás.
“Padres y abuelos: A ustedes les corresponde transmitir a las nuevas generaciones, arraigadas con convicciones de fe, prácticas cristianas y sanas costumbres morales, la dignidad del hombre”. Nuestro mundo tiene necesidad de Cristo. Quienes formamos la Iglesia, obispos, sacerdotes, consagrados y laicos, nos debemos sentir comprometidos con el anuncio de El Salvador. Sólo Él tiene palabra de vida eterna. (Juan Pablo II).
Abunda la falta de espíritu de servicio hacia los demás. Lo que menos nos importa son las consecuencias de nuestra incongruencia y mal ejemplo. Nuestros hijos están confundidos, desorientados y a la deriva por nuestros propios antitestimonios.
Pero si los formáramos, si los orientáramos, si les instruyéramos, si cada uno de ellos viera en nosotros un verdadero cambio de mentalidad, de actitudes y buen ejemplo, ellos serían mejores católicos que nosotros. La pasividad en nuestra Iglesia domestica es responsabilidad de nosotros.
La familia: En el seno del apostolado evangelizador de los seglares, es imposible dejar de subrayar la acción evangelizadora de la familia. Ella ha merecido muy bien en los diferentes momentos de la historia y en el Concilio Vaticano II, el hermoso nombre de “Iglesia Doméstica” Esto significa que en cada familia cristiana deberían reflejarse los diversos aspectos de la Iglesia entera. Debe ser un espacio donde el Evangelio es transmitido y desde donde se irradia (Evangelii Nuntiandi 71)

















