Menu



Reflexiones sobre ética y verdad

CONCIENCIA Y CON-CIENCIA
"CUANDO LA RAZÓN SE VUELVE ABOGADO"


Por: Antoine Abraham | Fuente: Catholic.Net



Hay algo curioso en la manera en que tomamos decisiones.

Muchas veces creemos que primero pensamos… y después decidimos.

Pero en la práctica suele ocurrir al revés.

Primero deseamos algo.
Primero sentimos una inclinación.
Primero aparece el impulso.

Y después… buscamos razones para justificarlo.



No siempre usamos la razón para descubrir la verdad.
A veces la usamos para defender lo que ya queríamos hacer.

Como si dentro de nosotros se abriera un pequeño juicio.

Pero en lugar de que la razón actúe como juez… termina actuando como abogado defensor.

Defiende nuestra decisión.
La explica.
La acomoda.
La maquilla.

Incluso cuando en el fondo sabemos que algo no está bien.



Por eso aparecen frases como:

“Todo el mundo lo hace.”
“No es tan grave.”
“En mi caso es diferente.”
“Yo lo veo de otra manera.”

Y quizá el problema es que no siempre son conclusiones de la razón.

A veces son argumentos fabricados para tranquilizar la conciencia.

La filosofía moral ha advertido este peligro desde hace siglos: la razón puede iluminar el bien… pero también puede ser utilizada para justificar el error.

Cuando eso ocurre, algo muy sutil empieza a pasar dentro de la persona.

La conciencia no desaparece.

Solo empieza a ser silenciada.

Primero protesta.
Después se negocia con ella.
Y finalmente… se acostumbra.

Por eso la vida moral exige algo más que inteligencia.

Exige honestidad interior.

La capacidad de preguntarse con verdadera sinceridad:

¿Estoy buscando la verdad…
o solo estoy buscando una excusa?

Porque al final… toda decisión moral revela quién eres.

La conciencia no crea la verdad… la descubre.

— Antoine Abraham

P.D.

En 1940, en plena Segunda Guerra Mundial, miles de judíos intentaban escapar de Europa después de la invasión nazi de Polonia.

Muchos llegaron a Kaunas, en Lituania, donde se encontraba un pequeño consulado japonés. Allí servía como cónsul un diplomático llamado Chiune Sugihara.

Los refugiados necesitaban algo aparentemente simple: una visa de tránsito que les permitiera cruzar territorio japonés.

Sugihara pidió instrucciones a su gobierno.

La respuesta fue clara: no debía conceder esas visas.

Pero cada día veía algo que no cabía en una orden administrativa: familias enteras esperando afuera del consulado. Niños, ancianos, personas que sabían que, sin esos documentos, probablemente morirían.

Volvió a pedir autorización.

La respuesta volvió a ser negativa.

Entonces tomó una decisión.

Comenzó a firmar visas de todos modos.

Durante semanas escribió documentos sin descanso, incluso de madrugada. Se calcula que gracias a esas visas más de seis mil personas lograron escapar.

Cuando el gobierno japonés descubrió lo ocurrido, Sugihara perdió su carrera diplomática.

Años después, alguien le preguntó si se arrepentía.

Respondió algo muy simple:

“Tal vez desobedecí a mi gobierno… pero obedecí a mi conciencia.”

La historia recuerda su nombre como uno de los Justos entre las Naciones.

Porque incluso en los momentos más oscuros, siempre queda una libertad que nadie puede quitarle al ser humano:

la libertad de hacer lo correcto.

Al final, cada persona se enfrenta al tribunal más fuerte que existe:

el de su propia conciencia.

 







Compartir en Google+




Reportar anuncio inapropiado |