Nuevo en lo antiguo
Por: Hernando Leo Valenzuela | Fuente: Catholic.Net

Dómine, non sum dignus ut intres sub tectum meum: sed tantum dic verbo, et sanábitur ánima mea.
“Señor, yo no soy digno de que entres bajo mi techo; mas solamente di la palabra y mi alma será sanada” (Mt. 8, 8-9).
Todos conocemos esa frase, dicha por el centurión a Jesús para que sane a su sirviente. Un romano que, aun sin sentirse digno de Jesús, se postra ante Él. Esta frase se repite tres veces antes de la comunión en la misa tridentina, y denota la esencia de la misa tradicional: no soy digno de ti, Señor, pero por tu gran e infinito amor me permites recibirte y tener esa gracia única.
Lo hemos visto en películas, en fotos antiguas; cualquier representación de la Santa Misa de antes se percibe extraña, ajena, diferente. Y es porque se trata de un rito distinto: la misa tridentina, o misa tradicional latina, fue el rito católico romano desde el Concilio de Trento en el siglo XVI hasta mediados del siglo XX, cuando fue modificado y se instauró el Novus Ordo durante el Concilio Vaticano II.
¿Quién no ha respondido sin pensar “en verdad es justo y necesario” cuando alguien dice que algo es “justo y necesario”? Desde que tengo memoria conozco el rito de la misa, el Novus Ordo. De niño jugaba a ser sacerdote; en la prepa fui monaguillo. Me sé la misa de memoria. He asistido a misa en otros idiomas y sé cuándo responder, las oraciones, el proceso, las respuestas; cuándo pararme, sentarme e hincarme, porque lo tengo tatuado en mi mente. Para mí, esa es la misa. Pero un día, en mi proceso de estudio, me dio curiosidad conocer el pasado.
En mi ciudad, hay una misa tridentina cada dos semanas. Llegué emocionado, sin saber qué esperar, sin saber cuánta gente asistiría, si me preguntarían algo o si sería el nuevo que no entendía qué estaba pasando. Cuando empezó la misa sentí algo diferente. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan emocionado y curioso durante una liturgia. Entró el padre con una casulla diferente y usando una birreta; iba acompañado de dos monaguillos. Se colocaron frente al altar e inició la misa.
La confusión invadió mi mente, pero mi espíritu estaba curioso y atento. El sacerdote nos daba la espalda, hablaba en voz baja y los asistentes respondían en momentos específicos. Seguía mi misal y trataba de responder a la par. Me hincaba, me sentaba y me ponía de pie siguiendo a todos, y poco a poco empecé a entender. En esta misa no soy partícipe: soy espectador. Soy uno con todos los presentes, contemplando la vida, muerte, sacrificio y resurrección de nuestro Señor Jesucristo.
La misa que todos conocemos es jovial, alegre; celebramos cómo Jesucristo venció a la muerte y somos testigos de su sacrificio durante la consagración. Jesús es nuestro amigo y salvador, nos invita a celebrar con Él y aspirar a la santidad. Para mí, la misa tradicional tiene otro enfoque. Nos invita a contemplar la grandeza de Dios, el misterio de la Santísima Trinidad. Sientes lo diminuto que eres ante Dios, pero no de una manera humillante, sino como un reconocimiento de su inmensidad. Entiendes que, aunque no seas un santo y no te sientas digno, Jesucristo y su divina misericordia siempre estarán para nosotros.
Cada parte de la misa invoca una sensación diferente, pero siempre siguiendo la misma línea: Dios es grande, Dios es omnipotente, Dios está presente, y es un honor estar ante Él. Y se siente. Todos los presentes se unen en una misma devoción; puedes ver cómo siguen la misa en sus misales, cómo todos desean alabar a Dios y ensalzarlo, disfrutando cada momento ante su presencia. Todo culmina con el mayor regalo que nuestro Señor Jesucristo nos dejó: la consagración del cuerpo y la sangre en memoria de su sacrificio, invitándonos a ser partícipes de ese mismo sacrificio.
Desde que asisto a la misa tridentina, mi mentalidad cambió. He buscado a Dios de una manera diferente. Sé que no puedo ser perfecto, sé que soy pecador, pero también sé que la misericordia de Dios es tan grande que, aunque me aleje o peque, Él siempre estará ahí para mí, con los brazos abiertos y feliz de recibirme. Sigo disfrutando la misa del Novus Ordo, pero de una manera distinta. En ella celebro a nuestro Señor Jesucristo de una manera jovial, mientras que en la misa tradicional contemplo su magnificencia y me doy cuenta de mis fallas, pero también entiendo que su amor es aún mayor.

















