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ECOS QUE TRASCIENDEN

El extraño del camino
Sabes, yo nací en una casa donde se hablaba de fe. No como teoría, sino como algo que estaba ahí, respirándose.


Por: Antoine Abraham | Fuente: Catholic.Net



Sabes, yo nací en una casa donde se hablaba de fe. No como teoría, sino como algo que estaba ahí, respirándose. Fui inculcado en la religión católica desde pequeño, y eso me llevó por caminos de apostolado, primero con jóvenes y después con universitarios. Pero la fe, al menos en mí, nunca fue una línea recta. Había momentos en los que me sentía profundamente cerca y otros en los que Dios parecía quedar lejos, o quizá era yo el que se alejaba. Y en alguna curva del camino, me salí. Sin hacer ruido. Sin grandes decisiones. Simplemente tomé otra ruta. Recuerdo cómo, aun así, podía ver ese otro camino en paralelo al mío. A veces lo sentía cerca, a veces distante. Había subidas, había bajadas, pero sobre todo había algo que yo ya no tenía: sentido.

Muchas veces los caminos se cruzaban, y en esos cruces algo dentro de mí se movía. Pero me decía que ya no estaba a la altura, que no tenía el nivel, que mi fe no alcanzaba. Veía a antiguos amigos seguir caminando por ese sendero, el que yo llamaba "el difícil". Y el otro, el mío, no es que me alejara del todo, pero tampoco me acercaba. Era más plano. Más cómodo. Más silencioso, pero por dentro, más vacío. Hasta que un día, en uno de tantos cruces, algo cambió. No fue una decisión brillante. No fue un momento heroico. Fue más bien un impulso, una inquietud, casi un susurro: "A ver qué pasa. A ver si podía sostener el ritmo. A ver si alguien me reconocía. A ver si todavía había lugar para mí". Y volví. Y en ese volver empecé a escribir. A jalar a los que venían atrás, a sostenerme de los que iban adelante. Escribir desde la herida, pero también desde la esperanza. Desde haber estado en los dos caminos.

Hay un pasaje del Evangelio que durante muchos años leí como una historia más. Pero un día descubrí que, en el fondo, también hablaba de mí. Dos discípulos caminaban hacia Emaús. Habían perdido la esperanza. Mientras iban conversando, un desconocido comenzó a caminar con ellos. Hablaron durante horas y, sin embargo, no se dieron cuenta de que era Jesús. Solo más tarde comprendieron que nunca habían estado solos (cf. Lc 24, 13-35). Creo que muchas veces mi historia también ha sido así. Pero hay algo que entendí después. Entre los que iban adelante y los que venían atrás, siempre había alguien. Alguien que no terminaba de reconocer. No hablaba como los demás. No caminaba igual. No encajaba. Pero cuando yo me detenía, Él se detenía conmigo. Cuando bajaba el ritmo, se acercaba. Y no me dejaba quedarme. A veces incomodaba porque no me dejaba acomodarme. Pero otras veces era el único descanso verdadero en medio de las curvas más solas.

Hasta que un día caí. En una de tantas. Y esta vez no pude levantarme. Y entonces llegó. No hizo ruido. No explicó nada. Solo se acercó y me tendió la mano. "Vuélvete a parar. Solo dame la mano. Tú puedes". Y en ese momento, sin entenderlo del todo, algo dentro de mí volvió a creer. Hoy sigo en el camino. A veces firme. A veces dudando. A veces arrastrando los pasos. Pero ahora sé algo que antes no sabía: no camino solo. Ese "extraño del camino" no es tan extraño. A veces va adelante, marcando el paso. A veces va detrás, sosteniendo cuando ya no puedo.

Hoy te escribo desde una piedra, bajo un árbol, mirando lo que sigue: una subida difícil. Pedregosa. Y allá, a lo lejos, sigue estando el otro camino. El fácil. El plano. El que no exige, pero tampoco transforma. Y aun así, me voy a volver a levantar. Voy a seguir caminando. Un día a la vez. Porque ahora sé que no depende solo de mí. Depende también de Aquel que no deja de caminar conmigo, aunque a veces todavía no sepa reconocerlo del todo.



Dedicado al "extraño del camino".

Porque lo que ocurrió hace siglos sigue teniendo eco en la eternidad.

www.AntoineAbraham.com







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