La maravilla del deporte
Por: Andrea Gutierrez Vallenilla | Fuente: Catholic.Net

En general, podemos ver cómo el deporte y la competencia sacan lo peor o lo mejor de las personas, pero también de la colectividad. Lo que hacemos individualmente se contagia. Sentirnos parte de algo grande hace que nos unamos y disfrutemos en comunidad. Qué amplia es la experiencia humana que, aunque sea por un momento y a través de la pantalla, podemos conmovernos, identificarnos y ablandar nuestro corazón, o endurecerlo.
Representar a tu país y verle representado por sí solo tiene mucho de qué hablar. Es como si llegara el momento en el que puedes devolverle todo eso que te ha dado: sentir orgullo por quien eres, por las personas y las cosas que amas.
De las muchas cosas que vimos, algunas han sido estas:
Nunca es tarde para soñar, ni demasiado temprano. El camino es distinto para todos y la pauta es nuestra propia historia personal.
La preparación y el trabajo importan mucho, pero una mente fuerte hace que vivas las experiencias de la vida con plenitud. Una perspectiva ordenada es esencial.
La comunidad da vida y nos hace mejores. Compartir la felicidad siempre es mejor que vivir aislado. Es nuestra responsabilidad aportar bondades a nuestra comunidad.
El trabajo en equipo y poder recargarte en un compañero es la clave del éxito. Nadie llega solo y, en los momentos clave, siempre los logros son compartidos.
Cuando eres humilde y genuino, eso siempre resulta refrescante. Ahí es donde se forjan los líderes.
No le temas al campo, por más intimidante que sea aquello a lo que te enfrentas o por más que parezca un Goliat. Nunca sabrás de lo que eres capaz si no te lanzas.
Incluso en la derrota hay honor si mantienes la integridad y el respeto por el proceso que atraviesas. Cómo actuamos cuando las cosas se ponen difíciles dice mucho del trabajo interno que hemos hecho.
Tenemos una responsabilidad de ser y representar de la mejor manera el lugar de donde venimos. Nuestra herencia es mucho más que logros puntuales. Dejamos lo que somos en los demás, en cada interacción, convivencia y vínculo que formamos como humanidad.
Al final, no somos tan diferentes. Hay una esencia humana que nos une, y eso siempre será más fuerte que nuestras enriquecedoras diferencias.
Por último, pero no menos importante, representar tu fe a donde quiera que vayas, y en escenarios así, será una forma espectacular de glorificar a Dios. Como lo decía san Josemaría Escrivá, para ser santos solo hay que cumplir la voluntad de Dios. En las acciones cotidianas del día a día podemos honrarlo y glorificarlo. No significa que los jugadores que se persignan y rezan en el campo vayan a ganar o jugar mejor que los que no lo hacen. Significa que le dedican cada aspecto de su vida a Jesús: sus glorias y sus derrotas. Cuando metes a Dios en todo lo que haces en tu vida, tu trabajo, tu familia y tus hobbies, vives de la mejor manera posible, porque lo incluyes y le dices: "Señor, te pido por mi bienestar, pero que se haga tu voluntad."

















