A la espera de que Edith Stein sea proclamada doctora de la Iglesia
Por: Ángel Gutiérrez Sanz | Fuente: Catholic.Net

De vez en cuando en nuestro mundo aparece una personalidad singular caída como regalo del cielo, tal es el caso de Edith Stein: Ella fue una mujer testigo de unos tiempos convulsos con fuertes tensiones, violencias extremas y crisis generalizadas, que supo vivir con ejemplaridad. No se desentendió de los problemas y de las miserias en que se vio envuelta, sino que les plantó cara, dejándonos una estela luminosa que bien pudiera servirnos de guía. Nace en Breslau (Polonia) el año 1889, perteneciente a una familia judía de creencia tradicional, que ella olvidaría en su juventud, cayendo en un ateísmo desolador, que finalmente acabaría superando, después de una intensa búsqueda de la verdad y tras la lectura de la autobiografía de Sta. Teresa de Jesús, que habría de ser para ella toda una revelación tanto que, al acabar de leerla, solo pudo decir: “Aquí está la verdad”. Discípula predilecta de Edmund Husserl, padre de la fenomenología, obtiene su doctorado en filosofía a la edad de 25 años, con la calificación de “summa cum laude”, siendo la primera mujer en Alemania en conseguir este título.
A partir de aquí emprendería su meteórica y brillante carrera como docente y conferenciante, en paragón con Heidegger. Ambos fueron distinguidos discípulos de Edmund Husserl, que habrían de desarrollar sus respectivos pensamientos por caminos distintos. Mientras Heidegger en su obra “Ser y tiempo” hacía derivar la existencia y la finitud, hacia un inmanentismo para acabar desembocando en el “ser para la muerte”. En el caso de Stein sucedería lo contrario; su tratado “sobre la empatía” nos introduce en la trascendencia y en Dios, utilizando la metafísica y el diálogo entre la fe y la razón. El fenómeno originario de la sola presencia del ser humano temporal y contingente, nos remite a la existencia de un Ser Necesario e Intemporal, que es el único capaz de dar razón del mismo. La trayectoria intelectual de Edith Stein, quedaría truncada por el férreo marcaje, que el régimen nazi ejerció sobre ella, dada su condición de judía
En el año 1933 la vemos ingresar en el Carmelo que las descalzas tenían en Colonia, muriendo para el mundo y poder desposarse con Cristo, bajo el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz. Diez años después de ingresar en el convento carmelita fue arrestada por la Gestapo, llevándosela detenida al campo de concentración de Auschwitz. Sobre su mesa de trabajo quedaban huérfanos los folios de un estudio, que acababa de escribir sobre S. Juan de la Cruz, titulado “La ciencia de la cruz” Consciente de su trágica situación permaneció inalterable, ya que hacía tiempo que su vida la había puesto en las manos de Dios, hasta que el 9 de agosto de 1942 desde Auschwitz, emprendía su último viaje hasta los brazos del Padre, a la edad de 51 años. En 1998 Pablo II la canonizó, dedicándola estas emotivas palabras: “Nos inclinamos profundamente ante el testimonio de la vida y la muerte de Edith Stein, hija extraordinaria de Israel e hija al mismo tiempo del Carmelo, Sor Teresa Benedicta de la Cruz, una personalidad que reúne en su rica vida una síntesis dramática de nuestro siglo. La síntesis de una historia llena de heridas profundas, que siguen doliendo aún hoy...; síntesis al mismo tiempo de la verdad plena sobre el hombre, en un corazón que estuvo inquieto e insatisfecho hasta que encontró descanso en Dios". Sí, su rica personalidad viene a ser una síntesis de nuestro tiempo, con ella compartimos las mismas aspiraciones, los mismos miedos y esperanzas, seguramente por eso al año siguiente de su canonización fue proclamada Copatrona de Europa.
Muchos son los títulos, bien merecidos, que a Sor Teresa Benedicta de la Cruz le son atribuidos: Mujer adelantada de su tiempo, filósofa insigne, feminista comprometida con la causa justa de la mujer, monja carmelita ejemplar, intrépida mártir, patrona de Europa. Sorprende no obstante y mucho, que todavía no se le haya reconocido un título que por derecho propio le corresponde como es el de ser doctora de la Iglesia. Solo el Papa normalmente, a través de la propuesta de los dicasterios competentes, ejerce esta misión, aunque también un concilio tiene la potestad de hacer efectivo este nombramiento en atención a dos criterios básicos: Primero, Insignis vitae sanctitas (vida de santidad notable) Elcandidato en cuestión debe haber sido declarado santo, es decir, estar oficialmente canonizado. Segundo, Eminens doctrina (enseñanza eminente), constatada en sus escritos y libros, donde aflore la profundidad de pensamiento, con una positiva contribución, en orden al esclarecimiento de la fe o que haya servido para abrir nuevos cauces en el magisterio de la Iglesia. Ambos requisitos se cumplen sobradamente en esta mujer excepcional de nuestro tiempo. De su rectitud de vida, de su entrega generosa a los demás, así como de su apasionado amor a Dios nadie pueda dudar, ejemplo nos dio de como tenemos que desprendernos de nosotros mismos y a vivir solamente del amor,”con el plus de que, todo ello viene potenciado en su caso, con la aureola del martirio. Quienes la conocieron aseguran que la existencia de Edith fue una luminosa manifestación de la presencia de Dios en un mundo huérfano de Él. Testigos presenciales en Auschwitz, nos hablan de su sobrecogedora paz durante el cautiverio y de estar siempre dispuesta a ayudar y confortar a los demás en un entorno de terror “Qué puedo yo decir de la santidad de esta mujer que no se haya dicho ya?
Sobre el otro requisito exigible para poder proclamar a un santo o santa doctor/a de la Iglesia, cabe decir que Sta. Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) aparece en la historia de la filosofía como una de las figuras sobresalientes del siglo XX y en lógica consecuencia debiera serlo también dentro de la filosofía cristiana, toda vez que estuvo involucrada en el diálogo entre razón y fe, característico de nuestro tiempo. A ella hay que agradecerle que, el pensamiento cristiano tradicional, cobrara actualidad al enlazarlo con la fenomenología de Husserl, que pasa por ser una de las corrientes principales de la filosofía moderna. La labor de Edith, tras su conversión al catolicismo, no fue otra que la de unificar a través de su obra “Ser infinito y eterno” la fenología con el pensamiento neotomista. Partiendo de la constatación fenomenológica de la conciencia y del yo finito y contingente se llega, en última instancia, hasta el Ser Necesario y Eterno.
Su ensayo “Ciencia de la cruz”, escrita poco antes de morir, viene a ser un profundo tratado espiritual y místico, basada en la vida de S. Juan de la Cruz, donde se nos dice que el sufrimiento no es un fin en sí mismo, pero sí que puede llegar a ser un camino de purificación, que nos conduce a la unión íntima con Dios, en el sentido que pude ayudarnos a vaciarnos de nuestros egoísmos y dejar la vía libre para que Dios lo sea todo en nosotros. Es así como el dolor, aceptado por amor, puede hacernos más libres y ser un trampolín hacia la unión mística
Por fin hay que hacer mención de sus valiosas aportaciones a la teología espiritual que nos ayudan a profundizar en la dignidad de la persona humana, pero sobre todo yo me quedaría con su sana contribución antropología a la hora de establecer las diferencias entre el hombre y la mujer y proclamar la complementariedad entre ambos sexos. El asunto me parece de tanta actualidad y relevancia que creo que merece la pena detenernos en analizar este asunto, aunque sea brevemente.
Una de las inquietudes de Edith Stein fue, sin duda, dejar plasmada una fenomenología de la mujer. En su vida diaria, se comportó como una luchadora en defensa de la igualdad de derechos para las mujeres y trabajó para que el libre acceso de la mujer a todas las profesiones fuera una realidad y lo hizo hasta el punto de comprometer su propia situación personal. Gracias a su intrépida actuación muchas puertas se abrieron.
En sus ensayos y conferencias supo argumentar, como nadie lo había hecho, que no hace falta renunciar a la identidad femenina para salvaguardar su propia dignidad, poniendo de manifiesto la capacidad femenina para humanizar las estructuras sociales, políticas y laborales. Sirviéndose del método fenomenológico, pudo explorar la estructura psicosomática de la mujer, llegando a conclusión que el rasgo característico que mejor la define es la protección y la acogida. Por estas y otras muchas razones Edith Stein estaba llamada a liderar el feminismo europeo, pero las cosas a veces no son como debieran ser. El hecho es que el protagonismo de esta historia cayó de parte de Simone de Beauvoir, 17 años más joven que ella. Ambas partían del hecho histórico cierto, de que la mujer había estado históricamente postergada, habiendo llegado la hora de las justas reivindicaciones. Aunque coetáneas nunca llegaron a encontrarse personalmente y probablemente Beauvoir no conoció los escritos de Edith antes de escribir su obra “El segundo sexo”. En todo caso y fuera ya del planteamiento inicial, una y otra habrían de seguir caminos diferentes. En el caso de la filósofa francesa y dado su posicionamiento ateo-existencialista, “la mujer no nace, sino que se hace según su libre determinación.” Ello quiere decir que no puede hablarse de diferencia entre los sexos sino de una igualdad psicosomática y es aquí precisamente donde aparece el abismo que separa a estos dos modelos feministas. Para Edith Stein y en contra de lo que pensaba Beauvoir, la mujer tiene su propia identidad distinta de la del varón. Sus cuerpos tienen estructuras y formas diferenciadas y sus almas responden a aspiraciones distintas. El alma de la mujer, nos dirá, está diseñada como un refugio, donde otras almas pueden desarrollarse”. La feminidad de la mujer hay que entenderla como receptividad y acogida, vendría a ser la capacidad de salir de sí misma, para volcarse en los demás, en los hijos, en la familia, en su trabajo, es como si dijéramos que la ipseidad en la mujer se confunde con la alteridad, con el encuentro personal manifestado en el deseo de dar y recibir amor. El análisis fenomenológico proyectado sobre la mujer descubre que el instinto maternal, tanto física como espiritualmente, viene a ser una segunda naturaleza, que se traduce en empatía, disponibilidad y entrega hacia los demás. Solo ella puede ser madre y esto es lo más grande que puede decirse del ser humano. Podía pensarse que las diferencias existentes entre el hombre y la mujer son motivo de enfrentamiento entre los sexos, pero en realidad no es así, sino que favorecen el encuentro y la complementariedad. La mujer trata de encontrar en el hombre lo que a ella le falta y viceversa. Ambos se necesitan mutuamente en orden la realización del proyecto común que se les ha asignado. Los profundos análisis fenomenológicos de la psicología masculina y femenina, llevados a cabo por Edith Stein, una vez fecundados por la teología antropológica cristiana, bien pudieran servir el faro para los tiempos actuales, tanto en el orden natural como sobrenatural. En tal sentido hay que ver en esta mujer a una precursora que sintió la necesidad de que la mujer se incorporara en las tareas eclesiásticas y se le asignaran otras funciones y formas de servicios, más allá de las puramente domésticas; tema éste, que más tarde afrontaría el concilio Vaticano II y del que se sigue hablando.
- consideración a todo lo expuesto, uno se siente tentado a pensar que Sor Benedicta de la Cruz es merecedora de que se le otorgue el título honorífico de doctora de la Iglesia. ¿Podrá llegar algún día este reconocimiento? Lo que al día de hoy puede decirse es que el proceso está en marcha. El 18 de abril de 2024 fue presentada por Miguel Márquez, Superior General de la Orden de Carmelitas Descalzos, una petición formal al papa Francisco. Su estudio está en curso, siendo el Dicasterio para las Causas de los Santos el encargado de realizar un examen minucioso, habrá de pasar también el control del Dicasterio para la Doctrina de la Fe y cuando los informes estén debidamente cumplimentados serán presentados al papa, quien en definitiva será el que decida. Este proceso es lento. Han pasado ya dos años y probablemente haya que esperar dos años más, pero no importa, si la dicha es buena.
















