¿Y si también aprendemos a dar gracias cuando perdemos?
Por: Alejandro Patrón | Fuente: Catholic.Net

Ya terminó el Mundial y, aunque el torneo haya llegado a su fin, muchos seguimos hablando de los goles, las polémicas, los resultados y las grandes figuras que dejó esta edición. Pero, personalmente, hubo algo que me llamó mucho más la atención que cualquier partido. Durante todo el torneo vimos imágenes de jugadores reuniéndose para rezar antes de salir al campo. También vimos selecciones que hablaban abiertamente de su fe y que, sin vergüenza alguna, daban gracias a Dios delante de millones de personas. Sin embargo, hubo una escena que se quedó grabada en mi corazón. Neymar, jugando probablemente su último Mundial, después de recuperarse de una lesión que le impidió llegar al cien por ciento, acababa de ser eliminado del torneo. Mientras muchos lloraban por la derrota, él permanecía de rodillas en medio del campo, con los brazos levantados al cielo. Lloraba. Pero también alababa. Y esa imagen me hizo preguntarme: ¿Por qué alguien le da gracias a Dios cuando las cosas no salen como esperaba? Porque, seamos honestos, nos resulta muy fácil agradecer cuando todo marcha bien. Cuando apruebo el examen, cuando consigo el trabajo, cuando gano el partido, cuando el diagnóstico sale favorable, cuando la vida parece sonreírme. Pero cuando llegan las derrotas, las pérdidas o las decepciones, pareciera que olvidamos todo lo bueno que Dios ya ha hecho por nosotros.
Y hay que aceptarlo, es muy difícil ver lo positivo cuando todo parece estar mal. Es difícil alabar cuando el corazón está roto, pero justamente ahí es donde se pone a prueba nuestra fe. Eso no significa que tengamos que estar felices por el dolor o fingir que nada pasa. Significa que, incluso en medio de la tormenta, seguimos reconociendo que Dios continúa siendo bueno. Te lo explico con un ejemplo. Imagina a un niño que tiene su cuarto lleno de juguetes. Tiene tantos que ni siquiera alcanza a jugar con todos. Un día entra a una juguetería, ve uno nuevo y lo quiere a como dé lugar. Pero, para su sorpresa, sus papás le dicen que no. Entonces el niño comienza a llorar, hace berrinche y hasta les dice que son los peores papás del mundo.
¿Qué ocurrió? Por fijarse únicamente en el juguete que no recibió, olvidó todos los que ya tenía esperándolo en casa. ¿Sus papás dejaron de ser buenos porque dijeron que no? Claro que no. Simplemente el enojo hizo invisible todo lo que ya había recibido. ¿No nos pasa exactamente lo mismo con Dios? Nos enfocamos tanto en esa oportunidad que no llegó, en esa relación que terminó, en ese proyecto que fracasó o en esa oración que todavía no recibe la respuesta que esperamos, que dejamos de ver todo lo demás. Olvidamos que seguimos respirando, que tenemos personas que nos aman, que Dios continúa derramando su misericordia cada día, que, aun en medio del dolor, nunca deja de caminar a nuestro lado.
Ese momento de Neymar me hizo pensar precisamente en eso. En cuántas veces yo también he sido ese niño que hace berrinche por el juguete que no pudo tener, olvidando que Dios ya había llenado mi vida de regalos mucho más grandes. Y entonces entendí que alabar a Dios no es negar el sufrimiento. Es decidir que el sufrimiento no tendrá la última palabra. Porque cuando aprendemos a dar gracias también en la adversidad, descubrimos que nuestra fe ya no depende de las circunstancias, sino de la certeza de que Dios sigue siendo bueno.
Quizá hoy tu vida no está saliendo como la habías planeado. Tal vez estás viviendo una derrota que nadie más conoce. Pero antes de pensar en todo lo que te falta, detente un momento y mira todo lo que Dios ya ha puesto en tus manos. Tal vez descubras que tu "cuarto" también está lleno de regalos. Y que, incluso en medio de la tormenta, siempre habrá motivos para levantar la mirada al cielo y decir: "Gracias, Señor."
















