De la voz al papel
Por: Antoine Abraham | Fuente: Catholic.Net

Si pudiéramos colocar sobre una mesa los primeros textos de la Biblia y la que tienes hoy en casa, probablemente pensarías que pertenecen a mundos completamente distintos. Y tendrías razón. Porque antes de ser un libro, la Biblia fue palabra. Después fue rollo. Luego códice. Más tarde manuscrito, libro impreso y, finalmente, hasta una aplicación que llevamos en el bolsillo. Su historia comenzó mucho antes de que existiera algo llamado “Biblia”. Durante generaciones, el pueblo de Israel transmitió oralmente relatos sobre sus antepasados, leyes, oraciones, genealogías y experiencias de Dios. Con el tiempo, esas tradiciones fueron puestas por escrito, recopiladas y editadas hasta formar los libros que hoy conocemos como el Antiguo Testamento. Pero no imagines todavía un libro encuadernado. Los textos se escribían sobre materiales como papiro o pergamino y frecuentemente se conservaban en rollos separados. Por eso hay un detalle precioso en el Evangelio de san Lucas (4,16-20). Cuando Jesús entra en la sinagoga de Nazaret y le entregan el libro del profeta Isaías, Lucas cuenta que Jesús desenrolló el volumen, encontró el pasaje, lo leyó y después lo enrolló nuevamente. Jesús no estaba sosteniendo una Biblia como la nuestra. Estaba leyendo un rollo.
Siglos antes, entre los siglos III y I a. C., ocurrió otro acontecimiento decisivo: las Escrituras judías fueron traducidas al griego (el antiguo testamento fue escrito en Hebrero y Arameo). Esa traducción sería conocida como la Septuaginta o Biblia de los Setenta (LXX) y tendría enorme importancia para los primeros cristianos. Después vino Jesús. Y curiosamente, Jesús no escribió ningún libro. Fueron sus discípulos y las primeras comunidades cristianas quienes conservaron y transmitieron su enseñanza. Comenzaron a circular cartas, relatos y testimonios. De hecho, algunas cartas de san Pablo fueron escritas antes que los Evangelios. Así fueron apareciendo los textos que formarían el Nuevo Testamento (escrito originalmente en griego). Pero todavía faltaba algo revolucionario. Los primeros cristianos adoptaron rápidamente una nueva forma de conservar los escritos: el códice. En lugar de un enorme rollo que había que desenrollar, las hojas se colocaban unas sobre otras y se unían por un costado. ¿Te resulta familiar? Era el antepasado de nuestro libro.
Esto permitió reunir varios textos dentro de un mismo volumen. Con el paso de los siglos encontramos grandes manuscritos bíblicos, como el Códice Vaticano y el Códice Sinaítico, ambos del siglo IV. A finales de ese mismo siglo, san Jerónimo emprendió una gigantesca tarea de traducción de las Escrituras al latín. Su trabajo sería fundamental para lo que conocemos como la Vulgata, que marcaría profundamente la historia del cristianismo occidental. Durante siglos ocurrió algo que hoy cuesta imaginar: cada Biblia tenía que copiarse a mano. Monjes y escribas podían pasar años inclinados sobre un escritorio reproduciendo palabra por palabra, línea por línea, página por página. Hasta que llegó otra revolución. Hacia 1454-1455, Johannes Gutenberg imprimió su célebre Biblia utilizando tipos móviles. No fue la primera Biblia de la historia, como algunas veces se piensa, pero sí se convirtió en el gran símbolo de una nueva época. La Escritura podía multiplicarse como nunca antes.
Después llegaron cada vez más traducciones a las lenguas de los pueblos, nuevas ediciones, Biblias de estudio y versiones realizadas directamente a partir del hebreo, arameo y griego. Hasta llegar a nosotros. Hoy puedo sostener toda la Biblia en una mano. Incluso puedo llevar decenas de traducciones diferentes dentro de mi teléfono. Y quizá ahí aparece una de las grandes paradojas de esta historia. Durante siglos hubo personas que caminaron kilómetros simplemente para escucharlas Escrituras porque jamás podrían poseer una Biblia. Otros dedicaron años de su vida a copiarla. Rollos sobrevivieron guerras. Manuscritos atravesaron imperios. Códices fueron conservados durante más de mil años. Y hoy nosotros llevamos toda esa historia en el bolsillo. Quizá el verdadero milagro no sea solamente que después de tantos siglos la Biblia haya llegado hasta nuestras manos. Quizá la pregunta sea otra: ¿Cómo puede ser que nunca haya estado tan cerca de nosotros… y algunas veces nosotros estemos tan lejos de ella?
“Porque lo que ocurrió hace siglos… tiene eco en la eternidad”. — Antoine Abraham
NOTA HISTÓRICA
Hay algo que probablemente nunca has pensado cuando buscas, por ejemplo, Juan 3,16. Juan no escribió “3,16”. Los manuscritos originales de la Biblia no tenían nuestra división moderna en capítulos y versículos. La división en capítulos que usamos actualmente se consolidó en la Edad Media, tradicionalmente asociada a Stephen Langton, a comienzos del siglo XIII. La numeración moderna de versículos llegó varios siglos después y quedó ampliamente difundida con las Biblias impresas del siglo XVI. Es decir, durante buena parte de la historia cristiana nadie podía decir: “Busca Mateo 5,3”. Había que conocer el texto… y encontrarlo. Y quizá por eso aquellos hombres no conocían tantos números de la Biblia como nosotros. Pero algunos conocían mucho mejor sus palabras.


















