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Aprender a estar

Un lugar en la mesa
Cuando hacemos espacio para Jesús en nuestra vida, Él puede transformar incluso lo cotidiano.


Por: Rafael Moya | Fuente: Catholic.Net



Jesús fue invitado a una boda en Caná. Estaban allí María, sus discípulos, los novios, sus familias y seguramente muchas personas más.

Antes del milagro que todos conocemos ocurrió algo mucho más sencillo: alguien lo invitó.

Las mesas tienen una manera especial de contar nuestra historia. Alrededor de ellas hemos celebrado cumpleaños, recibido noticias, discutido, pedido perdón, reído durante horas y despedido a personas que seguimos extrañando.

Hay sillas que durante años pertenecieron casi naturalmente a alguien.

Y hay personas que comenzaron siendo visitantes y terminaron formando parte de nuestra vida porque un día les dijimos: “siéntate con nosotros”.



Vivimos en ciudades donde podemos estar rodeados de gente y, al mismo tiempo, sentirnos profundamente solos. Por eso una invitación puede significar mucho más de lo que imaginamos. Compartir un café, preparar algo de comer o acercar una silla son maneras sencillas de decirle a alguien: hay un lugar para ti aquí.

Jesús comenzó sus signos en medio de una celebración a la que había sido invitado.

Quizá nuestras mesas también puedan convertirse en lugares donde ocurran pequeñas transformaciones: una amistad que comienza, una conversación pendiente, una reconciliación o simplemente la alegría de descubrir que no estamos solos.

A veces no hace falta organizar algo extraordinario.

Basta con hacer lugar en la mesa.



Evangelio: Las bodas de Caná (Juan 2, 1-11).

 

 







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