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Acerca de la donación y el transplante de órganos
Mensaje de la Comisión Episcopal de Pastoral Familiar, México, marzo 2005


Por: + Mons. Rodrigo Aguilar Martínez y + Mons. Fco. Javier Chavolla Ramos | Fuente: Comisión Episcopal de Pastoral Familiar Mensaje del día de la vida 2005



Amar a nuestro prójimo hasta el fin

Queridos hermanos y hermanas en el Señor Jesús:

1. ¡Cristo vive! Este es el gozoso anuncio que la Iglesia, desde la mañana de la Resurrección, no se cansa de hacer al mundo. Esta es la alegre noticia que llena de contenido nuestra fe y que en la pascua queremos comunicarles: “Lucharon vida y muerte en singular batalla y, muerto el que es la vida, triunfante se levanta” (cfr. Himno litúrgico “Victime paschali laudes”). Sí, ¡Cristo ha resucitado! ¡Cristo, que es la vida, vive para siempre! Nos llenamos de estupor al constatar que la tumba está vacía, que es verdad lo que Él nos dijo: “Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí no morirá para siempre” (Jn 11,25). Cristo vive inmortal y glorioso y está presente en el mundo, en su Iglesia, en su Palabra, en sus fieles, en sus sacramentos, de modo eminente en la Eucaristía que nos ha dejado como alimento de vida: “El que come mi carne y bebe mi sangre tendrá vida en mí y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6, 54).

2. La Iglesia anuncia este mensaje de vida y esperanza a los hombres de todos los tiempos; ella no tiene otro objetivo que el bienestar integral del ser humano, y porque cree en Aquél que es la Vida, está empeñada en anunciar, celebrar y servir el Evangelio de la Vida. El Señor Jesús ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia (cfr. Jn 10,10). Su encarnación, su vida, su pasión, muerte y resurrección por nosotros, nos muestran hasta qué punto es valiosa la vida del hombre. Cristo ha muerto para que tengamos vida y resucitando nos ha abierto las puertas de aquella vida que no se acaba.

Estamos llamados a reproducir en nuestra existencia todos los pasos de la vida de Cristo, que “nos amó hasta el fin” (Jn 13,1). Buscando imitar a Jesús, queremos reflexionar sobre una posibilidad que nos ofrecen las ciencias médicas y que constituye un desafío para amar a nuestros prójimos: nos referimos a la donación y el trasplante de órganos.

3. La técnica de los trasplantes de órganos ofrece hoy a mucha gente la posibilidad de salvar sus vidas de una muerte inminente o de una vida con sufrimientos intensos. El Santo Padre Juan Pablo II nos ha dicho que una manera de nutrir una genuina cultura de la vida, es “la donación de órganos realizada de una manera éticamente aceptable, con la misión de ofrecer una oportunidad de salud, o incluso de la vida misma, a los enfermos, los cuales algunas veces no tienen otra esperanza”.(1)

4. Los trasplantes “son legítimos –moralmente- por el principio de solidaridad que une a los seres humanos y de la caridad que dispone a donarse en beneficio de los hermanos sufrientes” (2) . La donación de órganos es un modo de realizar nuestra vocación al amor, ofreciendo una parte de nosotros mismos para dar una oportunidad de salud y de vida a nuestros hermanos. El criterio ético fundamental es la defensa y la promoción de una vida integral para el ser humano, de acuerdo con la dignidad única que le corresponde en virtud de su humanidad y que se nos revela con la encarnación, la muerte y la resurrección del Hijo de Dios.

5. El reconocimiento de esta dignidad eminente pide, como primera condición para donar un órgano, que no se cause una grave e irreparable disminución al donador. Como ha señalado el Santo Padre: “Una persona puede donar solamente aquello de lo cual puede privarse sin peligro serio para la propia vida o la identidad personal, y por una justa y proporcionada razón”(3) . De ahí que “no todos los órganos sean éticamente donables. Para el trasplante se excluyen el encéfalo y las gónadas, que dan la respectiva identidad personal y procreativa de la persona” (4) .

6. Las ciencias biomédicas nos ofrecen, además, la posibilidad de proyectar más allá de la muerte nuestra vocación al amor, mediante el ofrecimiento que se hace en vida de una parte del propio cuerpo, lo cual se hará efectivo después de la muerte. Se trata de un acto que emula, de alguna manera, el misterio pascual que celebramos, en que muriendo Jesús, da vida. Es éste “un acto de gran amor, aquel amor que da la vida por los otros”(5) .

Aquí la condición ética necesaria es que los órganos vitales únicos en el cuerpo, sean removidos solamente después de la muerte; es decir, sólo una vez que conste con certeza que el individuo ha muerto. “Actuar de otra manera -señala el Papa- representaría causar la muerte del donador intencionalmente para disponer de sus órganos” (6) .

7. La pregunta que surge es cuándo puede considerarse con certeza que una persona está muerta. A este propósito, conviene recordar que la muerte “es un evento único consistente en la desintegración total de ese todo unitario e integral que es la persona misma, como consecuencia de la separación del principio vital o alma, de la realidad corporal de la persona”(7) . Este evento en sí mismo trasciende la constatación empírica. Sin embargo, conocemos por experiencia que, cuando ha ocurrido, se siguen ciertos signos que pueden ser identificados médicamente. Hoy por hoy se considera como criterio cierto de que la muerte ha ocurrido, “la suspensión completa e irrevocable de todas las actividades cerebrales en el encéfalo, cerebelo y bulbo raquídeo. Esto se considera el signo de que se ha perdido la capacidad de integración del organismo individual como tal”(8) .

8. La desproporción actualmente existente entre la disponibilidad de órganos y la demanda de los mismos, no nos ha de llevar, sin embargo, a una promoción indiscriminada del trasplante de órganos, sino que se ha de realizar con criterios éticos, según el reconocimiento de la dignidad humana. Un primer criterio es la necesidad del consentimiento informado. El trasplante presupone una decisión anterior completamente libre e informada, de parte del donador o de alguno que legítimamente lo representa. En este sentido no sería lícito coaccionar o presionar a una persona en orden a obtener su consentimiento. De ahí que la decisión de la persona sea insustituible; dicha decisión es prerrogativa de su dignidad personal y debe ser claramente conocida. Por ello no es lícito presuponer un consentimiento tácito. Por eso conviene manifestar claramente la decisión a este respecto, mediante algún documento en el que conste y se especifique la propia voluntad de ofrecer sus órganos cuando ya se haya traspasado el umbral de la muerte. En todo caso, conviene comunicar la propia decisión a los familiares más cercanos, quienes tendrán la grave responsabilidad de hacerla cumplir.

9. Por otra parte, sería gravemente inmoral y violatorio de la dignidad de las personas, traficar con sus órganos como si fueran un simple objeto de intercambio comercial. Peor aún sería aprovecharse de la situación de pobreza de las personas para intentar obtener una parte de sí mismas mediante un pago. Hay que recordar que “cualquier trasplante de órganos tiene su origen en una decisión de gran valor ético, la decisión de ofrecer sin recompensa una parte de nuestro propio cuerpo, para la salud y bienestar de otra persona”(9).

10. Otra conducta que hay que rechazar es la manipulación y experimentación con embriones humanos, a fin de obtener células madre con las cuales se intente obtener órganos para trasplantar. Recordamos aquí que la dignidad humana exige que nunca usemos a una persona –aunque ésta sea pequeñísima, en etapa embrionaria- como medio para la salud de otros. A este respecto alentamos una vez más la investigación con células madre aisladas de organismos adultos y rechazamos firmemente la experimentación con células madre embrionales provenientes de trasplante nuclear (clonación), de embriones crioconservados o producidos mediante las técnicas de fecundación asistida, u obtenidas de abortos inducidos.

11. Finalmente, está la injusticia de asignar los órganos disponibles sin atender a un criterio de equidad, sino según criterios discriminatorios o utilitaristas, basados en la edad, sexo, raza, religión, posición socio-económica, capacidad de trabajo, utilidad social, etc. La asignación de órganos ha de hacerse con base en un juicio que tenga en cuenta más bien factores clínicos e inmunológicos.

12. A pesar de que los trasplantes ofrecen la oportunidad de salud y de vida, son todavía muy pocos los enfermos que se benefician de estas técnicas, debido a una deficiente cultura de la donación de órganos entre nosotros. Por eso queremos exhortar vivamente a todos los discípulos de Cristo Jesús y a las personas de buena voluntad, a no dejarse vencer por el egoísmo, la apatía, el miedo o los prejuicios y a afrontar el reto de vivir una solidaridad altruista y un amor oblativo, convirtiéndose en donadores de sus órganos, especialmente cuando éstos ya no les serán necesarios después de la muerte.

13. Invocando la intercesión de la Santísima Virgen María que no dudó entregar a su propio Hijo para nuestra salvación, le suplicamos que sostenga el empeño de tantos profesionales de la salud y de las ciencias sociales que trabajan para hacer progresar estas técnicas en beneficio y bienestar de los hombres, y que nos alcance la gracia de ser generosos para ofrecer una esperanza de salud y de vida a aquellos hermanos nuestros que sufren y que pueden ser aliviados mediante un trasplante.

¡Felices pascuas de resurrección!

México, D.F., 27 de marzo de 2005.

+ Mons. Rodrigo Aguilar Martínez
Obispo de Matehuala
Pdte. de la Com. Episc. de Past. Familiar

+ Mons. Fco. Javier Chavolla Ramos
Obispo de Toluca
Encargado del Departamento de Vida

Notas bibliográficas.

1Evangelium vitae, n. 86
2PONTIFICIO CONSEJO PARA LA PASTORAL DE AGENTES SANITARIOS, Carta de los agentes sanitarios, n. 85
3JUAN PABLO II, Discurso a los participantes en el primer Congreso Internacional sobre trasplantes de órganos, 20.VI.1991, n. 2
4 Carta de los agentes sanitarios, n. 88
5 JUAN PABLO II, Discurso a los participantes en el primer Congreso Internacional sobre trasplantes de órganos, 20.VI.1991, n. 4
6 JUAN PABLO II, Discurso a los participantes en el XVIII Congreso internacional de trasplantes de órganos, 29.VIII.2000, n. 4
7 Ibid.
8 JUAN PABLO II, Discurso a los participantes en el XVIII Congreso internacional de trasplantes de órganos, 29.VIII.2000, n. 5.
9 JUAN PABLO II, Discurso a los participantes en el primer Congreso Internacional sobre trasplantes de órganos, 20.VI.1991, n. 3
 





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