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Robert Francis Prevost nace el 14 de septiembre de 1955 en Chicago, en Illinois, Estados Unidos de América.

¡Feliz Cumpleaños 71° Papa León XIV!
En su cumpleaños, recorremos la historia humana y espiritual de León XIV: desde su infancia y vocación agustiniana hasta su misión en Perú y su llamado a servir a la Iglesia universal como sucesor de Pedro.


Por: Nayla Alcántara | Fuente: Vatican.va



León XIV cumple 71 años: una vocación nacida en familia y forjada en la misión

Este 14 de septiembre, el Papa León XIV celebra 71 años de vida. Detrás del hombre que hoy ocupa la cátedra de Pedro hay una historia que comenzó en una familia profundamente vinculada a su parroquia, atravesó años de discernimiento, encontró su hogar espiritual entre los agustinos y se hizo misionera en Perú. Conocer ese camino ayuda también a comprender algunas de las prioridades que comienzan a definir su pontificado.

El 14 de septiembre tiene un significado especial para la Iglesia: es la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Desde 1955, también es la fecha de nacimiento de Robert Francis Prevost, hoy Papa León XIV.

Las felicitaciones que han llegado hasta Roma no se han limitado a los buenos deseos habituales. En un momento internacional marcado por guerras, divisiones y cansancio social, buena parte de los mensajes dirigidos al Papa han retomado precisamente algunos de los temas que él ha colocado en el centro de su ministerio: el perdón, la paz, la comunión y la esperanza.

La Conferencia Episcopal Italiana, por ejemplo, recordó su llamado a comprender la relación que existe entre el perdón y la posibilidad de vivir verdaderamente en paz. La Diócesis de Roma pidió para su obispo fuerza y sabiduría ante los desafíos de nuestro tiempo y para acompañar a quienes desean construir lo que san Pablo VI y san Juan Pablo II llamaron tantas veces la “civilización del amor”.



Es una manera significativa de celebrar un cumpleaños: mirar los años vividos no solamente como una suma de fechas, sino como una historia en la que poco a poco se descubre una vocación.

Y para comprender al León XIV de hoy, quizá hay que comenzar mucho antes de Roma.

 

Una vocación que comenzó cerca de casa

Robert Francis Prevost nació el 14 de septiembre de 1955 en Chicago, Illinois. Fue el menor de tres hermanos, hijo de Louis Marius Prevost y Mildred Agnes Martínez.



Su casa no estaba separada de la vida de la parroquia. Sus padres participaban activamente en la comunidad de Saint Mary y aquella cercanía cotidiana con la Iglesia fue formando su primera experiencia de fe.

Antes de los grandes cargos, antes del episcopado, antes de los años de misión y mucho antes del balcón de la basílica de San Pedro, hubo algo mucho más sencillo: una familia, una escuela parroquial, sacerdotes cercanos y una comunidad cristiana.

El propio León XIV ha recordado que fue precisamente allí donde empezó a aparecer la posibilidad del sacerdocio.

No fue una historia extraordinaria en el sentido espectacular de la palabra. Fue la experiencia de muchos jóvenes cristianos: conocer la Iglesia desde dentro, observar a sacerdotes que sirven, participar en la parroquia y comenzar a preguntarse si Dios puede estar llamando también a uno.

A los 14 años ingresó en el seminario menor de los agustinos.

Pero su camino no estuvo libre de preguntas.

 

Cuando la vocación también pasa por las dudas

Hay un detalle de la historia de Prevost que resulta especialmente cercano.

Antes de ingresar definitivamente en la vida religiosa tuvo dudas sobre su futuro. Se preguntó si quizá debía abandonar ese camino, casarse, tener hijos y formar una familia.

Y habló de ello con su padre.

No fue una conversación solemne ni una especie de revelación instantánea. Su padre no era su director espiritual. Era simplemente su padre.

Pero precisamente por eso aquellas palabras tuvieron un peso especial.

Louis Prevost le habló desde su propia experiencia matrimonial sobre la intimidad y el amor que compartía con su esposa y le ayudó a comprender que, del mismo modo, una vocación sacerdotal solamente podía sostenerse si estaba fundada en una relación verdadera y cercana con Cristo.

Robert había escuchado ideas semejantes de sacerdotes y formadores. Sin embargo, cuando las escuchó de su padre adquirieron otro significado.

Es una pequeña escena familiar que dice mucho sobre las vocaciones.

A veces Dios llama desde un altar. Otras veces, mediante una conversación aparentemente ordinaria entre un padre y un hijo.

El joven Prevost siguió adelante.

 

San Agustín y el descubrimiento de la comunidad

En 1977 terminó sus estudios universitarios en Villanova, donde se licenció en Matemáticas y estudió Filosofía. Ese mismo año ingresó formalmente al noviciado de la Orden de San Agustín.

La espiritualidad agustiniana terminaría marcando profundamente su manera de comprender la Iglesia.

San Agustín no propone una fe encerrada en el individualismo. La búsqueda de Dios conduce también al encuentro con los demás. La comunidad, la amistad y la unidad ocupan un lugar fundamental.

Prevost ha explicado que sus años de formación religiosa fueron también años para aprender a convivir con otros jóvenes, conocerse a sí mismo y descubrir la importancia de la amistad y de la vida comunitaria.

En ese ambiente apareció otra inquietud que sería decisiva: quería ser misionero.

No deseaba permanecer únicamente en su país. Sentía el deseo de servir en otra tierra.

El 29 de agosto de 1981 realizó sus votos solemnes. Fue ordenado sacerdote el 19 de junio de 1982, después de continuar su formación en Roma, donde estudió Derecho Canónico.

Pocos años después aquel deseo misionero encontraría un lugar concreto en el mapa, Perú.

 

Perú dejó de ser una misión para convertirse en parte de su vida

En 1985 fue enviado a Chulucanas, en Piura.

A partir de entonces comenzó una relación con Perú que terminaría siendo mucho más profunda que una asignación temporal.

Tras un periodo en Estados Unidos regresó al país en 1988, esta vez a Trujillo. Allí desarrolló buena parte de su ministerio durante años: fue formador de jóvenes agustinos, prior de comunidad, profesor, vicario judicial y párroco, entre otras responsabilidades.

La imagen que surge de esa época es muy distinta a la que podría formarse quien únicamente conociera al futuro Papa por sus responsabilidades posteriores en la Curia romana.

Prevost conoció la vida de la Iglesia latinoamericana desde dentro.

Conoció parroquias, seminaristas, comunidades religiosas y familias. Enseñó, acompañó procesos de formación, desempeñó tareas de gobierno y ejerció el ministerio pastoral.

No fue simplemente un norteamericano que pasó algunos años por América Latina. Perú terminó convirtiéndose en una parte esencial de su historia.

En 2015 obtuvo incluso la nacionalidad peruana.

Décadas más tarde, cuando el mundo conoció al nuevo Papa y comenzó a preguntarse quién era Robert Francis Prevost, muchos católicos peruanos ya tenían una respuesta.

Para ellos no era un desconocido, había sido uno de sus pastores.

 

De formar religiosos a servir a toda la Orden

Su vida agustiniana también lo llevó nuevamente fuera de Perú.

Después de regresar a Estados Unidos fue elegido prior provincial y, en 2001, sus hermanos agustinos lo eligieron prior general de la Orden de San Agustín. En 2007 fue nuevamente elegido para un segundo mandato.

Durante doce años tuvo la responsabilidad de acompañar a una familia religiosa presente en numerosos países.

Ese periodo amplió todavía más su experiencia de una Iglesia universal: culturas diferentes, necesidades pastorales distintas, comunidades lejanas unas de otras pero unidas por una misma fe.

Quizá por eso resulta especialmente significativo el lema que años después eligió como obispo: In Illo uno unum.

La expresión, inspirada en san Agustín, puede entenderse como: “En el único Cristo somos uno”.

No parece únicamente una frase colocada en un escudo.

Resume una convicción que atraviesa buena parte de su historia.

La Iglesia puede estar formada por lenguas, naciones, culturas, sensibilidades y experiencias distintas, pero su unidad no nace de que todos sean idénticos. Nace de Cristo.

 

Chiclayo: volver a Perú como pastor

En noviembre de 2014, el Papa Francisco lo nombró administrador apostólico de la diócesis de Chiclayo y obispo titular de Sufar.

Su ordenación episcopal tuvo lugar el 12 de diciembre de ese año, fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe.

Poco después fue nombrado obispo de Chiclayo.

Así comenzó otra etapa de su vida peruana, ahora como sucesor de los apóstoles.

El misionero había regresado como obispo.

Su experiencia ya no era únicamente la del religioso, el profesor o el formador. Debía cuidar una Iglesia particular: sus sacerdotes, seminaristas, religiosos, familias, jóvenes, instituciones y comunidades.

Fue también miembro de la Conferencia Episcopal Peruana y llegó a ocupar su segunda vicepresidencia.

Mientras tanto, desde Roma, el Papa Francisco comenzó a confiarle responsabilidades cada vez mayores.

 

Papa Francisco lo llamó a Roma

En 2019 fue nombrado miembro de la Congregación para el Clero y al año siguiente miembro de la Congregación para los Obispos.

El paso decisivo llegó en enero de 2023.

Papa Francisco lo llamó a Roma para convertirlo en prefecto del Dicasterio para los Obispos y presidente de la Pontificia Comisión para América Latina.

La responsabilidad era enorme.

El Dicasterio para los Obispos participa en uno de los procesos más delicados de la vida de la Iglesia: ayudar al Papa en la selección de los hombres que serán llamados al episcopado.

El antiguo formador de agustinos, misionero en Perú y obispo de Chiclayo pasaba ahora a colaborar directamente con el Papa en el discernimiento sobre los futuros pastores de numerosas diócesis.

Papa Francisco lo creó cardenal el 30 de septiembre de 2023. Menos de dos años después, la historia daría un giro que muy pocos podían prever.

 

El 8 de mayo de 2025

Tras la muerte del Papa Francisco y el posterior cónclave, los cardenales comenzaron la elección de su sucesor el 7 de mayo de 2025.

Al día siguiente apareció el humo blanco. Robert Francis Prevost había sido elegido Papa, escogió el nombre de León XIV.

Se convirtió en el Pontífice número 267 de la Iglesia católica, el primero nacido en Estados Unidos y el primer Papa perteneciente a la Orden de San Agustín.

Sin embargo, reducir aquel momento a esos datos históricos sería perder una parte esencial de la historia.

El hombre que apareció ante el mundo vestido de blanco no había llegado a Roma siguiendo una carrera diseñada desde joven.

Detrás había décadas de pequeñas decisiones: ingresar al seminario, atravesar dudas, escuchar a su padre, abrazar la vida agustiniana, aceptar una misión lejos de casa, formar jóvenes religiosos, servir en parroquias, acompañar a una diócesis y asumir responsabilidades que fueron llegando una después de otra.

La vocación cristiana suele construirse así.

No viendo desde el principio todo el camino, sino respondiendo al siguiente paso.

 

Una Iglesia que no puede reducirse a una institución

Hay una idea expresada por León XIV antes de convertirse en Papa que ayuda particularmente a comprender su visión de la Iglesia.

Para él, la Iglesia no puede ser entendida únicamente como una estructura, una institución, el Vaticano o la Santa Sede.

Todo eso existe y cumple una función necesaria, pero no constituye su corazón.

La Iglesia es, ante todo, una comunión de creyentes.

Es la comunidad de hombres y mujeres que viven su fe en medio del mundo; la Iglesia de los mártires, de quienes sirven silenciosamente, de quienes permanecen junto a los que sufren y de quienes son capaces de ofrecer esperanza incluso en medio de la violencia.

Es una mirada profundamente agustiniana y, al mismo tiempo, profundamente actual.

En una época en la que la Iglesia puede ser analizada únicamente desde sus estructuras, estadísticas, crisis o debates internos, León XIV recuerda que detrás de todo ello existe algo mucho más grande: un pueblo reunido por Cristo.

 

Cumplir años hablando de paz

Por eso las felicitaciones recibidas este 14 de septiembre tienen un significado especial.

La Conferencia Episcopal Italiana ha querido recordar, en el cumpleaños del Papa, sus palabras recientes sobre el perdón.

No como un sentimiento ingenuo, no como una forma de ignorar el mal, sino como una condición necesaria para romper las cadenas que mantienen vivos los conflictos.

Cuando una sociedad deja de perdonar, las heridas pasan de una generación a otra. Los resentimientos se convierten en identidades y las divisiones terminan pareciendo inevitables.

El mensaje resulta especialmente urgente en un mundo donde numerosas poblaciones continúan padeciendo las consecuencias de la guerra.

La Diócesis de Roma, por su parte, ha pedido para su obispo fuerza y sabiduría para afrontar los desafíos actuales y acompañar el deseo de paz presente en tantas personas.

No deja de ser llamativo que, en el cumpleaños del Papa, muchos de los deseos dirigidos hacia él terminen convirtiéndose también en una oración por el mundo.

 

Una vida que todavía se está escribiendo

Es muy pronto para hacer un balance definitivo del pontificado de León XIV, su historia como sucesor de Pedro apenas comienza, pero sí podemos mirar el camino que lo precede:

Un niño formado en una parroquia de Chicago, un adolescente que comenzó a preguntarse si Dios lo llamaba al sacerdocio, un joven que descubrió en san Agustín la belleza de buscar a Dios junto a otros, n hijo que tuvo dudas y encontró orientación conversando con su padre, un religioso que quiso ser misionero, un sacerdote enviado a Perú, un formador, un superior general, un obispo de Chiclayo, un colaborador cercano del Papa Francisco, un cardenal y finalmente, el sucesor de Pedro.

En su historia hay un recordatorio especialmente valioso para cualquier cristiano: las grandes vocaciones suelen crecer en lugares pequeños.

La vida de Robert Francis Prevost cambió muchas veces de ciudad, país y responsabilidad, pero hay algo que parece haber permanecido constante: la certeza de que la fe cristiana no se vive en soledad.

Tal vez por eso aquellas palabras de san Agustín elegidas como lema episcopal siguen diciendo tanto ahora que su misión abarca a la Iglesia universal: In Illo uno unum.

En Cristo, siendo muchos, podemos ser uno. En este cumpleaños de León XIV, mientras el mundo le hace llegar felicitaciones, para los católicos hay una manera sencilla de acompañarlo: rezar por él.

Pedir a Dios que conserve su fe, le conceda sabiduría en las decisiones difíciles, fortaleza frente al sufrimiento del mundo y un corazón capaz de conducir a la Iglesia hacia Cristo.

Porque celebrar la vida de un Papa no consiste solamente en contar sus años.

También significa dar gracias por su vocación y recordar aquella petición que nos hacía Papa Francisco: "Recen por mí".







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