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VIH / sida: campañas desde la fe
Detrás de los números estadísticos se encuentran siempre historias de personas, en ocasiones verdaderas tragedias


Por: Julián López | Fuente: weblogs.eluniversal.com.mx



Mientras preparaba mi artículo anterior para este blog, afuera de mi habitación, en el claustro principal del Seminario Conciliar de México, se afinaban los pormenores para recibir en una noche mexicana a los participantes de la Preconferencia Ecuménica “¡Fe en Acción Ahora!”. La Alianza Ecuménica de Acción Mundial, organizadora de dicho evento, tuvo su propia participación en la XVII Conferencia Internacional del SIDA, presentando lo que organizaciones basadas en la fe (“FBO” por sus siglas en inglés) están realizando para trabajar particularmente con poblaciones marginadas víctimas de esta enfermedad.

Sabemos que hay muchas perspectivas incompatibles entre valores éticos y religiosos y la mentalidad que se difunde en ciertos medios al buscar controlar la infección del VIH y la enfermedad del SIDA. Una visión que ignora dimensiones humanas más amplias e integrales no puede sino ser delatada como propugnadora del egoísmo, el hedonismo y la promiscuidad. No deja de asombrar que a pesar de que el recurso a la fidelidad conyugal y a la abstención de relaciones sexuales garantizan en el ámbito de la sexualidad el no adquirir el contagio, directamente sea rechazado por algunos de quienes trabajan en evitar la enfermedad. Pero no tengo intención de entrar hoy en esta polémica.

Quisiera más bien subrayar otras dos cuestiones. En primer lugar, que detrás de los números estadísticos se encuentran siempre historias de personas, en ocasiones verdaderas tragedias. Y en ningún caso un cristiano tiene derecho de desentenderse de su hermano, independientemente del origen de su situación. De hecho, muchas veces en las situaciones emerge lo más noble del ser humano, aunque se deje también ver lo más cruento.

Cuando terminaba mi formación filosófica en el Seminario –hace diecisiete años– tuve la invaluable experiencia de participar todos los sábados en el acompañamiento pastoral de enfermos que se atendían en el Hospital General, en la unidad de Infectología. Buena parte de los pacientes que visitábamos eran enfermos de SIDA, y muchos de ellos habían llego ahí en situaciones ya lastimosas. En aquel tiempo, las esperanzas de impedir con tratamiento que la infección destruyera las defensas del organismo eran aún mínimas. Jamás olvidaré las lecciones de humanidad que pudimos vivir ahí.

Recuerdo, por ejemplo, a Margarita, una joven mujer que había adquirido la enfermedad por vender su sangre a fin de obtener recursos para mantener a su familia. Contagió a su esposo, y vio palidecer su vida en una penuria indescriptible. Todo lo había hecho por amor a sus hijos. La historia de la madre de Cósete, en Los Miserable de Víctor Hugo, que llegó a vender sus cabellos y sus dientes imaginándose que servían para la manutención digna de su hija, parecería un recurso literario fantástico. Sin embargo, en Margarita era la misma realidad, y lo que había ofrecido era su sangre. La realidad supera siempre la imaginación.

Acompañamos también a un jovencito de apenas trece años –no me pregunten por qué, nunca lo supimos, estaba en aquel pabellón y no en pediatría– que se había contagiado prostituyéndose. Se aferraba a la alegría de la vida más allá de su drama personal, en la que la enfermedad no era sino el último capítulo. Recuerdo también a un hombre de mediana edad, prácticamente abandonado por su familia, pero que había encontrado en un amigo la fidelidad incansable y heroica que lo acompañó hasta el desenlace final. Y también la expresión sincera de conversión, expresada por un joven que evidentemente se había desgastado en juergas y ambientes desenfrenados: “No sabes lo que anhelo poder salir del hospital. Quisiera aprovechar el poco tiempo que me queda para hacer el bien a mis semejantes”.

En realidad, ver más allá de los números es indispensable, para captar el verdadero rostro humano que vive la tragedia. El contexto cultural que favorece de tantas maneras que se llegue a dichas historias.

Por otro lado, quisiera hablar de algunos esfuerzos que desde la fe se realizan en muy distintos niveles, para acompañar a quienes ya han sido infectados y colaborar en la prevención del contagio.

Emblemática es, por supuesto, la gran valentía que cuando comenzó a cundir la enfermedad, y en buena medida consistía aún un misterio, mostró la madre Teresa de Calcuta al preocuparse por atender de manera organizada a víctimas del virus. Pero con el paso del tiempo, el compromiso eclesial se ha extendido notablemente, llevando la bandera la organización Caritas. Recientemente, la Dimensión de Pastoral Social del Episcopado Mexicano presentó un documento, que forma parte de una campaña más amplia, “Esperanza de VIHda” que busca atender la dignidad de infectados y enfermos. De dicha campaña forma parte el cartel que acompaña este blog. En octubre tendrá lugar en San Luis Potosí el III Foro Nacional sobre VIH y SIDA. Se trata de esfuerzos que hacen visible la llamada de Benedicto XVI a no sólo vivir de manera personal la caridad, sino de organizarnos institucionalmente para ello.

No sé lo que opine el amable lector, pero creo que, más allá de las inevitables discusiones, todos podemos hacer algo concreto por acompañar en la esperanza y la dignidad en su situación a nuestros hermanos infectados y enfermos.

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