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Matrimonio, Maternidad y SIDA
Hace unos años se creía que la amenaza del SIDA afectaría solamente a los así llamados


Por: Gonzalo Miranda | Fuente: catholic.net



Introducción

Hace unos años se creía que la amenaza del SIDA afectaría solamente a los así llamados "grupos de riesgo". Hoy día sabemos que ya no es así. Desgraciadamente, el fenómeno de esta "pandemia" se ha ido difundiendo rápidamente también entre personas ajenas a esos grupos. Además de las infecciones causadas por transfusiones o accidentes varios, se conocen ya muchos casos de trasmisión del HIV en la las relaciones matrimoniales y en la generación de los hijos(1).

Este hecho plantea múltiples problemas de orden humano, social y ético. Entre ellos están los que se refieren a la prevención del contagio de HIV dentro de la dinámica matrimonial y de la responsabilidad en la transmisión de la vida con el riesgo de transmitir también el virus.

Ante problemas tan agudos, se van presentando posturas a veces extremas, a veces demasiado simplificadoras y hasta engañosas. Es extrema la propuesta presentada por varios grupos en Estados Unidos de imponer a todas las parejas que piensan en el matrimonio el test de la seropositividad; algunos piden incluso que en caso de resultado positivo en uno de los miembros de la pareja, el matrimonio sea prohibido o sea prohibida al menos la procreación(2). Es indebidamente simplificadora y hasta engañosa la tendencia a reducir todo el problema al uso del preservativo. Las personas, ya numerosas, que han quedado infectadas por culpa de esa "falsa seguridad" son un testimonio viviente (más aún, si existiera el vocablo, "muriente") de esa realidad.

Conviene por tanto afrontar el tema con serenidad y con seriedad; sin extremismos y sin simplificaciones dañinas.

El fenómeno SIDA en el matrimonio y ante la maternidad
El fenómeno del SIDA se presenta como un problema poliédrico: descubrimos que no se reduce a los aspectos médicos, epidemiológicos, sanitarios, biológicos, etc. relacionados con el virus responsable de la enfermedad. Han sido también objeto de estudio otros elementos que entran en juego ante esta enfermedad, y que constituyen, en su conjunto, una fenomenología con características muy singulares.

Contrariamente a otras enfermedades o epidemias, el SIDA se ve acompañado de una serie de elementos psicológicos, sociológicos, culturales, éticos y hasta religiosos, que hacen de ella un caso del todo nuevo y singular. Aunque ha sido llamado "la peste del 2000", parece más pertinente su comparación, no con la peste, sino con la lepra. La primera atacaba a todos indistintamente; la segunda afectaba solamente a quien, de algún modo, se exponía al contagio; ello mismo provocaba reacciones de repulsa y de segregación social en relación con los infectados. Algo parecido está sucediendo con el SIDA(3).

Sólo que aquí se añaden otros elementos propios. Se trata de una enfermedad que puede ser transmitida por contacto sexual, y más específicamente, a causa de comportamientos calificados normalmente como "irregulares" o "inmorales" (relaciones homosexuales, promiscuidad sexual, relaciones extramaritales, etc.). Este aspecto de la epidemia ha provocado, por una parte, una masiva y a veces morbosa atención al problema por parte de algunos medios de comunicación social, siempre atentos a lo que pueda "hacer noticia" (por más que se diga que nuestra cultura es una cultura "adulta y liberada" en relación con el sexo, los comunicadores y publicistas saben muy bien que el sexo, sobre todo cuando se aúna a lo "prohibido" o a-normal, sigue siendo siempre noticia fácil y llamativa; y lo saben explotar eficazmente; a veces obsesivamente). Por otra parte, ese aspecto ha llevado a ver frecuentemente al enfermo de SIDA como culpable de su propia situación y, según su comportamiento posterior, de contagiar a otros.

Algunos han visto en el SIDA y en las necesarias medidas de prevención contra el virus, una amenaza a ciertas conquistas ideológicas que se creían intangibles: se ha reaccionado por ello con "virulencia" contra todo lo que pueda llevar a poner en tela de juicio las libertades comportamentales conquistadas en la así llamada "revolución sexual".

Todo esto complica las cosas. Y complica también la vida matrimonial, cuando el SIDA se asoma con su silueta mortal y acusadora, en su intimidad. Una vida que debe ser realización y expresión de amor, en la que el lenguaje de la sexualidad explicita todo su significado de ternura, donación y apertura a la vida. La infección de HIV en uno de los esposos lo convierte en una amenaza para el otro; la expresión del amor a través del gesto de la sexualidad se transforma en una especie de atentado contra la vida; la maravilla de la maternidad comporta un riesgo serio de traer a este mundo a un ser condenado a muerte prematura.

La dinámica propia y natural de la vida matrimonial se ve necesariamente alterada, y en modo profundo, por la realidad del SIDA. Hay que tenerlo en cuenta al reflexionar sobre el modo en que convendría actuar en esa situación.

En el fondo, siempre que alguna circunstancia altera la dinámica de convivencia establecida entre personas, nos vemos obligados o a romper esa relación, o a "reinventarla" y reconstruirla teniendo en cuenta esa novedad y salvando lo más esencial e importante de la relación. Es dañino tratar de ignorar la nueva circunstancia; y es igualmente dañino buscar una solución parcial y superficial que en realidad destruya el núcleo más esencial y auténtico de la relación. Conviene, pues, buscar un comportamiento que logre salvar lo esencial de esa relación, los valores que más cuentan en ella; cuando logramos actuar así, podemos incluso reconstruir la relación a un nivel más profundo y genuino, y hasta más profundamente satisfactorio que el anterior a la aparición de esa circunstancia intrusa(4).

Por ello habrá que colocar la problemática específica que nos ocupa en el marco global del significado, la "naturaleza", la dinámica propia y los valores específicos de esas realidades que llamamos matrimonio y maternidad.

Amor, responsabilidad y renuncia

El matrimonio no es una "S.L.", una mera convivencia entre personas que tienen un interés o propósito común. La familia formada por el matrimonio no puede ser reducida a la definición dada por un organismo gubernamental de un país del norte de Europa: "un conjunto de personas que condividen la misma nevera". El matrimonio es una asociación fundada en el amor.

Pero, Qué es amar? Amar es mucho más que querer. Quien ama a alguien no quiere, no desea simplemente algo del otro (sus ojos o sus piernas, su temperamento o su cuenta corriente). Quien ama quiere al otro en su integridad, tal cual es. Y no lo quiere como objeto de posesión; lo que quiere es la unión con él. El amor es, pues, unión, más aún, comunión. Y la comunión se realiza solamente a través de la donación. Entramos en comunión cuando yo me doy a ti, cuando me digo y te digo: ya no me pertenezco, vivo para ti, por eso vivo contigo. El amor es por tanto don de sí, y aceptación del otro como don.

Ahora bien, la donación que verdaderamente expresa el amor, es siempre una donación responsable. Quien ama, desea sincera y realmente el verdadero bien del otro. Cuando le dona algo, o le hace el don estable de sí mismo, no busca exclusivamente, ni primeramente, la expresión de sus propios sentimientos, sino el bien del otro.

Pero la responsabilidad de quien ama tiene como objeto también el propio bien. Primero, porque el amor verdadero, de comunión en la donación, no lleva a la pérdida de la propia identidad y de la responsabilidad que cada uno tiene de proteger el propio bien integral. El amor no es la fusión de dos personas en la pérdida de la individualidad de cada uno. Sólo quien se posee en su propia individualidad es capaz de darse al otro. Y en segundo lugar porque quien ama se ve a sí mismo como un bien para el otro; un bien que ha de cuidar en su integridad, precisamente para poderlo donar íntegro al ser amado.

Por todo esto, quien ama, si comprendiera que el don que desea ofrecer es o puede ser un mal para el otro o para sí mismo, sabe renunciar a ese deseo. Y es que el amor, finalmente, implica también la categoría de la renuncia . Una categoría inscrita en la realidad misma de la comunión y del don. Vivir en comunión a través de la donación de sí, es renunciar a algo de sí mismo para salir al encuentro del otro. El dinamismo del amor y de sus expresiones implica muchas veces el dinamismo de la renuncia a los propios deseos, gustos e intereses; y puede incluso implicar la renuncia a satisfacer los deseos del otro, cuando se comprende que no están de acuerdo con su verdadero e íntegro bien. Lo saben los padres que tienen que negarse a veces la satisfacción de dar algo a su hijo cuando están convencidos de que lo que pide no le conviene.

La sexualidad, expresión del amor

La realidad del SIDA afecta a toda la vida matrimonial, pero incide de modo especialmente directo y fuerte en esfera de la sexualidad y de sus expresiones dentro del matrimonio.. La relación sexual entre dos personas que se han dado mutuamente en toda la integridad de sus personas, es una expresión privilegiada del amor.

Por ello mismo, la vivencia de la sexualidad participa de las características del amor mismo, que acabamos de anotar. Para comprenderlo bien tenemos que recordar que no se trata solamente de impulsos, pasiones, sentimientos y sentidos. Sabemos que la sexualidad, en cuanto expresión de la corporeidad de la persona, es expresión de toda la persona. Es un lenguaje que significa y realiza la unión. No la mera unión de los cuerpos: la unión de las personas, que llamamoscomunión. En la relación conyugal se plasma de modo singularmente intenso y significativo el dinamismo del don. En realidad, en ella sólo es posible recibir donándose; y sólo se puede uno donar recibiendo. La lógica del don llega a su culmen cuando la mutua donación de los esposos se traduce en la donación más radical que podemos hacer a un ser humano: el don de su misma existencia. Es el don de la vida ofrecido cuando, como decía un autor, dos se hacen uno solo para llegar a ser tres.

Por ello mismo, la vivencia de la sexualidad que es expresión auténtica del amor, en cuanto don, es también responsableen sentido pleno: busca sinceramente el verdadero bien del otro y está atenta también al propio bien integral; y no olvida tampoco la responsabilidad en relación con el nuevo ser humano que puede nacer de ese encuentro. La relación sexual no es un mero movimiento físico o sentimental. Es un acto humano pleno, realizado con consciencia y libertad; entra por tanto en el ámbito de la responsabilidad. Soy responsable del acto y de las consecuencias que preveo en su realización.

Finalmente, también la sexualidad, como palabra del don responsable de sí mismo, lleva en sus entrañas la realidad de la renuncia. También ahí darse significa frecuentemente renunciar a algo de sí mismo. A veces hay que renunciar a los propios deseos para respetar al otro en su situación; a veces hay que renunciar en la propia situación para dar salir al encuentro del deseo del otro. A veces hay que renunciar juntos para evitar las previstas consecuencias negativas de la relación. también ahí, la renuncia que es consecuencia del amor lleva a la maduración del amor y a una más profunda realización de la misma de la sexualidad en cuanto dimensión de toda la persona, aún cuando se deba prescindir de su expresión conyugal.

La vida matrimonial ante el SIDA

Creo que estas reflexiones pueden ayudarnos a enfocar mejor el problema del comportamiento de los esposos en el caso de que uno de los dos sea seropositivo. Como decía al inicio, no debemos prescindir, al tratarlo, de la naturaleza, el significado y el dinamismo de la vida matrimonial y de la realidad de la maternidad.

Frecuentemente se quiere reducir el problema a invitar al uso correcto y constante del profiláctico. Por ello conviene analizar brevemente su grado de eficacia real y su incidencia en la vivencia de la sexualidad por parte de la pareja.

Eficacia real del profiláctico

En los años sesenta, cuando apareció la píldora anticonceptiva, se realizó una campaña mundial de propaganda, para informar al público sobre la escasísima eficacia del preservativo como anticonceptivo. De hecho, sabemos por innumerables estudios que su índice de fracaso como barrera contra el embarazo, se sitúa entre el 9% y el 14%; o, según otros, entre el 9,8 y el 18,5 de acuerdo con el "índice de Pearl". Una eficacia bajísima, que lo colocaba entre los medios que quienes fomentaban la anticoncepción solían desaconsejar tajantemente, si había razones serias para evitar un embarazo.

De pronto, al aparecer el SIDA con su terrible silueta de muerte, el preservativo se ha convertido en auténtico campeón, "altamente eficaz", como dicen algunos reportes, frecuentemente sin especificar más datos.

Sin embargo, estudios recientes han vuelto a recordar la cruda realidad de su escasa eficacia en relación con la defensa contra el virus HIV. Se ha puesto de relieve, por ejemplo, los posibles errores en su uso, muy frecuentes entre personas todavía no "entrenadas", como los adolescentes, además de la existencia de productos defectuosos o estropeados a causa de la temperatura, la exposición a los rayos del sol, el roce, o el uso de lubrificantes compuestos de aceite. Pero más preocupante todavía es la constatación de que el material del que están frabricados, el látex, no es del todo impermeable al virus(5).

Hay que tener en cuenta que el virus HIV es de un tamaño increíblemente pequeño: 0,1 micrón; es decir treinta veces más pequeño de la cabeza del espermatozoide (3 micrón). Varios análisis en laboratorio han mostrado que los test de impermeabilidad de los profilácticos, aún en los países en que se aplican con más rigor, no detectan perforaciones inferiores a 10 micrón. Introduciendo microesferas fluorescentes de polisterino del diámetro del HIV en preservativos ya aprobados como seguros, se ha visto que hay una pérdida de líquido entre 0,4 y 1,6 nanolitros que no había sido detectada con la prueba clásica del agua. Es decir que en un coito que durase unos 2 minutos, con una pérdida de 1 nanolitro al segundo podrían atravesar el profiláctico unas 12.000 unidades de virus (cuando bastaría 1 para poder infectar al partner).

Y no se trata de defectos o deterioros circunstanciales; se trata más bien de la misma configuración estructural de la goma de látex, formada a partir de la conjunción de minúsculas partículas (de 0,1 a 5 micrón). Esa unión de las pequeñas bolitas deja rugosidades y minúsculos canales. Lo reconoce claramente C. M. Roland, del "Naval Research Laboratory", de Washington: "...visto al microscopio electrónico se descubren canales de un diámetro medio de unos 5 micrón, que atraviesan la pared de lado a lado. Esto significa una conexión directa entre el interior y el exterior del preservativo a través de un conducto 50 veces más grande que el virus (del HIV)"(6). Hay quien piensa que esta y otras clarísimas declaraciones realizadas por los mismos investigadores y productores de profilácticos, que han pasado casi de incógnita, se deben a la necesidad de protegerse contra posibles denuncias a causa de contagios sucedidos por culpa de la ineficacia de los profilácticos.

Por otro lado, se ha comenzado a realizar estudios estadísticos sobre el índice real de contagios entre parejas estables en los que uno de los miembros es seropositivo(7). Se han hecho de muy diversas formas y con diversas metodologías. Los más interesantes son los que analizan los índices de contagio comparando los matrimonios que han vivido en abstinencia sexual, los que han tenido relaciones sin protección, y los que los han tenido utilizando siempre el profiláctico. Entre las parejas que se han abstenido no ha habido ningún caso de contagio. Entre las que tienen relaciones no protegidas el índice de contagio es altísimo: 86%. Entre las que ha usado habitualmente el profiláctico el contagio se da en un índice muy parecido al ya conocido de embarazos con ese método anticonceptivo; hay estadísticas que presentan incluso un índice de contagio del 22%.

Estos datos asépticos nos deben hacer reflexionar, a la luz de lo que recordábamos antes sobre el sentido y el dinamismo del amor matrimonial. Para entender mejor de qué estamos hablando, tenemos que recordar que se trata de la posibilidad de contagiar al otro o contagiarse de una enfermedad que es hoy día altísimamente mortal; y de una muerte atroz. Cuando uno maneja un aparato eléctrico, si es de 12 volt. puede permitirse el lujo de manipularlo sin cuidado; si funciona a 220 volt. ya se hará más precavido; si se trata de alta tensión, de peligro de muerte, se abstiene totalmente de tocarlo cuando está encendido (a propósito: he visto muchas cabinas con este letrero: "atención: alta tensión, peligro de muerte"; nunca he visto una cabina en la que esté escrito: "si se acerca a tocar, sea responsable, use guantes").

La conclusión, después de lo visto sobre el matrimonio y la maternidad, me parece más que obvia: el amor que es comunión, don de sí, don responsable de sí, pide evitar un comportamiento sexual que puede provocar la muerte de la persona amada o de sí mismo. Me parece por tanto totalmente inmoral pretender tener relaciones sexuales sin ninguna protección; pero me parece igualmente inmoral el uso de un instrumento que comporta un riesgo de muerte de un 20, o 15 o incluso 5 %.

Se suele anotar a este respecto que mientras se ve inmoral pedir al cónyuge la relación sexual cuando se es seropositivo, podría entenderse y aceptarse en cambio el acto del cónyuge que accede a la petición del seropositivo. Esto podría ser entendido como un acto sublime de amor, de sacrificio de sí mismo, que entraría en la categoría de esos actos que llamamos heroísmo por amor. Se puede entender esto si recordamos que la salud y la vida, que son bienes fundamentales de la persona, no son el bien supremo de la misma; y que ésta puede realizarse a sí misma, de modo extraordinario y sublime, en el don sacrificial de sí mismo (algo parecido al martirio por amor a otro o a un Ideal trascendente). Se suele hacer ver que podría darse una situación en la que se el esposo sano entendiera que la relación sexual es muy importante para el otro; que negarse podría ser visto por él como un rechazo humillante, etc.

Sin negar todo esto, considero que, si el amor matrimonial es de verdad lo que hemos recordado antes, el esposo sano debería tratar de hacer ver al otro que el amor es siempre don responsable; que no le rechaza a él, sino al virus que puede acabar con su vida, de la cual ambos son responsables. Más tajante debería ser esta postura si hubiera unos hijos a los que al menos uno de los dos deberían poder atender en su crecimiento y educación.

Igualmente, hay que recordar lo dicho a propósito de la renuncia en el amor, y concretamente en la vivencia de la sexualidad. La renuncia que implica la abstinencia sexual sería en este caso verdadera exigencia y expresión del amor. La renuncia vivida por amor hace crecer al individuo y a la pareja; y establece una relación que se sitúa en el nivel de lo que es más esencial del amor: purifica el don de sí mismo, en el respeto responsable de sí y del otro.

Todo esto habría que aplicarlo igualmente a la maternidad. Se habla hoy de "paternidad responsable". Es una exigencia de esa responsabilidad evitar el riesgo muy alto de traer a este mundo una creatura infectada de esa enfermedad mortal.

Sentido anticonceptivo

Aparte el riesgo de infección, el uso del profiláctico introduce en la vida matrimonial una distorsión del sentido mismo de la expresión sexual. Decía al inicio que cuando se introduce alguna circunstancia especial en la vida matrimonial, la pareja deberá reinventar su relación teniendo en cuenta la novedad introducida por aquélla. Y decía que en esa reconstrucción deberá tratar sobre todo de salvar lo esencial de la relación, aunque quizás tenga que renunciar a alguno de sus elementos, incluso importantes.

Si una pareja ha recurrido antes a la anticoncepción, difícilmente comprenderá ahora que se trata de una práctica que distorsiona la relación sexual como expresión de amor. Si en cambio ha sido ya antes consciente de esa realidad, debería evitar ahora introducir una práctica ya antes rechazada. De lo contrario, la presencia del virus HIV, además de atentar contra su integridad física provocará también el enrarecimiento psicológico y moral de su mutua relación de amor.

No es el caso de volver a considerar las razones que hacen ver en la anticoncepción una práctica contraria al sentido humano profundo de la donación sexual. Baste recordar aquí que la sexualidad humana no se reduce a una función biológica, como en los animales, sino que tiene un profundo significado antropológico, que resuena hondamente en cada individuo y en la pareja que se expresa mutuamente su propia ternura e intimidad.

La donación sexual viene a ser una expresión del lenguaje del cuerpo. Como todo lenguaje, esa expresión vehicula de modo objetivo la palabra de un don a la vez unitivo y procreativo. Dos esposos que se aman saben expresarse su amor de mil diversas maneras: un beso, una carta, un ramo de flores, una sonrisa, un silencio... Entre las muchas formas de decirse te quiero hay una del todo especial, la donación sexual, que lleva en su misma entraña, en su misma estructura y dinamismo, el sentido de la apertura procreadora hacia una nueva vida. Ese gesto está orientado por sí mismo, tanto en el ser humano como entre los animales, a la función procreadora. Entre los animales se da sólo como función; en el hombre conlleva también una significación. Los esposos saben que no todos sus actos sexuales realizarán la función procreadora; pero cuando buscan unirse eliminando voluntariamente esa función, distorsionan la realidad de su significación, corrompiendo con ello la verdad de esa expresión de amor, de gesto especial de unión que es una unión procreativa.

Algunos autores afirman que el uso del profiláctico como protección contra el HIV no puede ser considerado como práctica anticonceptiva. La finalidad de ese uso, dicen, no es la anticoncepción sino evitar el contagio; el efecto anticonceptivo es solamente un efecto secundario que sería aceptable teniendo en cuenta el clásico principio del doble efecto. Así se expresa por ejemplo S. Leone(8). Anoto solamente, a este propósito, que la aplicación del principio de doble efecto supone que la voluntad quiera obtener solamente el efecto bueno y que el negativo esté inevitablemente asociado, como el mismo Leone recuerda.

Ahora bien, en el caso que nos ocupa, el efecto negativo (anticoncepción), no está inevitablemente asociado al efecto bueno (evitar el contagio), dado que hay otro modo de alcanzarlo, es decir la abstinencia (en el sentido de renuncia por amor que he presentado antes). Cuando el sujeto quiere realizar un acto que tiene un efecto considerado negativo en vista de un fin bueno, sabiendo que hay otro modo de alcanzar el mismo fin sin provocar el efecto negativo, significa que éste es aceptado por la voluntad del sujeto.

Conclusión

Según algunos, las conclusiones éticas que acabo de recordar son exageradas, demasiado radicales e impracticables. No me parece, sin embargo, que quien entienda y trate de vivir el verdadero amor matrimonial, no pueda entender y tratar de vivir sus más profundas exigencias; quien ama de veras, sabe respetar a la persona amada, se siente responsable de su vida y de su salud, y es capaz de hacer cualquier sacrificio por ella. Quien ama de veras, rechaza todo lo que pueda desfigurar el sentido genuino de su amor y de la expresión de ese amor a través del gesto sexual. No faltan parejas que logran vivir así su amor mutuo, en la abstinencia parcial o total, a causa de una enfermedad, de una necesidad imperiosa, como puede ser la de evitar el contagio de SIDA a la persona amada; y en esa renuncia, que es consecuencia y expresión del amor, encuentran la dicha que da el amor.

NOTAS:

1. Cfr. Delgado Rubio A., SIDA: Todo lo que la sociedad necesita saber, Madrid, Ediciones Mensuales, 1994, 159 pp.; Istituto Internazionale per gli studi e l´Informazione Sanitaria, Stop AIDS, 1982-1991, ISI (1991).

2. Griese Orville N., AIDS and the Right to Marry, Ethics & Medics (1986), 2-3.

3. Leone Salvino, L´approccio etico ai problemi dell´AIDS, in "Bioetica e Cultura" (1994), 9-31.

4. Es el caso, por ejemplo, de la infidelidad matrimonial. Conocida esa infidelidad por parte del otro, ninguno de los dos puede seguir actuando como si no hubiera sucedido nada. Si se quiere evitar la rotura, deben buscar el modo de rehacer la relación de la pareja, teniendo en cuenta lo sucedido y tratando de reconstruir su relación en la asunción de esa circunstancia: perdón, reconciliación, esfuerzo redoblado para rehacer los lazo s afectivos, compromiso de mayor sinceridad, etc.

5. Lelkens J. P. M., AIDS: Il preservativo non preserva. Storia di una truffa, in "Studi Cattolici", 38 (1994), 718-723.

6. Roland C.M., The Barrier Performance of Latex Rubber, Rubber World, Jun (1993), p.15.

7. April K. - Köster R. - Fantacci G. - Schreiner W., Qual è il grado effettivo di protezione dall´HIV del profilattico?, in Medicina e morale, 44/5 (1994), pp. 903-925.

8. Leone S., L´approccio etico ai problemi dell´AIDS, in Bioetica e cultura, 4 (1994), pp. 9-31. En sentido contrario, cfr. Johnson M.A., The principle of double effect and safe sex in marriage: reflections on a suggestion, in Linacre Quaterly, 60/2 (1993), pp. 82-89; Ciccone L., AIDS: problemi etici in ambito coniugale, in Medicina e morale, 42 (1992), pp. 619-633.





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