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Romanticismo y cristianismo
El sentimiento sobre la razón

Sucesivas etapas culturales y artísticas dominantes en Occidente y su relación con el Cristianismo, incidiendo en el Romanticismo y deshaciendo algunos lugares comunes inexactos


Por: Ignacio San Miguel | Fuente: Revista Arbil



Se acostumbra a decir que es malo simplificar. Sin embargo, suele ser necesario hacerlo. Simplificar es lo mismo que sintetizar, y las síntesis son necesarias. Lo que ocurre es que estas síntesis pueden ser acertadas o no serlo. O bien, con evidente necesidad de algunas precisiones.

Del Romanticismo hay quienes dicen que fué individualista, nacionalista, liberal y, en suma, anticristiano, no aparejando más que males que aún estamos sufriendo. Que el Romanticismo coincidió con estas tendencias o ideologías no existe duda; pero sí la hay de que estuviese constituído por esas ideas, es decir, que su íntima naturaleza fuese nacionalista, individualista, etc.

Los mismos señalan que el Renacimiento fué en puridad un movimiento romántico en contraposición con el imperio clásico de la razón normativa de la Baja Edad Media.

En estas aseveraciones se observa el deseo de hacer coincidir el Cristianismo con el Clasicismo y definir al Romanticismo como ideología perturbadora que fué desgarrando y debilitando al Cristianismo.

Pero si recurrimos a nuestras antiguas enseñanzas, comprobamos que los esquemas tradicionales vienen en nuestra ayuda y nos llevan a aclarar las cosas. Y es que el Romanticismo no fué en sí mismo una ideología, ni varias, ni tampoco liberal ni anticristiano.

Es cierto que el pensamiento de la Baja Edad Media estaba regido por el racionalismo escolástico, Aristóteles y la inmensa figura de Santo Tomás de Aquino. Fué posiblemente el tiempo más luminoso de la historia de la Humanidad. Pero el Renacimiento no rompe con el racionalismo y el clasicismo. Se vuelca en este último y tiende a sustituir a Aristóteles por Platón en su versión neoplatónica. Alcanzan preeminencia elementos culturales no predominantes en la época anterior, pero, sobre todo, hay algo que comienza a imponerse y es un sentido de autosuficiencia, de orgullo humano por las propias realizaciones, un incipiente alejamiento de lo trascendente que lo distingue de la época anterior. El sentido antropocéntrico va sustituyendo al sentido teocéntrico. Pero este giro tan característico de la Edad Moderna, no es romanticismo ni está ligado con él. Esta dirección humanista del pensar y sentir de la sociedad se produce dentro de la más profunda afición por lo clásico, dentro de un clasicismo sobrestimado. Lo contrario del romanticismo.

La realidad es que se estaba iniciando un proceso que persistió y se consolidó a través de los siglos y que, en sus últimas consecuencias, ha sido devastador y nefasto para el hombre.

El barroco siglo XVII puede considerarse restrictivo del proceso, pero el clasicismo continuado en Francia, y su racionalismo representado por Descartes, así como el racionalismo empirista de Bacon de Verulam en Inglaterra, preparan la apoteosis de la Razón en el Siglo XVIII, siglo clásico por excelencia, y siglo irreligioso y adorador de la personalidad humana, aspectos que culminan en la Ilustración y la Revolución. Siglo no romántico, pero sí siglo en el que el proceso de autosuficiencia humana alcanza una cota desmesurada.

El hecho de que no hay por qué asignar al romanticismo un pensamiento anticristiano, queda demostrado por la circunstancia de que el Romanticismo nació en Alemania a finales del siglo XVIII como reacción al materialismo filosófico racionalista de la época; reacción con grandes connotaciones religiosas. El catolicismo influyó poderosamente en estos inicios. El motivo estribaba en que los románticos, como reacción a la recuperación y predominio del mundo clásico grecolatino ansiaron recuperar a la inversa la cosmovisión medieval, y encontraron que ésta se conservaba mejor en el catolicismo que en el protestantismo. De ahí la revalorización de cultos como el de la Virgen María. Aquí es obligado mencionar a Novalis.

Pero también es cierto que el romanticismo prestó al proceso mencionado de autonomía humana una singular resonancia. El hecho es que junto al romanticismo tradicionalista citado coexistió el romanticismo liberal (procedente del espíritu enciclopedista). Y que los Hugo, Byron, Shelley, Puchkin, Leopardi o Espronceda tuvieron más ruidosa proyección social que los Chateaubriand, Lamartine, Vigny, el citado Novalis, Manzoni o Donoso. Y es que la Tradición iba perdiendo la batalla

¿Qué es, pues, el Romanticismo? Fundamentalmente, una disposición del ánimo. Una tendencia a primar el sentimiento sobre la razón, una valoración profunda de la Naturaleza, interés por lo exótico, propensión a lo heroico, proclividad al ensueño poético, e íntima libertad de espíritu.

¿Es nacionalista el romanticismo? Sí, pero por adherencia de oportunidad, no por esencia. El romanticismo coincidió con el despertar patriótico de España, Portugal, Italia, Alemania e Inglaterra frente al poder absorbente de Napoleón y prestó a estos movimientos su singularidad espiritual.

¿Es individualista el romanticismo? Podemos decir lo mismo. El individualismo era parte del proceso de autosuficiencia que he mencionado como iniciándose en el Renacimiento, y en la época romántica se exaltó sentimentalmente.

¿Es anticristiano el romanticismo? Puede serlo o no. Puede ser anticristiano o cristiano; angélico o luciferino. Depende de a qué tipo de ideas se adhiera. Ya queda dicho.

Como ejemplo de qué pocos reparos se pueden oponer a un cristianismo romántico, trascribo algunas frases que Jaime Balmes, otro romántico poco sospechoso de heterodoxia, dedicó a Francisco de Chateaubriand, iniciador del romanticismo en Francia y poderoso promotor de la restauración religiosa en su país no más terminó el régimen revolucionario republicano, sobre todo con su obra de inmenso éxito "El genio del cristianismo":

"Antes de Chateaubriand se habían conocido también las bellezas de la religión, pero nadie como él había notado sus relaciones de armonía con cuanto existe de bello, de tierno, de grande y de sublime; nadie como él había hecho sentir el inmenso raudal de beneficios con que esa hija del cielo inunda esa tierra de infortunio; nadie como él se había dirigido a la vez al entendimiento, a la fantasía y, sobre todo, al corazón, dejando en el fondo del alma, al par de robustas convicciones, sentimientos elevados y profundos."

"La religión no necesita al poeta, pero, en oyendo los acentos sublimes de la lira de Chateaubriand o del arpa de Lamartine, les dirige una mirada bondadosa y les dice: Vosotros me habéis comprendido."

Pero el profundamente negativo proceso de autosuficiencia del hombre había proseguido con el clasicismo y con el romanticismo, con la razón y con el sentimiento. Había proseguido a través de los siglos, no supeditado a ninguna tendencia, sino sirviéndose de ellas.

A medida que el hombre se afirmaba más en la tierra, a medida que los sucesivos descubrimientos y sus aplicaciones prácticas le iban permitiendo dominar a la Naturaleza, la sensación que paulatinamente le embargaba era la de poderío con alejamiento y olvido de una realidad trascendente de la que dependía.

Una última vuelta de tuerca se dió en la segunda mitad del siglo XX. Saltaron hechos pedados las últimas defensas de la ley natural y del sentido religioso cristiano. Se impuso la convicción de que el hombre podía y debía hacer lo que le viniera en gana, que todos los instintos eran buenos, que la ley natural no existía y que la religión era cuestión de opinión, residuos de tradiciones ya caducadas. El hombre ya no se sometía a ninguna constricción moral o religiosa, se sometía a sus instintos pensando que eso no era un sometimiento, que era libertad. El resultado fué el establecimiento social y legal de diversas degradaciones, aberraciones y crímenes, que adquirieron la condición de la respetabilidad.

Pero ¿esta situación tiene algo que ver con el romanticismo?

Aquí hay que contestar con un rotundo no. ¿Acaso es romántica la pornografía? ¿Es romántica la sodomía? ¿Es romántica la masturbación? ¿Es romántico el matrimonio de homosexuales? ¿Es romántico el almacenamiento y manipulación de embriones humanos? Y, en nombre del cielo ¿tiene algo de romántico el aborto, y aún más, el aborto legalizado e industrializado? Pues bien, estos son los vicios y crímenes establecidos como costumbres respetables en esta época antirromántica por excelencia.

Y estos vicios y crímenes no pueden ser ni remotamente románticos puesto que ni siquiera se presentan como una exaltación satánica de la perversidad, a la que pudiera atribuirse algún grado de grandeza luciferal, sino que denotan un embotamiento tan bajuno de la sensibilidad humana que hay que pensar en niveles subanimales.

Pero -dirá alguno- ¿acaso esta situación moderna tan degradante no es consecuencia, en última instancia, de teorías liberales tan defendidas por muchos románticos?

A lo que habrá que contestar: Esta situación es la última consecuencia del proceso emprendido en el Renacimiento y que prosigue a través de los siglos, no supeditado a ninguna tendencia de la psiquis humana, sino sirviéndose de todas ellas, convirtiéndolas en subalternas. Se sirvió, pues, del romanticismo -en su vertiente liberal- mientras duró y luego prosiguió su creciente desarrollo en épocas no románticas.

Además, seamos justos: Si Hugo, Byron, Larra, Espronceda y demás románticos liberales, hubiesen siquiera atisbado los desarrollos últimos de sus ideas y su plasmación en el siglo siguiente, horripilados, habrían destruído su obra y abandonado sus pensamiento. Eran otros tiempos... y otros hombres.

Dejemos en paz en hora buena al romanticismo y fijémonos más bien en ese espíritu maligno de rebeldía, espíritu desalmado y deshumanizador, que ha ido creciendo, hipertrofiándose, a través de los siglos.

Aparte de que, si volvemos a los tiempos presente, no se puede eludir el hecho irónico y revelador de que el contrarrevolucionario cristiano -y todo cristiano católico auténtico debe serlo- se encuentra en una situación de claros visos románticos. Aislado en gran medida, formando parte de una minoría poco relevante aunque por completo convencida de su razón, se enfrenta a un mundo hostil, extraviado y deshumanizado en su mayor parte, con las únicas armas de su insobornable sentido ético, su obligado ejemplo y el estilete de su palabra que ha de utilizar con implacable rigor, una y otra vez, en la forma y tiempo que las circunstancias requieran.

Y esta situación tan ominosa en un combate tan desproporcionado y singular, de difíciles perspectivas y porvenir precario ¿cómo podría afrontarse sin la ayuda inestimable de un espíritu aventurero y romántico?

Ignacio San Miguel

 

 

 





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