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Voluntariado y emergencia SIDA
No estamos lejos de la verdad si afirmamos que, paralelamente al difundirse del VIH-SIDA, se ha venido manifestando una especie de inmunodeficiencia en el plano de los valores existenciales


Por: Dra. Fiorenza Deriu Bagnato | Fuente: Pontificio Consejo para la Pastoral de la Salud



Introducción

Antes de entrar en el tema que me ha sido propuesto, deseo agradecer de corazón al S.E. Mons. Lozano, Presidente de este Pontificio Consejo, a S.E. Mons. Redrado, Secretario del Dicasterio, y al Revdo. P. Felice Ruffini, Vice-Secretario, con quienes desde hace más de 4 años, colaboro en el tema VIH-SIDA; asimismo agradezco a todos los presentes en esta Conferencia y en esta Jornada en particular, en vista de su especial significado.

Debo reconocer que, cuando me han asignado el título de esta intervención, he sentido el peso de una gran responsabilidad, pero al mismo tiempo de una extraordinaria ocasión para mantener en alto la atención internacional en torno al tema del VIH-SIDA y subrayar la acción incisiva y a veces determinante de miles de voluntarios, laicos y religiosos, agentes de la salud y no, que están comprometidos en el mundo en la asistencia, la atención y el seguimiento de los enfermos de SIDA y de sus familias.

Como vosotros mismos podeis observar, el tema es muy amplio y para tratarlo de manera completa se necesitaría mayor tiempo de aquel a disposición: por esta razón trataré de focalizar aquellos aspectos clave que, según mi experiencia de estudio sobre el tema, nos pueden proporcionar un cuadro global acerca del tema voluntariado y SIDA.

Las cifras de la difusión del VIH-SIDA en el mundo
Según los recientes cálculos, referentes al 2001, publicadas en estos días por UNAIDS, The Joint United Nations Programme on HIV-AIDS, las personas que viven con el VIH-SIDA llegan a 40 millones, entre adultos y niños: de estas personas el 95% vive en los países en vías de desarrollo (PVD) y entre ellas más del 70% sólo en el Africa Subsahariana, y sólo el 4% en el resto del mundo occidental (América del Norte, Europa occidental, Australia y Nueva Zelanda). Los niños por debajo de los 15 años que viven con VIH-SIDA son globalmente 2,7 millones; 800,000 los nuevos casos de infección, mientras 580,000 son los niños que este año han muerto a causa de esta enfermedad. La incidencia del virus, es decir los nuevos casos de infección verificados en el 2001, han sido calculados globalmente en 5,0 millones (adultos y niños). Para comprender mejor podríamos decir que cada día se verifican cerca de 14,000 nuevos casos de infección. De los 5,0 millones de nuevos casos más del 95% vive en los países en vías de desarrollo (más del 70% en el Africa Subsahariana) y sólo algo más del 1% en los países del occidente europeo y más allá del océano; el 14% son niños (como hemos dicho antes); el 86% está comprendido en una faja de edad entre los 15 y 49 años, una edad fértil con respecto a la vida reproductiva de la persona humana, y una edad productiva desde el punto de vista económico con respecto al compromiso en actividades laborales: más de la mitad de éstos están comprendidos en una edad entre los 15-24 años; poco menos de la mitad son mujeres. Se calcula que las personas muertas por SIDA en el 2001 son 3 millones, de los cuales el 80% en el Africa Subsahariana y menos del 1% en el mundo occidental. Desde la aparición del virus hasta ahora han muerto más de 21 millones de personas. A este punto no podemos dejar de mencionar a los huérfanos: se calcula que son cerca de 13,2 millones de niños que se han quedado huérfanos por razones de la muerte de uno o ambos padres; más del 95% de estos niños vive en Africa y cada día sufre el hambre, las privaciones, el abandono.

Por consiguiente, es evidente que hoy se sigue muriendo de VIH-SIDA, pero es también evidente que se puede convivir con esta tremenda enfermedad, gracias a las nuevas terapias antiretrovirales que detienen su desarrollo: pero esto sigue siendo privilegio de pocos, antes bien, de muy pocos. Es conocido el debate en curso para constituir una nueva reglamentación de la “propiedad intelectual” con respecto a los brevetes de los productos farmacéuticos. Creo que ha llegado el tiempo de establecer un pacto social que abra una nueva época en la relación entre casas farmacéuticas y sociedad: un pacto que se funde en el imperativo ético y moral de garantizar que el progreso científico sea en beneficio de todos, en primer lugar de los más pobres, y que el costo del desarrollo sea sostenido por los países más ricos. En Africa, en el Africa Subsahariana, en particular, se sigue muriendo de SIDA. Son muy pocos los africanos que tienen acceso a los cuidados médicos básicos ligados al VIH-SIDA, como los fármacos contra las enfermedades oportunistas, que, como se sabe, son uno de los factores que mayormente favorecen el surgimiento de situaciones de seropositividad. Son mucho menos los africanos que tienen acceso a los medicamentos antiretrovirales. Pero no sólo en Africa se muere de SIDA. Existen otros espacios territoriales en los que la incidencia del virus está procediendo a ritmos cada vez más crecientes: me refiero a la situación en el área del Caribe y en los países de la ex-Unión Soviética, en particular la Federación Rusa y Ucrania; y en el continente asiástico, donde la prostitución y la drogadicción son como aceleradores que favorecen la difusión del virus. El 13 de noviembre pasado, durante la Iª Conferencia Nacional sobre AIDS/STD que se realizara en Beijing, el Ministro de Salud chino ha comunicado las primeras estimaciones del fenómeno en su país: se cuentan por ahora cerca de 600,000 personas que viven con el VIH-SIDA, sin embargo el rápido crecimiento de nuevos casos de infección entre subpoblaciones en varias partes del territorio, hace pensar que el número de las personas con HIV-SIDA crecerá rápidamente en los próximos meses.
Las vías de transmisión y los factores que favorecen la difusión del virus.

Al afrontar el tema de la transmisión del VIH-SIDA no podemos dejar de considerar los particulares factores sociales y culturales que influyen y refuerzan la transmisión del virus en países y contextos tan diferentes entre sí. Son múltiples los factores económicos, políticos y sociales que configuran el cuadro global de esta epidemia: la pobreza extrema, las guerras, los movimientos migratorios, los abusos sexuales, la prostitución, la tóxicomamía, el alcoholismo, la falta de perspectivas y expectativas de parte de los jóvenes. El VIH-SIDA es una expresión violenta de la “injusticia social” presente en el panorama mundial, pero es también síntoma del desfaldamiento de algunos valores de fondo que se refieren a la dignidad humana. En el lejano 1989, en un discurso a los participantes a la Conferencia internacional que cada año este Dicasterio dedica al tema del SIDA, el Santo Padre expresaba que “no estamos lejos de la verdad si afirmamos que, paralelamente al difundirse del VIH-SIDA, se ha venido manifestando una especie de inmunodeficiencia en el plano de los valores existenciales, que no podemos dejar de reconocer como una verdadera patología del espíritu”.

¿Cuáles son, pues, los aceleradores de la difusión del VIH-SIDA?

Ante todo la pobreza, que pone en los márgenes de la sociedad a las personas, las excluye de los circuitos de las relaciones sociales o, mejor, de los principales ambientes de socialización como la escuela y el mundo del trabajo. La pobreza influye en la posibilidad del hombre de formarse, instruirse, de tener perspectivas y horizontes de realización. Esto comporta una grave mortificación de la persona en su dignidad de hombre, la relega a los márgenes de la sociedad y la expone a comportamientos de riesgo, como la prostitución y la drogadicción. Además, la percepción de injusticia social sufrida y vivida pasivamente conlleva un relajamiento de los valores de fondo que, sin embargo, rigen la convivencia de muchas comunidades tradicionales, descuajando las bases y haciéndolas vulnerables. Pero no podemos dejar de decir a nosotros mismos, y de manera particular en esta sede, que la pobreza es también fruto de polémicas inadecuadas y de administradores corruptos: cuántos casos conocemos de países ricos en recursos, desde el petróleo a las piedras preciosas, que se encuentran en una situación de dependencia de los llamados países ricos, con los que se endeudan en búsqueda de apoyos económicos. Se trata de un sistema que estrangula a los países más pobres, que para obtener un préstamo deben aceptar condiciones que fuerzan las culturas del lugar. En cambio, es bueno recordar que la cultura de un pueblo debe ser siempre respetada y tutelada, ya que constituye un importante vehículo de información y comunicación y esta connotación es considerada como una fuente de fuerza y no una barrera (AIRHIHENBUWA, C.O., 1995). Para enfrentar la pobreza y el hambre, masas de poblaciones dejan sus aldeas y las propias familias durante períodos incluso muy largos. Florecientes industrias mineras, administradas por multinacionales occidentales, atraen mano de obra no sólo de las áreas rurales del país en las que están situadas, sino también de las economías cercanas, en donde las oportunidades de trabajo son limitadas y los salarios son más bajos.

Por tanto, la “movilidad” es uno de los factores que caracteriza a la población mundial. Pero ¿cómo viven estas poblaciones de emigrantes? Viven en la soledad, en chozas–dormitorio construidas cerca de las instalaciones de extracción, trabajando duro y corriendo el riesgo cada día de su propia vida ante la falta, en el puesto de trabajo, de los standard mínimos de seguridad: no sorprende, pues, saber que a estos lugares llegan prostitución y sustancias estupefacientes. Pero no termina aquí. Es necesario considerar también que estas personas, regresan periódicamente a sus familias y exponen a sus mujeres al riesgo de contagio. Y esta es la historia no sólo de los trabajadores de las minas de Sudáfrica, sino también de los pescadores del Lago Victoria, de los camionistas africanos. La crisis económica y los movimientos migratorios son también un vehículo en Asia y en los países de la ex-URSS del virus entre las poblaciones. En los slums, realidades donde domina desenfrenada la miseria y la desesperación, el olvido de la droga y del sexo pagado se vuelven dos caminos de huida deseables. En estos contextos, sujetos a campañas masivas de difusión del empleo del condón, se ha dado lugar a efectos boomerang: muchas prostitutas ofrecen relaciones denominadas no protegidas con tal de atraer la clientela que ha disminuido. Este es uno de los ejemplos de que recurrir al condón no influye desde sus raíces en el cambio de comportamiento. Más aún. Podríamos discutir de las guerras y de la vida de los jóvenes soldados de Rwanda y de Camboya a los que, acostumbrados a vivir a la jornada y conscientes que su vida puede terminar en cualquier instante, ya no temen el SIDA sino como cualquier otra enfermedad; y qué decir de la vida en los campos de prófugos donde las mujeres jóvenes son violentadas u obligadas por necesidad a vender su propio cuerpo; o de las jóvenes asiáticas encaminadas a la prostitución por sus mismos padres para alimentar a la familia.

En esta sede quisiera recordar la nota destinada a las Conferencias Episcopales acerca de la “Salud Reproductiva de los Refugiados”, presentada recientemente a la prensa y preparada por los Pontificios Consejos para la Pastoral de la Salud, para la Familia y para la Pastoral de los Migrantes e Itinerantes, en la que es fuerte el llamamiento para promover la educación de los jóvenes a la procreación responsable, al respeto de la dignidad de su cuerpo como “verdadera prevención de esta epidemia”. Más aún, otro factor social que contribuye a la silenciosa y reptante difusión del virus está representado por el estigma y el prejuicio, que permiten que se cometan gravísimos episodios de discriminación hacia los que son seropositivos. Es difícil medir el estigma: las personas con VIH lo ven en el rechazo de parte de sus familiares o de sus amigos; en el maltrato que reciben sus hijos en la escuela o en la pérdida de trabajo por cualquier pretexto. Estigma y temor inflaman la difusión del VIH-SIDA, poniendo un real obstáculo tanto a su prevención como a su curación. Pero, ¿cómo combatir este enemigo, que nos pone contra nuestros mismos hermanos? Es necesario combatir esta cultura de la separación y de la exclusión con la información y el testimonio de una nueva cultura de la solidaridad y de la hermandad humana.

A este punto deseo hacer referencia al tema del voluntariado. El voluntariado constituye la “primera línea” de la acción contra el VIH-SIDA, y esto lo demuestran una serie de programas y de iniciativas puestas en marcha, de modo especial donde el deterioro es más devastador. Si es verdad que a raíz de la acción voluntaria en favor de personas enfermas de VIH-SIDA hay elementos constitutivos que es posible extender a toda su expresión, sin embargo no es posible dejar de distinguir las formas de intervención del voluntariado que obra en Occidente de aquellas del voluntariado que trabaja en los países en vías de desarrollo, en los que el cuadro global en que se injerta la acción voluntaria se complica desde el punto de vista psicológico, organizativo y operativo. En el mundo occidental los voluntarios obran de diferentes maneras en los hospitales, en las comunidades para drogadictos, que se han abierto a la acogida de sujetos seropositivos o enfermos, colaboran en los servicios de asistencia domiciliaria y en las casas-familia. Se trata de un trabajo duro, que involucra a toda la persona. Se sabe que “ocuparse” del paciente de SIDA es una acción muy compleja: se trata de construir una especie de “alianza terapéutica” entre las diferentes figuras profesionales o no profesionales (médico, enfermero, asistente social, psicólogo, asistente pastoral y voluntario), que comparten el objetivo de curar, asistir y acompañar al enfermo, entablando con él una “relación de ayuda”. De ningún modo esta relación de ayuda puede ser “exclusiva”: cada uno debe dar su aporte al diseño global, así como en un mosaico cada pieza contribuye al resultado final sin poder dejar de depender de las demás. El voluntario, que de cualquier modo constituye una figura realmente importante en esta relación de ayuda, representa un punto de referencia no sólo para el enfermo sino también para su familia: no nos olvidemos que en esta enfermedad al sufrimiento del paciente se añade aquel de sus familiares, a menudo víctimas de formas de exclusión y de marginación social. Pensad, por tanto, cuando esta intervención se injerta en contextos como los de los países en vías de desarrollo donde los hospitales son casi inexistentes, donde ni siquiera están garantizadas las condiciones higiénicas mínimas, donde falta el agua potable, donde faltan los fármacos esenciales, donde no existen servicios organizados por la sanidad pública: en fin, donde el derecho a la salud es una apuesta cotidiana. En estos contextos, la urgencia y la necesidad piden al voluntario que supla las carencias estructurales de “sistemas sanitarios escondidos”, llevando al voluntariado a asumir una característica más operativa. El voluntario es aquel que socorre a su vecino, enfermo de SIDA, abandonado y dejado sólo en su cabaña por su misma familia y destinado a una muerte inexorable; el voluntario es aquel que procura para él alimento (porque el enfermo no es capaz de ir a trabajar en los campos), lo prepara y lo suministra; el voluntario es el que le ofrece los únicos cuidados disponibles; el voluntario es el que repara el hueco en el techo de la cabaña ante el aproximarse de la estación de las lluvias; el voluntario es el que se ocupa de pequeñas familias de huérfanos, en los que niños de 10 años están solos en el cuidado de sus hermanos más pequeños. El voluntario es, en estos lugares, la luz que rompe la oscuridad del sufrimiento y de la indiferencia. Son numerosas las realidades que, hoy, en estos países en vías de desarrollo trabajan en esta dirección y cada vez más, con la cooperación de voluntarios del lugar. Este es el resultado más grande de estos programas. El testimonio de los laicos y de los religiosos que trabajan en estos países ayuda lentamente a la gente del lugar a superar temores y prejuicios que alejan en vez de unir, que frenan la prevención en vez de apoyarla. Presentaré un caso entre muchos: el de la diócesis católica de Ndola en Zambia donde a partir de 1998 se ha puesto en marcha un programa de asistencia domiciliaria (home-care) que trata de proporcionar un nivel básico de cuidado y apoyo a quien está afecto de VIH-SIDA y de tuberculosis, programa que hasta hoy ha alcanzado a 23 ciudades en beneficio de aproximadamente 400,000 personas. Todo esto a costos razonables pero sobre todo gracias al papel clave desarrollado por 500 voluntarios, en su mayoría mujeres, provenientes de las mismas comunidades rurales y que se han comprometido a asistir a sus vecinos frente a los retos de la doble epidemia. En nuestras sociedades occidentales esto puede aparecer como descontado, mientras no lo es en las sociedades africanas en las que el SIDA incluso hoy es vivido con grande temor, ya que es una enfermedad que tiene un impacto absolutamente devastador en la familia, porque es incurable, porque se comunica a través del proceso de transmisión de la vida, que tiene un valor sagrado y junto con la salud constituye una condición orginal del hombre; porque conduce a la muerte prematura y dicha muerte es en la sociedad africana algo trágico. Esta muerte priva a los individuos de aquella posibilidad de “reviviscencia espiritual” que se puede realizar sólo a través de una numerosa progenie: el SIDA corroe, pues, los ideales de armonía, de equilibrio.

A menudo se escucha afirmar que el voluntariado es un especial “testigo de la solidaridad humana”, pero creo que es oportuno interrogarnos acerca del sentido profundo del concepto de solidaridad. Como fundamento de la solidaridad está algo que une a las personas y éstas no son mancomunadas por lo que “tienen” sino por lo que “son”. Por tanto, dado que cada hombre es persona y posee una natural dignidad personal, el fundamento de la solidaridad reside precisamente en la “dignidad de la persona”. La persona, a su vez, por su naturaleza es un ser “relacional” y se relaciona con los demás según dos dimensiones principales: la del ser-con-los-demás o comunión y la de del ser-para-los demás o donación. Es a propósito de la dimensión del ser-para-los demás que quisiera llamar vuestra atención: el ser-para-los-demás que puede entenderse también como imperativo categórico de la “ética del deber” kantiano, como un imperativo universal, válido para todos los hombres prescindiendo de las confesiones o de las adhesiones religiosas, encuentra fundamento, motivaciones y contenidos originales en los que creen en Cristo. Al voluntariado católico, especialmente el que trabaja con los enfermos de SIDA, Cristo no pide un genérico ser-para-los demás, sino pide el ser-para-los-demás que El mismo nos ha dado ejemplo con su vida abrazando el sufrimiento de la cruz para la salvación de toda la humanidad, socorriendo a los últimos y a los más necesitados. Este es el sentido profundo de la asistencia pastoral a los enfermos y a los que sufren.
De este modo, el voluntariado involucrado en la lucha contra el VIH-SIDA, una enfermedad que afecta a los últimos entre los últimos, se vuelve portavoz del rescate de una humanidad pisoteada y humillada. El voluntariado, mediante su acción, se vuelve instrumento fundamental de paz entre los pueblos, es la vivencia concreta del hermano que sale al encuentro del hermano, que lo ayuda y lo sostiene para volver a caminar juntos. Pero es también aquel que restituye al enfermo la capacidad y el valor de ser-para-los-demás, de sentirse parte activa en la relación de ayuda, de ser “protagonista”. Ningún otro agente como el voluntario experimenta con esta especial cercanía la condición del hermano en dificultad. El voluntario católico, y de especial modo aquel comprometido en el campo de la asistencia a personas con VIH-SIDA, al actuar en sinergía con todas las figuras profesionales involucradas en el cuidado del paciente, tiene una precisa misión por desarrollar: debe ser testigo auténtico de humanidad, de aquella humanidad cristiana que nos mancomuna a todos y en cuyo sufrimiento se pueden encontrar los sufrimientos de la cruz de Cristo. La Madre Teresa de Calcuta dijo en un discurso: “The greatest suffering is being lonely, being unwanted, being unloved, just having no one”, que significa: el más grande sufrimiento para un ser humano es la soledad, el ser indeseado, no amado y no tener a nadie. Pues bien, a menudo en estos países en los que no hay pobreza sino miseria, los seres humanos experimentan cotidianamente esta desesperación. El voluntario que dona gratuitamente su tiempo a este servicio, dona a estas personas una esperanza, la esperanza de no estar solos, de tener a alguien que los ama, que los busca, que los hace sentir aún capaces de donar algo y no sólo de recibir, que les restituye a aquella capacidad que injustamente se les niega. Pero este misterio, que es la capacidad de donarse, no es y no puede ser todo humano: la persona que sufre se da cuenta a menudo que detrás de ese don hay algo más grande que va hacia ella para consolarla; detrás de esa mano extendida está Cristo que consuela, que sostiene, que anima: aquel Señor Dios que nunca nos deja solos. Por esto el voluntariado, representa hoy una luz, una esperanza auténtica y concreta de construir un mundo de paz.

Bibliografía
1 Juan Pablo II, Discurso titulado “La Iglesia frente al reto del VIH-SIDA: prevención y asistencia”, en Dolentium Hominum Nº 13, Ciudad del Vaticano, 1989.
2 S.E.R. Card. D. Tettamanzi, La pastoral de la solidaridad y el SIDA, en Dolentium Hominum Nº 13, Ciudad del Vaticano, 1989.
3 A. Cargnel, M.A.Vicini, La solidarietà sfida l’AIDS, Ed. PIEMME, 1993.
4 E. Severino, Filosofia. Storia del Pensiero occidentale, Vol. IV. Armando Curcio Editore, Roma.
5 UNAIDS/WHO, AIDS epidemic uptdate: December 2000. Ginebra, diciembre 2000.
6 Pontificio Consejo para la Pastoral de la Salud, Pontificio Consejo para los Migrantes y los Itinerantes, Pontificio Consejo para la Familia: La salud reproductiva de los refugiados. Ciudad del Vaticano, 2000.
7 Fiorenza Deriu Bagnato, Aspectos socio-culturales en la transmisión del VIH-SIDA, subsidio didáctico para el IIIº Curso de Perfeccionamiento en Medicina para los países en vías de desarrollo, marzo 2001.
Otras fuentes consultadas:
1 UNAIDS SPEECH: International Conference on Globalization, Ghent, Bélgica, 30 octubre 2001, Discurso de Peter Piot.
2 PRESS RELEASE: Beijing, 13 noviembre 2001, Iª National AIDS/STD Conference, Intervención de Peter Piot.
3 BEST PRACTICE DIGEST: Volunteers in Home care, Programa de intervención de la Diócesis de Ndola en Zambia, noviembre 2001.
4 A BROKEN LANDSCAPE. HIV and AIDS in Africa, by Network Photographers, noviembre 2001.





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