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Capítulo 21: De la singularidad de la luz de Cristo
Cristo se encarnó para morir; recibió de nosotros aquella naturaleza que por nosotros ofrecería para así salvarnos


Por: Nelson Medina OP | Fuente: fraynelson.com



¿En qué radica la peculiaridad del conocimiento que Cristo trae?
Como destacó muchas veces Juan Pablo II en sus escritos, de Cristo se predican cosas singulares, básicamente los dos grandes misterios de la Encarnación y de la Resurrección.

Busquemos entre las religiones aquello de que un Dios se haya hecho hombre para salvar al hombre. Pronto la lista se reduce al cristianismo. De los dioses se han dicho cosas parecidas, pero siempre en provecho de las supuestas deidades, que buscan sacar adelante sus planes o satisfacerse con la belleza de los seres humanos. ¿Dónde está un Dios que se humilla por amor? ¿De quién más, sino de Cristo, se puede predicar lo que dijo san Pablo en su Carta a los Filipenses, capítulo 2, versículos 6 al 11? Allí leemos:

Aunque existía con el mismo ser de Dios, no se aferró a su igualdad con él, sino que renunció a lo que era suyo y tomó naturaleza de siervo.
Haciéndose como todos los hombres y presentándose como un hombre cualquiera, se humilló a sí mismo,
haciéndose obediente hasta la muerte, hasta la muerte en la cruz.

Por eso Dios le dio el más alto honor y el más excelente de todos los nombres, para que, ante ese nombre concedido a Jesús, doblen todos las rodillas en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra, y todos reconozcan que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

De ese texto aprendemos también que el abajamiento de la Encarnación no termina en un bebé simpatico y tierno, sino en un hombre despedazado en la Cruz, y aún más, en la fría losa del sepulcro. Dicho de un modo dramático, que no es ajeno a la predicación de los Padres de la Iglesia: se encarnó para morir; recibió de nosotros aquella naturaleza que por nosotros ofrecería para así salvarnos.

El camino de Cristo, sin embargo, no termina en el despliegue de amor de su Pasión majestuosa en dolor y amor. "Dios le dio el más alto honor," afirma san Pablo. Y esto otro es también singular en la predicación sobre Cristo. Hagamos la lista de seres humanos muertos, de cuales se afirme que han resucitado para redención de la humanidad, y de nuevo tendremos sólo un nombre: Jesucristo.
Si la muerte de Cristo fue su modo de participar en lo que era nuestro destino irremediable, su resurrección es su modo de participarnos de lo que es su naturaleza más propia. Lo grande de la resurrección de Cristo está en que es un bien que se ofrece a todos, pues él mismo dijo: "esta es la voluntad de mi Padre: que todo aquel que ve al
Hijo y cree en El, tenga vida eterna, y yo mismo lo resucitaré en el día final" (Juan 6, 40).

Son esos dos artículos de nuestra fe, a saber, la Encarnación y la Resurrección, los que sobre todo iluminan de un modo único la existencia humana. El valor inconmensurable de cada ser humano es ahora patente, pues ha quedado publicado en las llagas de un Dios Crucificado. El destino inesperado y felicísimo de nuestra vida ahora se hunde en el misterio de la felicidad misma del Creador de todo cuanto existe, el Omnipotente y
único Dios y Señor.

Tal es la luz nueva que derrama su claridad sobre nuestra condición humana. Conocerse ya no significa menos que eso: saber que somos llamados a participar de la naturaleza divina (véase 2 Pedro 1, 4).

Del alma cristiana, cuando se conoce como habitualmente

"¿Quién eres tú, quién soy yo?"

Así se pregunta San Agustín de Hipona ante Dios
(Soliloquios, 2, 1, 1); así inquiere San Francisco de Asís, según la Historia Minor (Parte 1, capítulo 8); con este modo de preguntar se defiende Santa Catalina de Siena de los ataques del demonio (Diálogo, Tratado de la Oración, número 2). La Confesión de San Patricio también narra el asombro de este santo, con expresión semejante a las anteriores dice así:

Sin cesar doy gracias a Dios que me mantuvo fiel en el día de la tentación. Gracias a él puedo hoy ofrecer con toda confianza a Cristo, quien me liberó de todas mis tribulaciones, el sacrificio
de mi propia alma como víctima viva, y puedo decir: ¿Quién soy yo, y cuál es la excelencia de
mi vocación, Señor, que me has revestido de tanta gracia divina? Tú me has concedido exultar de gozo entre los gentiles y proclamar por todas partes tu nombre, lo mismo en la prosperidad
que en la adversidad. Tú me has hecho comprender que cuanto me sucede, lo mismo bueno que malo, he de recibirlo con idéntica disposición dando gracias a Dios que me otorgó esta fe inconmovible y que constantemente me escucha. Tú has concedido a este ignorante el poder realizar en estos tiempos esta obra tan piadosa y maravillosa, imitando a aquellos de los que el Señor predijo que anunciarían su Evangelio como «testimonio para todas las gentes»

"¿Quién eres tú, Señor, quién soy yo?"

La pregunta tiene raíces profundas en la
Escritura: Moisés en el capítulo tercero del Exodo, cuando Dios lo envía a encararse con Faraón se pregunta estupefacto: "¿Y quién soy yo?" David, por su parte, oyendo las promesas que el Señor le anuncia por boca de Natán, exclama:
Señor, ¿quién soy yo y qué es mi familia para que me hayas hecho llegar hasta aquí? ¡Y tan poca cosa te ha parecido esto, Señor, que hasta has hablado del porvenir de la dinastía de tu siervo!
¡Ningún hombre actúa como tú, Señor! ¿Qué más te puedo decir, Señor, si tú conoces a este siervo tuyo? Todas estas maravillas las has hecho, según lo prometiste y lo quisiste, para que yo las conociera; por lo tanto, Señor mío, ¡qué grandeza la tuya! Porque no hay nadie como tú, ni existe otro dios aparte de ti, según todo lo que nosotros mismos hemos oído. En cuanto a Israel,
tu pueblo, ¡no hay otro como él, pues es nación única en la tierra! Tú, oh Dios, lo libertaste para que fuera tu pueblo, y lo hiciste famoso haciendo por él cosas grandes y maravillosas. Tú
arrojaste de delante de tu pueblo, al que rescataste de Egipto, a las demás naciones y a sus dioses (2 Samuel 7, 18-23) .

Y todos recordamos una expresión parecida en labios de Isabel cuando recibe la vista de la Virgen-Madre: "¿Quién soy yo, para que venga a visitarme la madre de mi Señor?
Pues tan pronto como oí tu saludo, mi hijo se estremeció de alegría en mi vientre" (Lucas 1, 43-44). El contacto con la fuerza de un amor gratuito y sobreabundante hace brotar el
reconocimiento de la propia nada, como lo recoge el pasaje del Evangelio:

Al entrar Jesús en Cafarnaúm, un capitán romano se le acercó para hacerle un ruego. Le dijo: Señor, mi criado está en casa enfermo, paralizado y sufriendo terribles dolores. Jesús le respondió: —Iré a sanarlo. El capitán contestó:—Señor, yo no merezco que entres en mi casa;
solamente da la orden, y mi criado quedará sano. Porque yo mismo estoy bajo órdenes superiores, y a la vez tengo soldados bajo mi mando. Cuando le digo a uno de ellos que vaya, va; cuando le digo a otro que venga, viene; y cuando mando a mi criado que haga algo, lo hace." (Mateo 8, 5-9)

El sentirse tan amado lleva a saberse intensamente conocido. Pocos lo han descrito con
tanta profundidad como el Apóstol de los Gentiles:
Doy gracias a aquel que me ha dado fuerzas, a Cristo Jesús nuestro Señor, porque me ha considerado fiel y me ha puesto a su servicio, a pesar de que yo antes decía cosas ofensivas contra él, lo perseguía y lo insultaba. Pero Dios tuvo misericordia de mí, porque yo todavía no era creyente y no sabía lo que hacía. Y nuestro Señor derramó abundantemente su gracia sobre mí, y me dio la fe y el amor que podemos tener gracias a Cristo Jesús. Esto es muy cierto, y todos deben creerlo: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el
primero. Pero Dios tuvo misericordia de mí, para que Jesucristo mostrara en mí toda su paciencia. Así yo vine a ser ejemplo de los que habían de creer en él para obtener la vida eterna.

¡Honor y gloria para siempre al Rey eterno, al inmortal, invisible y único Dios! Amén.(1 Timoteo 1, 12-17)
Vemos, pues, que el alma genuinamente cristiana llega a conocerse hondamente a la luz que le trae el don de la redención. Y, desde esta perspectiva del don, el Nuevo Testamento describe bien los frutos que produce el conocimiento habitual de sí mismo, y que podemos condensar en: gratitud, alegría, paz, paciencia y espíritu de servicio.
Todos ellos, sin embargo, tienen un único y mismo suelo: la humildad, cuyos secretos por igual nos interesan y parece que se nos escapan.

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