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Para entender la sexualidad humana
Lo sexuado, que impregna a la persona entera del varón y la mujer, dotándolos de lo que llamamos masculinidad y feminidad, muchísimo más amplias y ricas que sus meras expresiones corpóreas


Por: Tomás Melendo Granados | Fuente: catholic.net



Introducción

Desde hace algunos años, cuando comencé a ocuparme de estos temas, he sentido una inclinación irresistible a unir a la palabra «sexualidad» algún término enérgicamente ponderativo, hablando así del prodigio, de la grandeza, del vigor, de la sublimidad… de la sexualidad humana.
Tal planteamiento, eminentemente positivo, es el que presidirá cuanto sigue. Pero, incluso así, reducido a sus aspectos más nobles y atrayentes, se trata de un tema muy amplio y rico, susceptible de múltiples enfoques y, en consecuencia, inabarcable.
Por eso, en este escrito y en los que le suceden me limitaré a apuntar algunas cuestiones básicas, sobre todo en lo que atañe a la muy estrecha relación de la sexualidad con la persona y, más aún, con el amor personal, particularmente en el seno del matrimonio.

1. ¿Por qué una antropología?
Como apuntaba Viladrich a principios de los 90, la actual crisis de la familia podría también arrojar un saldo positivo: tras haber desaparecido muchas de las funciones atribuidas en otro tiempo a la institución familiar, sin que formaran parte de su esencia, hoy resulta más sencillo esclarecer la efectiva naturaleza de la familia en cuanto familia… advirtiendo que esta se encuentra determinada, en última instancia, por el amor incondicional, incondicionable e incondicionado, que lleva a tratar a cada uno de sus miembros como persona.
Algo parecido sucede con el ejercicio de la sexualidad y con su natural consecuencia, la fecundidad, en los que en cierto modo se origina y crece la familia. También ellos se hallan, desde hace ya algunos lustros, en estado continuo de alerta roja. Y también por lo que a ellos respecta, vemos desgajarse de la «sexualidad-paternidad-maternidad» elementos o circunstancias que en otros tiempos la favorecían… sin serle absolutamente esenciales.
Así lo expresaba José María Pemán, hace ya más de 50 años, desde la concreta perspectiva de la madre:
«No cabe duda que la maternidad sufre en el mundo una tremenda crisis. Es una planta que solo puede criarse bien en un clima un poco encantado y maravilloso. En un mundo regido por urgencias materiales y económicas sufre rudos golpes, porque es un bello sueño más que un negocio práctico. Fue negocio un día, en una hora ancha y feudal, donde se decía “el mundo es de las grandes familias”. Lo es todavía en el orbe agrícola de los pueblos poco poblados. No hay para la familia civilizaciones más felices que aquellas donde se encuentran en el mismo camino la maravilla y el negocio. Donde, por encima del hombro maternal que acuna su flor maravillosa entre cuentos y romances, el varón recuenta gozoso un brazo más para su tierra o un soldado más para su mesnada. Pero en el mundo ciudadano moderno —pisos mínimos, grandes distancias, trabajo de la mujer, quehaceres del marido— el realismo se ha echado demasiado encima del juego maravilloso, y sin maravilla y juego no hay maternidad posible. En Norteamérica, la familia se acaba absolutamente por las razones más duramente vulgares: por falta de sitio y de tiempo. Pero esto, que “puede” concretamente con la familia y con el hijo, no puede con la maternidad en sí. Al apretarla, cuando cree que la ha ahogado en su estrechez de paredes y prisa, lo que ha conseguido es que rebose hacia la calle, hacia la vida social».

• Más allá de ciertos anacronismos, y de elementos hoy fundamentales que no se consideran en la cita —¿es cierto que la maternidad ha salido hacia la calle e impregna la vida social?—, la conclusión que cabe extraer de estas palabras, desde la perspectiva que pretendo adoptar, resulta bastante clara, sobre todo si se la ilumina con algunas aportaciones complementarias.
Las resumo al máximo, aun a riesgo de simplificarlas, pues serán objeto de estudio en otro momento y lugar. La «Revolución del 68» se planteó fundamentalmente y ejerció su mayor influjo en los dominios de la sexualidad. Junto y en conexión con ella, algunas feministas radicales se movieron en la misma esfera y en una dirección muy concreta.
La «liberación» de la mujer se tradujo finalmente en liberación respecto al varón, justo en lo que atañe a la sexualidad, para más tarde traducirse en «liberación» de la maternidad.
Pero en los años más recientes la naturaleza femenina ha vuelto por sus fueros, y bastantes de las mujeres entonces beligerantes, y muchísimas otras, experimentan de un modo muy distinto la «nostalgia» de ser madres.
En cualquier caso, las tres décadas que cierran el siglo XX y los años transcurridos en el XXI han introducido, teórica y vitalmente, modificaciones esenciales en la sexualidad humana, que han puesto de relieve rasgos y características hasta hoy desconocidas.
• Por todo ello, nos encontramos en un momento muy propicio para abordar de forma más directa y definitiva el estudio de lo que realmente es y debe significar la sexualidad humana, así como su ejercicio.
Y para eso es imprescindible el enfoque antropológico: de una antropología filosófica que hunda sus raíces en la metafísica, acoja las aportaciones de otras disciplinas, incluidas las ciencias experimentales, y que se encuentre abierta, también, a la fe y a la teología.

a) Sin excluir los saberes experimentales…
Antropología cabal e íntegra, por tanto… en masculino y femenino. Scheler sostenía que «en la historia de más de diez mil años somos nosotros la primera época en que el hombre se ha convertido para sí mismo radical y universalmente en un ser problemático: el hombre ya no sabe lo que es y se da cuenta de que no lo sabe. Solamente haciendo tabla rasa de todas las tradiciones referentes a este problema, contemplando con sumo rigor metodológico y con extrema maravilla a ese ser que se llama hombre, se podrá llegar nuevamente a unos juicios debidamente fundados».
Y Rassam puntualiza: «… hoy el problema de la persona es enfocado casi exclusivamente desde un punto de vista psicológico y ético, con preocupaciones esencialmente sociales, políticas y económicas. Pero, a la vez, se olvida nada menos que la dimensión ontológica de la persona, es decir, lo que es el soporte mismo de su originalidad psicológica, de su valor moral y de su destino espiritual».
Antropología con fundamento metafísico, en consecuencia. Otras consideraciones —las que solemos denominar «científicas», entendiendo la ciencia en su acepción predominantemente experimental— serán sin duda enriquecedoras e incluso imprescindibles, y por eso haremos uso de ellas a lo largo de este escrito. Pero ninguno de esos saberes puede erigirse en la clave última y definitiva para dirigir la conducta de las personas en su índole estrictamente personal y, por consiguiente, tampoco en lo que atañe al uso y regulación de sus dimensiones sexuales.
Según sostiene Benedicto XVI, «más allá de los límites del método experimental, en el confín del reino que algunos lla-man meta-análisis, donde ya no basta o no es posible solo la percepción sensorial ni la verificación científica, empieza la aventura de la trascendencia, el compromiso de “ir más allá”».

• Tiempo atrás, el entonces cardenal Ratzinger establecía el criterio de fondo: «… si bien en una perspectiva puramente científica el cuerpo humano puede considerarse y tratarse como un compuesto de tejidos, órganos y funciones, del mismo modo que el cuerpo de los animales, a aquél que lo mira con ojo metafísico y teológico esta realidad aparece de modo esencialmente distinto, pues se sitúa de hecho en un grado de ser cualitativamente superior».
Por eso, aun cuando ayude mucho a lograrlo, no cabe determinar lo que somos realmente ni derivar el sentido de nuestra existencia de los datos de la biología sobre la estructura del hombre, por muy abundantes que sean. Según explica un autor alemán:
«El ser humano no descubre el significado de la vida en el análisis —incluso exhaustivo— de sus genes, sino mediante el conocimiento de su naturaleza, proporcionado sobre todo por el ejercicio, estudio y consideración de las relaciones sociales, personales y religiosas».
Pero lo mismo habría que decir de otras muchas disciplinas, como la sociología, la economía, la psicología, la demografía, etc., a las que más tarde aludiré de nuevo.
Y no solo porque estos saberes estén sometidos a continuo cambio y revisión y por las razones de tipo teórico a las que ya he aludido. Sino también por otras de naturaleza más práctica, capaces de influir en los individuos singulares… que son los únicos existentes.

b)… pero dentro de una consideración global de la persona
Ciñéndome al caso que nos ocupa, pienso que muy pocos matrimonios tienen o dejan de tener hijos —¡de manera consciente y voluntaria!—, por motivos macroeconómicos o demográficos. Y la prueba es que los planteamientos de la demografía están cambiando en los últimos lustros, que también existen modificaciones en el modo de concebir la economía, que en muchos países se ha invertido la política económico-familiar… y que esto no ha engendrado una variación apreciable en el ritmo de nacimientos en prácticamente ningún lugar del mundo.
Desde hace ya bastantes años, un nuevo plantel de demógrafos cuestiona y demuestra la invalidez de los otrora intocables dogmas neomaltusianos. Apoyados en datos incontrovertibles, están haciendo ver a todo el que lo desee que el incremento de población no es la causa de la pobreza del Tercer Mundo y que, en definitiva, las personas constituyen el recurso principal con que cuenta un país para impulsar su desarrollo. Pertenecen a este grupo de revisionistas, entre otros, Simon Kuznets, Colin Clark, P.T. Bauer, Ester Boserup, Albert Hirshman, Julian Simon, Richard Easterlin y Karl Zinsmeister.
Por ejemplo, en un artículo publicado en The National Interest (Washington), Zinsmeister deshace la conexión, hasta hace poco casi sagrada, entre incremento notable de la población o «exceso» total de habitantes, por un lado, y miseria, por otro. Apoyándose en un conjunto de investigaciones científicamente correctas, concluye, por ejemplo:
«Hay docenas de países poco poblados que son pobres y sucios y padecen hambre. Y hay multitud de países con población grande y densa, que son prósperos y atractivos. Esto no significa que la densidad sea una ventaja, pero sí que el número de habitantes no es la variable decisiva.
No existe, pues, un número apropiado de habitantes: se puede lograr el éxito económico tanto en países poco poblados como en los de elevada densidad de población. Los demógrafos revisionistas gustan de señalar que cada niño viene al mundo equipado no solo con una boca, sino también con dos manos y un cerebro. Las personas no solo consumen; también producen: alimentos, capital, incluso recursos».
Mas, según comentaba, nada de esto incide apenas en el número real de nacimientos, sobre todo en los países desarrollados de Occidente.
Cabría concluir, pues, que la sexualidad y la fecundidad matrimoniales se encuentran depreciadas debido a causas más profundas que las citadas hasta el momento: a un estado general de la civilización contemporánea, con un conjunto de prioridades muy claras y no siempre correctas, que cobra vida o se traduce en motivos estrictamente personales… tomados en el interior de las familias.
En relación a bastante de los extremos apuntados, y de muchos otros que ahora no puedo considerar, conviene leer estos juicios de Brancatisano: «A la mujer que retorna a la maternidad porque “no se ve” sin ser madre, deberíamos preguntarle el porqué de esa vuelta, tras un abandono plenamente consciente respecto a la maternidad “concreta”, y casi total en relación con la maternidad psicológica.
Con estos dos modos de calificar la maternidad me refiero, por una parte, al hecho de generar al hijo y, por otra, al modo de relacionarse con o de concebir la maternidad. En lo que atañe al primer punto, es patente la crisis demográfica de aquellas regiones del mundo acordes con esta cultura; en lo que se refiere al segundo, conviene advertir que la maternidad hoy ya no se vive con naturalidad ecológica, sino con una actitud progresivamente más problemática, que se acerca mucho o desemboca en ansiedad e incluso en terror.
Habiendo dejado de ser un evento natural, consecuencia espontánea de la vida sexual de la mujer, la maternidad se parece más y más a una enfermedad que debe prevenirse —mediante la contracepción— o “monitorizar” con atención obsesiva mediante el entero curso de su preparación, el embarazo. El terror se refiere más que nada, sin embargo, a una especie de habitus —a menudo inconsciente— que se forma en la psique de la mujer durante todos los años (entre 15 y 25, por término medio) en que decide tener una vida sexualmente activa, pero prescindiendo de forma categórica de la maternidad.
En estos años, los más fértiles desde cualquier punto de vista, la actitud de la mujer respecto a su propia capacidad de engendrar resulta —consciente o inconscientemente— no solo negativa porque así lo plantea y lo desea, sino orientada de continuo contra la posibilidad de quedarse embarazada: en la psique femenina se insinúa un sentido de terror respecto a un acontecimiento temido y que, no obstante, la amenaza… por el hecho de que, por naturaleza, se encuentra inseparablemente unido a las relaciones sexuales.
Un fenómeno tan prolongado y profundo no puede sino dejar una huella en el modo de pensar, de vivir y de afrontar la maternidad, cuando la mujer se decide a tener hijos. Huellas todavía no del todo determinadas, pero sin duda alguna importantes».
Volviendo a las razones íntimas que conducen a apreciar o a huir de la paternidad, resulta bastante claro que tales motivos no pueden ser desvelados por las ciencias particulares, una a una o en su conjunto; sino, más que por ninguna otra disciplina, por una auténtica antropología de la sexualidad y la fecundidad, apoyada también en tales ciencias, como antes esbozaba.
Curiosamente, aun cuando nuestro quehacer cotidiano esté tremendamente mediado y orientado por los avances técnicos derivados de las ciencias experimentales, lo que nos lleva a tomar las decisiones más de fondo —las que más afectan al conjunto de nuestra existencia— siguen siendo razones de corte antropológico o filosófico.

En este contexto podrían situarse unas nuevas palabras de Ratzinger:
«Quien entra en una disputa semejante debe tener claro lo siguiente: nuestra sabiduría acerca de Dios, el carácter personal del hombre y su condición de comienzo nuevo no pueden ser un conocimiento positivamente contrastado de igual modo que los resultados obtenidos con aparatos sobre los mecanismos de la reproducción. Los enunciados sobre Dios y el hombre quieren llamar la atención acerca de que el hombre se niega a sí mismo —es decir, repudia la realidad incontrovertible—, cuando rehúsa trascender el laboratorio con su pensamiento».
Y también los juicios, más actuales y con matices añadidos, de Rhonheimer:
«La creación de la “nueva cultura de la vida humana” […] tiene que comenzar, con todo, en diversos planos. El plano político-legal es solo un aspecto. Las leyes desempeñan, en verdad ”un importante y a veces decisivo cometido en el fomento de una forma de pensar y de una costumbre”. En una sociedad marcada por la apelación a los derechos individuales la legislación y la jurisprudencia mantienen vivo en la esfera pública el ”lenguaje de la responsabilidad” y poseen con ello una función expresiva y de configuración de las mentalidades.
»Sin embargo, en último término la creación de una cultura de vida se decide en aquellos lugares en los que la vida surge y experimenta su primer desarrollo: en el seno de la familia. […] La familia es el lugar de la formación de la conciencia, en el que es necesario experimentar y aprender el amor, el espíritu de servicio y las virtudes que llevan a aceptar la vida humana en todos sus estadios y estados como un regalo y don. La familia se convierte así en el punto focal del interés y la preocupación de todos».
O estos otros de J. Ratzinger, ahora ya como Benedicto XVI:
«En general se coincide en afirmar que a escala planetaria, y especialmente en los países desarrollados, existen dos tendencias significativas y relacionadas entre sí: por una parte, aumenta la expectativa de vida; y, por otra, disminuyen los nacimientos. Mientras las sociedades envejecen, muchas naciones o grupos de naciones carecen de un número suficiente de jóvenes para renovar su población.
Esta situación es resultado de múltiples y complejas cau-sas, a menudo de carácter económico, social y cultural […]. Sin embargo, sus raíces profundas son morales y espirituales; se deben a una preocu-pante falta de fe, de esperanza y, en especial, de amor. Traer hijos al mundo requiere que el eros egoísta se realice en un agapé creativo, arraigado en la generosidad y caracterizado por la confianza y la esperanza en el futuro. Por su misma naturaleza, el amor tiende a lo eterno. Tal vez la falta de este amor creativo y de altas miras sea la razón por la que muchas parejas hoy deciden no casarse, numerosos matrimonios fracasan y ha disminuido tanto el índice de natalidad».
Y esos motivos, hondos y globales a la par que muy concretos, son los que hay que ofrecer a los cónyuges.
En el fondo, y a modo de resumen, se trata de averiguar cómo, por qué y en qué medida influye la conciencia y el ejercicio de la propia sexualidad en el logro de la plenitud humana y, como consecuencia, en qué proporción y por qué causas refuerza o no la felicidad de quienes componen un matrimonio y del conjunto de la familia.
Desde semejante perspectiva habrá que considerar cuanto expongo a continuación.

2. La persona, principio y término de amor

a) La sexualidad humana, única e incomparable
Si no yerro, y a tenor de lo apuntado hasta ahora, para establecer unas bases sólidas sobre las que apoyar las disquisiciones que siguen, conviene empezar sentando una tesis fundamental, una suerte de horizonte sobre el que se recorten las afirmaciones más concretas.
Esa convicción de fondo podría enunciarse así: a pesar de las apariencias y de los planteamientos vigentes en nuestro entorno (que a menudo nos llevan a hacernos una idea muy chata y depauperada de las realidades que nos rodean y nos incumben… y de nosotros mismos), la sexualidad humana es única, inigualable; no admite parangón con el simple sexo de los animales, precisamente por ser humana o personal.
• Eso me lleva a acuñar una terminología propia, pero que estimo conveniente —en absoluto obligatoria—, y distinguir entre sexo y sexualidad.
+ En relación a los animales, resulta preferible hablar de «sexo».
+ Para los seres humanos, sin embargo, y justo con el fin de dejar constancia de su superioridad casi infinita, reservo el vocablo «sexualidad».
• La derivación inmediata es que, si queremos conocer algo de la sexualidad en su sentido más estricto, es preciso al menos esbozar una visión global del hombre, donde esta manifieste sus diferencias respecto al mero «sexo» y muestre la función y el «lugar» que le corresponde en el conjunto de la existencia humana.
Y, para lograrlo —como ya advertí—, no bastan las perspectivas parciales, propias de las ciencias particulares. Esos enfoques, en sí mismos válidos, se tornan o insuficientes o reduccionistas… cuando aspiran a dar razón completa bien sea de la persona humana, bien de su sexualidad: no muestran, precisamente, la gran divergencia y la enorme distancia que eleva a esta segunda por encima del sexo… justo porque ignoran que la sexualidad, en su estricto sentido, es personal.
Por ejemplo, la biología, la fisiología, la neurología… tienen mucho que decirnos en relación con la sexualidad; pero si su visión pretende ser total y definitiva no es difícil que acaben por reducir la maravilla de la atracción entre varón y mujer, y cuanto ello lleva consigo, a una suerte de «mecanismos» de distinto corte o, por emplear una de las expresiones más habituales, a «mera química».
En la misma línea, los estudios sociológicos sobre este extremo tienden a poner de relieve lo que hacen todos o la gran mayoría, que acaba por considerarse normal (con el matiz de legitimación que acompaña a este vocablo), mientras que a veces solo estamos ante lo común o habitual… que puede incluso ser opuesto a la condición humana.
La psicología, por su parte, suele atender predominantemente a «lo psíquico» —instintos, pulsiones, satisfacción de las mismas…— dejando en sordina las dimensiones espiritual-personales.
E incluso la medicina y la psiquiatría, cuyas aportaciones no dejan de ser valiosas e imprescindibles, corren el peligro de centrar su interés en lo patológico, en lugar de indagar y poner de manifiesto la grandeza y el gozo de una sexualidad vivida en plenitud.
Todas estas perspectivas, y bastantes otras que no he mencionado, deben sin duda tenerse muy en cuenta al estudiar la sexualidad, y englobarlas en lo posible dentro de ese análisis y sus conclusiones, pero en ningún caso habrán de considerarse exclusivas y excluyentes.

Lo expone bien García-Morato:
«Pasamos ahora a tratar de los riesgos de una visión exclusivamente científica de la sexualidad. Y antes que nada hay que recordar una cosa elemental: cualquier [correcta] descripción científica de la vida humana es real y es verdadera, pero no abarca todo. La ciencia no dice todo sobre lo que es una persona. Proporciona una descripción perfecta en su género, pero es limitada. Y hay que ser conscientes de esa limitación para caer en la cuenta de que la sexualidad no es solo lo que dice la Ciencia, aunque también sea lo que dice la Ciencia. Pero es mucho más, tiene un sentido humano que abarca toda la persona. El hijo no es, sin más, fruto de la unión de dos gametos. La unión entre varón y mujer no es simplemente una donación de esperma, sino que es algo más: es una donación de sí mismos [de lo que encarna mejor, en el plano biológico, su índole personal, como veremos] y, por lo tanto, una donación de amor real y verdadero. Un hijo es fruto del amor de los padres».
Concluyendo: para entender la sexualidad resulta imprescindible determinar previa y simultáneamente lo que es el hombre, de modo que pueda comprenderse con mayor hondura el significado de su vida y de su misión en el mundo.
Y esto, en el ámbito natural, corresponde a una antropología filosófica (no meramente cultural, aunque también haga uso de ella), que toma en cuenta la experiencia ordinaria y el conjunto de las ciencias y artes, y que se abre a la metafísica estrictamente dicha (capaz de conocer la realidad tal como es) y a la visión superior proporcionada por la teología (apta para dárnosla a conocer «como la ve Dios», aunque, obviamente, de forma imperfecta).

b) La condición del ser humano
En la Introducción a la antropología: La persona, al abordar el estudio del hombre —mujer y varón—, vimos que de él se han ofrecido muchas descripciones, en buena parte equivalentes. Teniendo todo ello en cuenta, y según advertí hace unos momentos, me interesa ahora subrayar la que pone en estrecha dependencia la condición personal y el amor.
Lo cual, como leeremos de inmediato en la pluma de distintos autores, equivale a sostener que el amor razonable y razonado —¡inteligente!— es lo único definitiva y terminalmente humano. Que, en fin de cuentas, cuanto el hombre realiza obtiene su categoría radical en proporción al amor con que se haga. Que un varón o una mujer vale lo que valen sus amores… y mil consecuencias por el estilo, cristalizadas en modos de decir a su vez muy distintos.
Carlos Cardona lo expone con decisión, tomando como Modelo de las personas humanas la máxima expresión de lo Personal: «Dios obra por amor, pone el amor, y quiere solo amor, correspondencia, reciprocidad, amistad. Así, al Deus caritas est [al Dios es amor] del Evangelista San Juan, hay que añadir: el hombre, terminativa y perfectamente hombre, es amor. Y si no es amor, no es hombre, es hombre frustrado, autorreducido a cosa».
Afirmación que no es del todo ajena al conocido refrán castellano: «amor con amor se paga», (¡y con nada más, agrego por mi cuenta!: el amor no es sustituible); o tal vez más aún a la antigua tonada que insistía en que «el cariño verdadero [como la propia persona] ni se compra ni se vende».
En un contexto similar, Rafael Caldera sostiene que «la verdadera grandeza del hombre, su perfección, por tanto, su misión o cometido, es el amor. Todo lo otro —capacidad profesional, prestigio, riqueza, vida más o menos larga, desarrollo intelectual— tiene que confluir en el amor o carece en definitiva de sentido»… e incluso puede resultar perjudicial, no para determinados aspectos de la vida, sino para su dimensión estrictamente personal y, por lo mismo, decisiva para la felicidad de cualquier hombre o mujer.
Las citas podrían sin duda multiplicarse. Acudo a algunas de ellas, sobre todo, porque se sitúan en contextos doctrinales muy distintos de los vistos hasta ahora.
Y, así, Feuerbach, antecesor inmediato del marxismo ateo, no dudó en proclamar: «Donde no hay amor, no hay verdad: y solo aquel es algo que algo ama. No ser nada y no amar nada es lo mismo».
Y Plauto, con una independencia relativa de cualquier cosmovisión religiosa, afirmaba a su vez: «nada vale quien nada ama».
Dicho con palabras sencillas, pero preñadas de consecuencias prácticas:
Si un ser humano no llega a amar, a «transformar en amor» todo cuanto realiza, lo demás resulta insignificante, vano o, mejor, dañino (como una batidora en que funcionaran a la perfección todos los elementos internos aislados… pero que de hecho no batiera, o un coche o un ordenador primorosos, pero que no anduvieran o no procesaran textos).

c) Ser humano, amor, sexualidad

Para entrever el sentido en que cabe sostener que el ser humano se identifica con el amor o está destinado a transformarse en él, basta advertir lo que he desarrollado otras veces.
A saber, que todo su «contexto» es de amor:
+ Nace del amor, del Amor divino infinito que lo crea en cooperación estrechísima con el amor humano de sus padres.
+ Está destinado al amor: a amar a Dios y a las personas creadas, ya en esta tierra, tornándose cada vez más feliz; y, con semejante preparación, a amar definitivamente al Amor de los amores durante la eternidad sin término y plena de dicha.
+ Y, por lo mismo, crece, se perfecciona como hombre, como persona, gracias al amor…
Por todo lo cual, puede afirmarse sin reparos que la persona humana es, participadamente, amor.
Con el adverbio participadamente quiero insinuar, entre otras cosas, que, considerado en sí y por sí, no todo lo que el hombre realiza es, en su sentido más propio, un acto de amor: no lo es el comer, el pasear, el ver la televisión o leer un libro…
Sin embargo, todas y cada una de esas acciones pueden —¡y deben!— convertirse en amor. ¿Cómo?: en cuanto, al hacerlas buscando el bien de los otros, el amor las in-forma y, como consecuencia, las trans-forma: cuando como, paseo, trabajo o descanso movido por el amor —para consolar a un hijo mientras charlamos, preparar mejor las clases pensando en mis alumnos, reponer fuerzas para volver a la tarea con más bríos, recuperarme de un enfado con el fin de no «aguar el ambiente» al volver a casa…—, tales actividades llegan a ser, en sentido real, aunque derivado, actos de amor.
(No solo por «rizar el rizo», sino para hacerlo más comprensible, el que in-formar equivalga a trans-formar puede verse bien, por ejemplo, en la asimilación de la comida: lo que era, pongo por caso, pulpa de mango o de naranja, cuando lo come y asimila un chico o una chica, se trans-forma en carne, músculos, tendones… humanos.
Algo similar, no idéntico, sucede con las actividades que realizamos. Por ejemplo, al levantarnos de un asiento en un autobús por deferencia hacia una señora o una persona de edad —y no simplemente porque hemos llegado a la parada—, el gesto físico se trans-forma en un acto de delicadeza respecto a esa otra persona; por el contrario, si uno —¿una?— se pone en pie para ver mejor el escaparate de la tienda de modas, ese movimiento se transforma en un acto de… [ponga cada cual lo que le evoque y parezca más conveniente], pero no propiamente de amor).
• Asimismo, la sexualidad comienza a percibirse en todo su esplendor y maravilla cuando desvelamos y ponemos en primer término su íntima y natural conexión con el amor. Y es que, para unos ojos que sepan mirarla con limpieza, superando los estereotipos degradados que circulan en el ambiente, la sexualidad se revela de entrada como el medio más específico, como el instrumento privilegiado, para introducir, manifestar y hacer crecer el amor entre un varón y una mujer precisamente en cuanto tales, en cuanto personas sexuadas.
De ahí, justamente, su importancia y relevancia en el conjunto de la existencia humana. Y también de ahí la tristeza del proceso de trivialización que ha experimentado en los últimos tiempos. Banalización que, al alejarla de su profundo significado y de su excelencia, constituye tal vez uno de los principales problemas —teoréticos y vitales— que «la cuestión del sexo» plantea a nuestros contemporáneos.
Pues, al no advertir apenas la sublimidad de que esa sexualidad goza, algunos tienden a tratarla como un objeto más de bienestar y consumo.
Muy a menudo me veo obligado a explicar, con profunda pena, que, para bastantes de los que hacen del fin de semana nocturno el ámbito primordial de su diversión —que a la par es el objetivo por excelencia de su vida: vivir para divertirse—, las relaciones sexuales, excesivamente frecuentes a lo largo de esas veladas, son un simple producto del aburrimiento y del correspondiente afán de distracción. Que un buen número de jóvenes, con los matices que serían del caso para los chicos y las chicas, sin ignorar del todo la profunda lesión que generan en su ser al utilizar de ese modo la propia sexualidad, la sitúan sin embargo en la misma línea de los demás instrumentos de recreo o entretenimiento, como una especie de «añadido» a su persona, del que podrían disponer a placer, y no como algo que la configura intrínsecamente y en su totalidad.
Lo que suelo exponer de una manera una tanto burda y desgarrada, pero gráfica y significativa: para ellos es como un refresco más o como un helado… «solo que a lo bestia»: cumple una misión parecida —el pasatiempo, la huida del tedio, un cierto disfrute—, pero, al menos en su imaginación e inicialmente, con mucha mayor eficacia e intensidad que esos otros «productos».
Lo expresa con singular acierto C. S. Lewis en El diablo propone un brindis. En mitad del discurso, el diablo mayor se queja de la pobreza de las motivaciones que llevan al hombre actual a hacer el mal. Y apunta especialmente al uso «mediocremente malvado» del sexo:
«Sería vano, empero, negar que las almas humanas con cuya congoja nos hemos regalado esta noche eran de bastante mala calidad […]
Después ha habido una tibia cacerola de adúlteros. ¿Han podido encontrar en ella la menor huella de lujuria realmente inflamada, provocadora, rebelde e insaciable? Yo no. A mí me supieron todos a imbéciles hambrientos de sexo caídos o introducidos en camas ajenas como respuesta automática a anuncios incitantes, o para sentirse modernos y liberados, reafirmar su virilidad o “normalidad”, o simplemente porque no tenían nada mejor que hacer. A mí, que he saboreado a Mesalina y Casandra, me resultaban francamente nauseabundos».
Todo lo cual, como sugería, no puede sino ir en detrimento de la posibilidad de apreciar y valorar la sexualidad humana, pues los títulos de su grandeza derivan de su cercanía a lo que es el hombre en cuanto persona (a saber, amor participado) y a al origen de cada ser humano (una relación exquisita de amor mutuo… vigorizada por el Amor creador de todo un Dios, con el que cooperan los padres en la procreación o co-creación de cada hijo).

d) La sexualidad: ser y obrar

En los párrafos que preceden, al apuntar sobre todo al ejercicio de la sexualidad humana y su nexo con el amor, he dejado de lado algo tanto o más importante y en cierto modo previo: la condición sexuada de todo sujeto humano, su índole de varón o mujer.
Me gustaría exponer un par de ideas al respecto.
• El estudio sobre la persona que realizamos al hilo del libro antes citado, nos permitió extraer una doble conclusión:
+ antes que nada, que el obrar sigue al ser, y el modo de obrar al modo de ser;
- o, con otras palabras, que, para actuar de determinado modo, cualquier realidad debe estar conformada o «confeccionada» de una manera muy particular, tener un ser que permite y, en su caso, provoca o «sugiere», ese tipo de actividades;
+ además, aunque esto no fue tratado con tanto detenimiento, que ese modo de ser se encuentra básicamente ordenado a la operación u operaciones que le son más propias —«esse est propter operationem», que dirían los latinos: «el ser se orienta (u ordena) al obrar»—;
- por poner ejemplos sencillos y no excesivamente profundos, las aves tienen alas para volar, y los peces aletas para nadar;
- de manera análoga y más propia, refiriéndonos a la persona humana y hablando con rigor, todo su ser, con los elementos en los que se concreta, está encaminado hacia el amor inteligente.
Bajo este prisma, y como acabo de sugerir, el ejercicio de la sexualidad se orienta a suscitar, instaurar y poner de relieve el amor entre los hombres, y los torna partícipes del Amor creador de todo un Dios.

• Pero, si miramos más allá de la operación, hasta su mismo fundamento, la sexualidad constituiría una determinación intimísima mediante la cual se modula en su totalidad el ser del hombre, gracias a una particular participación en el Ser Personal de Dios (y, más en concreto, en la Santísima Trinidad), haciendo que cada sujeto humano posea un ser masculino (varón) o un ser femenino (mujer)… dirigidos a su vez al amor mutuo.
Esa «modulación» o modo-de-ser-persona, masculina o femenina, alcanza desde el ámbito fisiológico, en todas y cada una de sus células, hasta el propiamente espiritual, pasando por el psíquico; y hace de cada hombre, como acabo de sostener, una persona masculina o una persona femenina, con el sinfín de características que le son propias.
Debido a su enorme riqueza, no es un tema que quepa abordar por extenso en el presente escrito, máxime cuando ya ha sido estudiado en otros lugares.
+ Sin embargo, sí me parece imprescindible realizar ahora un conjunto de reflexiones en torno
- al carácter personal de la sexualidad humana,
- así como a la índole necesariamente sexuada de toda persona… también humana.
+ Y, asimismo, dejar sentada la distinción entre
- lo sexual: las manifestaciones más externas y corporales de la sexualidad, de la que lo estrictamente genital es un conjunto de elementos que hacen inmediatamente posible la relación íntima entre varón y mujer;
- y lo sexuado, que impregna a la persona entera del varón y la mujer, dotándolos de lo que llamamos masculinidad y feminidad, muchísimo más amplias y ricas que sus meras expresiones corpóreas.

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