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La visión del Magisterio Pontificio reciente de cara a las modernas teorías psicológicas
Este artículo pretende, de un modo sobre todo expositivo, presentar la doctrina del Magisterio pontificio reciente de cara a la psicología contemporánea


Por: Rafael Pascual | Fuente: catholic.net



Introducción

Necesariamente no podrá ser exhaustivo, ni podrá ofrecer de modo más sistemático y sintético la riqueza que encontraremos en los textos que estudiaremos a continuación, siguiendo un orden cronológico. Nuestra intención es ayudar a descubrir el valor de este magisterio para resolver las cuestiones que plantea la psicología moderna a la visión cristiana del hombre.

Dividimos el artículo en dos partes: en este número, el magisterio pontificio desde Pío XII a Pablo VI. En el siguiente, el magisterio de Juan Pablo II.

A) Pío XII

1.
En un discurso con ocasión de un congreso médico , el Santo Padre, hablando de los límites morales de los métodos de la ciencia médica en la investigación y en el tratamiento, reconocía el valor de la ciencia y las exigencias de la investigación, pero al mismo tiempo hacía ver que el fin terapéutico no justificaba un comportamiento inmoral, ni en los médicos ni en los pacientes, por ejemplo, dando rienda suelta a los impulsos e instintos sexuales. En este sentido, hacía una crítica directa de la tendencia de “ciertas escuelas de psicoanálisis”, que pretendía que el método pansexual tuviera que ser considerado como “una parte integrante indispensable de toda psicoterapia seria y digna de este nombre”, que debiera colmar una grave laguna que, según dicha escuela, habría provocado graves daños psíquicos y errores doctrinales y prácticos en la educación, en la psicoterapia e incluso en la pastoral.

Como alternativa, Pío XII proponía recurrir más bien a una terapia indirecta “y a la acción del psiquismo consciente sobre el conjunto de la actividad imaginativa y afectiva”, con lo cual se evitarían las desviaciones morales a las que conduce la escuela antes citada, y se lograría influir sobre la dinámica de la sexualidad .

2. De nuevo, ante los participantes en el V Congreso Internacional de Psicoterapia y Psicología Clínica, el Santo Padre afrontó esta temática en un importante discurso . En éste recordaba que hay que considerar al hombre como una unidad y totalidad psíquica estructurada y trascendente, sin sobrevalorar un factor particular dentro del conjunto de la vida psíquica: “la existencia de cada facultad o función psíquica se justifica por el fin del todo”

En todo caso, si había que privilegiar algún elemento en el hombre, éste tendría que ser el alma:

“Lo que constituye al hombre es principalmente el alma, forma sustancial de su naturaleza. De ella dimana, en último lugar, toda la vida humana; en ella radican todos los dinamismos psíquicos con su propia estructura y su ley orgánica” .

A esta luz, Pío XII criticaba la opinión de que ciertos dinamismos psíquicos elementales supuestamente reducirían drásticamente la autonomía del hombre. “El que estos dinamismos ejerzan su presión sobre una actividad no significa necesariamente que ellos la obliguen” .

Asimismo, ponía en evidencia que un estado patológico (como el de ciertas enfermedades psíquicas) no podía ser considerado como la norma. Por otra parte, el Santo Padre criticaba la pretendida oposición entre la metafísica y la psicología, y entre la psicología y ética tradicionales (que se quedarían en la consideración del hombre en abstracto) y la psicoterapia y la psicología clínica modernas (que tendrían por objeto al hombre real y concreto).

Por otra parte, tomando en consideración el aspecto social del hombre, Pío XII ponía en evidencia que “el psiquismo social toca también a la moralidad; y las conclusiones de la moral afectan a las de una psicología y psicoterapia serias” . Existen, por tanto, unos límites morales a la praxis del método psicoanalítico, por ejemplo de cara a la evocación de experiencias sexuales, o en el campo de la discreción, tanto del psicoanalista como del paciente.

Finalmente, de cara a un supuesto dinamismo radicado en las profundidades del psiquismo (es decir, del inconsciente o del subconsciente), al cual se debería el origen de todas las religiones, Pío XII afirma que éste deriva más bien de las facultades superiores del hombre, sobre todo “del conocimiento claro y cierto de Dios por medio de su revelación natural y positiva” .

En todo caso, si se confirmara la existencia de tal dinamismo, no haría sino confirmar lo que ya había afirmado s. Agustín: “Fecisti nos ad te; et inquietum est cor nostrum, donec requiescat in te”.

En este plano de la dimensión trascendente Pío XII situaba la cuestión del sentimiento de culpa, tan caro a los psicoanalistas, considerándolo como “la conciencia de haber violado una ley superior, cuya obligación, sin embargo, se reconocía: conciencia que puede convertirse en sufrimiento e incluso en perturbación psicológica” .

Este sentimiento de culpa no es una realidad de orden puramente psíquico, sino más bien, y sobre todo, religioso, lo cual no excluye que pueda existir una patología del mismo.
Como afirma el Papa, “en todo caso, es seguro que la culpabilidad real no se curará con ningún tratamiento puramente psicológico” . Sería falaz pretender borrar el sentido de culpa negando la existencia de una falta real . La solución se encuentra en el perdón de la falta por la contrición del que la cometió y la absolución sacramental del sacerdote: “aquí es la fuente del mal, es la falta misma la que se extirpa” .

3. En otro importante discurso, dirigido a los participantes del Congreso Internacional de Psicología Aplicada , Pío XII volvía a poner en guardia contra ciertos abusos en la praxis de la psicología, que irían contra la dignidad de la persona humana, al violar su intimidad y su libertad. Tanto la psicología como los poderes públicos no pueden recurrir a medios inmorales o ilícitos para lograr sus fines (el progreso científico; resolver algún caso). Como punto de referencia para resolver estas cuestiones, el Santo Padre parte de una definición de personalidad: “la unidad psicosomática del hombre, en cuanto determinada y gobernada por el alma” . De ahí se siguen implicaciones en el orden moral y religioso: el hombre es obra de Dios, hecho a su imagen y semejanza. La personalidad del hombre resulta incomprensible si se desconoce esta verdad. Asimismo, el hombre está llamado a perfeccionar su naturaleza según el plan divino. Para ello no debe ponerse a merced de sus instintos, sino de las normas morales objetivas, “que se imponen a su inteligencia y a su voluntad y que le son dictadas por su conciencia y por la revelación” .

De ahí se sigue que el hombre es responsable y libre, es decir, “tiene la posibilidad objetiva y subjetiva de obrar según estas reglas”. Esto es lo que se da normalmente (lo pato-lógico no es lo ordinario, sino lo extraordinario). Ello implica una serie de principios que el Papa desglosa:

“1. Todo hombre ha de ser considerado como normal mientras no se pruebe lo contrario.

2. El hombre normal no sólo posee una libertad teórica, sino que tiene realmente también el uso de la misma.

3. El hombre normal, cuando utiliza como debe las energías espirituales que están a su disposición, es capaz de vencer las dificultades que se oponen a la observancia de la ley moral.

4. Las disposiciones psicológicas anormales no son siempre insuperables y no impiden siempre al sujeto toda posibilidad de obrar libremente.

5. Incluso los dinamismos del inconsciente y del subconsciente no son irresistibles; es posible, en gran medida, dominarlos, sobre todo para el sujeto normal.

6. El hombre normal es, por lo tanto, ordinariamente responsable de las decisiones que toma” .

Salta a la vista cómo estos principios se encuentran en contraste con ciertas escuelas psicoanalíticas.
Por último, Pío XII recalca que, para entender a la persona, no se puede perder de vista su finalidad trascendente-escatológica.

El santo Padre alude también a la cuestión del carácter y de la personalidad entendida en sentido psicológico, como actitud del hombre ante su responsabilidad o ante los valores. Hace referencia a la caracterología, y expresa su apreciación de la misma diciendo que: “incluso desde el punto de vista religioso y moral, esta clasificación no deja de tener importancia, porque la reacción de los diversos grupos ante los motivos morales y religiosos es a menudo muy diferente” .

Acto seguido, una vez establecidos los principios, Pío XII afronta la problemática más concreta que se le presenta: el de la utilización de los tests psicológicos, y el de la responsabilidad moral del psicólogo (la extensión y los límites de sus derechos y deberes en el empleo de los métodos científicos, tanto en el orden de las investigaciones teóricas como en el de las aplicaciones prácticas). En cuanto a los tests, el Santo Padre reconoce su valor y utilidad de cara al desarrollo de la psicología moderna:

“Los tests y los otros métodos de investigación psicológica han contribuido enormemente al conocimiento de la personalidad humana y le han prestado señalados servicios” . Más aún, el Papa reconoce el valor de la psicología moderna en su conjunto: “De hecho, nadie negará que la psicología moderna, considerada en su conjunto, merece aprobación desde el punto de vista moral y religioso” .

Sin embargo, precisa el Papa, hay que distinguir entre los fines que persigue (el estudio científico de la psicología humana y la curación de las enfermedades psíquicas) y los medios utilizados, los cuales no siempre son moralmente admisibles.

De hecho, existe en la vida psíquica una zona “que constituye, por así decirlo, el centro de la personalidad”, la cual queda fuera del alcance del psicólogo, y no deja de representar un misterio. Ante esto, el psicólogo debe reconocer los límites de sus posibilidades y respetar la individualidad del hombre, y no puede moralmente recurrir al uso de medios ilícitos, como el narcoanálisis. Tampoco es lícito someter al paciente a intervenciones sin su previo consentimiento, o desconociendo el alcance de las mis-mas. En síntesis, “a veces es necesario deplorar la injustificada intrusión del psicólogo en la personalidad profunda y los daños psíquicos serios que de ello resultan para el paciente e incluso para terceras personas”.

Al final del discurso, el Santo Padre presenta los principios morales fundamentales que han de ser respetados en la psicología aplicada, tanto por parte del psicólogo como por parte del paciente. Pío XII distingue tres tipos de acciones inmorales, en base a tres “principios básicos”: según que éstas “son o inmorales en sí mismas, o por falta de derecho en quien las realiza, o por causa de los peligros que provocan sin motivo suficiente” .

Un ejemplo del primer caso sería el de que un hombre, “libre y conscientemente, someta sus facultades racionales a los instintos inferiores” .


B) El Concilio Vaticano II


Si bien no se afronta la cuestión directamente, se alude de diversos modos a la psicología moderna: se habla, por ejemplo, de los cambios sociales y culturales del hombre moderno ; se invita en la pastoral a reconocer y aplicar los descubrimientos de las ciencias profanas, “sobre todo en psicología y en sociología” ; se invita a formar a los seminaristas según una “sana psicología” , y a los aspirantes a la vida religiosa a alcanzar una suficiente madurez psicológica y afectiva. En GS, 52 se dice que los psicólogos, entre otros, pueden contri-buir mucho al bien del matrimonio y la familia y a la paz de las conciencias. Se trata de indicaciones genéricas, en clave más bien positiva, si bien no contrastan con lo que hemos visto hasta ahora como enseñanza del Magisterio de la Iglesia.

También podría aducirse aquí el célebre pasaje de GS, 36, en el que se habla de la autonomía relativa de las realidades terrenas (el hombre, la sociedad, la ciencia, fundada en la naturaleza misma de las cosas):

“por la propia naturaleza de la creación, todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad y bondad propias y de un propio orden regulado, que el hombre debe respetar con el reconocimiento de la metodología particular de cada ciencia o arte. Por ello, la investigación metódica en todos los campos del saber, si está realizada de una forma auténticamente científica y conforme a las normas morales, nunca será en realidad contraria a la fe, porque las realidades profanas y las de la fe tienen su origen en un mismo Dios”.

C) Pablo VI

En Pablo VI no hemos encontrado algún discurso de tipo pro-gramático o general sobre este tema, como en cambio hallamos en Pío XII. Sin embargo, podemos citar algunos textos en los que se hace referencia más o menos explícita a la cuestión de la psicología, y sobre todo a los retos del psicoanálisis y sus interpretaciones pesimistas y reductivas del hombre.

1. En la audiencia del 12 de febrero de 1964 (que coincidía con el miércoles de ceniza), Pablo VI contrapone el análisis del mundo interior del hombre que hace la Iglesia al que proponen los psicólogos que “han explorado el fondo de la conciencia humana y han encontrado muchos movimientos turbios, muchas veleidades ridículas, muchas intenciones perversas” . Los estudiosos modernos, prosigue el Papa, han superado a los antiguos en la presentación de un triste cuadro de los caracteres humanos, estudiados en su psicología interna; por desgracia, la despiadada y a menudo malvada sinceridad de estos conocidos estudiosos han hecho escuela en nuestro tiempo. Sin embargo, la sinceridad del examen de conciencia de la ascética cristiana, y la visión profunda de las condiciones reales del hombre, herido por el pecado original, propia de la antropología cristiana, “no han sido ni igualadas, ni vanificadas” .

En efecto, la doctrina de la Iglesia no esconde ni atenúa la miseria de la arcilla humana, sino que “la conoce, la enseña y la recuerda a nuestra ceguera y a nuestra vanidad. Pero el remedio que ofrece la Iglesia se contrapone al que ofrecen los “estudiosos modernos”. Se trata de la mortificación, la ascética, la penitencia, lo cual pone en evidencia que el cristianismo no está hecho, como dicen, para almas débiles: “No, el cristianismo es una palestra de energía moral, es una escuela de autodominio, es una iniciación al valor y al heroísmo” . El cristiano “es un alumno de la disciplina de Cristo, la disciplina de la cruz” . Con la mortificación cristiana se alcanza “una victoria del bien sobre el mal, de la felicidad sobre el dolor, de la santidad sobre el pecado, de la vida sobre la muerte” .

2. En la catequesis del 7 de octubre de 1970 , Pablo VI presenta en síntesis la mentalidad del hombre moderno frente a la moral. Por una parte ésta rechaza la moral “clásica”, que se presenta como un sistema demasiado complejo y demasiado rígido. “El hombre moderno quiere una moral moderna” . Habría que tener en cuenta esta instancia, dice el Santo Padre, y “estudiar la forma de aplicar los principios morales constantes a las necesidades nuevas y a las aspiraciones contingentes de nuestro tiempo” , teniendo en cuenta, para ello, también los progresos de las ciencias modernas, especialmente de la Psicología .

Otra tendencia de nuestro tiempo es la simplificación, la cual conduce a menudo a mutilaciones del orden moral; se llega incluso a negar, por ejemplo, que exista una ley moral natural, estable y objetiva, y se tiende a afirmar que en definitiva todo es lícito. Hay que ver, dice el Papa, si esta actitud es justificada, sobre todo a la luz de sus frutos , si no lleva a anular la noción de bien y de mal...

3. En la catequesis del 31 de marzo de 1971 , trata el tema de la tentación de la carne, la cual, como toda tentación, resulta de dos estímulos: el interior (de las pasiones sensuales) y el exterior o ambiental, el cual hoy “se ha vuelto más insistente que nunca, más seductor, más excitante, más invasor” . No hace falta insistir en este punto. Este ambiente ofrece solicitaciones a la fragilidad de la carne, entendida en sentido moral como “todo aquello que se refiere a la indisciplina de la sensualidad”; lo que se refiere “al placer animal, a la voluptuosidad, al cuerpo pasional que atrae hacia sí al alma y la rebaja a sus propios instintos, la captura, la ciega” .

Aquí es donde el Santo Padre alude explícitamente al psicoanálisis: “Los estudios psicoanalíticos sobre los instintos humanos, y especialmente sobre la neuropatología y sobre la sexualidad, han proporcionado una terminología científica a la experiencia empírica común de las pasiones eróticas; algunos los han exaltado como nuevos y verdaderos descubrimientos del hombre” .

Más adelante, Pablo VI recalca que “la victoria sobre la tentación de la carne es posible” , lo cual se encuentra en contraste con la opinión de ciertos psicólogos contemporáneos: “nos encontramos hoy con la persuasión común, favorecida por la complicidad de la misma naturaleza de esta tentación, de que es imposible superarla, de que la castidad es una utopía, de que es tolerable, incluso instructiva quizás, la experiencia de su dominio sobre nuestro espíritu, sobre nuestro equilibrio moral, honesto y puro”. Frente a lo cual responde con fuerza:

“¡No es así, hermanos e hijos queridísimos! Si se quiere se puede conservar casto el propio cuerpo y el propio espíritu” . Dios no nos pide algo imposible “cuando se pronuncia con extrema severidad sobre esta materia” . No estamos libres de la debilidad humana, pero “se nos da la gracia para superarla con relativa facilidad”. Por otra parte, “es muy hermoso ser puros. No es un yugo, es una liberación. No es un complejo de inferioridad, es una elegancia, gallar-día del espíritu; no es una fuente de ansiedad y de escrúpulos, es una madurez de criterio y de dominio de sí...” .

4. En la catequesis del 2 de agosto de 1972 , Pablo VI presenta el tema del “sentido moral”, es decir, el juicio acerca de la bondad o la malicia de un acto, llevado a cabo por la conciencia. La conciencia es esencial al hombre, pues “es necesario que el hombre sea hombre” ; un hombre sin conciencia sería como una nave sin piloto. La conciencia pone en juego las potencias superiores del hombre: su mente y su voluntad; por ella el hombre es dueño de sus actos. Es necesario volver a la conciencia moral, pues nos encontramos inmersos en un ambiente que nos distrae y nos impide recurrir a la propia conciencia; así, el hombre vive a ciegas, condicionado por su entorno, perdido dentro de una masa anónima, “que con frecuencia carece de una auténtica con-ciencia moral comunitaria” .

Por otra parte, gracias a la voz de la conciencia, el hombre se puede liberar de las tentaciones que surgen de su propio ser, “vulnerado por el desequilibrio heredado por su complejo organismo a causa de una avería atávica: el pecado original” .

5. El 6 de septiembre de 1972 , también en una audiencia general, el Papa afronta de nuevo la cuestión de la vida moral en el mundo presente. Hoy nos encontramos “en un período de laxismo, de contestación, de inobservancia del código moral, en un período en que la libertad es invocada no para hacer el bien (...), si-no para no hacerlo” . ¿Por qué sucede esto?, se pregunta Pablo VI. Porque el programa moral que la Iglesia pro-pone a sus hijos es difícil: “el camino de Cristo no es fácil” . Y esta dificultad aumenta al encontrarnos con un mundo cada vez más secularizado, de modo que el ateísmo llega a reivindicar incluso el dominio de la moral, “de tal modo que el hombre se priva de los motivos trascendentes que sostienen la ética con la lógica y la fuerza que al fin le son indispensables, y se ve desprovisto de aquella ayuda superior que le viene a la acción humana de la fe y del misterioso pero real influjo de la amorosa ayuda divina” . Se constata, en consecuencia, la insuficiencia de las fuerzas humanas para gobernarse por sí solas, y se cae en el escepticismo de cara a la posibilidad de observar “una norma moral exigente y conforme a las profundas aspiraciones de la naturaleza humana” . Así, el hombre “cae pronto en la tentación de rebajar arbitrariamente el nivel de la ley moral, de poner en duda su exigencia y hasta su existencia...”.

6. En la catequesis sucesiva (13 de septiembre de 1972 ), el Papa trata el tema de la castidad, tema que hoy se hace “invadente y obsesivo”, que antes se trataba a menudo con excesivo recato, y hoy de modo desenfrenado: “en el campo científico, el psicoanálisis; en el campo literario, el erotismo obligado; en el campo publicitario, la bajeza seductora...”. Hay que caer en la cuenta de que “vivimos en una época en que la animalidad humana degenera frecuentemente en una desenfrenada corrupción; se camina en el fango” .

El Santo Padre llama a la impureza por su nombre: se trata del “dominio de los instintos y de las pasiones del hombre animal sobre el hombre racional y moral”; “es un desorden grave en nuestro ser humano, que es complejo y compuesto; desorden que fácilmente desciende a lo más bajo” . ¿A qué conduce? El diagnóstico del Papa es clarividente y acertado: “no se pueden silenciar los peldaños inferiores hacia los que se dirige nuestra sociedad resbalando sobre la llamada libertad de los sentidos y de las costumbres. Son las grandes cuestiones que no la hacen ni fuerte, ni gloriosa: la anticoncepción, el aborto, la infidelidad al amor conyugal, el divorcio... Luego, tras de la iniciación del placer sensual, brota la droga... Es la vida del hombre la que está en juego; es el amor verdadero el que va a la decadencia” .

7. En la catequesis del 12 de febrero de 1975 , el Papa trata el tema del pecado, que es a la vez “ofensa a Dios y ruina de quien lo comete” . En este sentido, la experiencia del mal, que algunos pedagogos incautos o perversos recomiendan, no es una ayuda, sino todo lo contrario, pues nos debilita para el bien. También aparece de nuevo el tema de la conciencia moral, “otro gran capítulo de la antropología, es decir, de la ciencia del hombre” , que, sin embargo, el hombre profano y moderno trata de eludir, recurriendo a la conciencia puramente psicológica, separada de la conciencia moral. Se contenta así “con los análisis psicoanalíticos, hoy de moda, pero carentes de obligaciones éticas, carentes de conciencia moral” .

Así, el criterio de distinción entre el bien y el mal “se hace puramente hedonista, utilitario, estético, higiénico”. De este modo, tal conciencia “goza de un optimismo falaz y peligroso, semejante (...) al de aquel que ya no consulta (...) a la verdadera y propia conciencia humana, y vi-ve sin escrúpulos, feliz de poder concederse a sí mismo cualquier cosa deseable y posible”. ¿Para qué sirve tal conciencia? Se refugiará quizá en la corrección legal; “¿bastará esto para asegurar al hombre su verdadero destino eterno?, ¿qué diremos de cuantos han sofocado la propia conciencia moral en aras de una propia libertad irracional, una libertad pasional, venal o cruel, o en cualquier caso un desenfreno rebelde a la ley divina?”

Se podría hablar también de la declaración Persona Humana, acerca de algunas cuestiones de ética sexual , de la Congregación para la Doctrina de la Fe, del 29 de diciembre de 1975. Sin embargo, los límites que nos hemos prefijado para este trabajo no lo permiten.

 





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