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Divorcio, Familia y Sexualidad
Desde el divorcio hasta el aborto, no son otra cosa que una consecuencia directa del desorden, del rompimiento de las reglas “ecológicas” de la sexualidad humana


Por: Max Silva Abbott | Fuente: arbil.org



Introducción

Las nuevas leyes de divorcio exprés si se analizan detenidamente, se descubre con poca dificultad que se contemplan una serie de causales para invocar el divorcio; unas por “culpa” de una de las partes, y otras, sin embargo, que no sólo no requieren de dicha culpa, sino que pueden incluso ser “creadas” por cualquiera de las partes, con lo cual podría darse el absurdo de estar aprovechándose de su propio dolo.

No otra es la razón por la cual se ha hablado a este respecto de “divorcio repudio”, esto es, de la posibilidad de poner fin al matrimonio no por causales “objetivas” y que impliquen el incumplimiento de alguna de las obligaciones fundamentales del matrimonio, sino por mera voluntad o capricho de alguna de las partes, sin que la otra pueda hacer nada para impedirlo.

Ahora bien: dado lo anterior, habría que preguntarse por qué se ha llegado a una situación como esta. Si se supone que el matrimonio es la base de la familia, ¿qué ha ocurrido en buena parte de la mentalidad que hoy existe, que ha modificado tanto la naturaleza de lo que se considera
“matrimonio”?

Resulta evidente que existen motivos antropológicos y éticos que marcan este cambio de rumbo tan notorio de actitud, cambio que no puede dejar de afectar al Derecho como institución humana. Este cambio, que ha originado lo que ha venido a llamarse el nuevo “Derecho de Familia”, tiene al menos parte de su origen en la revolución sexual de fines de los años 60.

El Nuevo “Derecho de Familia”

El llamado Nuevo Derecho de Familia descansa en una concepción distinta del matrimonio y de la sexualidad. El amor, de acuerdo a este nuevo enfoque, es entendido como el impulso sexual, considerado además incontrolable, que debe expresarse de la manera más espontánea y libre posible y al cual no se puede poner freno. De ahí que se diga que “el amor no tiene leyes”, porque el apetito sexual es tenido por irracional y totalmente impulsivo. De este modo, el matrimonio aparece como una sujeción absurda y fría, una legalidad tosca que pretende reglar una situación que de suyo, no tiene posibilidad de ser normada.

Es esta mentalidad la que ha dado origen al nuevo Derecho de Familia, que viene incubándose desde hace unos 30 años. Dentro de esta nueva concepción, el divorcio no sólo se ve como una posibilidad absolutamente necesaria, sino como un auténtico derecho del individuo, que debe tener la posibilidad de rehacer su vida, casándose cuantas veces sea necesario, en pos de la felicidad; dado que el amor no tiene leyes, la posibilidad de “entrada fácil” y “salida fácil” del matrimonio debe existir siempre y en todo momento.

De hecho, la mayoría de las veces en que el matrimonio se rompe y se invoca el divorcio, su causa real es el cese de la atracción sexual, o como se dice usualmente, cuando “se acaba el amor”. Muchas veces, además, por la aparición de una tercera persona, que pasa a llenar las expectativas que el cónyuge no satisface. Por eso se ve como lo más natural que baste sólo la voluntad de cualquiera de las partes para poner fin a un compromiso que ata a las personas y les impide expresarse sexualmente como lo deseen.

En íntima relación con esto, y a fin de poder dar la mayor libertad posible al impulso sexual, se ha señalado por los promotores del divorcio, que no existe un real concepto de “familia”. Sin embargo, de ser realmente así, cabrían muchas clases de “familia”, algunas que obviamente nadie sería tan temerario de defender: uniones polígamas, promiscuas, homosexuales, con animales, e incluso situaciones unipersonales. ¿Son todas estas situaciones una “familia”? Evidentemente, no. De hecho, si cualquier regulación o límite al concepto de familia se considera discriminatorio, como se dice, no debiera haber ningún impedimento para casarse con la propia madre o con un hermano, por ejemplo.

La verdad es que si todo es familia, a fin de cuentas, nada lo es. Lo que ocurre en realidad es que sí existe, de manera implícita, un concepto de familia. Este concepto de “familia” es el de “pareja estable”, unida por razones afectivas y sexuales; y como tal, esta “familia” subsistirá, y tendrá razón de ser, mientras dure este intercambio afectivo y sexual. Así las cosas, cualquier unión entre personas de igual o distinto sexo, en que existan estos dos componentes, es considerado “familia”.

Otra consecuencia importante de este fenómeno, en que de paso se ha cambiado tanto la semántica, es que los hijos dejan de tener importancia en el concepto de familia, lo cual resulta evidente, porque no todas las uniones posibles están abiertas, sea biológica o anímicamente, a la procreación. De una u otra manera, los hijos dejan de estar presentes en este horizonte. Incluso se llega a verlos como una amenaza al “derecho a la felicidad del individuo”, porque los hijos sí son “para siempre”, se quiera o no. De tal forma, para mantener siempre la puerta abierta para una retirada honrosa, los hijos son muchas veces distanciados o abiertamente evitados. Es precisamente en parte por esta mentalidad que los índices de natalidad han decrecido dramáticamente en los últimos años, según muestra nuestro último censo.

Pero hay más: esta nueva concepción de la sexualidad es la que hace que dentro de la misma familia, terminen imponiéndose las reglas del mercado: debe existir un mejor producto, un mejor precio y una mejor venta. Esto significa que puesto que todo depende de la atracción sexual, los sujetos que se casan con esta mentalidad, deberán estar permanentemente preocupados del grado de satisfacción que otorgan a su pareja, para evitar ser “reemplazados” por otro u otra que sí satisfaga mejor las aspiraciones de quien dice amarlos. De este modo, las relaciones humanas terminan dependiendo más de factores accidentales, por lo que se tiene o se es capaz de dar, que por lo que las personas son.

Algo parecido ocurre con la familia tradicional en su conjunto: cada vez se hace más común la idea de que la familia es una aglutinación de sujetos que busca su propia satisfacción personal, de tipo egocéntrico, a costa de los otros, incluso usándolos como medios para ello. De ahí que en caso de que esta familia no logre satisfacer las expectativas del sujeto, pueda ser desechada y reemplazada por otra que sí lo haga. Por tanto, los esfuerzos por mantener una familia sólo tendrán sentido mientras cumpla las expectativas egocéntricas del individuo, o si se prefiere, sólo mientras el balance entre lo que el sujeto entrega y lo que recibe le siga siendo favorable.

Sin embargo, el amor no es sólo impulso sexual ni se reduce sólo a lo meramente afectivo o emocional: es algo que engloba al sujeto entero, porque amando, uno no entrega algo de sí, sino que en realidad, a sí mismo. Ahora bien, esta deformación del amor, que antes era entendido como el girar en torno al otro, el sacrificio por el otro, y ahora ha pasado a ser entendido como el hacer girar a los otros en torno de uno para que lo hagan feliz, tiene buena parte de su raíz en la deformación de la sexualidad que venimos comentando.

La deformación de la sexualidad

En efecto, buena parte del origen de este nuevo derecho de familia radica en la deformación de la sexualidad. De hecho, entre esta “familia” y la tradicional se muestra el choque entre dos conceptos completamente distintos e incluso opuestos de la sexualidad humana.

Este cambio de la sexualidad fue posible gracias a la llamada “revolución sexual” de los años 60, que a su vez se vio motivada por la introducción de los anticonceptivos. De este modo, se rompió la unión entre sexualidad y reproducción primero, y entre sexualidad y matrimonio, después. En efecto, puesto que se separó el acto sexual de su finalidad principal (la procreación), la naturaleza misma del sexo y el modo de comprenderlo cambiaron radicalmente: el sexo pasó a convertirse en un pasatiempo, en un producto de intercambio, una diversión, la fuente de nuevas experiencias placenteras. No transcurrió así mucho tiempo para que cundiera la mentalidad según la cual, el placer aumentaría exponencialmente gracias a la promiscuidad. Esto resulta bastante lógico, porque si todo descansa en último término en el placer generado por la sexualidad, parece algo absurdo tener que serle fiel por toda la vida a una misma persona, que además, va “perdiendo” con el paso del tiempo y el advenimiento de la vejez, sus “encantos” en esta materia. De ahí pues, que el matrimonio se comenzó a ver cada vez más como algo absurdo, al menos tal como se lo concebía antes; pero como aún seguía –y sigue siéndolo hoy– más “prestigioso” socialmente hablando estar “casado” que sólo “convivir” con alguien, se intentó, y con éxito, deformar la naturaleza misma del matrimonio, a fin de hacerlo rescindible o anulable, primero por causales supuestamente limitadas, y más tarde (a lo cual se llegaría inevitablemente), por voluntad unilateral de cualquiera de las partes. Así, en la práctica, se quitó lo único que diferenciaba a cabalidad y de manera radical, la unión matrimonial de una unión de hecho: la indisolubilidad, sin pararse a considerar que precisamente la razón fundamental del prestigio del matrimonio radica en dicha indisolubilidad. En efecto, no se trata de tener la facultad de ponerle fin y no usarla, como se dice, lo que ha diferenciado al matrimonio de una unión de hecho, sino el hecho claro y simple, de no tener esa facultad, aún queriendo. Es el compromiso irrevocable, por toda la vida, en las buenas y en las malas y no sujeto a anulación por voluntad de una o ambas partes, aunque se quiera, lo que ha dado al matrimonio su prestigio social, que, se insiste, aún tiene: por algo las personas buscan a toda costa presentarse ante los demás como “matrimonio” que como “amigos” o “amantes”.

De esta manera, la sexualidad dejó de ser vista como la entrega de uno hacia su cónyuge, y fue reemplazada esta moral tradicional por aquella que descansa en la utilidad y en la satisfacción: el verdadero criterio que orienta a esta nueva sexualidad es obtener la mayor gratificación posible, lo que afecta no sólo la orientación propia del impulso sexual –de ahí, por ejemplo, la cada vez mayor legitimación de la homosexualidad–, sino que la institución misma del matrimonio y a los hijos.

Por desgracia, la sexualidad como aspecto de la vida humana es demasiado importante como para suponer que su trivialización no tendría efectos de no poca magnitud en la moralidad no sólo sexual, sino total del sujeto, y de manera más general, en la sociedad toda. De hecho, podría asimilarse este proceso de deformación de la sexualidad con el efecto que tiene una droga adictiva: que cuanto más se consume, más se quiere y así indefinidamente. Incluso, hasta cierto punto, el sujeto comienza a perder el dominio sobre sí mismo, y la sexualidad se va transformando en un verdadero tirano que impone sus designios a una voluntad cada vez más debilitada. Es el efecto propio de los hábitos, que en caso de ser negativos o malos, reciben el nombre de vicios, si seguimos la filosofía clásica.

De este modo, los efectos reflejos de la deformación de la sexualidad han sido varios: el adulterio, la promiscuidad, el cuestionamiento del concepto y razón de ser del matrimonio, el divorcio, el aborto y la propagación de enfermedades de transmisión sexual, entre otros. Todo arranca, como se ha dicho en la separación entre sexualidad y procreación. En efecto, si se separa lo que antes estaba unido, será mucho más tentador el adulterio, porque es posible en principio, evitar las “consecuencias no deseadas” (el hijo); de ahí no es difícil pasar a la promiscuidad, porque se quieren probar nuevas experiencias. Con semejante actitud, el matrimonio, su naturaleza y razón de ser se ven cada vez como algo arcaico y absurdo, que coarta la libertad del sujeto; pero como el matrimonio sigue teniendo un prestigio social, se intenta deformarlo, introduciendo el divorcio, que acaba en el divorcio-repudio. De hecho, en un estadio más avanzado, el matrimonio tiende a desaparecer, porque los sujetos prefieren simplemente convivir: si unión de hecho y matrimonio son ambos igualmente rescindibles, es preferible evitarse el papeleo y los gastos que origina el matrimonio. Por otro lado, las enfermedades de transmisión sexual tienen aquí un estupendo caldo de cultivo, lo cual ha sido ampliamente demostrado con la propagación de enfermedades como el Sida, por ejemplo. Por último, el aborto aparece cada vez más como una salida de emergencia para estos “efectos no deseados”, los hijos, que son, se quiera o no, la consecuencia natural de la sexualidad. Esto no se evita con la introducción de anticonceptivos, se insiste, porque como ellos fallan, el aborto se ve cada vez más como la última salida al problema del embarazo no deseado, como prueban las estadísticas de los países desarrollados.

De manera más general, esta deformación de la sexualidad ha traído el aumento del individualismo, el debilitamiento de la voluntad de compromiso y una tolerancia mal entendida. Lo que se llama a los cuatro vientos “amor”, no pasa de ser auténtico egoísmo. No por casualidad van surgiendo con estas premisas, los llamados “derechos sexuales”, que no son otra cosa que la legitimación de un libertinaje sexual sin límites, que pasa a llevar incluso la vida de los demás, como en el caso del aborto, para lo cual se le quita el carácter de persona al embrión.

El proceso se retroalimenta a sí mismo, y genera al mismo tiempo, cada vez más permisividad sexual y un uso más masivo de los métodos anticonceptivos. De hecho, la industria farmacéutica ha sacado jugosos dividendos de esto: por algo cada vez se perfeccionan más los métodos anticonceptivos, los dispositivos intrauterinos, se trabaja en abortivos químicos, como la llamada “píldora del día después” (que puede llegar a impedir la anidación, lo que es un microaborto), o se está comenzando a experimentar en anticonceptivos masculinos, por ejemplo. Cuento aparte es la industria de los “excitadores sexuales”, donde el viagra ha resultado ser un negocio fabuloso.

Todo esto es lo que puede llevar a concluir que la revolución sexual fue una auténtica revolución cultural, revolución que continúa hasta el día de hoy y cada vez con efectos más rápidos y radicales. Por eso no es raro que hoy se hable por ejemplo, de la “democracia de las emociones” (Giddens), que desvincula no sólo la sexualidad de la procreación, sino que plantea la libre elección entre la hetero y la homosexualidad, consideradas ambas como alternativas igualmente legítimas, propias de una “sexualidad plástica”, o como se dice a veces, una exigencia natural del “diseño de la sexualidad”, lo que por lo demás, se encuentra estrechamente vinculado a la idea del “género”. Según esta ideología, el sexo físico no coincide necesariamente con el sexo psicológico, motivo por el cual el sujeto debe dar la máxima rienda suelta a su sexualidad hasta encontrar su propia identidad. Mas así las cosas, en el fondo se termina con la división hombre-mujer, considerada casi como algo artificial y completamente cultural, no natural. No es de extrañar, por tanto, que la familia misma también se vea profundamente afectada por este hecho.

Parte de este problema radica en la llamada “filosofía dualista”, que distingue entre cuerpo y mente o espíritu, y que es tributaria de la clásica división cartesiana entre la res cogitans y la res extensa, esto es, entre el “yo” (la “sustancia pensante”, la res cogitans), que contempla el “mundo”, incluido el propio cuerpo (la “sustancia extensa” o res extensa, es decir, lo material, lo medible y cuantificable). De este modo, el sujeto se considera a sí mismo sólo como mente o “alma”, que puede hacer con la naturaleza y con su mismo cuerpo, considerado como un elemento más de dicha naturaleza, lo que quiera, sin pararse a considerar que lo que haga con su cuerpo tendrá consecuencias muy directas para él mismo como persona, al ser, en realidad, cada uno de nosotros, una unidad sustancial entre cuerpo y espíritu. Este es el motivo por el cual se puede hacer con el propio cuerpo lo que se desee, al considerárselo, en realidad, como una posesión o propiedad del sujeto (esto es, su mente, la res cogitans), e incluso como una fuente de placer. Al haber un derecho absoluto a usar y abusar del propio cuerpo, éste se convierte en una “cosa”. Así, por poner un ejemplo muy del día, la campaña de esterilización propugnada por el gobierno hace un año y medio, refleja muy nítidamente esta mentalidad. Incluso, se da la paradoja que la capacidad procreativa dada por la naturaleza al ser humano, es tratada como si fuera algo malo, como una enfermedad o un tumor que debe ser extirpado.

De este modo, el concepto de libertad se hace sinónimo de independencia de todo: del mundo, de la naturaleza, del propio cuerpo, de las leyes y de Dios mismo.

Incluso, si se mira con atención, se da la paradoja que se pretende llegar a una situación similar a la propugnada por el viejo liberalismo: aquella según la cual si cada uno buscaba la propia felicidad, una “mano invisible”, siguiendo la famosa alegoría de Adam Smith, lograría la felicidad de todos. Aquí ocurre otro tanto: se considera que si cada uno lucha por su propia felicidad en materia sexual y se cambia el concepto de “familia”, se conseguirá la felicidad general por la mera suma de las felicidades subjetivas de cada uno.

Es esto precisamente lo que se pretende con las campañas que propugnan por un “sexo responsable” o “sexo seguro”, que en realidad, se limitan a usar la sexualidad como se desee, auxiliados por los métodos anticonceptivos y eventualmente, abortivos. Al contrario, usar la sexualidad sin estos adminículos es considerado “irresponsable”, incluso insano. ¿quiere decir esto que toda la sexualidad que se ha manifestado en las épocas anteriores, en que no existían estos métodos, fue “irresponsable”? Incluso, se da la paradoja que tanto ha calado esta mentalidad anticonceptiva, que para mucha gente es un misterio cómo se las arreglaban nuestros antepasados sin estas facilidades que da la ciencia moderna.

Sin embargo, al mismo tiempo se da otra paradoja: hoy, como nunca, ha aumentado el uso de anticonceptivos, al mismo tiempo que la promiscuidad sexual; y sin embargo, al mismo tiempo, también han aumentado como nuca la propagación de enfermedades de transmisión sexual y los abortos. Esto en principio no debiera ocurrir: si se usan adecuadamente los métodos anticonceptivos, se nos insiste que no surgirán los embarazos no deseados y que se estará seguro del contagio de enfermedades de transmisión sexual, lo que actualmente adquiere mucha importancia, ante la aparición y propagación del Sida.

Sin embargo, ambas realidades han aumentado exponencialmente. El aborto se ha extendido fundamentalmente por dos motivos: el primero, es porque los métodos anticonceptivos fallan a menudo –un dato que curiosamente casi no se señala–; el segundo, porque el aborto se transforma, se quiera o no, en la última salida, en la solución de emergencia para los embarazos no deseados. En el fondo, existe un problema de actitud: dado que se ha separado la procreación de la sexualidad, la procreación será vista casi siempre como un mal, motivo por el cual, en caso de producirse, será siempre evitada, no importando el método que se emplee para ello; todo radica, como se ha dicho, en las intenciones del sujeto, en lo que busca.

El aumento persistente y continuado del embarazo adolescente no hace sino confirmar lo que venimos diciendo: si las campañas de educación sexual que se imparten a los jóvenes no hacen sino incentivar la promiscuidad y el inicio temprano de la sexualidad, pero sin la complementación con un compromiso serio ni la educación para asumir las consecuencias de los propios actos de manera responsable, y todo se apoya en la seguridad que supuestamente otorgan los preservativos, no es de extrañar que el número de colegialas que se convierten en madres a la fuerza que las obliga a abandonar los estudios, sea un fenómeno cada vez más común. Como resulta obvio, el padre de la criatura no está por lo general ni en condiciones ni dispuesto a asumir las consecuencias de sus acciones, en parte, porque se le aseguró que dicha consecuencia era técnicamente imposible, si seguía las instrucciones que da esta nueva educación sexual.

Todo esto es lo que ha hecho aumentar también el número de abortos, por todas las razones que se han dado más arriba. De hecho, el embarazo es visto como un mal, como una enfermedad, y el niño acaba convirtiéndose en un agresor de la libertad del sujeto, aunque como es obvio, no ha tenido la menor culpa de ello. Así las cosas, no es de extrañar que se plantee el aborto como un “derecho” del sujeto, o como se hace hoy, se lo incluya dentro de los llamados “derechos sexuales”o “derechos reproductivos”. Por tanto, la mentalidad anticonceptiva no sólo es la puerta de la mentalidad divorcista, sino también de la mentalidad abortista.

Se puede comprender así casi con asombro, cómo resultó absolutamente profética la encíclica Humanae Vitaede Pablo VI, que advertía sobre las consecuencias nefastas de la deformación de la sexualidad. En estrecha armonía con esto, existe un notable escrito del Cardenal Ratzinger que aborda este tema:

“Consumada la separación entre sexualidad y matrimonio, la sexualidad se ha separado también de la procreación. El movimiento ha terminado por desandar el camino en sendero inverso: es decir, procreación sin sexualidad. De ahí provienen los experimentos más impresionantes de la tecnología médica –de los cuales está llena la actualidad– y en los que precisamente la procreación es independiente de la sexualidad. La manipulación biológica lleva camino de desarraigar al hombre de la naturaleza –cuyo concepto mismo se pone en entredicho–. Se intenta transformar al hombre y manipularlo como se hace con cualquier otra cosa: un simple producto planificado a voluntad.

“Este proceso dirigido a destrozar las condiciones fundamentales, naturales –y no solo culturales, como dicen–, conduce a consecuencias inimaginables, que se desprenden de la lógica misma que preside un camino semejante.

“Hoy estamos pagando ya los efectos de una sexualidad sin ligazón alguna con el matrimonio y la procreación. La consecuencia lógica es que toda forma de sexualidad es igualmente válida y, por consiguiente, igualmente digna. No se trata ciertamente de atenernos a un moralismo desfasado, sino de sacar lúcidamente las consecuencias de las premisas: es lógico, puestas así las cosas, que el placer y la libido del individuo se conviertan en el único punto de referencia posible del sexo. Este, sin una razón objetiva que lo justifique busca una razón subjetiva en la satisfacción del deseo, en una respuesta, lo más gratificante posible para el individuo, a los instintos, a los cuales no se puede oponer un freno racional. Cada cual es libre de dar el contenido que se le antoje a su libido personal.

“Resulta entonces natural que se transformen en «derechos» del individuo todas las formas de satisfacción de la sexualidad. Así, por poner un ejemplo muy del día, la homosexualidad se presenta como un derecho inalienable –¿y cómo negarlo con semejantes premisas?–; más aún, su pleno reconocimiento se transforma en un aspecto de la liberación del hombre.

“Al desgajarse del matrimonio fundado sobre la fidelidad por toda una vida, deja la fecundidad de ser bendición –como ha sido entendida en toda cultura–, para transformarse en lo contrario, es decir, en una amenaza para la libre satisfacción del «derecho a la felicidad del individuo». He aquí por qué el aborto provocado gratuito y socialmente garantizado se transforma en otro «derecho», en otra forma de «liberación»”

(Joseph Ratzinger; citado por Jaime Antúnez Aldunate, “Educación, sexo e ideología”, en El Mercurio, 10 de mayo de 1992, pág. E 6. )

Otros problemas relacionados

En atención al espacio, sólo se dejará constancia de varios hechos que guardan íntima relación con lo que venimos comentando.

1) La educación sexual de los últimos 30 años ha intentado desligar a la sexualidad de toda pauta moral. En este nuevo enfoque del problema tuvo especial influencia en “Informe Kinsey”, que ha sido fuertemente cuestionado y desmitificado por varios estudios posteriores. Nuestras actuales campañas de educación sexual son tributarias de este fenómeno, y cuyo punto de inicio fueron las llamadas “Jocas”. La sexualidad se enseña así, desde un prisma zoológico, se mira la abstinencia caso como algo ridículo, y se desconfía absolutamente en la capacidad de autocontrol del joven. De hecho, el plan podría resumirse así:

– Tonto + Tonta = embarazo
– Listo + Tonta = aventura
– Tonto + Lista = Boda
– Listo + Lista = Sexo y diversión sin complicación

2) Hay varias organizaciones, entre ellas, varias ONG, que propugnan por este enfoque de la sexualidad y en particular, por los “derechos sexuales”. En esta línea es que deben comprenderse diversas cumbres internacionales, como El Cairo o Beijing y sus derivados.

3) Por otro lado, está también el problema del aumento de las enfermedades de transmisión sexual, como el Sida. Ahora, si se piensa bien, el Sida es una enfermedad de muy difícil contagio (no como otras enfermedades, que se transmiten por vía aérea, por ejemplo). Los modos de contagiarse son bastante difíciles, requieren por lo general, de acciones voluntarias bastante especiales del sujeto (relaciones sexuales, drogadicción por jeringas contaminadas); y sin embargo, son miles y miles los hombres y mujeres que se contagian día a día con esta letal enfermedad, que hoy afecta a unas 40 millones de personas. No es difícil ver en el Sida una consecuencia muy directa del desorden introducido en la sexualidad.

4) El preservativo falla, y no poco, según lo demuestran los hechos comentados, lo cual trae aumento de embarazos no deseados y de enfermedades de transmisión sexual. Pero además, se da el problema que el sujeto pierde la capacidad de controlarse, porque debe apoyarse en elementos técnicos, a fin de dar rienda suelta a sus deseos. Más aún: al creerse seguro, lo único que se suscita, es el aumento de la promiscuidad, y en el caso particular de los jóvenes, los mantiene en la inmadurez afectiva.

5) Esto hace que aumenten drásticamente los hijos nacidos fuera del matrimonio, lo que no puede dejar de tener efectos nocivos en la formación de parte de las futuras generaciones.

6) Los efectos negativos que se comentan no ocurren sólo en Chile: en los países que llevan tiempo con estas mismas políticas, los problemas mencionados no han hecho sino aumentar, pese a que, como se ha dicho, nunca antes en la historia se ha tenido tanto acceso a métodos anticonceptivos como información acerca de los mismos.

7) En otro orden de cosas, se está presentando cada vez con mayor intensidad el problema de las uniones de hecho y de los hijos extramatrimoniales. Además, estas uniones de hecho tienen a legitimarse ante la ley, ampliando al mismo tiempo su esfera de acción, al incluir también uniones homosexuales. Incluso estas últimas han adquirido en algunos países el “derecho” de adoptar niños, siendo que siempre se ha entendido la institución de la adopción en beneficio del menor, no de los adoptantes, lo que además se suma al hecho de que este tipo de parejas resultan ser tremendamente inestables. De este modo, las uniones de hecho, hetero y homosexuales, han ido poco a poco homologándose al matrimonio, lo cual es una consecuencia directa de la introducción del divorcio y de la deformación de la sexualidad.

8) Diversas situaciones muy lamentables, como la pedofilia, la trata de blancas, la prostitución infantil y varias más, se encuentran íntimamente relacionadas con el problema antropológico que se está comentando.

9) También el descenso de la natalidad y el consecuente envejecimiento de la población son aspectos relacionados a la deformación de la sexualidad, según ya se está viendo en Europa y de manera aún incipiente, en Chile.

10) De manera curiosa, la separación entre sexualidad y procreación ha dado origen a la procreación sin sexualidad, lo que se manifiesta en la experimentación genética, la fecundación in vitro o la clonación, por ejemplo.

11) Por último, fruto del debilitamiento de la familia, han surgido un conjunto de consecuencias económicas y afectivas que sienten con particular fuerza los hijos y la mujer, que es por lo general, la encargada de su crianza y educación. Han aumentado los hogares monoparentales, presentándose además, problemas de todo tipo en los llamados “hijos del divorcio”.

De manera más directa con el tema del matrimonio, esta deformación de la sexualidad que es la antesala del divorcio, ha contribuido a la infidelidad conyugal (“si pruebo con otra persona y me gusta, deshago mi matrimonio y me caso de nuevo”) y una notable inestabilidad conyugal (“o haces lo que quiero, o me separo”). En efecto, el problema radica en que si el matrimonio puede ser desahuciado por cualquiera de las partes sin expresión de causa, esta posibilidad se usará como arma para presionar al otro cónyuge, en particular al débil, para que acate los deseos de la parte fuerte, que no obstante, podrá siempre dejar sin efecto el matrimonio. De ahí que pueda sostenerse con bastante fundamento que el divorcio, más que solucionar las crisis matrimoniales, tiende en definitiva a crearlas, al introducir un factor de permanente inestabilidad al interior del matrimonio. El divorcio es la vía más fácil para abandonar el barco cuando las cosas andan mal. Por el contrario, en caso de no existir esta posibilidad, y ser el matrimonio algo realmente serio y para toda la vida, los sujetos buscarán sinceramente el modo de salir del atolladero, o como dice el refrán, “la necesidad crea el órgano”. Mas, el matrimonio se ha convertido en un verdadero “pacto de conveniencia”, porque el divorcio se transforma en un derecho que puede imponer el sujeto contra todos, sin importar en la situación que quede la parte débil, e incluso si es él mismo el culpable de que dicho matrimonio se haya ido a pique.

Llama así profundamente la atención que en esta materia, de suma importancia para toda la sociedad, se deje a los sujetos como se estuvieran contratando en el más despiadado y absoluto régimen liberal. La familia y el matrimonio tienen, por el contrario, un indudable sesgo de orden público, por lo que se hace imperioso, en aras del bien común, propugnar por su fortalecimiento. Es curioso, se insiste, porque existen otras materias menos importantes en que el Estado se inmiscuye, y a fondo, para limitar las libertades subjetivas, como el Derecho laboral, por ejemplo; mas parece que la familia es algo menos importante que el trabajo, dadas así las cosas. Se da así la paradoja de “casarse sin casarse”.

De este modo, se pretende que en cualquier momento, por cualquier motivo y sin mayores trabas ni dilaciones, cualquiera de las partes pueda soberanamente poner fin al matrimonio al que se comprometió. El problema de esta “fácil salida” del matrimonio, es que desvirtúa su esencia, al punto que cabría pensar si no sería oportuno reformular la teoría general de los contratos. En efecto: en todo contrato las partes se atan, precisamente por su autonomía, a dar, hacer o no hacer algo, de tal forma, que ya no pueden, por voluntad unilateral, romper este contrato, y en caso de hacerlo, la contraparte tiene el derecho de pedir, por regla general, el cumplimiento forzado o volver a fojas cero, y en ambos casos, con indemnización de perjuicios.

Mas, curiosamente, en una materia tan importante como el matrimonio (importante porque compromete no cosas, sino que a las personas mismas, sin perjuicio de los hijos que vendrán), se pretende actuar como si no se hubiera adquirido compromiso alguno, pudiendo deshacer lo hecho contra viento y marea, y sin que la otra parte ni el juez puedan hacer nada para impedirlo, e incluso si el que pide el divorcio es el único culpable de que la relación no haya funcionado.

Tal vez por esto el autor trasandino Jorge Scala ha hablado a este respecto no del “divorcio-repudio”, sino del “divorcio premio”: es el “premio al infiel, a quien no mantiene la palabra empeñada, a aquél que rehuye de sus obligaciones, al que miente, al inmaduro, etc.; quien, pese a causar injustamente todos estos daños, puede volver a intentarlo las veces que quiera, con el beneplácito de la ley y de los tribunales”.

Por eso, pareciera que antes del derecho de algunos de “rehacer la vida” (sin considerar que por lo general las segundas uniones resultan bastante más efímeras que las primeras), existe el derecho de todos a contraer un verdadero matrimonio. Es así imposible que una ley de divorcio no cambie la mentalidad de los sujetos y la misma institución matrimonial, lo cual hará que de manera inevitable, el matrimonio se tomare más a la ligera. De este modo, el divorcio no es algo accidental que complementa a la institución matrimonial, sino que es un elemento que acaba transformándolo por completo, e incluso, destruyéndolo. Por eso en realidad, pareciera que el objetivo final de una ley de divorcio no es tanto solucionar las crisis matrimoniales, sino permitir al sujeto casarse nuevamente y cuantas veces quiera, para lo cual se ha convertido al matrimonio en un concubinato legalizado.

Indagando en la raíz del problema

Como se ha dicho, pareciera que la raíz última de este problema radica en la deformación de la sexualidad de hace unos 30 años, debido a la introducción de los anticonceptivos. Con todo, la clave para solucionar este problema no puede limitarse al uso de elementos químicos, sino a un cambio de actitud, en el dominio de sí mismo, en templar el carácter. Sin embargo, las políticas, tanto a nivel nacional como internacional apuntan exactamente en sentido contrario, por lo cual es previsible que los problemas que se comentan seguirán aumentando. A este respecto, se dice que el gobierno no puede meterse en la vida privada de las personas; sin embargo, existen muchos otros aspectos de la vida privada en que sí ha tenido injerencia, y a fondo, siendo un claro ejemplo las políticas demográficas, que propugnan por el uso de anticonceptivos de todo tipo, o la reciente campaña de esterilización. O si se prefieren otros ejemplos, ha ocurrido lo mismo en diversas campañas antitabaco o antialcohol.

En todo caso, lo que se ha intentado demostrar aquí son las nefastas consecuencias que la deformación de la sexualidad ha tenido no sólo en el modo de vivir la propia sexualidad, sino en la concepción de la familia, del matrimonio y de los hijos, entre otras realidades fundamentales. Esto indica que la conducta humana no es algo que nos deje indiferentes. A decir verdad, ocurre exactamente lo contrario: que lo que hacemos, termina repercutiendo en nosotros mismos, deja una huella en nuestra vida. Es esto lo que permite concluir que no todo uso de la libertad es indiferente, y que en cierta medida, nuestro destino está en nuestras manos: cada uno cosecha lo que siembra. De este modo, resulta evidente que una deformación de la sexualidad es un aspecto demasiado importante en la antropología general del ser humano para que sus efectos no se hagan sentir por doquier. Prueba de ello es que la revolución sexual terminó convirtiéndose, como se ha dicho, en una auténtica revolución cultural, cuyos efectos vivimos hasta el día de hoy.

Esto pareciera demostrar, además, que la ética humana constituye una unidad sistemática, esto es, que lo bueno o malo de algunas acciones del sujeto, acabarán repercutiendo en otras. O lo que es igual, que resulta imposible pretender que la forma de ver el mundo y de actuar del propio ser humano, siga igual o sin variaciones, si se altera alguna de sus partes de manera radical. Esto parece lógico, toda vez que el hombre es una unidad en sí mismo, y tal como ocurre con un ecosistema, si se afecta una de sus partes, esto termina repercutiendo en el todo. Por eso parece iluso querer alterar completamente la moral sexual, y pretender al mismo tiempo, que el resto de la moralidad humana siga igual, como si nada hubiera pasado. Dicho de otro modo: parece imposible seguir manteniendo el resto de la estructura ética si se sacan piezas fundamentales de la misma.

Incluso, se da la paradoja que la época actual, que propugna cada vez por un mayor acercamiento a lo natural, respetando sus reglas y llamando por eso al respeto ecológico (e incluso considerando al hombre como una pieza más de este ecosistema, un simple animal más evolucionado), no descubra en el propio hombre una forma correcta de proceder, una moralidad o, si se prefiere, una “ecología humana”. Es decir, resulta curioso, dado el ecologismo que no s invade, que no se perciba (o se quiera percibir) que el hombre, como ser finito, tiene límites que le conviene no traspasar, porque tal como ocurre con un ecosistema, los efectos de esta trasgresión, se harán sentir por doquier tarde o temprano.

De manera más general, tal como ocurre con un sujeto de manera aislada, una sociedad se retroalimenta a sí misma: sus acciones no le son indiferentes y sus efectos se harán sentir tarde o temprano. Es lo que ha ocurrido con los cambios tecnológicos, que han terminado cambiándonos a nosotros mismos.

Por eso, los grandes problemas morales no se solucionan sólo con la técnica, como ocurre hoy, en que puede hablarse de la “química de la irresponsabilidad”, con la cual se pretende seguir actuando igual que antes, pero contrarrestando los efectos nocivos de dicha actuación por medio de la técnica (como las pastillas para adelgazar, que permiten comer como antes y sin hacer ejercicio, o los preservativos o las píldoras anticonceptivas, que permiten dar rienda suelta a la sexualidad sin los riesgos de un “sexo inseguro”). Por el contrario, los problemas éticos requieren de un cambio de actitud, un cambio de conducta: la solución es que cada uno, en su propia vida, modifique sus hábitos. No basta sólo con artefactos técnicos o químicos, ni tampoco, como se cree, con cambiar las leyes: antes tenemos que cambiar nosotros. Sólo así se cambiarán las cosas.

Por eso, la naturaleza del hombre, su forma de ser, le impone límites, se quiera reconocer esto o no, tal como ocurre con un ecosistema. Como se ha dicho más de una vez, “la naturaleza no perdona nunca”, y parece evidente que el cúmulo de problemas que se han comentado, desde el divorcio hasta el aborto, no son otra cosa que una consecuencia directa del desorden, del rompimiento de las reglas “ecológicas” de la sexualidad humana. Como dice el pasaje evangélico: “por sus frutos los conoceréis”. Así las cosas, habría que plantearse seriamente si vale la pena seguir por este camino, viendo los cada vez más amargos frutos que surgen a su paso.





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