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Sacramentos que curan
Lo que hace el dolor en el cuerpo -avisarnos de que algo va mal- lo hace el remordimiento en el alma


Por: Jaume Pujol Balcells, Arzobispo de Tarragona | Fuente: www.revistaeclessia.com



Afortunadamente, en nuestro país, España, disfrutamos de unos sistemas sanitarios y asistenciales que nos permiten acceder a los medios de salud con cierta facilidad, sobre todo si lo comparamos con una gran mayoría de lugares de cualquier parte del mundo. Tenemos experiencia de que en casos urgentes, y también en las ocasiones en que la enfermedad se hace presente, podemos ser atendidos con unos medios que, ordinariamente, están entre los mejores que hoy en día se pueden encontrar. Este deseo de curar el cuerpo y de reencontrar la salud pertenece a la natural inclinación de conservar la vida.

Esto, que en el caso del cuerpo es tan claro, se puede también aplicar a nuestro espíritu. La enfermedad corporal, las infecciones, los traumatismos, malogran el cuerpo. Pero es que el alma, que es una realidad cierta y existente, aunque no sea material, también se puede ver afectada por la enfermedad. Es lo que denominamos mal moral o pecado.

Cuántas veces hemos asegurado que no nos sentimos bien con nosotros mismos, que hemos hecho algo que no nos ha dejado a gusto, que estamos interiormente desasosegados. Lo que hace el dolor en el cuerpo -avisarnos de que algo va mal- lo hace el remordimiento en el alma. Esto manifiesta la presencia en nuestra vida del mal, que no es únicamente físico sino también moral; y éste, ordinariamente, suele ser más grave, más agobiante que el mal físico.

Cristo, médico del alma y del cuerpo, ha instituido dos sacramentos de curación porque, la vida nueva que él nos ha dado con los sacramentos de la iniciación cristiana, puede debilitarse o, incluso, perderse debido al pecado. La Iglesia -y esto es un querer del mismo Cristo- continúa la obra de curación y de salvación iniciada por Cristo mediante los sacramentos de la penitencia y de la unción de los enfermos.

Pienso que es necesario y hasta urgente recuperar para la vida cristiana el uso ordinario y natural de estos dos sacramentos. En el caso de la penitencia, porque en muchos lugares ha desaparecido prácticamente la recepción de este sacramento, con todo lo que esto representa sobre la pérdida del sentido del pecado -decía el Santo Padre Pablo VI que éste era el gran mal de nuestros tiempo-, sobre la falta de acompañamiento espiritual para tantos y tantos fieles con un gran empobrecimiento de la formación de las conciencias y, como consecuencia, con una vida cristiana empobrecida por la carencia de la gracia de Dios.

Y con respecto a la unción de los enfermos, puesto que se priva tantas veces de una asistencia espiritual y consoladora -¡tenemos tantas experiencias los sacerdotes!- a los que están en peligro de muerte, a menudo con el argumento de no asustar el enfermo, retrasando en muchos casos el sacramento hasta que el enfermo ya no tiene conciencia.

¡Que la gracia de Dios que podemos recibir en todos los sacramentos nos fortalezca y nos santifique!


 

 


 

 





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