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Pensé que estábamos enamorados
Según nosotros, nuestra relación estaba basada en Dios pero nunca abríamos la Biblia


Fuente: Rebeca Reynaud



Anne Raymond, de Estados Unidos, nos cuenta su historia, semejante a tantas otras historias de adolescentes: Conocí a Juan en la secundaria, y al poco tiempo nos hicimos novios. Era la primera relación seria que teníamos los dos, y estábamos locos el uno por el otro. Sabíamos que estábamos hechos el uno para el otro, y deseábamos con toda el alma terminar casados.

Después de la secundaria planeamos ir a la misma universidad, y nos faltaba tiempo para hablar de “nuestras cosas” y de nuestro futuro. Nuestra comunicación era perfecta. Sabíamos en qué clase de casa queríamos vivir y qué coche conduciríamos.

Cuando comenzamos a hacer el amor, calculamos que era aceptable puesto que era seguro que terminaríamos casándonos. Cuando llegamos a la universidad, utilizamos el mismo razonamiento para justificar el hecho de vivir juntos. En lo profundo de nuestro ser, sabíamos que lo que hacíamos era incorrecto.

Según nosotros, nuestra relación estaba basada en Dios pero nunca abríamos la Biblia, y rogábamos solamente cuando había una crisis. Me dije que todo cambiaría cuando estuviéramos casados.


...Entonces apareció Jessica. Conocía a Juan pues había estudiado con él de vez en cuando, pero nunca pensaba en él para algo más en serio. Pasó el tiempo y yo casi no lo podría creer cuando él me confesó que había pasión entre ellos. El me dijo que su amor hacia mí "se había desvanecido" y que por eso no teníamos futuro. Guardé silencio. Ninguna discusión asomó. Todos mis sueños se fueron, rotos, al suelo.

El dijo que pronto me olvidaría de él, y, sobre los seis años pasados juntos se esfumarían como nada. Fue como si me dieran una sacudida eléctrica. Caminé las semanas siguientes en estado de zombi, intentando encontrarle sentido a lo que había sucedido. Pensé que conocía a Juan. Pensé que podría confiarlo en él. Pensé que estábamos enamorados, y no era así.

Mi vida aparecía como el valle más profundo y oscuro que hubiera imaginado. Era extraño, pues también era una etapa de esperanza. Digo eso porque en medio de mi desesperación, Jesús me buscó y yo lo encontré. Hasta entonces, nunca había sabido lo que significaba necesitarlo. Nunca me había sentido así de vacía y quebrantada... Grité a Dios, y Él vino y me tomó en sus brazos.

Siempre estaré agradecido para la paciencia increíble de Dios. Él continúa curándome. Yo todavía llevo la cicatriz de una herida profunda. Oí a alguien comparar el sexo premarital a los pedazos de papel que eran separados y pegados. No puedo pensar en una mejor manera para describir lo que me pasó. Las relaciones sexuales y el amor nos ensamblaron. Cuando la relación terminó, nos desgarraron. En un dolor inimaginable. Rompe mi corazón saber que no puedo deshacer el pasado, pero sé que puedo levantarme y seguir adelante. No todo está perdido, tengo a Dios que me apoya y me ama.

Todavía estoy luchando con la culpabilidad ... Cuento mi historia porque deseo que otros y otras se guarden de incurrir en la misma equivocación. Soy un testimonio vivo de cómo las pesadillas inesperadas pueden volverse realidad. Créanme, por favor: el dolor es verdadero, y nadie es digno de que se le engañe.

Nota:* Todos los nombres, incluyendo el autor, se han cambiado.
Actualmente hay mucha confusión sobre la amistad, el noviazgo y el matrimonio porque los jóvenes no saben antropología filosófica: desconocen quiénes son, adónde van y para qué es el cuerpo. Cada día, en el mundo, unas 5.000 personas se quitan la vida (Congreso “Suicido, ¿opción, locura o misterio?”), porque no saben afrontar los problemas y asumir las responsabilidades.

Benedicto XVI l decía al respecto: “Las diferentes formas actuales de disolución del matrimonio, como las uniones libres y el «matrimonio a prueba», hasta el pseudo-matrimonio entre personas del mismo sexo, son expresiones de una libertad anárquica que se presenta erróneamente como auténtica liberación del hombre. Una pseudo-libertad así se basa en una banalización del cuerpo, que inevitablemente incluye la banalización del hombre. Su presupuesto es que el hombre puede hacer de sí lo que quiere: su cuerpo se convierte de este modo en algo secundario, manipulable desde el punto de vista humano, que se puede utilizar como se quiere. El libertinaje, que se presenta como descubrimiento del cuerpo y de su valor, es en realidad un dualismo que hace despreciable el cuerpo, dejándolo por así decir fuera del auténtico ser y dignidad de la persona (...).
Y continúa: “La gracia de Cristo no se superpone desde fuera a la naturaleza del hombre, no la violenta, sino que la libera y la restaura, al elevarla más allá de sus propias fronteras. Y así como la encarnación del Hijo de Dios revela su verdadero significado en la cruz, así también el amor humano auténtico es entrega de sí mismo, no puede existir si evita la cruz.”. (...) “Ahora bien, ningún hombre y ninguna mujer, por sí solos y sólo con sus propias fuerzas, pueden dar adecuadamente a los hijos el amor y el sentido de la vida. Para poder decir a alguien: «tu vida es buena, aunque no conozca tu futuro», se necesitan una autoridad y una credibilidad superiores, que el individuo no puede darse por sí solo.

El cristiano reconoce la acción de ese amor eterno e indestructible de Dios, que asegura a la vida de cada uno de nosotros un sentido permanente, aunque no conozcamos el futuro. Por este motivo, la edificación de cada una de las familias cristianas se enmarca en el contexto de la gran familia de la Iglesia, que la apoya y la acompaña, y garantiza que hay un sentido y que en su futuro se dará el «sí» del Creador. Y recíprocamente la Iglesia es edificada por las familias, «pequeñas Iglesias domésticas», como las ha llamado el Concilio Vaticano II”. (Martes 7 de junio de 2005).
 





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