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Africae munus
Exhortación apostólica postsinodal sobre la Iglesia en África al servicio de la reconciliación, la justicia y la paz (19 de noviembre de 2011)


Autor: S.S. Benedicto XVI | Editorial:



INTRODUCCIÓN 1. El compromiso de África con el Señor Jesús es un tesoro precioso que confío en este comienzo del tercer milenio a los Obispos, a los sacerdotes, a los diáconos permanentes, a las personas consagradas, a los catequistas y a los laicos de ese querido continente y de las islas vecinas. Esa misión comporta que África ahonde en la vocación cristiana. Invita a vivir, en nombre de Jesús, la reconciliación entre las personas y las comunidades, y a promover para todos la paz y la justicia en la verdad.
2. He deseado que la segunda Asamblea especial para África del Sínodo de los Obispos, celebrada del 4 al 25 octubre de 2009, estuviera en continuidad con la Asamblea de 1994 que quiso ser un «acontecimiento de esperanza y de resurrección, en el momento mismo en que las vicisitudes humanas parecían más bien empujar a África hacia el desánimo y la desesperación»[1]. La Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Africa de mi predecesor, el beato Juan Pablo II, recogía las orientaciones y las opciones pastorales de los Padres sinodales para una nueva evangelización del continente africano. Convenía, al final del primer decenio de este tercer milenio, que se avivaran nuestra fe y nuestra esperanza para contribuir a construir una África reconciliada, por los caminos de la verdad y de la justicia, del amor y de la paz (cf. Sal 85,11). Con los Padres sinodales, recuerdo que «si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles» (Sal 127,1). 3. Los resultados más visibles del Sínodo de 1994 fueron una vitalidad eclesial excepcional y el desarrollo teológico de la Iglesia como familia de Dios[2]. Para dar a la Iglesia de Dios en el continente africano y en las islas vecinas un impulso nuevo cargado de esperanza y de caridad evangélica, me pareció necesario convocar una segunda Asamblea sinodal. Sostenidas por la invocación cotidiana al Espíritu Santo y la plegaria de innumerables fieles, las sesiones sinodales han producido frutos que desearía transmitir con este documento a la Iglesia universal, y particularmente a la Iglesia en África[3], para que sea verdaderamente «sal de la tierra» y «luz del mundo» (cf. Mt 5,13.14)[4]. Animada por una «fe que actúa por el amor» (Ga 5,6), la Iglesia desea aportar frutos de caridad: la reconciliación, la paz y la justicia (cf. 1 Co 13,4-7). Esta es su misión específica. 4. Me ha impresionado la calidad de las intervenciones de los Padres sinodales y de otras personas que han participado en la Asamblea. El realismo y la clarividencia de su contribución han demostrado la madurez cristiana del continente. No han tenido miedo de enfrentarse a la verdad y han intentado sinceramente reflexionar sobre las posibles soluciones a los problemas que afrontan sus Iglesias particulares, y también la Iglesia universal. Han constatado también que las bendiciones de Dios, Padre de todos, son innumerables. Dios nunca abandona a su pueblo. No me parece necesario insistir en las diferentes situaciones sociopolíticas, étnicas, económicas o ecológicas que los africanos viven diariamente y que no se pueden ignorar. Los africanos conocen mejor que nadie cómo, demasiado a menudo desgraciadamente, esas situaciones son difíciles, confusas e incluso trágicas. Rindo homenaje a los africanos y a todos los cristianos de ese continente que las afrontan con decisión y dignidad. Desean, con razón, que esa dignidad sea reconocida y respetada. Puedo asegurarles que la Iglesia respeta y ama a África. 5. Ante los numerosos desafíos que África desea acometer para llegar a ser cada vez más una tierra prometedora, la Iglesia podría sufrir la tentación del desánimo, como Israel, pero nuestros antepasados en la fe nos han enseñado la actitud adecuada que se ha de adoptar. En este sentido, Moisés, el siervo del Señor, «por la fe… se mantuvo firme como si estuviera viendo al Dios invisible» (Hb 11,27). El autor de la Carta a los Hebreos nos lo recuerda: «La fe es seguridad de lo que se espera y prueba de lo que no se ve» (11,1). Exhorto, pues, a toda la Iglesia a mirar a África con fe y esperanza. Jesucristo, que nos ha invitado a ser «la sal de la tierra» y «la luz del mundo» (Mt 5,13.14), nos ofrece la fuerza del Espíritu para llevar a cabo ese ideal cada vez mejor. 6. Pienso que las palabras de Cristo: «Vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo», tendrían que ser el hilo conductor del Sínodo, y también el del período postsinodal. Dirigiéndome al conjunto de los fieles africanos en Yaundé, les dije: «Por Jesús, hace dos mil años, Dios ha traído en persona la luz y la sal a África. Desde entonces, la semilla de su presencia está en el fondo de los corazones de este querido continente y germina poco a poco más allá y a través de los avatares de la historia humana de vuestra tierra»[5]. 7. La Exhortación apostólica Ecclesia in Africa ha hecho suya «la idea-guía de la Iglesia como Familia de Dios», y en ella los Padres sinodales «han reconocido una expresión de la naturaleza de la Iglesia particularmente apropiada para África. En efecto, la imagen pone el acento en la solicitud por el otro, la solidaridad, el calor de las relaciones, la acogida, el diálogo y la confianza»[6]. La Exhortación invita a las familias cristianas africanas a ser «iglesias domésticas»[7] para ayudar a sus comunidades respectivas a reconocer que pertenecen a un solo y mismo Cuerpo. Esta imagen es importante no sólo para la Iglesia en África, sino también para la Iglesia universal, en una época en que la familia está amenazada por quienes desean una vida sin Dios. Privar de Dios al continente africano, sería hacerlo morir poco a poco arrancándole su alma. 8. En la tradición viva de la Iglesia, como respuesta a las expectativas de la Exhortación apostólica Ecclesia in Africa[8], considerar a la Iglesia como una familia y una fraternidad, es restaurar un aspecto de su patrimonio. En esa realidad en la que Jesucristo, «primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29), ha reconciliado a todos los hombres con Dios Padre (cf. Ef 2,14-18) y le ha dado el Espíritu Santo (cf. Jn 20,22), la Iglesia se convierte a su vez en portadora de la Buena Nueva de la filiación divina de toda persona humana. Ella está llamada a transmitirla a toda la humanidad, proclamando la salvación que Cristo ha logrado para nosotros, celebrando la comunión con Dios y viviendo la fraternidad en la solidaridad. 9. La memoria de África conserva el dolor de las cicatrices dejadas por las luchas fratricidas entre etnias, por la esclavitud y la colonización. Todavía hoy, el continente se enfrenta a rivalidades, a nuevas formas de esclavitud y de colonización. La primera Asamblea especial lo había comparado a la víctima de los bandidos, dejada moribunda al lado del camino (cf. Lc 10,25-37). Por eso se ha podido hablar de la «marginación» de África. Una tradición nacida en tierra africana identifica al buen Samaritano con el mismo Señor Jesús e invita a la esperanza. En efecto, Clemente de Alejandría escribía: «¿Quién, más que él, ha tenido piedad de nosotros, que estábamos, por decirlo así, muertos por los poderes del mundo de las tinieblas, postrados por tantas heridas, temores, deseos, cóleras, tristezas, mentiras y placeres? El único médico de esas heridas es Jesús»[9]. Hay, pues, numerosos motivos para la esperanza y la acción de gracias. Así, por ejemplo, pese a las grandes pandemias –como el paludismo, el sida, la tuberculosis y otras–, que diezman la población, y que la medicina trata siempre de erradicar con más eficacia, África conserva su alegría de vivir, de celebrar la vida que proviene del Creador, acogiendo nacimientos para que crezca la familia y la comunidad humana. Veo también un motivo de esperanza en el rico patrimonio intelectual, cultural y religioso que África posee. Ella desea preservarlo, explorarlo más y darlo a conocer al mundo. Se trata de una aportación esencial y positiva. 10. La segunda Asamblea sinodal para África abordó el tema de la reconciliación, de la justicia y de la paz. La rica documentación que me ha sido enviada tras las Sesiones –los Lineamenta, el Instrumentum laboris, los informes redactados antes y después de la discusiones y las aportaciones de los grupos de trabajo–, invita a «transformar la teología en pastoral, es decir, en un ministerio pastoral muy concreto, en el que las grandes visiones de la Sagrada Escritura y de la Tradición se aplican a la actividad de los obispos y de los sacerdotes en un tiempo y en un lugar determinados»[10]. 11. Por preocupación paternal y pastoral, dirijo, pues, este documento al África de hoy, que ha conocido los traumatismos y conflictos que sabemos. El hombre está marcado por su pasado, pero vive y camina en el hoy. Mira el futuro. Como el resto del mundo, África experimenta un torbellino cultural que afecta a los fundamentos milenarios de la vida social y hace difícil a veces el encuentro con la modernidad. En esta crisis antropológica con la que se enfrenta el continente africano, podrá hallar caminos de esperanza instaurando un diálogo entre los miembros de los ámbitos religiosos, sociales, políticos, económicos, culturales y científicos. Tendrá entonces que hallar y promover un concepto de la persona y de su relación con la realidad basada en una renovación espiritual profunda. 12. En la Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Africa, Juan Pablo II subrayaba que «no obstante la civilización contemporánea de la “aldea global”, en África como en otras partes del mundo el espíritu de diálogo, paz y reconciliación está lejos de habitar en el corazón de todos los hombres. Las guerras, conflictos, actitudes racistas y xenófobas aún dominan demasiado el mundo de las relaciones humanas»[11]. La esperanza, que caracteriza la vida auténticamente cristiana, recuerda que el Espíritu Santo actúa en todas partes, también en el continente africano, y que las fuerzas de la vida, que nacen del amor, vencen siempre las fuerzas de la muerte (cf. Ct 8,6-7). Por eso, los Padres sinodales han visto cómo las dificultades que encuentran en sus países respectivos y en las Iglesias particulares de África no son obstáculos que impidan avanzar, sino que más bien desafían lo mejor que hay en nosotros: la imaginación, la inteligencia, la vocación a seguir sin arredrarse las huellas de Jesucristo, la búsqueda de Dios, «Amor eterno y Verdad absoluta»[12]. Junto con todos los que intervienen en la sociedad africana, la Iglesia se siente llamada a hacer frente a dichos desafíos. Es, en cierta manera, como un imperativo del Evangelio. 13. Con este documento, deseo ofrecer los frutos y esperanzas del Sínodo, invitando a todos los hombres de buena voluntad a mirar a África con fe y amor, para ayudarla a que sea, por Cristo y por el Espíritu Santo, luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt 5,13-14). Un valioso tesoro está presente en el alma de África, donde veo un «inmenso “pulmón” espiritual para una humanidad que se halla en crisis de fe y esperanza»,[13] gracias a la inaudita riqueza humana y espiritual de sus hijos, de de sus culturas multicolores, de su suelo y subsuelo con riquezas inmensas. Sin embargo, para mantenerse en pie, con dignidad, África necesita oír la voz de Cristo que proclama hoy el amor al otro, incluso al enemigo, hasta la entrega de su propia sangre, y que ora hoy por la unidad y la comunión de todos los hombres en Dios (cf. Jn 17,20-21). Benedicto XVI


Capítulos:
Al servicio de la reconciliación, la justicia y la paz
Los campos para la reconciliación, la justicia y la paz
Los miembros de la Iglesia
Principales campos de apostolado
«Levántate, toma tu camilla y echa a andar» (Jn 5,8)
Conclusión. Africae Munus
Notas. Africae Munus
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