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Autor: | Editorial:



Dedicarse a los hijos

Me encuentro con mis vecinos, que parten para vacaciones, cuan- do cargan en su coche maletas, bártulos, balones, esa montaña de cosas que en el último momento parecen imprescindibles, y le digo a Alfonso:

-¿Te llevarás la caña de pescar, eh?
Lo sé. Es su vicio. El que le hace escaparse cada domingo en busca de los ríos trucheros.

-No -me dice-; este verano, nada de cañas de pescar. -¿Te llevarás, al menos, la raqueta de tenis? -insisto. -Tampoco. Este verano ni pesca ni tenis. Este verano voy a dedicarme a mis hijos.

Y Mari Carmen, su mujer, me explica que el verano para ellos es un "rollo" tremendo, que en la playa que visitan se aburren infinitamente, porque no hay otra cosa que ir dé la playa al apartamento y de¡ apartamento, incomodísimo, a la playa. ¡Pero, en cambio, los niños ... ! Ellos, sí, la gozan. Y sus padres piensan que bien vale la pena "dedicarse" todo el mes a que sus peques sean felices.

Voy a poner un sobresaliente en mi cuaderno de apuntes a mis vecinos. ¿Qué mejor oficio para las vacaciones que "invertirlas" en querer y quererse? Porque la peste número uno de este planeta que habitamos es que, quién más y quién menos, ya todos hacemos tan- tas cosas que olvidamos las fundamentales. Ganamos mucho dinero, nos dedicamos tan apasionadamente a organizar el futuro de nuestros hijos que hasta nos olvidamos de hacerles felices en el presente.

Yo no olvidaré nunca aquella conmovedora escena de Nuestra ciudad, de Thornton Wilder, en la que autorizaban a los muertos a regresar un día al planeta de los vivos y revivir una jornada, la que ellos prefieran, entre cuantas en la tierra vivieron. Y casi ninguno se atreve a hacerlo. Salvo la pequeña Emily, que se empeña en volver, a vivir el día en que cumplió en el mundo nueve años. Los muertos tratan de convencerla de que no regrese, pero Emily es terca. Y vuelve.

Y ahí la vemos, con sus nueve años recién cumplidos, bajando la escalera de su casa, con su vestido nuevo y sus rizos recién peina- dos, esperando el grito de alegría que dará su madre cuando la vea tan guapa. Pero su madre está ocupadísima en preparar la tarta del aniversario y la merienda, a la que vendrán todas las amigas de su hija. Y ni siquiera mira a la pequeña. "Mamá, mírame", grita Emily, "soy la niña que cumple hoy nueve años". Pero la madre, sin mi- rarla, responde. "Muy bien, guapa, siéntate y toma tu desayuno." Emily repite: "Pero mamá, mírame, mírame." Pero su madre tiene tanto que hacer que ni la mira. Luego vendrá su padre, preocupado por santísimos problemas económicos. Y tampoco 61 mirará a su hija. Y no la mirará el hermano mayor, volcado sobre sus asuntos. Y Emily suplicará en el centro de la escena: "Por favor, que alguien se fije en mí. No necesito pasteles, ni dinero. Só1o que alguien me mire." Pero es inútil. Los hombres, ahora lo descubre, no se miran, no reparan los unos en los otros. Porque no les interesa a ninguno lo del otro. Y, llorando, regresa Emily al mundo de los muertos, ahora que ya sabe que estar vivo es estar ciego y pasar junto a lo más hermoso sin mirarlo.

¿Tendremos nosotros que esperar a la muerte para descubrirlo? ¿Será preciso que un hijo se muera para que sus propios padres des- cubran que es lo mejor que tienen?

Hugo Betti escribió una frase que a mí me viene persiguiendo desde hace muchos años: "No -dice-, no es verdad que los hombres se amen. Tampoco es verdad que los hombres se odien. La verdad es que los hombres nos desimportamos los unos a los otros aterradoramente."

Es cierto, sí. Ni siquiera llegamos al odio. O tal vez, como decía Bernanos, "el verdadero odio sea el desinterés"; quizá el asesinato perfecto sea el olvido.

Por eso -¡y ya es terrible!- se me convierte en noticia el que un padre vaya a dedicar íntegramente su mes de vacaciones a no hacer nada más que dar felicidad a sus pequeños, que olvide sus negocios y sus preocupaciones, que no crea que es más importante decidir si podrá comprarse coche nuevo este otoño que pasarse las horas bobas haciendo dulcemente el tonto jugando con sus críos en la playa. Que esté con ellos las veinticuatro horas del día, aunque sólo sea para "reparar" la forzosa separación que su esclavitud laboral le impone en los inviernos, en los que sólo puede verlos cuando ya están dormidos.

Cuando mis amigos vuelvan de vacaciones ya sé que tendrán poco que contar. Habrán hecho castillos en la arena, se habrán reído mucho. Y sus hijos estarán más cerca de ellos. ¿Hay veraneo mejor?

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