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Los domingos del alma
Últimamente -supongo que esto se nota en mis escritos- estoy leyendo muchos antiguos textos budistas. No siempre estoy de acuerdo con todo lo que dicen, pero casi siempre me ayudan al equilibrio interior, me permiten descubrir nuevos ángulos de la verdad que yo no sospechaba y en algunos casos hasta me sirven para descubrir mejor cuál es la verdadera originalidad del mensaje cristiano. Espero que nadie se escandalice si digo que creo que todos los caminos llevan a Dios, ni tampoco si añado que igualmente creo que el Evangelio lleva más derechamente a su corazón.
Pero regresando al tema de la muerte que apunté en mi comentario del domingo pasado, me impresiona compara- las diferentes posturas que el mundo budista y el cristiano adoptan ante ella. Sintetizando mucho, yo diría que para los orientales el objetivo es "amansar" o "desarmar" a la muerte, mientras que para los cristianos la meta es "transformarla", darle un sentido, "convertirla en vida".
El budista piensa -y en esto es infinitamente superior a todas las filosofías modernas imperantes- que el hombre debe ir despojándose de todo, ir abandonando ilusiones, dejando olvidado su yo, de modo que, cuando la muerte llegue, ya no tenga ninguna tarea que hacer, nada que ganar, porque todo ha sido ya anteriormente perdido.
El planteamiento es hermoso y tiene algunos contactos -sólo algunos- con lo que piensan los místicos cristianos. Más contactos tiene con el pasivismo, el abandonismo de algunas personas bautiza- das que se creen cristianos sin darse cuenta de que son espiritualmente budistas. Son los que ponen la resignación en la cima de sus virtudes, confundiéndola con la aceptación de la voluntad de Dios.
Pero yo creo que la postura de los cristianos ante la muerte es muy diferente. Para nosotros, morir no es "abandonarse", sino "darse". No es un progresivo ir despegándose de todo, sino un amar todo apasionadamente con la seguridad de que ese todo será convertido por la resurrección en una realidad nueva y más radiante. No pensamos que la solución sea irnos recortando el corazón, sino muy al contrario. creemos que "el verdadero fracaso en la vida es llegar a morirse sin corazón" (la frase es de Carrin Dunne) o, lo que aún sería peor, morirse sin haber llegado a estrenar el corazón.
Y éste debería ser el verdadero miedo que tendríamos que tener a la muerte: que llegue a nosotros cuando aún tengamos el alma sin terminar, llena de muñones; que la muerte "nos arrebate" en lugar de entregarnos enteramente a ella después de haberla digerido.
A los creyentes no nos angustia la muerte porque no sepamos lo que hay al otro lado (sabemos que aquello a lo que el corazón se entrega al morir es lo que Jesús llamaba Padre), lo que nos aterra -o más exactamente.- nos duele- es saber que llegaremos a él con las manos semivacías.
Por eso en esta sección, que tanto habla de la vida, me estoy atreviendo ahora a hablar de la muerte: porque nada debe empujarnos tanto a vivir entera y apasionadamente como la certeza de que la vida será corta.
No sé si he contado alguna vez en estas páginas que la única gran tristeza que a mí me quedó tras la muerte de mi padre fue la de darme cuenta de cuán egoísta había sido yo en sus últimos años de existencia. Vivía mi padre en Valladolid y yo sólo podía ir a verle algunos domingos. Pero esos días eran para mi padre como un rayo de sol, eran "más domingo". Y yo estaba en aquel tiempo siempre sobrecargado de trabajo, con lo que los fines de semana eran mi única ocasión de ponerme un poco al día de cosas atrasadas a lo largo del resto de la misma. Con lo que empecé a tacañear mis viajes. Y sólo cuando mi padre se fue me di cuenta de que no había trabajo más importante que aquel de haberle dado un poco de alegría con mis visitas. ¡Descubrí la importancia de aquellos domingos cuando ya era tarde! ¿Nos pasará lo mismo con el otro Padre? ¿Nos enteraremos de lo importantes que eran nuestras horas cuando ya hayan pasado?
¡Hay que quererse deprisa, amigos míos! ¡Hay que quererse ahora, ahora, en estos dulces, pequeños, cortos años! ¡Hay que convertir en una casa este diminuto planeta Tierra que gira entre los astros! Al otro lado espera el misterio. Para los creyentes, un misterio de amor. Pero aquí nos dieron las manos y el corazón para que consiguiéramos que, en esta espera, fueran todos los días un hennoso y radiante domingo.
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