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Autor: | Editorial:



Muchachos, os estamos engañando

Esta semana he vivido una experiencia apasionante. Y tremenda. He sido, como desde hace años, jurado de un concurso de redacción al que acuden muchas decenas de núles de muchachos de trece y de catorce años. El tema de este año era La juventud, hoy. Y pensé que sería interesantísimo ver qué pensaban de la juventud los muchachos que están a punto de entrar en ella.

El resultado -os lo voy a decir sin rodeos- ha sido desolador. Resumiendo mucho, os diré que nueve de cada diez de estos muchachos y muchachas son terriblemente pesimista. Es rarísimo encontrar entre ellos alguien que tenga esperanzas. Siete de cada diez hablan de la droga. Cinco de cada diez cuentan escenas de violencia, atracos, navajazos. Prácticamente ninguno habla de amor. Ni siquiera hablan las chicas de los chicos, ni los muchachos de sus compañeros. Ninguno alude a un posible ideal.

Ved, por ejemplo, el panorama de juventud que describe una muchacha: «Entre la multitud, un joven camina con inseguridad, tiene miedo al futuro. Sus pasos son vacilantes; su mirada, temblorosa. Parece que comenzó la vida con ilusión, pero ahora se siente insatisfecho, cada vez la vida le defrauda más. Su objetivo es encontrar su puesto en la sociedad, pero por momentos lo ve más lejano, más pequeño. Observa cómo el mundo se consume y su destino también. Quizá cuando lo alcance sea demasiado anciano para ocuparlo y una orden de jubilación le destine a des- cansar de su búsqueda. A menudo se pregunta qué es lo que la juventud pinta en este mundo de locos, en este mundo que es como un partido de fútbol: unos pocos son los que dominan el balón, los más poderosos, mientras que los demás permanecen al margen, en el banquillo, esperando que alguien se lesione para poder entrar en el juego. Quizá sea éste el papel que juega hoy la juventud, su sitio es el banquillo.»
Os pido que leáis con atención este párrafo -por cierto, estupendamente escrito-- y que observéis cómo en él se resumen to- dos los desalientos, todas las desesperanzas. Es, aunque parezca mentira, la tónica general de los trabajos que he leído. Si alguien les habla de la importancia de la juventud, lo califican de «hipócrita». Si aluden a algún muchacho que lucha por algo distinto, lo bautizan de «pijo». Se entiende que alguno concluya su trabajo gritando: «Paren el tiempo, que me bajo.»

Esta coincidencia en la negrura era tan visible, que los miembros de¡ jurado lo discutimos largamente. Y dos de ellos subrayaron dos datos muy significativos. Una profesora explicó que, antes de puntuar los trabajos, se los leyó a las alumnas de su clase y que todas coincidieron en dos cosas: en que todas pensaban que la juventud era así y también en que todas aseguraban que ellas, como personas, no eran así. Otro jurado destacó otro hecho: ni uno solo de los muchachos y muchachas escribía desde su interior. Todos contaban cosas ajenas, como si describiesen una película, como si fuera algo que les pasa «a los otros», pero que no le ha ocurrido a él.

Era, por ejemplo, muy llamativo el ver cómo chavalitas de trece años y de pequeñísimas ciudades, chavalitas que con toda certeza no habían visto jamás una inyección de heroína, contaban con todo detalle los «chutes» de los protagonistas de sus historias.

¿Qué quiere decir todo esto? Que esos muchachos repetían sobre la juventud lo que les han dicho que será a través de la tele- visión o de los periódicos. Pensaban de la juventud lo que los mayores queremos que piensen. Lo que les hemos metido en sus cabezas. Llegan a tener miedo antes de tener problemas. Se enfrentan a la juventud ya encogidos y asustados. Con el afán de prevenirles de peligros, les hemos degollado las esperanzas. Les hemos dicho tanto, que sus padres son incomprensivos, que se sienten incomprendidos ya de antemano. Les hemos asegurado tanto que no se colocarán, que les hemos quitado las energías para merecer mañana colocarse. ¿Es que nadie les habla del amor y de las muchas esperanzas que esperan a todos los que sepan luchar por ellas.
Me tomo, muchachos, que os estamos engañando. Que os estamos diciendo la mitad o la cuarta parte de la verdad. La juventud es dificil porque la vida lo es. El paro es para vosotros una gran interrogante porque también lo es para muchos mayores. Pero eso es sólo una parte de la realidad. También la felicidad está ahí para quienes sepan construírsela. Y todo hombre debe asumir su ración de soledad, pero también es cierto que el amor espera a todo el que tenga el alma grande. Y es cierto que hay cientos de causas por las que vale la pena luchar y vivir.

Por eso, muchachos, perdonadnos a los mayores si os contagiamos nuestras desilusiones. Y, por favor, no nos creáis.

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