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Autor: | Editorial:



Salvar el fuego

Un periodista preguntaba un día a Cocteau -con esa tópica cuestión que se plantea en todas las encuestas-- qué salvaría él del Museo del Louvre si, en un incendio, pudiera rescatar una única cosa. Y Cocteau respondió: «El fuego.»

Tenía razón. Porque el fuego es más hennoso que la Victoria de Samotracia, más bello que Monna Lisa, más vivo, sobre todo, que un Tiziano o que un Velázquez. Todos los cuadros, todas las esculturas son arte congelado. El fuego seguirá ardiendo y que- mando mañana, seguirán braceando sus llamas, estará vivo.

Por esa misma razón, si alguien me preguntase qué página salvarla yo de cuantas he escrito, responderla sin vacilar que salvarla el coraje con que espero escribir la de mañana; porque ninguna de las obras que hicimos vale la milésima parte de la pasión que pusimos al hacerla, esa pasión que es la que seguirá empujándonos a vivir. Mi mejor día será el de mañana. Y mañana des- cubriré que el siguiente puede ser aún mejor.

Esa es la causa por la que no entenderé jamás a los satisfechos de sí mismos, a los que se dedican a mirarse en el espejo de su pasado y, mucho menos, a los que excomulgan el presente -«su» presente- en nombre de ciertas añoranzas de su ayer. Lo bueno de ´la vida es que estamos vivos.
Pero ¡Dios mío, qué lleno de jubilados está el mundo! ¡Cuán- tos siguen alimentándose de chupetear el ayer! ¡Cuántos se auto- convencen de que «ya han llegado»! Han llegado ¿a qué? ¿A auto- adorarse?

A mí dadme un hombre lleno de esperanzas y siempre lo preferiré a otro que duerme en sus laureles. Dadme un hombre con
pasión y con fuego y no me deis otro que tiene una despensa llena de virtudes enlatadas.

Conozco comunidades religiosas que son como un gran armario en el que han coleccionado miles de mortificaciones, paquetes de actos de virtud, barriles de méritos, pero en el que tal vez ya nadie ama. Viven de los restos de su amor; no hay flores en sus rosales, pero tienen frascos y frascos de perfume embotellado de rosas.

Conozco gentes que tienen el al= como un museo, colgados sus títulos por las paredes, colocados sus viejos recuerdos sobre pedestales como hermosas estatuas, y nos invitan a pasear por su pasado como por las frías y empolvadas salas de un museo. Pero no corren niños por los jardines de sus calles, no hay en ellos fuentes, mucho menos fuego. Su ciencia -detenida- es una campana rajada. Su bondad es una preciosa silla isabelina en la que no puedes ya sentarte -por hermosa que sea- porque tiene estropeados sus muelles y rajado su damasco.

Me gusta la gente-fuego, la que se muere con sus llamas braceando; la que nos ofrece cada día el panecillo cocido anoche, no esa hogaza historiadisima y endurecida que tal vez hace años se preparó para un emperador.

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