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¿Qué es una investigación teológica?
Investigación teológica (1)
Domingo 18 de mayo de 2003.
Hola, amigos:
Una investigación teológica es una búsqueda, hecha a la luz de la Revelación y del Magisterio de la Iglesia, que de cualquier forma signifique un avance hacia un mejor conocimiento de la verdad completa.
Breve preartículo
La noción anterior de investigación teológica puede llamarnos la atención, desconcertarnos e incluso parecernos falsa, por minusvalorada ―de cualquier forma signifique un avance―, y también por no mencionar que se requieran estudios universitarios, preferentemente de postgrado, como maestrías y doctorados. Y tanto más si consideramos que las universidades nacieron en la Iglesia, allá en la Edad Media, y que las licenciaturas, maestrías y doctorados surgieron en buena parte para avalar las investigaciones teológicas y filosóficas, cuando la Filosofía era considerada como un instrumento ―ancilla o esclava― de la Teología.
Etimológicamente el término investigación viene del latín, investigatio, que significa la acción de seguir un rastro o vestigio: in vestigium. Esta primigenia actividad, definida originariamente en el dominio del conocimiento sensible, ha venido a aplicarse a un ejercicio propio del entendimiento humano. En su acepción genérica más corriente significa perseguir inteligentemente una cosa guiándonos por indicios que no son plenamente patentes y manifiestos; tales indicios sólo pueden orientar a la inteligencia hacia el descubrimiento de un objeto cuando la búsqueda es sagaz, atenta y, sobre todo, sostenida y tenaz.
El Diccionario de la Lengua Española define investigar como Hacer diligencias para descubrir algo. Realizar actividades intelectuales y experimentales de modo sistemático con el propósito de aumentar los conocimientos sobre una determinada materia. Y es usual entender por investigación la investigación científica, es decir, la que busca nuevas ideas, conceptos, formulaciones, resultados, etcétera, susceptibles de ser integrados en el orden sistemático de una ciencia determinada.
Lo anterior es aplicable a la investigación teológica, sobre todo si se entiende la Teología como una ciencia ―por la que el hombre conoce a Dios, sea con su sola razón o también ayudado por la Revelación―, tal como la entiende Santo Tomás de Aquino, quien sigue siendo el teólogo recomendado por la Iglesia en la formación teológica ―teniendo principalmente como maestro a santo Tomás―, conforme al canon 252 del actual Código de Derecho Canónico. ¿Cómo, entonces, pretender minimizar la investigación teológica a lo que de cualquier forma signifique un avance, sin mencionar los pertinentes grados o postgrados académicos?
Cuerpo del artículo
En la actualidad lo usual es que pensemos en la investigación científica como un trabajo en equipo; y al hablar de trabajo en equipo nos referimos a grupos de personas que trabajan en mutua colaboración en el presente; es decir, no entendemos que el trabajo en equipo se refiera a relaciones entre presente y pasado; y así, no decimos que Galileo haya trabajado en equipo con Euclides y Arquímedes. Pero no siempre la investigación científica se ha realizado trabajando en equipo, sino que muchos científicos han realizado algunas de sus investigaciones prácticamente en soledad, como sucedió con Leonardo, Descartes, Newton, Mendel, etcétera.
Aun así, los científicos han trabajado en equipo en mucho mayor grado que los filósofos y los teólogos. Esto se debe a que los científicos suelen apoyarse en lo que han hecho los anteriores, construyendo a partir de ahí. Los filósofos, en cambio, debido a la radical profundidad de sus planteamientos, suelen comenzar desde el principio, o al menos revisar las cosas desde el principio. Y como la Filosofía es un instrumento de la Teología, entre los teólogos se tiende a que suceda algo semejante.
Aristóteles, por ejemplo, quizá el más grande de los filósofos, no trabajó en equipo. Y Tomás de Aquino, quizá el más grande de los teólogos, tampoco lo hizo, aunque tuviera alumnos y dictara. Ellos, más bien, trabajaron contra equipo, debido a los ataques que padecieron. Algo semejante ha sucedido casi con todos los filósofos, y también con muchos teólogos. Así como es difícil redactar en equipo, también lo es realizar cosmovisiones filosóficas. En este sentido Emma Godoy, literata y filósofa mexicana, entre broma y veras solía decir: Una cabeza piensa más que dos.
Unidad de la Teología y de la investigación teológica
Hoy los científicos suelen trabajar en equipo, aunque no siempre ―Einstein trabajó mucho en soledad, bien que se tratara de una soledad acompañada―; y ese trabajo en equipo consiste en reuniones, lecturas mutuas, lugares e instrumentos comunes de trabajo, como laboratorios, metodologías, etcétera, e incluso trabajan para instituciones comunes o relacionadas, y también llegan a ser financiados en común.
Los filósofos, hoy lo mismo que siempre, aunque trabajen en un relativo aislamiento, paradójicamente trabajan en común de una manera mucho más intensa que los científicos, pero menos aparente por ser más profunda, ya que lo común de sus investigaciones es la naturaleza humana y el propio y común sentido de su vida y su existencia.
Con los teólogos sucede lo mismo que con los filósofos, y algo más, porque ellos investigan a la luz de la Revelación, es decir, de lo que Dios realmente ha revelado. Y Dios quiso culminar su Revelación pública a los hombres, en la plenitud de los tiempos, enviándoles a su único Hijo hecho hombre en el seno de María: Jesucristo.
Y Jesucristo fundó una Iglesia sobre la roca de Pedro, a quien le dio las llaves del Reino de los Cielos y el poder de atar y desatar (cfr. Mateo 16, 16-19), además de que a él y a los otros diez Apóstoles ―Judas había muerto― los constituyó en Magisterio de su Iglesia al darles la misión de enseñar su doctrina ―plenitud de la Revelación divina― a todas las gentes hasta el fin de los siglos (cfr. Mateo 28, 16-20). Tal misión se trasmite a los sucesores de Pedro y de los demás Apóstoles, ya que ellos murieron, a fin de que se cumpla la promesa de Cristo de estar con ellos todos los días hasta el fin de los siglos.
De lo anterior se sigue que la investigación teológica sólo es tal ―hecha a la luz de la Revelación― si es hecha en conformidad con las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia, encabezado por el sucesor de Pedro, o bajo la guía de ese Magisterio, sea explícita o implícitamente. Las investigaciones que no cumplen con este requisito podrán ser llamadas teológicas, pero en realidad no lo son, aunque los investigadores tengan todos los grados académicos posibles. A lo más serán ladrillos de construcción que podrán ser usados por la verdadera investigación teológica.
La fidelidad al Magisterio de la Iglesia es lo que le da unidad a la verdadera Teología, que sólo se construye ―investigación teológica― a la luz de la Revelación y del Magisterio, desde la fe de la Iglesia, en la fe de la Iglesia y hacia la fe de la Iglesia. La investigación teológica es, por tanto, no sólo un trabajo hecho en equipo, sino también en unidad; y la causa de tal unidad es la comunión de los santos.
En realidad, en la Iglesia hay una sola Teología y una sola investigación teológica, porque es realizada por los miembros del mismo y único Cuerpo Místico de Cristo. En breve, aunque haya muchos investigadores, hay una sola investigación teológica; y aunque haya muchos teólogos, hay una sola Teología.
La cédula profesional de teólogo es el Bautismo
De todo lo que llevamos visto se desprende que la cédula profesional de teólogo es el Bautismo. En efecto, el Bautismo es el sacramento que nos hace miembros del Cuerpo Místico de Cristo, y por tanto nos capacita para realizar auténticas investigaciones teológicas; y el que puede realizar auténticas investigaciones teológicas es teólogo.
Las universidades se consolidaron en el siglo XIII. Después de eso, ¿qué grados académicos tuvo en el siglo XIV Santa Catalina, hoy Doctora de la Iglesia? ¿Qué grados académicos tuvo en siglo XVI Santa Teresa, hoy Doctora de la Iglesia? ¿Qué grados académicos tuvo Santa Teresita en el siglo XIX, hoy Doctora de la Iglesia? ¿Qué grados académicos tuvo en los siglos XIX-XX la humilde costurera Francisca Javiera del Valle, ni doctora ni santa ―¡costurera!―, que nos legó el maravilloso Decenario al Espíritu Santo?
De manera semejante podemos decir que la cédula profesional de filósofo es el uso de razón ―¿qué grados académicos tuvo Sócrates?―, y que la cédula profesional de pedagogo es el hecho mismo de ser padre o madre de familia: ¿qué grados académicos tuvieron José y María? Sin embargo, es conveniente que existan las universidades y los grados académicos, y que las cátedras universitarias requieran dichos grados, incluso en las Carreras de Filosofía, Pedagogía y Teología; pero que no los requieran ―¡por amor de Dios!― los ejercicios no académicos de las correspondientes profesiones. ¡Que podamos pensar y escribir, educar a nuestros hijos y conocer a Dios, aunque no tengamos grados!
Recordemos que el Espíritu sopla donde quiere (Juan 3, 8), y que no podemos decirle: Tú solamente puedes soplar en las universidades, y de preferencia no en las licenciaturas, sino sólo en los postgrados. ¡No! Oímos su voz, pero no sabemos de dónde viene ni adónde va.
El Depósito de la Revelación, inmutable e inagotable
Cristo entregó en depósito su doctrina ―plenitud de la Revelación― al Magisterio de la Iglesia, para que lo enseñara, difundiera y defendiera; y por eso se le llama Depósito de la Revelación, o simplemente Depósito. El Depósito tiene dos fuentes: la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición o transmisión de viva voz de la doctrina revelada. Muchas veces la Tradición precedió a la Escritura. Por ejemplo, San Marcos escribió su Evangelio recogiendo la predicación de San Pedro, y San Lucas escribió el suyo recogiendo la de San Pablo. Y San Juan dice lo siguiente:
Hay, además, otras muchas cosas que hizo Jesús, y que si se escribieran una por una, pienso que ni aun el mundo podría contener los libros que se tendrían que escribir. (Juan 21, 25).
Todo eso que se reveló, pero no quedó escrito en la Biblia, es Sagrada Tradición. Lo revelado por Dios no se opone a la razón, y por eso es posible crecer en el conocimiento del Depósito; pero no se debe alterar el sentido original de lo revelado. Antes de la venida de Cristo el Depósito pudo crecer, pero después ya no puede cambiar. En el siguiente texto Pablo VI nos habla de tres posibles transformaciones que pueden llevarse a cabo sobre el contenido del Depósito sin alterar su sentido original, pero que hacen posible que crezcamos en su conocimiento:
Y nace además otra enseñanza: la transmisión del depósito, siempre con vigilante atención para que no se altere la enseñanza originaria, pero con insomne aplicación para meditarlo, explorarlo, transformarlo de implícito en explícito, de bíblico en teológico, y de antiguo en siempre actual.
Pablo VI, Insegnamenti, vol. V, p. 696.
La transformación del contenido del Depósito de antiguo en siempre actual, en realidad es una exigencia derivada de la misión que la Iglesia tiene de predicar el Evangelio a todas las gentes hasta el fin de los siglos. Y de esta necesidad, de ser transformado de antiguo en siempre actual, surge la conveniencia de transformarlo también de implícito en explícito y de bíblico en teológico, es decir, de un lenguaje bíblico a un lenguaje teológico de carácter científico. Encontramos un antecedente de los textos anteriores en las bellas palabras de San Vicente de Leríns, del siglo V:
Guarda el depósito, dice el Apóstol; conserva inviolado y sin mancha el talento de la fe católica. Lo que has creído, en tu poder permanezca y por ti sea entregado a otro. Oro has recibido, oro devuelve; no quiero que me cambies una cosa por otra; no quiero que desvergonzada y fraudulentamente pongas plomo o bronce en lugar del oro; no quiero apariencia de oro, sino oro puro. ...
Cuando tú explicas, que se entienda con más claridad lo que antes más obscuramente se creía; que la posteridad se alegre por tu causa, al comprender mejor lo que antes veneraba por su belleza, no por su comprensión. Enseña las mismas cosas que aprendiste, de modo que aunque hables con palabras nuevas, no digas cosas nuevas. ...
Crezca, pues, y mucho y poderosamente se adelante en quilates, la inteligencia, ciencia y sabiduría de todos y de cada uno, ora de cada hombre particular, ora de toda la Iglesia universal, de las edades y de los siglos; pero solamente en su propio género, es decir, en el mismo dogma, en el mismo sentido, en la misma sentencia.
San Vicente de Leríns, Commonitorium, 22-28.
En esta cita podemos ver que el crecimiento en el conocimiento del Depósito ―investigación teológica― puede lograrse también en el hombre particular, al margen de grados académicos, que en aquella época no existían. Aunque buena parte de la Sagrada Tradición se haya consignado en los escritos de los Padres de la Iglesia, de hecho continúa a lo largo de los siglos con la vida de la Iglesia. La riqueza del Depósito es inagotable, y el Espíritu Santo sigue asistiendo al Magisterio y dando luces a todos los fieles a fin de que sigan explorando y profundizando el mensaje revelado:
Esta Tradición apostólica va creciendo en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo; es decir, crece la comprensión de las palabras e instituciones transmitidas cuando los fieles las contemplan y estudian repasándolas en su corazón (cf. Lc 2, 19-51), y cuando comprenden internamente los misterios que viven... Así Dios, que habló en otros tiempos, sigue conversando siempre con la Esposa de su Hijo amado; así el Espíritu Santo, por quien la voz viva del Evangelio resuena en la Iglesia, y por ella en el mundo entero, va introduciendo a los fieles en la verdad plena y hace que habite en ellos intensamente la palabra de Cristo (cf. Col 3, 16).
Concilio Vaticano II, Dei Verbum, n. 8.
La investigación teológica está abierta a todos los bautizados
Como hemos podido apreciar, la investigación teológica está abierta a todos los fieles cristianos, a cualquier bautizado, aunque sea en parcelas muy pequeñas, pero que, al soplo del Espíritu, colaboran en la búsqueda de la verdad completa. Los grados académicos no son indispensables, aunque puedan ser muy convenientes.
Los avances pueden ser, en palabras de Pablo VI, cualquier transformación del contenido del Depósito de implícito en explícito, de bíblico en teológico o de antiguo en siempre actual; y en palabras de San Vicente de Leríns, cualquier mayor claridad, comprensión o embellecimiento que facilite su transmisión, con tal de que, aunque hablemos con palabras nuevas, no digamos cosas nuevas.
Además, los avances deseados deben estar logrados en una investigación teológica terminada; pero si la investigación está en curso basta con la sincera intención de lograrlos. Sólo pasado el tiempo, y ante muchos intentos fallidos, ¿cuántos?, la investigación podría ser descalificada o abandonada. ¡Libertad, pues!
Finalmente, no debe negarse el ejercicio de la investigación teológica a los pequeños, porque, ahora en palabras de Cristo: Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes, y las revelaste a los pequeños. Sí, Padre, pues así fue tu beneplácito (Mateo 11, 25-26).
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