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Séptima Reflexión: Un hijo siempre es un don
Los hijos, buscados o no, siempre son un don, una bendición, un regalo maravilloso de Dios.
Llevo diez años de matrimonio, diez años de vivencia intensiva del estilo de vida Billings y tengo cinco hijos.
Los dos primeros fueron concebidos "medio cumpliendo" las reglas del método Billings. No buscábamos al hijo, porque, según nosotros, como todos los recién casados, "todavía no era el momento adecuado", pero sabíamos que estábamos rompiendo las reglas en días posiblemente fértiles: En vez de seguir la regla que dice "un día sí y un día no y por la noche", era "un día si y otro también a cualquier hora".
Estábamos "abiertos" a la concepción, pero... en los días francamente fértiles guardábamos continencia. Ahora me pregunto: ¿Para qué? ¡De cualquier forma quedé embarazada! Hubiera sido mucho más enriquecedor para los dos, sabernos abiertos totalmente a la vida y entregarnos sin reservas y sin la angustia de: ¿Será el día tres? ¿Me habré observado bien? ¡Qué susto!
Los dos son unos niños maravillosos. Dios sabía lo que hacía al mandármelos.
A mi tercera hija, que es una preciosura, la encargamos voluntaria y conscientemente. Recuerdo ese momento como el más feliz de mi vida matrimonial. Era pleno día cúspide, sabíamos que estábamos concibiendo un hijo. No hubo reservas, ni miedos, ni nada que limitara nuestra entrega mutua. ¿No debía de ser eso lo normal en la vida matrimonial? Y yo, en diez años de matrimonio, lo he experimentado una sola vez. ¡Qué desperdicio!
Mi cuarto hijo y mi quinta hija, fueron concebidos no sé ni cómo ni cuando. Total continencia en días fértiles y posiblemente infértiles. Exagerábamos las reglas del Billings a "un día no y otro tampoco" antes del período fértil y en vez del: 1, 2, 3, 4, era: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7 y por la noche, después del día cúspide.
¿Para qué? Dios nos mandó a dos hijos preciosos, que han sido una verdadera bendición. Él sabe lo que es bueno para nosotros. Nosotros no nos sentíamos capaces de mantener y educar a un hijo más y Dios nos consideró capaces, confió en nosotros y se ha encargado de darnos todo lo necesario.
Somos bienaventurados. Los hijos son una bendición y no un castigo de Dios. Hay que perder el miedo a los hijos. El miedo al hijo estropea las relaciones conyugales. Un hijo es lo mejor que puede suceder y Dios no nos mandará más de los que Él quiera, guiado por su infinita sabiduría y bondad. ¿Por qué tener miedo a no ser capaces, a no tener tiempo, a no tener dinero, a no tener salud? El problema es de Dios y no de nosotros, pues Él se ha comprometido: "Buscad el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura".
A pesar de esto, estoy de acuerdo con el refrán mexicano que dice: "A Dios rogando y con el mazo dando". Sé que no es algo fácil, pues un mayor número de hijos implicará más trabajo, más cansancio, más sacrificio, menos tiempo para uno mismo, pero todo eso está implícito en el buscar el Reino de Dios y su justicia. Nunca Jesús nos dijo que el camino fuera fácil y si, estando abiertos a la vida, Dios decide, con Sabiduría y Bondad mandarnos muchos hijos, será una manifestación clara de su Voluntad, y no un producto de nuestra irresponsabilidad.
Octava Reflexión


