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Femineidad

Después de asentar bien la igualdad esencial de varón y mujer, sin subordinaciones, más producto de situaciones pecaminosas que de la armonía esencial, podemos pasar a lo diferencial de la mujer en sí misma. Partimos de la intuición de que en la mujer se realiza más el ser personal del Espíritu Santo. Luego es necesario para conocer a la mujer descubrir mejor quién es el Espíritu Santo. El Concilio de Constantinopla nos lo presenta como "Señor y dador de vida". El Espíritu Santo es aquel que abre el mundo de Dios al mundo de los hombres, santifica, da la vida de la gracia al que cree y da la vida a todo hombre apto para recibirla. Este papel está testimoniado en la Sagrada Escritura al atribuirle la Encarnación del Verbo y también, de modo especial, la donación de vida de la Resurrección así como en la transmisión de la nueva vida en Pentecostés y en la vida de la Iglesia. Observando a la mujer es característica suya ser claramente dadora de vida participando del ser personal del Espíritu Santo.

El segundo aspecto del ser personal del Espíritu Santo es el de ser vínculo personal de la unidad entre el Padre y el Hijo, es el amor dado por el Amante, que es el Padre, y acogido por el Amado, que es el Hijo. Comunica al Amado el amor y éste es uno en el amor que ha recibido. Este aspecto de persona que realiza la unión interpersonal descubre grandemente el ser humano, especialmente de la mujer. El ser humano está llamado a la comunión porque Dios es comunión personal del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Por eso produce tanta satisfacción la comunión de personas en todos los ámbitos, no sólo en el matrimonio, sino con los hijos y la gran familia, en los amigos y en toda la sociedad. El Espíritu Santo es el vínculo de unión, la mujer también.

El tercer aspecto del Espíritu Santo es el ser don de amor. Lo propio de la Tercera Persona de Dios es la apertura al otro, ser un tercero en el amor, amado por el Padre y el Hijo en el movimiento de infinita oblatividad del amor divino. Dios derrama el Espíritu sobre el Hijo, que, a su vez, lo entrega al Padre y lo derrama sobre los hombres. El Espíritu es así el éxtasis de Dios, pura sobreabundancia y donación, fuente viva, emanación de amor y de gracia, absoluta gratuidad, viento de libertad.

Si nuestra tesis es que en la mujer se realiza más el ser personal del Espíritu Santo podemos decir que su identidad fundamental hay que encontrarla en que es dadora de vida, vínculo personal y don. Las diversas manifestaciones fenomenológicas como son la fisiología, la intuición, la afectividad, las tendencias y actitudes ante la vida, la sociedad, la familia o su papel en la Iglesia podemos radicarlas en estos tres aspectos de la vida divina del Espíritu Santo.

a) dadora de vida. Muchos estudios parten de la observación de la realidad de la maternidad, al menos como posibilidad. Pero la mujer no es así porque puede ser madre, sino que puede ser madre porque es así. La corporalidad de la mujer evoca este dato central de la femineidad. La identidad de la mujer viene dada por este estar hecha para ser dadora de vida, sea cual sea su edad y realidad fecunda. Cuando se plantea la femineidad al margen de ser dadora de vida se pierde la identidad más radical. Si se actúa positivamente contra ella la degradación y la frustración están próximas.

Para ser dadora de vida la mujer está dotada de características corporales obvias, pero también toda la psique tiene características propias. Muestra de ello son dos características que están más desarrolladas en ella que en el varón: la intuición y la afectividad. Parece claro que estas dos cualidades son para cuidar de la vida. Puede que una mujer tengan poca formación o mucha, alta o baja inteligencia, pero la intuición salva las barreras para cuidar la vida especialmente en sus primeras etapas en las que la dependencia del recién nacido es tan grande. La intuición va más allá que la razón, es transracional, no irracional, nos sitúa más cerca del misterio de la vida. La experiencia interior de la intuición conoce un tiempo diferente del tiempo físico, como diría Bergson, es algo estimulante y misterioso al mismo tiempo que real. La afectividad está más desarrollada en la mujer con una finalidad principal: satisfacer las necesidades afectivas del niño, aunque puede ser muy útil en otras circunstancias. La riqueza de sentimientos que esto conlleva enriquece a la persona, y lleva a vivir con una especial intensidad en todos los ámbitos de la vida. Pero el motivo más profundo de su presencia es la necesidad de ternura que tiene la vida naciente. Con estas cualidades innatas la mujer está dotada para dar vida a la humanidad y humanidad a la vida. Los desarrollos físicos para la donación de vida son patentes y los estudiaremos en otro lugar. Ser dadora de vida condiciona toda la femineidad.

Aquí puede estar la raíz de la pérdida de identidad de muchas mujeres al subordinar la donación de vida a otros factores como la realización de otro rol en la sociedad. Es patente que al introducirse en la vida laboral muchas mujeres destacan en ella, pero también lo es que muchas lo hacen a costa de su identidad más radical; aunque otras, con esfuerzo no pequeño, consigan compaginar los dos aspectos de maternidad y trabajo profesional. El problema no está en la mayor o menor facilidad para el orden y el aprovechamiento de tiempo, sino si la autoconciencia cultural de la mujer es la de ser dadora de vida o la de ser una triunfadora en el mundo laboral. Insensiblemente, sin hacer nada malo, se deriva culturalmente a considerar la autorrealización de la mujer en el trabajo civil como lo más importante, e, incluso, el tener hijos se lleva adelante porque son algo que agrada al propio yo, no como una donación de vida. De ahí que la frustración cuando se han adquirido un determinado estatus sean claras y las crisis personales y familiares -tan frecuentes- tengan ahí una buena parte de su explicación. Estos planteamientos se dan en colegios cristianos y no cristianos, en medios de comunicación, en la opinión pública, y, sobre todo, en la idea que muchas mujeres tienen de sí mismas. El ser maternal no excluye el trabajo asalariado, pero lo coloca en su justo término. El triunfo social tiene un valor indudable, pero no puede ser más importante que el ser madre o ser maternal. Quizá convenga recordar que la mujer no es un varón con un distinto desarrollo afectivo, sino alguien con una personalidad y una identidad propia.

Es cosa clara que en las épocas en que la maternidad ha sido el valor fundamental de la femineidad han florecido en la Iglesia las vocaciones a la virginidad por el Reino de los cielos con un amor a Dios con el corazón indiviso. Dos razones se pueden encontrar en ello. Una es un clima de plenitud afectiva en la familia que facilita el don de la entrega en alma y cuerpo a Dios, muy difícil cuando hay quiebras en la afectividad base. Pero el segundo motivo es que la virginidad es una forma de amor esponsal y maternal, aunque se prescinda de la fecundidad física en aras a la fecundidad del espíritu siguiendo la huella de Cristo.

La maternidad en la mujer no se reduce al hecho de dar la vida física, sino que abarca toda su vida: el trabajo profesional, su puesto en la Iglesia y en la sociedad. Dar vida, protegerla, custodiar lo esencial frente a las aventuras idealistas. No en vano la mujer modelo es María Santísima, que tiene como función la de ser Madre de Dios, de la Iglesia y de los hombres.

Aquí conviene hacer referencia a la mentalidad anticonceptiva y antinatalista como un fruto que daña a la mujer en su ser más íntimo. El engaño es no ser ni madre ni virgen. Al buscar un disfrute del cuerpo cada vez más esquivo, se consigue , cual nueva Eva, la frustración de la represión de la maternidad generosa que deja heridas profundas en el alma y la psicología como dice un poema :



Arisca, gruñona, respondona, amarga, bruja.
Eres así porque no eres madre,
ni virgen,
ni nada.
Debes aprender esa ciencia nueva
de querer querer,
querer como virgen,
querer como madre.
Ahora eres nueva, jugosa, esponjosa, fraterna y materna.
Gozas en el darte,
no piensas en ti,
piensas en tus hijos, que eso somos todos.

b) Vínculo personal El siguiente factor de la femineidad viene muy seguido al primero. La mujer está especialmente dotada para la unión de personas y para las relaciones personales. En la familia es especialmente importante el papel de la mujer uniendo a los diversos individuos que la forman, es lo que se llama "sacar la familia adelante". Ser el eje de la familia es una tarea importante, pero extensible a las demás actividades sociales, laborales y políticas. Es conocida aquella respuesta de André Frossard cuando le preguntaron unos estudiantes ¿para qué vivo? y respondió que era una típica pregunta machista pues una mujer preguntaría más bien ¿para quién vivo?. El egoísmo frustra a cualquier persona, pero más aún a la mujer. Si el papel de dadora de vida se ve muy claro en la mujer-niña que no ha conocido deformaciones culturales, el papel de vínculo personal se advierte mejor en la mujer-anciana en que su vida son los demás más claramente, salvando los defectos humanos que en nadie faltan.

De ahí que la amistad sea tan importante para la mujer y florezcan entre ellas con abundancia los fenómenos de solidaridad. Edith Stein se pregunta si hay algunas profesiones más adecuadas para la mujer y responde afirmativamente. Nosotros podemos decir que toda profesión y actividad está al alcance de la mujer, pero que algunas le son más adecuadas, y, entre ellas, las que hacen referencia a la relación personal.

En la vida matrimonial es patente la importancia de este factor. Es conocido el análisis de Wojtila en los tres niveles de la persona: el corporal, el afectivo o sentimental y el de intimidad. La unión corporal une, pero no excesivamente. La afectividad es más profunda y satisfactoria, pero es cambiante pues depende mucho de lo corporal y de muchas circunstancias externas. La plenitud de la persona se da en la comunión interpersonal de intimidad, pero esto es más intenso en la mujer, que siente más su falta. Es un error machista la elaboración cultural que pretende que la meta de la sexualidad femenina está en el placer sexual corporal. No se puede desestimar su valor, pero, como todo lo físico, es efímero y deja una frustración si falta la afectividad y, sobre todo, si falta el amor de apertura de intimidad. La frustraciones en este terreno también son graves y una auténtica bomba de relojería. Es significativo como la mentalidad anticonceptiva es más machista que feminista, y haga más daño a la mujer que al varón. También lo es que, en los que deciden espaciar los nacimientos porque así lo recomienda la paternidad responsable, el método de los ciclos naturales se adapte mejor a las características de la mujer que a las del varón. Una antropología verdaderamente feminista debe tener en cuenta este factor fraternal, de unión interpersonal. Todo ello unido a tener en cuenta características como la conveniencia de verbalizar, medio privilegiado de unión entre personas.

c) don. Es conocida la enseñanza de Juan Pablo II en la Mulieris dignitatem señalando que a la mujer se le confía el hombre, el ser humano, para cuidarlo. Esto queda más claro cuando se estudia el rol del varón igual en lo esencial a la mujer, pues todo ser humano está hecho por amor y para amar en plenitud, pero no son iguales todos los modos de amar. Todos debemos servirnos mutuamente, pero no siempre del mismo modo. En la cultura materialista está desprestigiada la abnegación, la donación oculta, pero no deja de ser significativo el vacío de la fama social, y lo poco íntimo que calan sus prestaciones al reducir los valores a consideraciones superficiales.

Es común a varón y mujer la necesidad de un amor verdadero. Juan Pablo II lo expresa así: "el hombre no puede vivir sin amor. El permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa de él vivamente" (Redemptor hominis n. 10). La falta de amor verdadero conduce a la frustración, aunque las manifestaciones puedan parecer contrarias. El amor condicionado es amor propio, el amor egoísta no es amor. El amor sin condiciones es entrega, donación de uno mismo, apertura al otro y es verdad, aunque pueda parecer de entrada un lanzamiento al vacío, pero "el que pierde su vida la encontrará". El amor humano es una extensión del amor divino en el hombre, es participar en la corriente divina de amor, en el amor fontal del Padre, en el ser amado y espiración por amor del Hijo y en ser don y vínculo del Espíritu Santo.

Estos rasgos generales se dan con un matiz propio en la mujer pues "la mujer es aquella en quien el orden del amor en el mundo creado de las personas halla un terreno para su primera raíz" además, y profundizando más "la dignidad de la mujer y, a continuación, la de su vocación: la dignidad de la mujer es medida en razón del amor"(Mulieris dignitatem n.29). Por ello "la mujer no puede encontrarse a sí misma si no es dando amor a los demás", concretando más "la fuerza moral de la mujer, su fuerza espiritual, se une a la conciencia de que Dios le confía de un modo especial el hombre, es decir, el ser humano. Naturalmente, cada hombre es confiado por Dios a todos y cada uno. Sin embargo, esta entrega se refiere especialmente a la mujer -sobre todo en razón de su femineidad- y ello decide principalmente su vocación" (Mulieris dignitatem n.30).

Una consecuencia de este amor fecundo es la especial destinación de la mujer a la educación de los hijos. Dar la vida no se limita al acto de dar a luz, sino que se prolonga toda la vida, especialmente en la primera etapa en que la dependencia del hijo es casi total para sobrevivir y para situarse en un mundo que con frecuencia es difícil y exige muchas destrezas, y, sobre todo, para desarrollar la libertad que haga posible amar con un amor que puede y debe ser eterno.

Estos principios generales están en confrontación con un planteamiento de competitividad tanto en la vida de trabajo profesional como en la vida matrimonial. La competitividad lleva a desear triunfar sobre otros, a ser más, mientras que un planteamiento amoroso lleva a querer que el otro, o los otros, lleguen a desarrollar al máximo sus posibilidades. Es la lógica del servicio tan alejada de la de la autoafirmación. Pero la ausencia de amor verdadero conduce a la frustración, aunque se dé un triunfo social, y la frustración lleva a un cierto resentimiento difusivo contra el sistema, e, incluso, hacia aquellos sobre los que se ha triunfado, pero que defraudan por la carencia de identidad masculina que tiene un sentido propio, como veremos más adelante. Respecto a los hijos la carencia de amor oblativo y donativo es la traslación a una forma de un egoísmo particularmente molesta. Es el pretendido amor posesivo que busca más la propia satisfacción que el desarrollo de la libertad del hijo en una autonomía, que no es independencia, pero si derecho a realizar la propia vida en el amor. Dios ama respetando la libertad de los hijos de Dios hasta extremos sorprendentes, éste es el modelo.

No sería comprensible hablar de la femineidad y dejar de mencionar la belleza. Los cánones de belleza son cambiantes según la comprensión cultural y antropológica de cada momento, pero es visible la tendencia en la mujer a ser atractiva. Es cierto que se pueden dar deformaciones de vanidad, egocentrismo y frivolidad. Pero no es menos cierto, que si una mujer descuida la atención por ser atractiva revela un deterioro de su interioridad, además de su aspecto externo. Esto es así porque la tendencia a ser atractiva se funda primordialmente en el papel de dadora de vida. El varón buscará a la mujer, y la mujer atraerá al varón. Es posible que decaiga esa atracción en provocación, pero eso no es más que una consecuencia del pecado, no algo original. El pudor es una defensa de la intimidad para no ser considerado como objeto, pero también es una manifestación de la atracción para el amor interpersonal y para alcanzar el papel de madre en la vida. Una consecuencia no pequeña es la sensación de seguridad que experimenta la mujer cuando se agrada a ella misma, es un aspecto derivado de la función primaria de atraer para la vida y para el amor interpersonal en el matrimonio.

Resumen de estos análisis es captar la identidad de la mujer como dadora de vida, vínculo personal y don. La carencias en estos aspectos de vida o, simplemente el dejarlos en segundo término, lleva a la frustración profunda por descolocación esencial presionada por valores desordenados de su lugar natural.


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