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Autor: | Editorial:



La perspectiva de la igualdad del género

Desde instancias supranacionales como las Naciones Unidas y el Consejo de Europa se está abordando hoy el derecho a la igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres bajo el concepto de "igualdad de género". Esto incluye aceptar y evaluar de forma igualitaria las diferencias que existen entre mujeres y hombres, incluyendo esta igualdad el derecho a ser diferentes. Se acentúa el derecho de igualdad en cuanto a coparticipación en todas las esferas de la vida. Pues el desarrollo de una sociedad depende del empleo de todos los recursos humanos, y por lo tanto, ambos, mujeres y hombres, deben participar totalmente de forma paritaria para atender las necesidades de la sociedad.

La IV Conferencia Mundial sobre la Mujer (Pekín, 1995), convocada por Naciones Unidas, recogió en su Plataforma de Acción la estrategia de esta perspectiva de género, y afirmó que "los gobiernos y otros agentes sociales deberán promover una política activa y visible de integración de la perspectiva de género en todas las políticas y programas, a fin de que se analicen los efectos concretos sobre las mujeres y hombres respectivamente antes de tomar decisiones".

También el Consejo de Europa insistía en un Informe de marzo de 1998 en la necesidad de dedicar esfuerzos a fomentar la participación compartida del poder de mujeres y hombres en la economía, en la sociedad y en los procesos de toma de decisiones; de igualdad de oportunidades en empleo, de igual salario por igual trabajo desempeñado; de acabar con los despidos por maternidad o por embarazo; de flexibilizar los horarios laborales para hacer posible que tanto mujeres como hombres compartan el trabajo familiar no remunerado, las ocupaciones domésticas, la atención de personas a su cargo: niños, enfermos, personas mayores, etc.

La igualdad de género, porque respeta la diferencia entre mujeres y hombres, conduce a que la participación de las mujeres en todos los ámbitos de la vida pública y en los procesos de toma de decisiones sea mayor, de modo que los valores, intereses y experiencias de las mujeres se tengan en cuenta al tomar decisiones políticas. No son sólo las mujeres las que han de defender los asuntos familiares; pero, de hecho, la mayoría de los defensores de la igualdad en dichos asuntos son las mujeres. Por otra parte, los cambios serán más visibles y rápidos si participan las mujeres en mayor grado.

Este rumbo nuevo, lógicamente, interesará a quienes reprochan al feminismo que no conecta con la mujer real, o que vuelve la espalda a la familia; o a quienes opinan -lamentando desde fuera las tensiones originadas por las "dobles jornadas"- que la mujer debería inventarse un nuevo modelo que vertebre sus identidades para que no se excluyan maternidad y trabajo, autonomía y entorno afectivo, y evitar así las crisis familiares.

Pero no es admisible considerar estas dificultades como un problema exclusivo de las mujeres. ¿No será que han de transformarse esos rígidos esquemas competitivos y de productividad empresarial de manera que los hombres compartan con las mujeres sus responsabilidades de educación y cuidado de los hijos? ¿No será que aún no se es consciente de que la cultura, la política, la economía, la sociedad están encomendadas en su desarrollo tanto a hombres como a mujeres?

Una nueva forma de hacer política.

Muchas veces en la historia del pensamiento humano, las grandes revisiones se deben a posturas que nacieron radicalizadas para aclimatarse después a la realidad. Pero el feminismo se encuentra ya de vuelta de la fase de radicalización, y ha recalado en estrategias tales como la denominada gender mainstreaming, que es la reorganización y mejora de los procesos de adopción de políticas públicas, de manera que se incorpore en todas ellas la perspectiva de igualdad de género. Esto supone una potenciación (empowerment), participación y visión de ambos sexos tanto en la vida pública como en la vida privada.

Si esto se lleva a cabo desde instancias supranacionales, se trata de ponerlo en práctica a niveles de gobierno político, empresarial, cultural, social, familiar. Buena muestra de ello es el III Plan de Igualdad de Oportunidades (1997-2000) diseñado en España por el Instituto de la Mujer, donde se afirma que el principio del mainstreaming "implica la promoción de la igualdad de oportunidades en todas las políticas y medidas generales, teniendo en cuenta activa y abiertamente, en el momento de su planificación, los posibles efectos en las respectivas situaciones de hombres y mujeres. Esto significa un examen sistemático de estas políticas y medidas, evaluando sus posibles efectos, cuando se definen y se ponen en vigor en temas cotidianos tales como la organización del trabajo o el establecimiento de horarios escolares, que pueden tener impactos diferenciales significativos en la situación de hombres y mujeres, y deben ser tenidos en cuenta a fin de promover la igualdad".

De lo que se deduce que el nuevo modo de hacer política en nuestra sociedad democrática incluye esta problemática, sin dejar que sea un asunto que concierne solamente a las mujeres. Si la mujer se considera "invertebrada" ante los nuevos retos de nuestra civilización, es un problema con solución social, política, económica y cultural. Y es un problema de todos"

Una mirada desde lo alto.

La abundancia de escritos sobre feminidad y masculinidad piden una mirada desde lo alto que, sin despreciar los estudios desde abajo, permitan una visión profunda. Una crisis de identidad se paga cara, y ello puede ser debido una error personal, pero es más grave cuando es una desorientación cultural. El materialismo se ha mostrado insuficiente para dar soluciones satisfactorias, porque hombre y mujer son más que cuerpo y sociedad. La Revelación al revelar que el ser humano es imagen de Dios y al desvelar la intimidad divina da grandes luces sobre lo que son hombre y mujer. Sirvan estas páginas para ayudar a solucionar de un modo teórico y práctico la noción de identidad del hombre como hombre y la mujer como mujer.

"La mutua atracción entre hombre y mujer no se explica en la Biblia como el mito griego, según el cual cada uno de ellos sería un ente ´demediado" por castigo divino desde entonces ambas mitades se buscan desesperadamente la una a la otra. El amor entre el hombre ya la mujer es un regalo del mismo Dios. Su belleza, su fogosidad, su fuerza indestructible, su fidelidad y fecundidad son en la Sagrada Escritura las imágenes preferidas para expresar el amor apasionado de Dios por el hombre(CIgC 796)".

Frente a ello encontramos las soluciones materialistas que insisten, de un modo u otro, en el individualismo. Hombre y mujer ya no son uno para el otro, su fin ya no es ser dadores de vida, ni llegar a una comunidad de personas, sino el egocentrismo. El otro - hombre o mujer o hijos- son alguien para mí, seres para ser usados según mis necesidades. A esto -fuente de frustraciones- lleva una antropología pobre que no ha sabida remontarse a las fuentes que es la misma intimidad de Dios, como hemos intentado en estas páginas. Ciertamente hombre y mujer son validos individualmente, pero como personas, es decir como alguien que encuentra el sentido de su vida en la ley del don de sí, el amor a Dios y a los demás en actos generosos, que en aparente paradoja enriquecen en lugar de empobrecer.


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