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Comunión y Ecumenismo

Apéndice I.B
COMUNIÓN – ECUMENISMO

En este año jubilar que marca el comienzo del tercer milenio cristiano, haciendo memoria viva de la encarnación del Señor, la Iglesia está llamada a descubrirse una vez más como misterio de comunión. El proyecto preestablecido del Padre sobre el mundo es que los hombres sean y vivan como hijos en el único Hijo (Ef 1,4s) y Dios sea « todo en todos » (1 Co 15,28). El misterio de la comunión, fundado en Cristo, Verbo encarnado, muerto y resucitado, se ha hecho posible para nosotros gracias a la efusión del Espíritu Santo, es el misterio mismo de la Iglesia. La vida consagrada, don especial del Espíritu, tiene la tarea de visibilizar la comunión en el pueblo de Dios mediante una vida fraterna auténtica y firmemente vivida, de manera que el mundo pueda encontrar en la comunión la respuesta al deseo profundo de una relación auténtica con Dios y con los hermanos.

1. Jesús, antes de entregarse a sí mismo para la salvación del mundo, ruega al Padre para que todos sean una cosa sola, indicando como paradigma de esta unidad su eterna relación filial: « como Tú, Padre, estás en Mí, y Yo en Ti, sean también uno en nosotros... Así seré yo en ellos y tú en mí, y alcanzarán la perfección en esta unidad. Entonces el mundo reconocerá que tú me has enviado y que yo los he amado como tú me amas a mí » (17,21.23). Todo el empeño de Dios en el mundo tiene este fin: que los hombres participen de la vida divina que es amor perfecto, reciprocidad perfecta de entrega entre Padre y Hijo en el Espíritu Santo. El Padre creó a cada hombre, envió a su Hijo unigénito y al Espíritu para que cada cual fuera introducido en la vida divina y viviera en comunión con todos.

La Iglesia, que nace del sacrificio de Cristo y de la efusión del Espíritu, no tiene otro fin sino el de hacer posible la « comunión » de los hombres, abrir la vida trinitaria a toda la humanidad. Así pues, ya que la vida divina es vida trinitaria (comunional), la Iglesia es el « sacramento » que permite a los hombre salvarse como miembros de la única familia de Dios.

S. Pablo escribe: « Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un único cuerpo », (1 Co 12,13; cf. Ef 4,4). En efecto, el Espíritu es principio de comunión porque es la expresión personificada del Ágape (Amor) divino que por su naturaleza une: « El amor de Dios ya fue derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos dio » (Rom 5,5). Él es principio de unidad y de comunión porque la unidad de la Iglesia es gracia y don de Dios: llegando a ser una sola cosa con Cristo se constituye la Iglesia, realización del designio eterno de Dios. Jesús se hizo carne, murió y resucitó para que se realizara esta unidad, para que los hombres, destruidos por el pecado, volvieran a la unidad con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (cf. Ef 2,11-22).

2. Si éste es el misterio de la Iglesia como comunión, los consagrados, llamados a un particular radicalismo en el seguimiento de Cristo y a una peculiar visibilidad de su conformación con Él, están llamados también a indicar al mundo la visibilidad de la Iglesia como misterio de comunión. La vida fraterna que debe caracterizar a los consagrados, según su espiritualidad peculiar, se hace el lugar donde el misterio eclesial se ofrece y es visible en personas que se reconocen como parte una de la otra en Cristo. Si el consagrado debe actualizar el radicalismo de su vocación bautismal, quiere decir que su vocación de consagrado es una vocación a la eclesialidad, a la comunionalidad. Desde este punto de vista, la justificación teológica de la vida consagrada está en convertirse cada vez más, dentro de la Iglesia, en un elemento de promoción de vida de comunión. Nos consagramos al Señor para vivir de manera más radical nuestra eclesialidad, es decir nuestro propio ser comunional que tiene su origen, su modelo y su fin en la Trinidad: « A la vida consagrada se le asigna también un papel importante a la luz de la doctrina sobre la Iglesia-Comunión, propuesta con tanto énfasis por el Concilio Vaticano II.
Se pide a las personas consagradas que sean verdaderamente expertas en comunión, y que vivan la espiritualidad de comunión » (VC, n. 46).

La vida fraterna en la que los consagrados están llamados a vivir su vocación se hace la forma expresiva de una vida auténticamente eclesial: « la Iglesia es esencialmente misterio de comunión, “muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (S. Cipriano, De oratione Dominica, 23: PL 4, 533). La vida fraterna quiere reflejar la hondura y la riqueza de este misterio, configurándose como espacio humano habitado por la Trinidad, la cual derrama así en la historia los dones de la comunión propios de las tres Personas divinas » (VC, n. 41).

La fraternidad donde los consagrados viven su pertenencia al Señor no se puede reducir a dinámicas puramente sociológicas o psicológicas: debemos volver a descubrirla y comprenderla en su carácter teologal de don y misterio: « En la vida de comunidad, además, debe hacerse tangible de algún modo que la comunión fraterna, antes de ser instrumento para una determinada misión, es espacio teologal en el que se puede experimentar la presencia mística del Señor resucitado (cf. Mt 18,20) » (VC, n. 42).

En la celebración del gran Jubileo es más que nunca significativo recordar que en los dos mil años de historia de la Iglesia, los consagrados han sido una presencia profética e inspiradora de comunión para toda la comunidad eclesial: « La vida consagrada posee ciertamente el mérito de haber contribuido eficazmente a mantener viva en la Iglesia la exigencia de la fraternidad como confesión de la Trinidad » (VC, n. 41). Es necesario que ese impulso profético de los consagrados no falte nunca; más bien es necesario que se alimente continuamente en este tercer milenio cristiano.

3. Para esta peculiar vocación a la eclesialidad, propia de los consagrados, la vida fraterna en comunión debe ser alimentada cada día por una fiel oración personal y común, por una escucha constante de la Palabra de Dios, por una revisión sincera de vida que del sacramento de la Reconciliación saca la fuerza para un renacimiento continuo, por una tenaz petición de la unidad, « don especial del Espíritu para quienes se ponen a la escucha obediente del Evangelio ». En efecto, « Es precisamente Él, el Espíritu, quien introduce el alma en la comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo (cf. 1 Jn 1,3) » (VC, n. 42). Sólo si el Espíritu se apodera de nuestra humanidad, de nuestro corazón, de nuestra necesidad de amor y de ternura, entonces las comunidades religiosas serán « pequeñas iglesias », signo de la presencia del Espíritu.
En esta dinámica de vida fraterna, que expresa para la Iglesia y para el mundo un signo de comunión auténtica con Dios y con los hombres, hay que dar un espacio absolutamente central al sacramento de la comunión por excelencia, la SS. Eucaristía: « Corazón de la vida eclesial y también de la vida consagrada. Quien ha sido llamado a elegir a Cristo como único sentido de su vida en la profesión de los consejos evangélicos, ¿cómo podría no desear instaurar con Él una comunión cada vez más íntima mediante la participación diaria en el Sacramento que lo hace presente, en el sacrificio que actualiza su entrega de amor en el Gólgota, en el banquete que alimenta y sostiene al Pueblo de Dios peregrino? » (VC, n. 95). Los consagrados no pueden ser testigos de comunión si su existencia no se centra en el Memorial de la Pascua: « Por su naturaleza la Eucaristía ocupa el centro de la vida consagrada, personal y comunitaria. [...] En ella cada consagrado está llamado a vivir el misterio pascual de Cristo, uniéndose a El en el ofrecimiento de la propia vida al Padre mediante el Espíritu. [...] En la celebración del misterio del Cuerpo y Sangre del Señor se afianza e incrementa la unidad y la caridad de quienes han consagrado su existencia a Dios. » (VC, n. 95).

4. En esta gran celebración jubilar, la vida consagrada vuelve a descubrirse signo de la vida de comunión e indica al mundo contemporáneo la respuesta que Dios mismo da al hombre que anhela una verdadera relación con Él y con los hombres. El hombre, en efecto, es exigencia de comunión y de felicidad total. Sólo en Cristo recibe la gracia de un cumplimiento.

En nuestra época, dolorosamente marcada por individualismos extremos que ponen al hombre contra el otro hombre y, al mismo tiempo, por colectivismos donde la persona es sacrificada para que se afirme una etnia o una nación sobre otra, el gran jubileo recuerda a todos el misterio de la comunión que nos fue revelada en Cristo y ofrecida a todos los hombres, que nace del corazón mismo de Dios Trinidad. A imagen del inefable misterio divino, las personas están llamadas a salir de sí mismas para encontrar su verdadera identidad en el don de sí al otro. La vida en comunión vivida por los consagrados adquiere un papel particularmente urgente hoy día: « Con la constante promoción del amor fraterno en la forma de vida común, la vida consagrada pone de manifiesto que la participación en la comunión trinitaria puede transformar las relaciones humanas, creando un nuevo tipo de solidaridad. Ella indica de este modo a los hombres tanto la belleza de la comunión fraterna, como los caminos concretos que a ésta conducen. Las personas consagradas, en efecto, viven “para” Dios y “de” Dios. Por eso precisamente pueden proclamar el poder reconciliador de la gracia, que destruye las fuerzas disgregadoras que se encuentran en el corazón humano y en las relaciones sociales » (VC, n. 41).

La vida consagrada, con sus dos mil años de experiencia de vida fraterna, está llamada más que nunca en estos comienzos del tercer milenio a testimoniar que la comunión es la realidad donde el hombre se encuentra verdaderamente a sí mismo, dejándose amar y aprendiendo a hacer de sí mismo una auténtica entrega, en el respeto y en la valorización de todas las diferencias, que en el misterio de la comunión se convierten en riqueza y factores de unidad, cesando ser causa de división: « Situadas en las diversas sociedades de nuestro mundo —frecuentemente laceradas por pasiones e intereses contrapuestos, deseosas de unidad pero indecisas sobre qué vías seguir— las comunidades de vida consagrada, en las cuales conviven como hermanos y hermanas personas de diferentes edades, lenguas y culturas, se presentan como signo de un diálogo siempre posible y de una comunión capaz de poner en armonía las diversidades » (VC, n. 51).

Por eso, todos los que Dios ha llamado a una especial conformación con Cristo deben ser conscientes de que « la Iglesia encomienda a las comunidades de vida consagrada la particular tarea de fomentar la espiritualidad de la comunión, ante todo en su interior y, además, en la comunidad eclesial misma y más allá aún de sus confines, entablando o restableciendo constantemente el diálogo de la caridad, sobre todo allí donde el mundo de hoy está desgarrado por el odio étnico o las locuras homicidas » (VC, n. 51).

Sin embargo, precisamente frente a esta tarea de ser promotores de unidad entre los hombres: ¡no podemos evitar el dolor por las divisiones internas en el pueblo de Dios y, por tanto, la urgencia que se cumpla la plena comunión entre todos los cristianos! Por eso se necesita privilegiar en la vida consagrada el celo y el empeño por la unidad de todos los creyentes en Cristo. Esto quiere decir, en primer lugar, hacer propia la oración de Cristo mismo: « alcanzarán la perfección en esta unidad » (Jn 17,23). Esta unidad —hay que ser bien conscientes de esto— « en definitiva, es un don del Espíritu Santo (TMA, n. 34), por eso toda « la Iglesia implora del Señor que prospere la unidad entre todos los cristianos de las diversas Confesiones hasta alcanzar la plena comunión » (TMA, n. 16). Por consiguiente emerge la tarea de los consagrados al respecto: « En efecto, si el alma del ecumenismo es la oración y la conversión, no cabe duda que los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica tienen un deber particular de cultivar este compromiso. Es urgente, pues, que en la vida de las personas consagradas se dé un mayor espacio a la oración ecuménica y al testimonio auténticamente evangélico, para que, con la fuerza del Espíritu Santo, sea posible derribar los muros de las divisiones y de los prejuicios entre los cristianos. » (VC, n. 100).


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