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La imagen del Padre

Dios creo al hombre a su imagen y semejanza.(Gen 1,27)

Un principio elemental que hay que considerar como un requisito para entender la buena ecología al modo cristiano es que:

Si un ser vivo no refleja en sí la imagen de su padre, es aberración. No prosperará la cadena de vida. Sale de un curso mil veces probado y salta a la ruleta del azar.

La paternidad, la fecundidad, la filiación, el proceso de copiado genético, las adaptaciones de los organismos vivos en producir otros que son copia casi idéntica de ellos, la semejanza, y otros nombres con que se puede llamar a esta continuidad de generaciones que es la vida, hace que los seres vivos puedan transportar un “mensaje de concordancia” con su entorno. Esto les permite perpetuar la existencia, les faculta para paulatinamente adicionar a su inventario de formas, instintos y comportamientos útiles para repetir la hazaña de eslabonar la cadena del pasado con la potencial cadena del futuro, es decir, lograr la fecundidad sostenida, los organismos viables, los linajes.

Los inimaginables tiempos de las eras geológica por los que han pasado miles de generaciones en las que ha operado la ley de la supervivencia del más apto, han forzado la depuración del proceso de copiado entre una generación y la siguiente, han ido seleccionando a los organismos que pueden mantener características adecuadas a la supervivencia en forma consistente.

Miles y millones de linajes(cadenas de vida) incipientes y algunos avanzados, se han perdido por incompetencia o incompatibilidad biológica al no resultar aptos para la supervivencia, por no adecuarse a los cambios ecológicos que se dieron en los millones de años de selección, por no ser copia suficientemente fiel de quien los engendró, por no permitir pequeñas variaciones que den a la ley de la selección natural la opción de escoger a unos o a otros. Esto ha hecho que actualmente los modos de adaptación de los seres vivos en los reinos vegetal y animal sean muy homólogos, con pocos cambios entre una generación y otra dentro de la posibilidad de cambio que siempre habrá, y opera lentamente.

Podemos pensar que en los primeros eslabones de vida las cosas no eran tan sistemáticas. Las “especies” aparecerían y desaparecerían con gran facilidad: Multitud de formas fueron producto de millones de mutaciones genéticas que se daban en la superficie agredida por la intensa lluvia de partículas sub-atómicas que llegaban del joven cosmos, más pequeño y activo que el actual, o que surgían del fondo de la tierra de los inmensos depósitos de material radioactivo, de los cuales quedan muestras reducidas ya por los millones de años de sufrir el efecto de degradación, de reducción de su masa en lapsos según cada tipo de átomo emisor de partículas (la llamada vida media de los elementos radioactivos) Esto nos hace pensar que hace miles de millones de años esos yacimientos de material radioactivo y sus respectivas emisiones eran muchas, muchas veces más abundantes que actualmente.

En estas épocas del caldo inicial –pues no hay duda de que la vida comenzó en el agua más bien caliente- es de esperarse que proliferaron multitud de formas que no pudieron concatenar más que algunos eslabones padre-hijo y desaparecieron, imposibilitadas de continuar la función de la secuencia vital. Su tamaño era tan pequeño –unicelulares, claro está- que las investigaciones de nuestros actuales paleontólogos sólo tienen remotas posibilidad de detectar los restos fósiles de una minoría de estas formas de vida desaparecidas en esta etapa temprana de la vida.

Con el tiempo el entorno se fue estabilizando. Es razonable suponer que hubo entonces menos cambios bruscos en le superficie por efecto de una menor incidencia de las partículas radioactivas, temperaturas más estables, entorno gaseoso también más estable, tal vez menor acción de los rayos ultravioleta por la formación de capas protectoras en la atmósfera. Esto hace que los cambios en los organismos unicelulares se reduzcan y se regularicen. La evolución entre formas de membrana, protoplasma, primeras secuencias de genes, formas de uso de la energía o alimento disponible, núcleos, pigmentos, estructuras de flotación, de locomoción, fotosíntesis y otras posibles en estos seres tan simples y primitivos, termina. Se da así la primera plataforma de evolución, pues procesos como la fotosíntesis, cromosomas, estructuras como las membranas, modos de locomoción como los pseudópodos, cilios y los flagelos, la producción y consumo de azúcares y otras, se vuelven pilares de la siguiente plataforma de evolución que hallan presentes en organismos del trópico al polo, de la superficie a la profundidad, en todas partes donde hay vida.

Ahora sigue la etapa del desarrollo de los organismos multicelulares. Del acoplamiento inicial entre varias células se pueden dan los tejidos, órganos y sistemas, hasta organismos multicelulares que a su vez se agrupan en familias, colonias, grupos de familias, sistemas ecológicos, etc, y de este acoplamiento se manifiesta una enorme posibilidad de cambio. Imagínese el lector que ahora, la variación puede darse no sólo en una célula, como antes, sino en la forma de unirse (colonia o tejido, de cambiar el tejido o el órgano o en el acoplamiento de órganos en sistemas, etc.) Es en esta etapa de agrupamiento en donde la nueva diversidad se intensificará, la del desarrollo multicelular.

Esta vez, el conjunto de cambios sí es detectado por sus huellas fósiles. En esta nueva etapa de iniciación -segunda plataforma- y luego regularización de la paternidad-semejanza se manifiesta por una gran explosión de formas multicelulares hace unos 600 millones de años, y que está ampliamente documentada por la abundante evidencia fósil. Hay inicialmente una “reacción en cadena” de especies, como seguramente sucedió en la primera plataforma de diminutos seres unicelulares, y que no podremos corroborar con las actuales técnicas de reconocimiento de fósiles. De una especie se dan dos, y de esas, tres, cuatro, etc, acomodándose estas formas ya diferenciadas como las piezas de un rompecabezas, llenando los nichos -cada vez menores- que quedan disponibles, hasta llenar los mares y luego la tierra de un gran número de organismos adaptados y bastante estabilizada su morfología, fisiología y comportamiento por la intensa competencia vital sostenida durante millones de años. De este proceso sí tenemos abundante testimonio fósil, aunque estos restos no nos informen mayormente de los comportamientos, donde seguramente la evolución siguió actuando con la diligencia acostumbrada, aumentando la diversidad y seleccionando en el cauce de vida los más adecuados.

Las principales formas multicelulares que cimentaron los llamados “phyla” o grandes grupos de organismos, se dieron en estos momentos, como los rotíferos, celenterados, artrópodos, moluscos, etc. Viene una segunda etapa de lento caminar, digamos otra calma, que se da en los últimos 500 millones de años, en los cuales la siempre actuante evolución caminó en forma pausada, pues no nacieron nuevos phyla y menos aún nuevos Reinos.

Luego, de nuevo algo notable, espectacular, pues en el último millón de años, más o menos, sucede de nuevo, pues este tiempo que sirvió para que una diferenciación especialmente dinámica, especta-cular a su manera, alcanzara una tercera plataforma de evolución, ya no unicelular, ya no multicelular, sino multiparticipativa, macro-integrada.

Así como la gran diferencia de complejidad de los organismos de la primera plataforma (unicelulares) con respecto a la segunda (multicelulares) permitió en esta última un conjunto de etapas en las que puede haber cambios y por lo tanto evolución y mucha mayor diversidad (formación de tejidos, órganos, colonias, etc), en la tercera plataforma se eleva exponencialmente la capacidad de variación y por lo tanto de diversidad. Este grupo es el de organismos que aprenden a hacer objetos útiles, habilidades e ideas que le llegan o hace él mismo y produce con ello una extensión de su propia persona. Interacciona así con el entorno, usando cuerpo y herramienta para penetrar multitud de nichos ecológicos inaccesibles con lo limitado de su sola morfología. El hombre, sin sus herramientas, puede hacer poco. Con ellas, la diversidad de todos los animales y vegetales juntos es nada comparada a la variación que en los hombres puede haber -y de ahí la tremenda acción que este organismo puede ejercer en el entorno- en el ecosistema, pues puede no sólo destruirlo, sino que puede construirlo, complementarlo y ocupar innumerables nichos ecológicos simultáneamente. Este organismo vulgarmente clasificado como una simple especie del Reino animal es sin duda mucho más que eso.

Hay herramientas físicas y su manejo para modificar el entorno. Desde la piedra para cavar una cueva, para hundir el cráneo de un animal agresor, para aprovechar los restos de un elefante abandonado por los leones o para bajar la fruta de un árbol que no puede alcanzar con la forma corpórea sin extensión. El cobre, bronce, el hierro y metales nuevos como el aluminio y el titanio se integran en este conjunto, unido a herramientas de protección corpórea como las pieles, el hilado y tejido, la construcción de chozas o edificios. Otras lo ayudan a moverse, descansar, y calentar, como la rueda, la construcción de muebles y el fuego, y muchas otros objetos con la técnica para manejarlos, que son herramientas que modifican el entorno del hombre y lo ayudan a adaptarse a él, pues lo transforman.

Herramientas, las hay de comunicación, el lenguaje y la danza, la música y la pintura, la escritura y los feroces aspavientos de los guerreros, planos, gráficas y una lista interminable de herramientas y técnicas determinan que haya muchas formas que permiten a los seres de esta tercera plataforma ponerse de acuerdo y puedan actuar en conjunto, como el sistema nervioso acciona los distintos tejidos del elegante sistema muscular de un felino al caminar.

Hay herramientas de reconocimiento del entorno, como la brújula y el telescopio, la técnica de ubicarse por las estrellas, de predecir el clima, de reconocer el movimiento de migraciones de peces y de manadas de animales útiles, etc.

Otras propician el orden, como códigos, leyes y semáforos, cárceles y juzgados. Otros el reconocimiento especie-específico, como el canto y la danza, que hace que se reconozcan y se unan hombres y mujeres de todas las tribus y pueblos, sin excepción, para procrear.

Hay herramientas económicas, como la técnica de atesoramiento de objetos preciosos, el almacenamiento de granos para regular precio y abasto, acuñar e imprimir moneda, el uso de sistemas computarizados de tarjeta de crédito y hasta los sistemas de satélite para las transacciones internacionales de moneda, acciones o futuros.

Hay herramientas de producción de alimento y fibras, como el arco en la caza, el arado en la agricultura, el corral en la ganadería, diversas formas de preservación de alimentos, de perforar pozos y hacer aguajes, de seleccionar semilla, criar animales de tiro, de engorda y de leche, usar la ingeniería genética... La lista parece no tener fin.

Pero hay herramientas más difíciles de describir.

El hombre primitivo seguramente tuvo un doloroso aprendizaje cuando se cruzaron por su camino la ira y la lanza simultáneamente; imaginemos a un hombre sin sólidos hábitos de respeto intraespecífico ante la situación de tener simultáneamente hambre, lanza (piedra, o la herramienta agresora que se desee) y al vecino desarmado.

Estos primeros encuentros posiblemente tuvieron desastrosos resultados. La frecuente costumbre del canibalismo que hemos visto en numerosos pueblos en la historia, la muerte violenta de Abel descrita en el Génesis, las interminables guerras de antaño y de ahora, los innumerables actos de ventaja, de prepotencia entre los hombres de los que tenemos noticia nos hablan de que es necesaria una “fisiología amable” que permita a las “células” de este nuevo organismo de múltiples partes, convivir ordenando la creación no homínida a su conveniencia sin caer en la fácil solución de desposeer al vecino, de comer al desarmado, de arrebatar los bienes al prójimo.

Elegir entre dos formas de entender la creación:

1. El “hombre y las creaturas inferiores dadas a él” según lo manda Dios en el Génesis y la ley de la evolución hacia un orden superior de agregados humanos, de orden entre los hombres y sus herramientas; el camino hacia la civilización.

2. La relación entre el hombre y los otros homínidos, no dados al hombre, pero arrancados desordenadamente por el más fuerte, el mejor armado. Estas corresponden al más primario concepto de maldad (y de bondad) que nos tipifica el fruto del “árbol del bien y del mal”.

En este nivel de cosas no hay más que un bien, el ordenar la vida del hombre usando de los reinos de la energía, mineral, animal y vegetal como sustento y herramienta, y no arrebatando a otros hombres sus bienes y vida. El mal en ese Paraíso sólo puede correlacionarse con el no cuidar y labrar el jardín, pues al no hacerlo no dará frutos suficientes, lo cual indica que sólo podremos vivir sosteniéndonos en nuestros congéneres, o no multiplicándonos, como los hijos cuyo engendramiento no tuvieron Adán y Eva a Dios en el Paraíso, pues engendraron una vez ya expulsados, según lo indica claramente Génesis. (Gen.4, 1)

Para los hombres anteriores a estos últimos años del siglo XX, cuando no se conocía o era aceptada la evolución por multitud de pensadores cristianos, ni había sido declarado el Génesis como un libro escrito con imágenes (liberando con esto la obligada interpretación literal, como era la férrea costumbre antes de la aparición del Catecismo de la Iglesia Católica poco antes del fin de siglo -Cfr. Este catecismo punto 337), pensar que en el paraíso pudo darse la acción contra la misma especie era imposible, puesto que no concebían que el primer hombre tuviese padres, hermanos, etc. Pero ahora que esto es obvio, que el primer hombre pudiese agredir a miembros de su misma especie de primates en el uso de la nueva libertad adquirida por su humanidad reciente, es posible.

También, y aunque los primates, familiares cercanos del primer hombre (como sus hermanos) no fuesen homínidos por no tener alma y libertad, sí tenían estrechos lazos, como el que tenía Caín con Abel. Luego, el fruto del mal en función de la agresión intraespecífica (dentro de la misma especie) es bien posible considerando la libertad aplicada a esta a interpretación novedosa del Génesis que se deriva del citado punto del Catecismo. A la luz de estas nuevas enseñanzas de la Iglesia nos permiten escapar a esa interpretación tradicional, cargada de absurdo en contra de las leyes naturales, que niega leyes que al ser Leyes de Dios mismo, no tenían por qué ser opuestas a la Palabra de Dios.

Para facilitar a algunos el digerir estas últimas ideas (tan contrarias a lo que hemos escuchado muchos católicos con frecuencia e insistencia), los invito a comparar al primer Adán, con el segundo. El primer hombre, simio, se vuelve hombre por recibir una identidad imperfecta de Dios. No es Dios pero tiene imagen y semejanza, le participa Dios de sus cualidades pero no de todas. Cristo nace de los “simios hombres” -cuerpo y alma- (se llama a Sí mismo el “hijo del hombre”) pero también tiene Divinidad, que lo vincula con Dios por identidad perfecta (es Dios)
Si Cristo se dice “Hijo del hombre” y sabemos que en su origen hay genética humana, ¿por qué negar esta posibilidad a Adán con respecto a los corporalmente parecidos simios sin alma? Es decir, si afirmamos que Cristo es hombre y Dios verdadero, hijo de hombre (se dice Él), hijo de mujer (afirmamos categóricamente), con abuelos, tíos y primos (como los tenía Jesús), que no son divinos como lo es Él. ¿Por qué insistir en que el origen de Adán es ajeno al reino animal? ¿Porqué negar que tenga padres y tíos? La similitud de Adán con los simios que lo engendraron es mucho mayor de la que ahora hay entre los simios y los hombres, pues median miles de generaciones de selección natural y por eso se ven un poco distintos. Para los biólogos entrenados en anatomía comparada, son casi iguales.

Me parece que es importante descender a más detalle en cuanto a la acción mala de Adán. Su oposición a Dios, su pecado, creo que fue no sólo aceptar que él tenia potestad sobre los otros animales, como Dios y su naturaleza le indicaban, pero no aceptar su limitación que este mandato le impone -como deducción lógica- sobre los de su propia especie (que él conocía como a sus parientes –tíos, primos y hermanos- y a la población de morfología -forma- idéntica a él, aunque sin alma) es en buena medida lo que está pasando actualmente con infinidad de seres humanos que se creen con la potestad de matar o esclavizar a otros seres humanos, entre otras cosas, porque han aceptado que el hombre no es más que una especie del Reino animal, error en ciencias biológicas y doblemente error en doctrina cristiana. Este matar o esclavizar de mil maneras al hermano es pecado que clama al cielo y justifica plenamente la expulsión que sufren los primeros padres, si ese fuese el caso.

He aquí la prueba de Escrituras, que se encuentra no en el Génesis o Protoevangelio (como podría suponerse), sino en los cuatro Evangelios.

El deshacedor de los actos reprobados de Adán, el segundo Adán, (poniendo todo en este novedoso contexto), hace lo contrario que el primero. Cristo glorifica al Padre, Adán le ofende con el pecado. Cristo redime a la humanidad con Su sacrificio, siendo que Adán primero la contagia con su pecado. Cristo da la vida por los de su genética (que no tienen divinidad como él) y da su cuerpo y sangre como alimento a los “hermanos-sin-divinidad” en este acto supremo de Redención que es la Eucaristía y la Cruz. ¿Será que Adán peca haciendo justo lo contrario que Cristo al redimir, que quita la vida a los que son sus similares, “hermanos sin alma” y luego come su carne y bebe su sangre? Visto así, las obras de Cristo adquieren una coherencia más que humana, pienso.

Elegir entre estas dos formas de correlacionarse con la creación, empieza a diferenciar a los aptos para sobrevivir por su capacidad de hacer agregados humanos, familias, tribus, ciudades, pueblos y luego naciones, de los que sólo tienen que esperar el momento adecuado para matar y comer o abusar del vecino. Imagínese el lector lo que pasaría si cada una de las células de su cuerpo comenzara a comerse a su vecina. ¿Cuánto duraría su salud y su vida? ¿No es esto precisamente el cáncer? Luego, esas células matonas, tal vez caníbales, sólo pueden vivir en aislamiento. Proponer agregados importantes sería provocar la muerte de la mayoría y terminaría el intento en la supervivencia de unas cuantas células aisladas.

Dios Padre se manifiesta como creador y conservador de la vida humana, pues la orden de “creced y multiplicaos” (orden dada por Dios al hombre según el Génesis) y el acto mismo de hacer a los primeros hombres después de una acción de millones de años para preparar el jardín que para alimento les dará, se debe de entender como algo proveniente de Dios Padre amoroso, mas no así de Adán, quien no cumplió con las condiciones de una convivencia humana sostenida por él. Con el pecado rompió la cadena de Paternidad-filiación y la imagen y semejanza se deterioró como cuando se busca en un espejo que se rompió en mil pedazos. Infectó Satán la herencia divina con genes atrofiadores (entiéndase como lenguaje simbólico, ni Satán ni Dios Padre tienen genes o cromosomas, por ser espirituales), que se introducen y mezclan con los cromosomas originales del Padre para dar una descendencia atrofiada, con malformaciones congénitas, con deformaciones monstruosas, aberrantes. Nos regresa al principio:

Si un ser vivo no refleja en sí la imagen de su padre, es aberración. No prosperará la cadena de vida. Sale de un curso mil veces probado y salta a la ruleta del azar.

La imagen paterna torcida de Adán no se borra fácilmente, pues vemos como Caín (concebido después del pecado y la expulsión), agrede a su hermano, haciendo honor a su influencia atrofiada de Satán, o sea el pecado. Muere Abel, cuyos actos sincronizados con la ley del creador agradaban a Dios, a manos del que no manifestaba la semejanza con el Padre amoroso. Comienza la humanidad un viaje largo, largo. y que requiere de estrecha acción del Padre para ser corregido, tal que un nacido con graves deformaciones congénitas requiere de largo tratamiento y constante cirugía.

Las enseñanzas de la Iglesia nos marcan la existencia de un “pecado original” transmitido a todos los hombres por los actos contra la ley de Dios cometidos por nuestros primeros ancestros. Al ver como hemos actuado los hombres contra de los hombres mismos, como hemos sido caníbales y parásitos de nuestros hermanos, no se dificulta aceptar y transmitir estas enseñanzas de la Iglesia.

Los biólogos también aceptan esta proposición del reflejo. El cúmulo de adaptaciones para la vida es tan intenso y necesario, afirman, que una falla seria de copiado, de falta de semejanza con el o los que engendran, conduce normalmente a la muerte del hijo o a una vida llena de limitaciones. Por eso la mutación genética rara vez produce cambios favorables a la supervivencia plena del organismo que la sufre o su descendencia.

Los instrumentos de copiado son básicos para que se sostenga la cadena de vida. Protegen el proceso de reflejo, el fenómeno de espejo, la consecución de la semejanza, la paternidad, la filiación, la fraternidad.

En la plataforma donde lo que hay que copiar ya no tiene que ver con la forma, con las estructuras corporales, los modos de copiado son distintos, porque ya depende del aprendizaje del ya nacido, ya no importa la duplicación genética, sino en buena medida de lo que pudiera llamarse “el efecto fogata.”

La imagen de los primeros hombres resguardándose en cuevas, calentándose junto a un fuego que produce humo para espantar moscos y murciélagos, con los chiquillos recibiendo comida e instrucción, aparentemente no se parece en nada a la cadena espiral en cromosomas que produce el copiado en los organismos primitivos de los Reinos Animal y Vegetal. Sin embargo esta convivencia en la que hombres y mujeres, niños y tal vez animales en simbiosis como el perro, compartían largas horas de pláticas, producen una forma de traslape “extragenético” que se arraiga profundamente en el consciente y subconsciente de la generación receptora.

También la enseñanza durante la cacería, en la siembra, en la guerra, en la crianza de los hijos y los animales, en las técnicas de curtido, tejido, alfarería etc, fueron imprescindibles.

Llama la atención el que no exista grupo humano que no tenga su danza, su canto, su tradición estética en ropas y arquitectura. Esta marca es tan poderosa que innumerables grupos tribales han convivido en la misma zona, a pocas horas de caminata entre ellos durante milenios y no se han fusionado. Guardan celosamente su independencia tribal en torno a innumerables ritos con los que identifican su huella, su “copia”, su impronta específica.

Tal que las danzas nupciales de distintas aves, fenómeno bien conocido e interpretado como que la danza permite que se identifiquen los miembros de la especie (el llamado comportamiento especie-específico, o específico de una especie), estas danzas tribales y otros símbolos de identificación parecen dominar de tal manera el más profundo subconsciente de los miembros de esas tribus, que no conocen a los miembros de las otras tribus como sujetos para unirse en procreación. Se tratan mutuamente como miembros de otra especie y se hacen la guerra frecuentemente en forma brutal.
En el grupo de avanzada, el Reino homínido, el contacto entre los miembros de la familia o la tribu, ejerce el efecto que la copia de los elementos químicos del cromosoma hace en los organismos inferiores, especialmente las plantas, pues en los animales superiores ya la memoria permite el aprendizaje. En el homínido, la memoria -muy acentuada por las capacidades de este grupo –permite capacidades como el lenguaje, la estética, la ética, la lógica, hacen que el copiado por el efecto fogata sea un proceso de multiplicación determinante.

Partiremos de este punto en dos direcciones opuestas.

La primera tratará de explicar como ciertos fenómenos modernos cancelan en gran medida la diversidad que se puede obtener de la acción del efecto “fogata”, de cómo los padres, victoriosos sobrevivientes de la generación anterior, cargados de herramientas que han sido útiles durante centenas de generaciones (como el lenguaje, la danza, la ropa, el proceso de producción de su habitación, de alimento, de limpieza, etc), son borradas en alguna medida.
La segunda será más profunda, pues enfrentaremos a la Paternidad de Dios Padre con Su obra, en donde las proposiciones:

“Si un ser vivo no refleja en sí la imagen de su padre, es aberración. No prosperará la cadena de vida. Sale de un curso mil veces probado y salta a la ruleta del azar”.

“Los instrumentos de copiado son básicos para que se sostenga la cadena de vida. Protegen el proceso de reflejo, el fenómeno de espejo, la consecución de la semejanza, la paternidad, la filiación, la fraternidad”

Los procesos de copiado humano, el que usa cromosomas y el extragenético, que usa del contacto del hijo con la comunidad adulta de su especie, directa o indirectamente a través de medios de comunicación como los libros. Ambos son bien parecidos en sus efectos, tienen un valor sin límites temporales y se le pueden atribuir tanto al Padre Creador, Causa sin causa, como a la creatura que es progenitora, padre o madre, eslabón de cadena causada.

Hay también en ellas enfermedades de esterilidad. En el primer caso, son bien conocidas por la ciencia médica. En el segundo, no tanto. Una fácil de apreciar, la televisión, que dándole mal uso puede ser un obstáculo formidable para que el engendrado obtenga la filiación necesaria es sin duda un desafío a la paternidad, pues tanta influencia de este medio de comunicación como la que hoy conocemos puede dañar palpablemente este conjunto de “aspectos” que deben de copiarse o trasmitirse por el efecto fogata. No tengo duda de que hoy por hoy esta es la mayor afrenta a la diversidad biológica existente.
Esta herramienta, como el arma de Caín, usada contra el hermano, haciéndolo ajeno a los valores trascendentes y a los hábitos positivos, convirtiéndolo en consumidor insaciable, actor irracional, títere de la manipulación de quien maneja como arma lacerante la ley de la oferta y la demanda y la sutil ciencia de penetrar el sub-consciente, estimulando al humano a consumir alimentos chatarra, comportamientos chatarra, estímulos primitivos y nocivos como la violencia y el hedonismo irrefrenable, es instrumento de aberración, no ayuda a la cadena vital, no es cultura de vida, es “cultura de muerte” como afirma constantemente Juan Pablo II. Es contrario a la buena ecología, que es ciencia de vida, pero de vida del organismo que la esgrime, en este caso, el hombre.
Conforme la sociedad de la edad media fue reconociendo el daño que se provoca por beber aguas de albañal, por la acción de organismos que convierten la impronta del hombre en masa de amibas o de bacterias entéricas patógenas, esta se adaptó para sobrevivir.

Conforme la sociedad actual vaya descubriendo el daño que provoca el recibir imágenes sobre-estimulantes, destructoras de los elementos de evolución civilizadora, como el respeto de la vida, el pudor, la diligencia, contrarias a las horas de estudio y preparación en contexto diario o en contexto de posponer la procreación para capacitar al individuo a enfrentar las necesidades de la familia, nuestra actitud hacia el medio ambiente irá adaptándose para sobrevivir. En esta etapa estamos ahora.

Hay que ver que la televisión resta más tiempo y tal vez capacidad de vida al adolescente actual que las diarreas continuas al adolescente de la edad media. Muchas virtudes que definitivamente no se dan o se copian con la televisión, como la libido excitada por estímulos tal que la pornografía (además de la inducida frecuente disminución de la lucha por la trascendencia) puede convertir al hombre en masa de apetitos: de coca-cola y papas fritas, búsqueda de placer como el sexo, riqueza fácil, confort y violencia, engendramiento precipitado, poco estudio y poca competitividad. Estos son los perdedores.

¿A qué grado equivale esta influencia de los medios contra los humanos a la agresión que otras especies animales, como las fieras, efectuaban contra el hombre en la estepa africana veinte mil años atrás, o los ataques de bacterias, en las ciudades albañal de Europa, como en la Londres medieval, la ciudad de las pestes?
Equivale totalmente. Afirmo sin dudar que:

Una vez resuelta la competencia extraespecífica, (competencia de otras especies en contra del hombre), la lucha por la supervivencia se convierte en esencialmente intraespecífica, es decir, del hombre contra el hombre, que es el caso actual en gran medida.

Sólo ha quedado un punto por aclarar para que quede este ensayo completo. Este es la forma como se entiende la afirmación de que Dios da al hombre “Imagen y Semejanza”, y cuestionar si no hizo lo mismo con todas las creaturas. ¿Será posible que el Padre, el principio trinitario, quien en la intimidad engendra al Hijo con la semejanza absoluta que requiere la paternidad y filiación total de ese “reverberar” de Dios en su absoluto infinito atemporal, no lo sea en algunos aspectos? Es decir, ¿la relación entre el Padre y el Hijo en el interior de la Trinidad, (también llamada Trinidad AD-Intra), se asemeja a la relación entre la Trinidad Ad-Intra y la creación (Pues Dios Padre es también Padre de la creación), y a la que llamamos también la Trinidad Ad-Extra?

En otras palabras ¿Qué tan Padre es Dios Padre? ¿Será tanta la influencia del Padre en las otras dos Personas Trinitarias que de Él provienen desde la eternidad, que haga que la Trinidad Ad-Intra (Dios) actúe sobre la creación de la misma manera como el Padre ejerce su acción de Principio Trinitario con respecto a las otras dos Personas de Dios?

La respuesta me sale del pecho con toda convicción. ¡El Padre no puede ser Padre relativo, sino que es Padre absoluto de todo lo Ad-Intra o Ad-Extra!, es simultáneamente principio trinitario y creador de todo lo temporal. Y entonces afirmo que todo, hasta la vulgar piedra, átomo y fotón reciben esta “semejanza” No cabe la posibilidad del Principio Trinitario sea Padre a medias, a veces, con estas o aquellas limitaciones. No cabe la posibilidad de que el Padre o Dios haya creado sin el principio de bondad que es Él, sin amor, sin entendimiento.

Esto plantea nuevas interrogaciones. ¿Toda creatura tiene en sí la imagen de Dios y por ello tiene vida, progresa a la gloria, rebosa en Entendimiento y Caridad? Es claro que no, pero entonces ¿cómo explicamos esa diversidad ante la imagen del Padre que podemos ver en nuestro entorno?. Ya San Francisco apuntaba certeramente a reconocer al Padre en toda creatura y dice “Hermano sol, hermana agua, hermano lobo...”, frases monumentales sin duda y con las que comulgan la línea de pensamiento de este escrito. ¿En donde está la línea divisoria entre el vivo y el inerte, entre la imagen del hombre y del simio, entre la semejanza del bautizado y del santo, entre el vivo y el muerto?

Se me ocurre clasificar a la creación en ocho grupos de creaturas que han recibido efecto escalonado de la paternidad, reciben imagen y/o semejanza del Padre en modo ascendente, hasta llegar a la perfecta semejanza temporal (en oposición a la atemporalidad de Dios, la cual no se da en la creatura) Toda parte creada lo es en el tiempo, hasta que llegan a la cúspide de la creación, es decir, el cielo.

Primer nivel de participación de Dios, quien se define a sí mismo como “Soy el que Es”, la participación del Ser. En este nivel se reconocen creaturas como las partículas sub-atómicas, las radiantes como el fotón, los agregados de partículas como la materia, las piedras, las galaxias, etc.
En este nivel operan las leyes que conocemos de la física, pero que son leyes divinas con las que Dios ordena a Su creación. La gravedad, el magnetismo, las llamadas fuerzas nucleares como la fuerza fuerte y la fuerza electromagnética, la ley de la expansión radiante de la luz, las leyes de la termodinámica, de la fisicoquímica, etc.

El segundo tiene la participación de Dios, la fecundidad que el Padre tiene con respecto al Hijo que engendra. En este nivel se reconocen las creaturas como los vegetales y los animales, que pueden engendrar. Ninguna de estas creaturas nació sin recibir de una parte viva su estructura y comportamientos, todas son eslabones en potencia de la cadena de la vida que nace del Padre que la participa a sus creaturas.
En este nivel operan las leyes de Dios que regulan la vida, como las de la genética y la de la selección natural.

El tercer nivel tiene la participación del Principio Espiritual de Dios, que permite la actuación del entendimiento y la libertad, principio que llamamos el alma, capaz de recibir la gracia y la Sabiduría de Dios. En este nivel el ser es de cuerpo y alma, con imagen y semejanza, el hombre inteligente y libre.

En este nivel opera la ley de la conciencia.

En el cuarto nivel Dios nos participa de Su elevada ciencia mediante la Revelación. Los que reciben este regalo de semejanza paterna, esta herencia, empiezan a llevar vidas diferentes, iluminados por la Luz de Dios manifestada por la palabra. Son los judíos quienes reciben de Abraham, la familia que de ese Patriarca procede, las tribus y luego la Nación, quien tiene por característica la obediencia a Dios y la celosa custodia de la Palabra recibida como magnífica herencia del Padre Creador. Esta es la Ley Revelada y luego Escrita, de donde emanan mandatos como los diez mandamientos. En este nivel sólo nos referimos al Antiguo Testamento, al pueblo judío, pues si bien recibía la gracia por los sacramentos del Antiguo Testamento y el bautismo de deseo, aún no había Cristo abierto la Iglesia por Su presencia inmaculada, ni había llegado la prometida mujer cuya descendencia “pisará la cabeza del maldito”.

En el quinto escalón a la perfección de la creatura, en función de su semejanza a Dios Padre, Dios nos reintegra la semejanza al Ser Inmaculado de Dios, perdida por Adán con el pecado, nos participa de “Su limpieza total de pecado” con el bautismo trinitario instituido por Cristo, dando con él cimiento a la Iglesia apostólica, recibir la gracia bautismal y con ella semejanza a la naturaleza divina. Esto último difícil de entender para los que no han vivido los Sacramentos y por lo tanto desconocen el camino de la Redención. Los cristianos gozan de esta herencia en menor o mayor medida. Esta gracia santificante nos permite actuar en ciertos aspectos como Dios, pues podemos amar con el Amor de Dios, lo que define a la Caridad.
La ley de la caridad (“mi mandamiento es que os améis los unos a los otros como yo os he amado”, manda Cristo a sus apóstoles en jn 15,12 ) produce el efecto característico de este nivel. Pueden ya amar con el Amor de Dios. Esta ley nos obliga con el prójimo en mayor medida que la justicia, pues lo vemos ya como un verdadero hermano, hijo amado de Dios nuestro Padre.

El sexto nivel corresponde al de la Santidad en el que “Dios nos Participa de su Ser tres veces santo”, permitiendo a aquel que está en gran cercanía con Dios por su constante oración, sacrificio y frecuente acercamiento a los Sacramentos, reciba la ley de los Dones del Espíritu Santo. También llamada Inhabitación trinitaria en función de las palabras de Cristo que así lo mandan. Si bien es cierto que esta inhabitación se da desde el bautizo y se refuerza con la confirmación, también es cierto que la acción vigorosa de los dones del Espíritu Santo no se da en un recién nacido bautizado, sino en una persona con intensa vida de oración, sacramento y sacrificio. Sin duda los apóstoles tenían buena dosis de Espíritu Santo en la última cena y sin embargo recibieron mucha más en Pentecostés. Luego este sexto nivel existe en la creación marcadamente.

Los llamados “Dones del Espíritu Santo” modifican el hacer y el querer de los que los reciben. Son una ley que se alcanza en la santidad y que viven comúnmente los santos bien tipificados. Por ejemplo, dan su facultad de producir descendencia genética, para que con su vida engendre Dios, predicando, bautizando, etc...

El séptimo nivel es la participación del Sacrificio, del dolor sentido por Dios por nuestros pecados. Esto es difícil de entender, pero es claro que este nivel de perfección no era necesario antes del pecado original. Ese pecado marca con el dolor por el hijo perdido, por la ofensa en contra de la majestad del Principio Trinitario, quien inmediatamente manifiesta a la creatura su modo de operar, y ante el dolor de la creación torcida, del hijo que ha tomado paternidad de otro ser que no es Él, que recibe genética de Satán (En sentido figurado), que tuerce el camino hacia una forma ajena del omnipotente en mal uso de la libertad, el Padre diseña la cirugía que repondrá al hijo y que puede darse en vida, con los Sacramentos que se derivan del Sacrificio de la Redención, o en muerte, con una pena que será puesta al alma en el purgatorio. El Sacrificio en vida, para que sea útil, debe de ser en el contexto de la obra creada por Cristo ex-profeso, que es la Iglesia, y ese sacrificio es conjugado con el Sacrificio de Cristo, con lo que adquiere suficiente dignidad para tener acción trascendente.
La ley de los Sacramentos que perdonan los pecados, el Sacrificio de Cristo y su repetición, la Santa Misa, las indulgencias y el purgatorio y la corredención con Cristo del que en santidad ofrece su vida en sacrificio.

El octavo y último nivel es la Participación de la Gloria, que se obtiene como premio del caminar evolucionando siempre en busca de la trascendencia de Dios y Su Gloria, siguiendo los pasos de los Patriarcas, cuando ellos eran la señal divina, luego de los profetas y las Escrituras y luego del Evangelio y la consecuencia, que es la enseñanza o Magisterio de la Iglesia.

La ley de la inmutabilidad, la ley del gozo de Dios, de la visión divina, eterna, premio a sus hijos más amados, los que escalaron tras de los enviados de Dios hasta la cima de la perfección de la creatura, que es lograr estas ocho semejanzas, obtener estas ocho participaciones en la escala evolutiva que parte de la partícula sub-atómica y se ordena con las leyes de Dios, comenzando el hombre su ascenso en la libertad, y siguiendo el camino trazado por el Plan Providencial, hasta convertirse en célula del Cuerpo Místico de Cristo.

Sólo para aclarar una posible duda, de si es necesario que una creatura camine una a una todas las instancias del acercarse a la Gloria. La respuesta es no. Lo demuestra Cristo llevando al ladrón arrepentido desde una baja escala humana, hasta la Gloria.
Con esto concluimos que la verdadera ecología no sólo debe de estudiar a los organismos vivos en su armonía, sino que debe ampliar sus horizontes y se ubica entre el Padre creador y la creatura, se ubica entre el hombre y lo que le es dado por herencia, para que él cumpla su misión de ordenarlo a la huella de sí, al tiempo que se ordena él a la huella del Padre. Esta es la primera ley dada por Dios en la Escritura y dice así:

Tomó pues Dios al hombre y lo llevó al jardín del Edén para que lo labrara y lo cuidase. (Gen.2, 15)

Entiendo con esto que la creación es nuestro jardín y el llevar esta obra a los hombres usando las leyes de Dios que norman este jardín: usar energía y materia, vegetales y animales, es lo que desea el dueño del lugar. Usar Escrituras y Sacramentos, trabajo y ciencia, sacrificio y presencia de Dios, que hará que, con ayuda del Espíritu Santo veamos a la creación como lo que es y nunca ha dejado de ser: el Edén, pues Dios no destruyó el paraíso, sino que lo guardó del hombre pecador. El lugar amable donde el trabajo se transforma en gozo, el dolor en sacrificio condigno, ahí está. Hay que buscarlo desterrando el pecado de nuestra vida y nuestra sociedad.

Debemos de hacer que los abundantísimos hijos de Dios, prometidos a la humanidad por conducto de Abraham, tengan modo de subsistencia. No cabe duda, el hombre puede ser imponente ladrillo de construcción o masa amorfa incapaz de construir.

No cabe duda. El hombre puede ser el mayor constructor o destructor del jardín según aproveche las leyes que le son dadas por Dios, según ascienda a la perfección usando la maravillosa arquitectura de la creación o descienda usando el amor a sí mismo y contra el Amor de Dios, que es la creación ordenada a Su Semejanza.

Es el hombre, la mancha del pecado, lo que ha torcido hasta esta visión antropomorfa de nuestro entorno. Por ello serán las cosas como Dios previno a Adán: “será maldita la tierra por tu causa. Con doloroso trabajo te alimentarás de ella todos los días de tu vida...” (Gen 3,17)
Con el bautizo, la frecuente confesión, la inhabitación trinitaria y la Eucaristía, es modo de alejar esa imagen torcida por la presencia de Satán en el hombre y lograr ver la mano inmensamente amable de nuestro Padre en cada rincón de la creación, tomarla como quien toma una pelota en un divertido torneo deportivo y lanzarla al viento para así acercar nuestra posición al objetivo final, al hoyo 18 dirán los golfistas, a la canasta los basquetbolistas, a la gloria de Dios dirán los que dediquen su vida a la labor de jugar con las capacidades del Edén, dando a la creación la importancia que merece, estudiándola y trabajándola según Dios ordena se haga.

Se puede concluir usando a la inversa la maldición que Dios aplica al pecador en la Escritura, si conocemos la Obra de Dios como una gran bendición. Cuidando el jardín dirán los santos: “entonces será bendita la tierra por tu causa, con gozoso trabajo alimentarás a la legión de los hijos de Dios todas las generaciones”.




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