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Labrar y cuidar

Tomó Yahvé Dios al Hombre y lo puso en el jardín del Edén para que lo labrara y lo cuidara. (Gen 2,15)

Cuesta trabajo imaginar a nuestros primeros padres labrando y cuidando el jardín del Edén, regalo de Dios a los hombres para su manutención. En los artistas de antaño, el pintar vistosos óleos en donde se ve claramente que ambos Adán y Eva se dedican al Dolce far niente, al dulce ocio, descansar plácidamente en poses dignas del mejor estudio de modelos actual, nos sugiere que el párrafo con que se titula este capítulo fue mas bien ignorado desde los tiempos antiguos.

Algunas de estas pinturas, más alejada de la realidad, pintan a los leones y tigres, junto con venados y corderos, conviviendo en gran camaradería, llevando la voz segunda en este Dolce far niente y en el que el hombre desobedece a Dios, ensalzado el acto por el artista, intérprete no de Dios y Su concepto del hombre en la creación, sino paréceme que de sí mismo y su tendencia al confort, a la búsqueda de un paraíso de descanso y distracción.
Antropomorfo, del griego Antropos –hombre- y morphos –forma- quiere decir que se está adoptando alguna forma de humano, y en el caso que nos ocupa no parece necesario recalcar que el pintor actuó indebidamente al plasmar en el lienzo a un hombre feliz en el Paraíso, dedicado a lo que Dios mismo no le indica. El antropomorfismo aquí es del pintor, quien se imagina el paraíso como un lugar de ocio y bienestar.
¿Labrar y cuidar? Dos palabras que navegan lejos de la pintura del artista y lejos también de la mente de muchos cristianos que buscan afanosamente el confort y no el labrar, el ocio y no el cuidar. El propósito de Dios al hacer la creación y manifestarla como paraíso definitivamente no era el hacer leones sin hambre, tigres vegetarianos, juntar animales que por naturaleza están en diversos entornos geográficos, que comen los unos a los otros y que no son demasiado amables con el hombre. La forma que Dios dio a su obra difiere en mucho de la imaginaria creación antropomórfica, que sólo existe en nuestra mente ignorante y torcida por la búsqueda de modos que no se compaginan con el del Creador.

El universo Teomorfo (del griego Teos-Dios), repugna a muchos que no conciben la realidad profunda que está orquestada con el resto de la creación y que actúa con increíble coherencia, entretejido el abultado conjunto de leyes que dejan escuchar sus compases en la sinfonía del Creador. En este libro trataremos de hacer una pobre semblanza de esa sinfonía magnífica, extensa y llena de diversidad que el Creador escribió, pues sólo tocaremos “ciertos acordes” en “algunos instrumentos” -por nuestra ciencia muy limitada- y trataremos de mantenernos dentro de leyes que aplican a nuestro propósito de dar luz en cuanto a la ecología de horizonte amplio, de perfil cristiano.

Haremos lo posible para lograr una coherencia teomorfa, tratando con toda nuestra fuerza de alejarnos del modelo “humano” de valuación y análisis. Ya que reconocemos a Dios como Creador y Arquitecto de la enorme obra temporal, y reconocemos que ningún hombre creó el cosmos y con más razón afirmamos que no se hizo sólo, se comprenderá que despreciemos al antropomorfismo como una figura ridícula, pretenciosa, vanidosa, falsa, y para efectos de crear las galaxias, igual que nada. Si un hombre limitadísimo no pudo haber creado las galaxias, mucho menos “nada”, absoluta y totalmente limitada por su inexistencia, pudo ser la creadora. Luego, necesa-riamente fue creado por un existente atemporal y omnipotente. De aquellos que en nada cimientan sus juicios, o pretenden hacer girar las leyes de la creación sobre el quicio de sus apetitos, sólo pueden considerarse entes primitivos en su capacidad de razonar, primarios en su evolución, con tendencia a decir o proponer tesis insostenibles, ciegos, guiados por ciegos, y que a veces resultan ser guías de una hilera de cegatones más.

El pintor que traiciona la voluntad de Dios para plasmar una creación “a la imagen y semejanza de los deseos del pintor”, a la altura de sus expectativas, mostrando la inclinación profundamente arraigada en su subconsciente de imprimir en su obra la negación de la voluntad de Dios, el “¡non serviam!” acuñado en un “¡no labraré y no cuidaré el jardín según lo manda el Plan Providencial!”, semejanza satánica (Satán dice a Dios ¡non serviam!) discretamente oculta entre bellas figuras humanas, animales multicolores y multiformes, floridos y frondosos vegetales, y este que así pinta no es más que uno entre miles que en el diario laborar hacemos lo mismo, desde el artista hasta el científico, desde el comerciante hasta el teólogo.

No dudo que aquél artista, o estudioso de la Escritura que imagina o enseña tal espectáculo de contradicción a Dios y a sus leyes, piensa que efectivamente glorifica a Dios con su arte o ciencia, cuando realmente pervierte el orden de lo creado y la voluntad del Creador. Más ignorancia que maldad, pero aun así provoca daño el enseñar lo contrario de lo que Dios manda. Pronto veremos el efecto que esto produce en numerosas instancias de la ecología actual.

El “hombre en busca de confort” u “hombre adorador del ocio” será un personaje habitual de este escrito. Aparecerá en cada capítulo, casi en cada hoja del libro, mostrando como su torcida concepción del cosmos hace que la “ciencia”, en este caso la “ciencia ecológica” que a menudo se pretende presentar como radicalmente científico, procede en buena medida del antropomorfismo, respondien-do al afán de ocio, a la búsqueda de placer, al miedo a lo desconocido, al romanticismo idealizado, a la manipulación comercial, política, eco-nómica, ¡académica!, a la mitificación de la verdad, al drama, al espectáculo, a la perversión de los fines de la creación y al multicitado confort, dios indiscutible del Olimpo del siglo en que navegamos. Todo esto desafina al “instrumento ecología” que debe de estar orquestado con el resto de la creación. El antropomorfismo prevaleciente hace que suene el conjunto como cacofonía cósmica.

Algunos sugieren “¡Callen otras leyes de Dios para que este instrumento no suene desafinado!”. La verdad es que lógico es afinar el instrumento con la orquesta, con el coro de las leyes que ordenan la creación hacia el Creador. El grito de “¡No labraré y no cuidaré del jardín!” que escuchamos venir de distintas direcciones, se explica, pues el cumplir con el mandato requiere esfuerzo, implica sacrificio, nos impone limitaciones, conlleva pobreza, o requiere renuncia. Si nos exigen sacrificio, la tendencia de nuestros apetitos nos arranca un “Non Serviam” del fondo del alma. Deseamos el confort y el ocio. Y si para ello hay que matar o lisiar al vecino, decimos -“Sí al aborto, sí a la guerra, sí a la esclavitud y sí a las diversas formas de canibalismo”- y luego buscamos culpables. Hemos encontrado fácil apuntar –entre otros- a la mala ecología como justificación de muchos de nuestros actos contrarios a la creación, pero bien concatenados con nuestros apetitos.

Para conducir este escrito con cierto orden, usaré lo que llamaré principios vitales, proposiciones que una vez demostrada su veracidad y el acierto de la dirección y de contexto, servirán para analizar casos diversos, tal como los teoremas sirven a los matemáticos. El primer principio vital que pienso presentar dice así:

1. “El sostenimiento de la vida exige sacrificio. Sin sacrificio no se propaga la vida ni en el espacio ni en tiempo. Muere la huella genética, se pierde en la nada el orden pervertido que no desea sacrificarse por su entorno vital”.

Para los biólogos esta afirmación se deriva sin esfuerzo de aplicar el principio universalmente aceptado de la supervivencia del más apto, del más fuerte, del más integrado a su medio. Sin embargo nos dirán que no es lo mismo, pues no basta el sacrificio, sino que este dirige las características de forma y funcionamiento de otros aspectos de la vida como la fisiología, la armonía entre las células, tejidos, órganos, sistemas, la armonía con el entorno, etc. Además, el término “sacrificio” debe de entenderse de distinta manera cuando la acción proviene de un ser limitado al actuar irracional, al instinto, y otro es cuando la libertad humana permite que el sacrificio alcance modos mucho más sofisticados y válidos en el contexto de la evolución. En el curso de este escrito se matizarán las diferencias no sólo entre humanos y no humanos, sino también dentro de la diversidad humana.
Me como una nuez. Reparo en apreciar que el nogal tiene tras de sí miles de millones de años de perfeccionamiento, de búsqueda de una mejor forma de propagar su especie, de dejar su impronta según la primera ley de la vida, que es la de la paternidad, la de engendrar y a veces de cuidar del hijo. El nogal ha sido exitoso, pero no sin el “sacrificio” de “regalar” a las ardillas y a los hombres una elevada dosis de su fruto, sin lo cual esa forma estaría dentro de los millones de linajes que no llegaron a vincular pasado con presente, que no fueron eslabón vital sino fin de cadena temporal. Requisito indispensable de la vida sostenida es recoger forma y comportamiento del pasado y proyectarlos con fuerza hacia el futuro. El pelo del oso polar es proteína insoluble y es necesario consumir alimento rico en proteína para poder sintetizar el pelo. De no recibir rica leche materna, si la madre no hace ese “sacrificio”, el osezno polar vivirá un único invierno y no dejará huella en la creación. El sacrificio de empollar los huevos durante semanas y meses, de alimentar a la “cría”, de alimentar por vasos donde fluye la sabia en plantas que se reproducen en forma vegetativa como le bambú y el plátano, el sacrificio de dar azúcar y proteína por conducto de la albúmina en animales ovíparos, de la placenta en marsupiales y mamíferos, la comida llevada al nido, o al cubil, son muestras de lo que nos referimos por “sacrificio” en su acepción más sencilla.

Los ejemplos mencionados, en seres sin libertad, obedecen al mandato de su instinto y actúan conforme al programa impreso en sus cromosomas mediante la selección natural, sin percatarse de ello, sin sentir en especial un actuar doloroso o agotador, aunque si ello fuese necesario, actuarían en forma aparentemente heroica defendiendo a sus crías en un actuar doloroso y agotador, pero instintivo.
He aquí que un nogal no invierte en la pulpa rica en alimento de la nuez, o el oso en pelo, en “aras” del “confort”. Qué cómodo le resultará a la hormiga descansar plácidamente mientras pasan las semanas... y mueren las larvas de inanición. Sin duda estos tres ejemplos de descuido y millones de otros se han dado en el curso de la evolución, y sin duda esa huella no perseveró más de una fracción del tiempo del desarrollo de la biota actual. A los comodones se los tragaron las eras geológicas sin dificultad.

Mas el nogal ni hizo esfuerzo sensible, ni consciente, ni pudo cambiar el rumbo de su fisiología, la forma de su nuez o el sabor de la pulpa. La ley de la selección se encargó de todo. Pero el hombre bien que puede hacer algunos cambios. No en su estructura física (salvo algunas intervenciones más bien quirúrgicas correctivas o estéticas) pero sí en el comportamiento, usando su libertad, o en los resultados de sus acciones, usando herramientas. La segunda proposición que deseo exponer es la siguiente:

2. “El hombre evoluciona sin requerir de un cambio físico (morfológico, fisiológico, etc.), sino modificando su herramienta”.

Esta es una aseveración revolucionaria, pues de aceptar esta afirmación, habrá que aceptar que el ser humano es mucho más complejo de lo que los “conocedores” de las ciencias biológicas afirman y predican.

Unas preguntas a estos científicos:

1. ¿Por qué, siendo la línea de evolución más dinámica en la naturaleza, la que llevó al más avanzado nivel de desarrollo al organismo Homo sapiens, ganando la carrera a millones de formas diversas para lograr una capacidad de dirigir el entorno, dejó súbitamente de avanzar, dejó súbitamente de evolucionar, o al menos así lo afirman algunos “expertos” en evolución?

2. Si es que evoluciona actualmente, ¿cómo evoluciona? ¿en función de lo que predice la ley universal de la supervivencia del más fuerte?

Si evolucionó en las últimas decenas de milenios, ¿por qué no caminó hacia la diversidad genética? A esta pregunta que he formulado más de una vez a algún doctorado en ciencias biológicas, me contestarán casi en forma unánime que debido a la dispersión, al flujo de material genético en esta especie muy inquieta y móvil, se mantuvo la tendencia a la disgregación apenas en su mínima expresión, pudiendo así mantener su unidad específica (sólo una especie) Curioso es que en grupos muy móviles y dados a la dispersión, como las aves, se hayan producido más de 5,000 especies y en el hombre sólo una. ¿Será que los peces de alta mar no son viajadores o bien será que no hay diversidad en el grupo...?

3. ¿Qué hay de la validez de la tradicional definición de especie? ¿Será una definición aceptable la que afirma que habiendo un puente genético activo –un canal de transferencia de genes- entre una población y otra, y aunque este canal consista de varios eslabones, estos organismos se deberán de considerar una sola y misma especie?

Supongamos que los tres puntos tradicionales arriba cuestionados se entienden según la actual aceptación.

Entonces ¿por qué los lobos se clasifican dentro de una especie distinta a la de los perros, si son perfectamente transportables sus cargas genéticas mediante una o varias secuencias de cruza, con o sin la intervención humana? Creo que los fondos aportados por algunas fundaciones para proteger a los lobos, o por algunos gobiernos para proteger a las especies en peligro de desaparición, son parte de la respuesta. Más de un biólogo dejaría de comer si se acepta esta obviedad, pero también hay quien dice que en la ausencia de hombres el perro no existiría, y que el lobo, en cambio, ha sobrevivido sin el auxilio humano, con ganas de culpar al hombre por las grandes diferencias (diferencias morfológicas en verdad prácticamente inexistentes) entre el lobo y el perro, que son menores que las que hay entre razas caninas.

-“En la acción del hombre estriba la diferencia, en esta acción artificial pervierte la ecología, por eso en este caso hay diversidad de especies” dicen algunos falaces.

Acepto que de pasar decenas de miles o más años sin que hubiese cruza entre estos dos grupos, entonces los cambios entre ellos podrán hacer que el intercambio de genes se volviese imposible, como por ejemplo por la modificación de hormonas de identificación, cuyo olor hace imperativo el apareamiento entre individuos de estas poblaciones (ferhormonas.) Pero mientras eso no suceda, sin hombres o con ellos, los perros y los lobos se cruzan eventualmente y hay intercambio genético entre las poblaciones. Los hombres no son factor de acción artificial y que yo sepa, jamás han sido factor artificial de estos cambios, pues el hombre es producto natural de la creación, su acción puede ser constructiva o destructiva, a favor de su huella o en contra de ella, pero jamás será artificial.
Si deseamos culpar a un grupo de cambios en la biota, podemos decir que las plantas sin flores son distintas a las plantas con flores por culpa de las abejas y otros agentes polinizadores que han “forzado” este cambio en forma artificial. ¿Será que las floradas son en buena medida inferiores por la necesidad del agente polinizador, o se acepta universalmente que esta mutua adaptación de las plantas y los animales polinizadores son prueba de avance evolutivo? De otra manera cabe la falsa creencia que la relación entre el hombre y otras especies hace de estos últimas seres “artificiales”, indeseables o inaceptables en el conjunto del equilibrio ecológico.

Hay sin embargo otra respuesta que no es grosera: El hombre cambia su entorno para que sirva mejor a su estirpe, para fortalecer su huella, sostener su vida y servir al crecimiento de su grupo. Esto es lo natural en el ser pensante, libre, obediente inteligente al mandato del Creador. Si no fuera de esta manera, no sería “sapiens”, como lo acepta el mas rabioso anti-humano de entre los ecólogos. Lo artificial –y suprema mezcla de estupidez con ignorancia- es que la mente libre desee convertir su entorno en un conjunto de medios para servir a otras especies, a modo de paternidad substituta. Es notable esta aberración del sano juicio, esta “antipaternidad” ¿Qué especie o grupo puede ir contra de sí misma y no pagar caro esta enfermedad en el reconocimiento especie-específico? Se dan casos en la diversidad, como la hormiga hecha esclava que acaba sirviendo a las esclavisadoras aun en contra de las de su especie, o el mismo perro muy identificado con el hombre, cuando protege el hato ganadero. La verdad es que en ambos ejemplos el organismo actúa irracionalmente y el hombre, al menos se supone que no.

En un momento de la prehistoria se dio la circunstancia de que el lobo tuviese contacto con el hombre. Algunos hombres y algunos lobos descubrieron las ventajas de la unión. Para el hombre, el tener un colaborador:

-Cuya gran nariz pudiese estar en constante contacto con el suelo, logrando alta eficiencia en el uso del olfato y así facilitar que el hombre pudiese evolucionar mejor en el uso de la vista logrando altura y así ver sobre los pastizales y entre los obstáculos varios, dedicando más parte del cerebro en afinar la percepción visual,
-Cuyas cuatro patas pudiesen generar una gran velocidad de carrera para la caza, permitiendo así al hombre caminar en dos extremidades, dejando manos libres para lanzar la piedra o la lanza.

-Cuyas grandes orejas y fino oído permitiesen alertar al hombre y así estar más protegido y alerta de ataques de agresores mientras se concentra en hacer herramientas y...

-Cuando la evolución humana lleva el entorno de primitivo a evolucionado, encontrando una secuencia de actividades como la de ser inicialmente cazadores, luego agricultores, ganaderos, y la industrial, el perro evoluciona desde cazador, hasta cuidador de cultivos y animales de cría (atacando y espantando a los herbívoros que penetran los campos cultivados, sobre todo de noche), pastoreando los rebaños y en perros de guardia y de compañía en la inseguridad de la agobiante sociedad avanzada, en donde la alta concentración de humanos hace que el hombre busque amigo y protector, a la vez que el lobo asociado, al que llamamos perro, busque y encuentre en esta añeja simbiosis su parte en el proceso moderno, industrial, para obtener por la asociación el alimento y entorno protector.

Ante esta visión de la buena lógica del hombre primitivo, que usa su entorno para proteger a su impronta, sus hijos, su tribu o ciudad; ante esta visión del lobo astuto, noble, aguerrido, que se beneficia del entorno para ganar espacio en la orquesta de los seres vivos formando una simbiosis con el hombre, debe darnos orgullo poder caminar con un perro, nuestro socio y compañero útil desde hace milenios. Sin el auxilio de este cuadrúpedo tal vez nos hubiese obligado la selección natural a hacernos caminar más cerca del suelo, quizá en forma similar a los chimpancés, nuestros primos hermanos, y reducir nuestra capacidad visual para permitir al cerebro más adaptación al oído fino, al olfato penetrante, al grado que tal vez no poder leer con facilidad estas páginas por una limitación cerebral de integración de la vista.

Por otra parte se observa lo contrario para con los actuales lobos. Podemos decirles; “No me ayudaste, antes bien actuaste en contra de mi huella, retaste a mi descendencia, competiste contra mí por la caza, mataste a mi socia la oveja, la gallina y el ganso, no cuidaste a mi hijo y a veces, lo agrediste” ¿Por qué había yo de inventar torcidos argumentos a fin de proteger tu existencia tan contraria a la mía? En todo caso, podremos decirle que subsista mientras pueda, usando yo mis recursos para lograr objetivos benéficos para mis hijos, entre los cuales se ha segregado el lobo.

Muchos actuales “defensores” de la “ecología” hacen todo lo contrario. La buena lógica del hombre prehistórico (gracias a ella estamos aquí nosotros) la revierten. Son muchos actuales “ecólogos” menos racionales que aquel antiguo cavernícola, director de la biota en su tiempo. Los nuevos defienden al lobo primitivo, al que no fue astuto, al que no evolucionó y que no se asoció con el hombre. No se saca beneficio a esta acción del ecólogo actual con el lobo, salvo lo que proceda de difundir las falacias de que el lobo es una especie en extinción, de que es otra especie diferente que el perro, de que su desaparición provocará un desbalance ecológico, como si no hubiese carnívoros en el bosque mas que el aullador. Y ese beneficio es obtener algunos dineros para salvar a la “especie en vías de desaparición”, especie que realmente cuanta con millones de individuos en todos los rincones del mundo y creo podrá dársele el crédito de ser una de las especies más exitosas de la creación.

El hombre también evolucionó con el fuego, la piedra, el algodón y los rumiantes aprovechadores de hierba que sirven de eslabones entre el vegetal y el hombre. Son sólo unas herramientas. Si en el hombre se hubiese modificado la función estomacal para poder digerir pastos o hubiese aprendido a digerir almidones crudos para no necesitar la cocción con el fuego, a rasgar la piel y las carnes de un venado con afiladas uñas en vez de usar lajas de piedra filosa, muchos desacertados biólogos actuales hubiesen clamado: -“¡Cuánta evolución!”- Pero como lo hizo en forma mucho más rápida, pues no tuvo que esperar millones de años para lograr el avance evolutivo por la vía morfológica, entonces hay “científicos” que opinan que no hubo tal avance evolutivo. ¡Qué monumento a la irracionalidad!

Aunque menos obvia, menos visible al microscopio de algunos biólogos que sufren de microscopiofilia (sólo registran lo que pueden ver en sus microscopios), la evolución humana parece no llenar los requisitos de la “morfología con espectáculo” que sustenta el interés de tantos ecologistas, como el famoso francés Jacques Cousteau. Sin embargo, el hombre no sólo ha seguido evolucionando, sino que a raíz del entendimiento ha descubierto una forma mucho más rápida de evolucionar: el uso de la herramienta.

Prosigue entonces contestar las tres preguntas que hice al abordar el tema:

1. ¿Por qué, siendo la línea de evolución más dinámica en la naturaleza, la que llevó al más avanzado nivel de evolución al organismo Homo sapiens, dejó súbitamente de avanzar, dejó súbitamente de evolucionar, o al menos así lo afirman algunos “expertos” en evolución?

Respuesta: Evolucionó y sigue evolucionando a velocidad vertiginosa, mediante el uso de diversidad de herramientas: la piedra, el perro, la técnica alfarera, la comunicación escrita, la doctrina económica, la ley civil, la democracia, la electrónica, etc.

2. Si efectivamente evoluciona en la actualidad, ¿Cómo lo hace, en función de lo que predice la ley universal de la supervivencia del más fuerte? Y si evolucionó recientemente ¿por qué no caminó hacia la diversidad genética? Me contestarán que debido a la dispersión, al flujo de material genético en esta especie muy inquieta y móvil, se resistió a la tendencia de la disgregación pudiendo así mantener su unidad morfológica y por lo tanto específica. Es entonces curioso que en grupos muy móviles y dados a la dispersión, como las aves, se hayan producido más de 5,000 especies y en el hombre sólo una. Repito el argumento. ¿Será que los peces de alta mar no son viajeros o bien será que no hay diversidad en el conjunto?

Respuesta: No caminó hacia la “diversidad” genética porque con la actual definición de diversidad, la evolución que se desea encontrar, la que buscan los biólogos de microscopio y de entendimiento limitado a la morfología, es desechada por el organismo inteligente, pues se vuelve muy lenta y es fácilmente desfasada por la diversidad de herramientas. Por ejemplo, en un villorio prehistórico ya existían hombres con diversas tecnologías, como la albañilería, la agricultura, la fabricación de textiles, la caza, además de elementos que los unían, como un idioma desarrollado, etc. Si este avance hubiese sido limitado a los cambios morfológicos en el hombre, produciendo diversidad de individuos que tuvieran diversidad morfológica adecuada al conjunto, como se da en ciertos organismos marinos invertebrados (sifonóforos), el proceso de selección natural hubiese requerido del orden de unos cientos de millones de años. En el hombre esto se logró en mucho menos de cien mil, con ayuda de la herramienta. No necesitó cambiar la forma de su mano o su aparato masticador.
En objetos estudiados por la física sucede algo similar. A bajas velocidades, los postulados de Newton en cuanto al movimiento de los objetos son acertados. A velocidades cercanas a la velocidad de la luz, es necesario adaptarse a otras definiciones de equilibrio físico. Eso se hizo reconociendo esta “relatividad” y Einstein pasó a la historia por este descubrimiento. Ahora hay que aceptar que a las vertiginosas velocidades a las que evoluciona el hombre, es necesario integrar la “herramienta” como continuación del hombre mismo. Si en física el comportamiento de las partículas es relativa a la cercanía de su velocidad con la de la luz, en biología sucede que sólo con la adición de herramientas cada vez mejores, el organismo humano puede competir por la subsistencia. Si el hombre va a esperar a que el azar y el tiempo le permita hacer de su mano algunas partes necesarias, como una pinza, y luego una herramienta cortante y luego una herramienta para golpear, ya puede esperar bastantes milenios. Tendrá que ver pasar su vida y apostar tal vez inútilmente a que en millones de años se cumplirá el propósito que cualquier joven con una caja de herramientas puede lograr con certeza en tres minutos.

3. ¿Qué hay de la validez de la tradicional definición de especie? ¿Será una definición aceptable la que afirma que habiendo un puente genético activo entre una población y otra, aunque este puente consista de varios eslabones, estos organismos se deberán de considerar una sola y misma especie?

Respuesta: no la tiene, aunque para fines prácticos es buena. Hay diferencias sutiles que hay que considerar, y la capacidad de homologar a los seres vivos en especies en función del eventual intercambio genético con otros de su misma “especie” es buena. Sin embargo veamos una comparación entre dos reinos distintos para ejemplificar un principio:

En el reino mineral no separamos las “especies“ por su capacidad de intercambio genético, sino por su estructura y capacidad de retener y compartir electrones. Así, el agua tiene los protones de tres átomos (dos hidrógenos y un oxígeno), unidos por los electrones compartidos, con estructura nuclear en la que se suman los tres núcleos iniciales. Resolvemos la cuestión con una solución semántica, hablando en el reino material de “elementos y compuestos”, aunque aquí opera también la ley de la selección del más “apto”. Vemos que en el planeta tierra hay abundante agua porque es un compuesto que se adaptó al entorno, en comparación de la fracción de hidrógeno solo, que se perdió en el espacio, por ligero. Parte del hidrógeno se quedó en nuestro entorno porqué hizo “simbiosis” con el oxígeno, simbiosis que es hoy llamada agua, como el lobo lo hizo con el hombre, se quedó con él y es hoy llamado simbiosis hombre-perro.

En los Reinos de vida vemos que la capacidad de unir o diferenciar a estos grupos calificados con la semántica de “especie” radica en sus respectivas composiciones genéticas, muy similares entre sí, que hace que se reconozcan y efectúen intercambio genético. Generalmente estas diferencias genéticas se pueden observar en la forma corporal de los individuos, aunque a veces sólo en el comportamiento (por ejemplo: si una población se aparea en primavera y otra en otoño, por muy parecidos que sean los individuos de ambas, no pueden ser de la misma especie, pues no puede haber flujo de material genético entre ellas.) Y aquí viene lo mejor de este asunto. Hay quien plantea que lo mismo aplica a los humanos.

Estamos negando la evolución, pues se sostiene insistentemente que los humanos ya no evolucionamos. Es una afirmación que provoca hacer un alto para discernir el que los seres humanos carecemos de la habilidad de evolucionar, a pesar de que los cambios más notables en la biota en este siglo que acaba se han dado precisamente por la acción de los humanos (somos los seres que han ordenado a sí el mayor número de nichos ecológicos.) Como ya no hay cambios morfológicos en los individuos de la población humana, y es más, la constante mezcla de diversas razas hace que la diversidad de formas sea cada vez menor, la solución aparente y aceptada por muchos biólogos es que ya la evolución en el hombre llegó a su cúspide: ya no avanza.

Creo que la respuesta adecuada es que:

En el Reino homínido las similitudes y diferencias no se relacionan por lo que se manifiesta del gen, sino del intercambio de conocimientos, tecnologías, o herramientas. En este Reino, los organismos evolucionan en función de su “sapiens” -sapiencia- y no de su genética, aunque su genética importa igual que en los reinos de vida. En el hombre sigue actuando con la acostumbrada increíble velocidad, que en ese caso es de una gran lentitud relativa.

El efecto de reconocer la novedad que propongo es enorme. Esta cualidad haría que en los libros escolares, los seres humanos se desprendieran de ser una simple especie del Reino animal, para convertirse en un Reino aparte, el Reino de los que evolucionan con los cambios efectuados por ellos mismos, conscientes de estos cambios, que llevan estas “mutaciones derivadas del intelecto” de una generación a otra no por medio de cromosomas, sino de registros que ellos mismos han inventado, tal que la comunicación verbal, o los libros, que transfieren esta pauta racional, no por medio de albúmina y otros nutrientes, sino por medio de maestros, publicaciones y conferencias; no por medio de huevos y placentas, sino de padres, parientes, escuelas y universidades.

La comunidad científica actual, confortable en sus apreciaciones, preveo que negará rotundamente esta afirmación, como lo ha hecho durante cien años, aduciendo que en función del parecido de la morfología... la fisiología... la genética... etc, colocan sin duda al hombre en el grupo de los grandes primates. Yo afirmo que es cierto, tan cierto como que el carbón, el nitrógeno, el fósforo y el oxígeno se ubican entre los elementos del Reino mineral, aunque son unidades constructivas del Reino vegetal, animal y homínido. También las células flageladas se han clasificado en el Reino animal, aunque muchas tengan clorofila como los vegetales.
Hay creencias muy cimentadas que resultan ser falsas. La idea de la tierra plana era defendida por los antiguos sabios, pero los grandes navegantes los desafiaron y ampliaron el mundo con un par de nuevos continentes y enormes océanos. Copérnico y Galileo recibieron presiones de los “sabios” para que callaran su descubrimiento del sistema planetario heliocéntrico. Por eso, cuando se trata de retar un mito bien establecido, como el mito de que el hombre no es más que una especie del Reino Animal, tengo motivos para entusiasmarme de ser uno de muchos que se han reído de creencias populares sustentadas por frágiles argumentos de antiguos pensadores más bien pasados de moda. Me río de su poca ciencia, de su visión chata y aplanada, de negar las manifestaciones del espíritu del hombre como un factor importante en su diferenciación. Muchos actuales “expertos” pretenden que esta discusión ya terminó. Se equivocan.

Los motivos que se usaron el siglo pasado para afirmar esta clasificación del Homo sapiens nada más que animal ya se superaron, precisamente por el avance de la biología, pues en aquel entonces no había ecología ni la ciencia del comportamiento, la etología. Mucho menos la apreciación del efecto “sapiens” del que hago mención.

Un as bajo la manga para sostener esta tesis es contar con la aprobación del Creador, el tener de mi parte a las Sagradas Escrituras. El Génesis aborda esta misma cuestión aclarando la gran diferencia entre vegetales, animales y hombres. Veamos algunos pasajes de la Escritura:

¨Hagamos al hombre... y domine sobre los peces del mar, las aves del cielo, sobre las bestias domésticas y sobre toda la tierra, y todo reptil que se mueve sobre la tierra¨. (Gen 1- 26)

¨Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer lo creó. ¨Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla: y dominad sobre los peces del mar y las aves del cielo, y sobre todos los animales que se mueven sobre la tierra.¨ (Gen 1. 27,28)

¨He aquí que yo os doy toda planta portadora de semilla sobre la superficie de toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto de árbol con semilla, para que os sirvan de alimento, y a todos los animales de la tierra y todas las aves del cielo y a todo lo que se mueve sobre la tierra que tiene en sí aliento de vida, les doy para alimento toda hierba verde¨. (Gen 1. 29,30)

Haciendo un acomodo de las mencionadas frases de la Escritura a modo de que se vea mejor el punto que se desea hacer más obvio, se me ocurre el siguiente arreglo:

-Reino mineral. “... sobre la tierra” “... sobre la tierra” “... superficie de toda la tierra” “... sobre la tierra”, “...del mar”.

-Reino vegetal. “He aquí que os doy toda planta portadora de semilla sobre la superficie de la tierra. Y todo árbol en que hay fruto de árbol con semilla, para que os sirvan de alimento”. “...les doy para alimento toda hierba verde”.

-Reino animal. “Y a todos los animales de la tierra y todas las aves del cielo y a todo lo que se mueve sobre la tierra que tiene en sí aliento de vida”. “Dominad sobre los peces del mar y las aves del cielo, y sobre todos los animales que se mueven sobre la tierra”. “Hagamos al hombre, y domine sobre los peces del mar, las aves del cielo, sobre las bestias domésticas y sobre toda la tierra y todas las aves del cielo y todo lo que se mueve sobre la tierra”.

-Reino homínido. “Hagamos al hombre... y domine sobre...”, “Creo Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó” “...henchid la tierra y sometedla, y dominad sobre los peces del mar y las aves del cielo...” Hablando al hombre dice la Escritura: “Os doy toda planta... todo árbol... todos los animales... todo lo que se mueve sobre la tierra... toda hierba verde”.

Subiendo desde lo más bajo de la escala del desarrollo describe el Génesis al:
Reino mineral, sobre el que se arrastran los seres vivientes. Luego, a modo semejante como se clasificaban los reinos hace unos treinta años, cuando al...
Reino vegetal aún no lo dividían en varios “Reinos” según tengan o no tengan núcleo, etc.. Luego coloca la Escritura al...

Reino de los animales abajo del hombre. Sobran los comentarios.

Encima de los animales, coloca sabiamente al Reino cuya ciencia, inteligencia y capacidad de comunicación desarrolla pronto la habilidad para comenzar el proceso de “dominar sobre los peces del mar...”, “someter la tierra”, “usar toda hierba verde, todo árbol con fruto, como alimento”, “domine sobre peces, aves, bestias domésticas, todos los animales que se mueves sobre la tierra”.

El Reino de los homínidos, de los que pueden dominar sobre las plantas y animales salvajes, de los que pueden criar las bestias domésticas, sometiéndolas a su voluntad, de los que puede llegar a las profundidades del mar y arrancar de ahí su alimento, cultivar las costas y los valles y montañas.

En pocos puntos de la ciencia actual encuentro aspectos tan contrarios a la más obvia verdad, tan negativos al avance de la ciencia, al desarrollo humano y tan contrarios a la Doctrina Cristiana y a la Escritura como este error de pretender reducir al género humano (al Reino de los que evolucionan con la inteligencia y la herramienta, de los que dominan a la tierra, a los animales y vegetales), clasificándolos como especie de un género de primates. Es una reducción hiriente.
El caso es que en muchos de los movimientos ecológicos actuales, se acusa al hombre de reducir la biodiversidad vegetal y animal porque provoca la muerte de diversas especies, más no se dignan reconocer el notable incremento de la diversidad total considerando la biodiversidad humana que se adiciona cuando el hombre llega a asentarse en un ecosistema cualquiera y hace un ecosistema sostenedor del Reino de los hombres, usando herramien-tas y tecnología acordes al ecosistema en cuestión.

El caso es que en muchos movimientos ecológicos actuales se opina que cambiar especies útiles al hombre y combatir las inútiles o dañinas es algo contrario a la buena ciencia. Nada más falso. El hombre ha fincado su civilización en hacer esto mismo cuando aprendió a sustentarse en la caza, la agricultura y la ganadería. No creo que exista una palabra en nuestro idioma que describa tanta estupidez conjugada a tanta ignorancia como la que muestran los “científicos” que han hecho de la diversidad de especies un dios y un mito, una jaula y una camisa de fuerza. En algunos países, como en Estados Unidos, han instaurado una férrea legislación para lograr este antinatural propósito. En breve se verá el daño a las poblaciones humanas.
Como persona relacionada con la vida campestre, cuando viví de cuidar negocios agropecuarios, en muchas ocasiones me ha tocado comer un corte de res viendo el panorama de praderas llenas de bovinos pastando. ¡Qué natural parece reconocer las extensiones de vegetales enraizados, tomando nutrientes minerales del suelo! Sobre ellos, los animales comiendo los pastos vegetales sin mayor preocupación, al igual que yo saboreo el exquisito corte asado de animal. Luego comparo esto con algunas tendencias de “ecólogos” modernos, que pretenden hacer legislaciones protectoras de animales. Qué bien, aunque entreveo la necesidad de reconocer la biota en su conjunto: ¿Qué hay de los pobres vegetales pisoteados por los feroces bovinos que los mastican y los rumian?, ¿Qué hay de los taladradores pastos que perforan la indefensa tierra para sacarle el agua cual agresivos vampiros? ¿Qué decir de la caliente piedra que frena la velocidad y modifica la frecuencia de la luz que desde el sol viene alegremente en su estado natural y es aquí atrapada y convertida en vulgar onda infrarroja?.

Si alguien quiere llevar estas actitudes al absurdo, sugiero considerar estas cuestiones: ¿No sería justo complementar las tendencias de moda de la sociedad protectora de animales con sociedades protectoras de vegetales, otras de minerales y de energéticos, nada más por ser coherentes?

Volveremos después al asunto para contar el cuento del lobo y el delfín, pero por ahora sólo deseo recalcar que la secuencia: mineral, vegetal, animal, homínido, se entiende con mucha facilidad. Los oficiales del Registro Público no dan certificados de nacimiento a las aves ni las lombrices son invitadas a ocupar puestos en los parlamentos.

La ley divina dice que hizo al hombre para que “labrara y cuidara el jardín” porque sin duda hay que levantar un reclamo airado a la parte que descuida el jardín. Hay que aclarar que “labrar” no es lo mismo que “destruir en una explotación irrestricta, irresponsable e irracional”
“Cuidar el jardín...” tiene un profundo significado. En gran medida los errores contra la ecología y el cristianismo, que son abundantes en este último siglo con respecto a la ciencia del entorno de los seres vivos, proceden de no hacer valer las Escrituras en cuanto al descuido del jardín de la Creación.

La tala inmoderada de los bosques, el convertir en desiertos grandes áreas de cultivo por el descuido y el abuso, la destrucción de especies por acciones distintas que el buscar alimento (como la caza brutal del bisonte americano) y cien otras formas en que especies que pudieron ser dirigidas, que pudieron ser especies de labranza, de cría, de utilidad a los hambrientos y pobres, resultaron acabadas o reducidas por actos vergonzosos de descuido o agresión.

¿Qué porcentaje de la reacción adversa de los ecologistas iracundos que actualmente buscan convertir la buena ecología en una “museoecología de especies” proviene de una reacción exagerada al descuido de los explotadores irracionales de la naturaleza?

Yo opino que en gran medida este extremo se dio en función de repeler el otro. El perfil de los ecologistas actuales es muy dañino, al menos tanto como el que pretendió corregir, pues atacó a los miembros del Reino homínido con tanta saña y poca ciencia como los anteriores descuidaron y atacaron otros reinos de la naturaleza. Para describir este tradicional descuido en contra de vegetales y animales, hay ya literalmente cientos de libros veraces, por lo que pasaremos adelante.
Sugerí que la segunda proposición para lograr entender la ecología con la doctrina cristiana fuera:

“El hombre evoluciona sin importar su cambio físico (morfológico, fisiológico, etc.), sino modificando su herramienta”.

Si consideramos que la adaptación biológica del hombre es estática o que cambia en el mismo número de interminables generaciones en que otras especies cambian ¿cómo explicar el avance meteórico de la población humana, rasgando las limitaciones impuestas por mil causas a su progreso, sin cambiar su físico en absoluto? Los errores de este reduccionismo producido por las actuales ideas difundidas profusamente en la última mitad de este siglo son:

Algunas de las consecuencias de considerar al hombre nada más que otro animal:

- Se entiende entonces que algunos ecólogos propongan frenar el crecimiento de la “especie” H. sapiens para proteger a otras especies.

- Se entiende que favorezcan el aborto. ¿Por qué no matar a una cría de animal en bien del animal mismo o de otros animales?

- Se entiende que ignoren la diversidad humana comparada con la diversidad animal o vegetal, defendiendo la diversidad morfológica más no la del conocimiento. Las aberraciones más importantes que conozco son la educación estatal en los países comunistas y la educación laica en países en donde la laicidad se entiende como dogmatismo antagónico al cristianismo, como en México. Caben muchas más.

Hay algunas de mayor sutileza: Mientras que el sentir cristiano del entorno aun influenciaba la actuación de gobiernos, fundaciones, institutos de investigación y hasta a las Naciones Unidas (esto hasta mediados del siglo XX), este sentido de las cosas operaba sutilmente haciendo que estas organizaciones buscaran soluciones compatibles con la naturaleza del hombre y el cristianismo, logrando éxitos enormes, como la revolución verde. Esta secuencia de aciertos en cuanto a la adaptación genética de numerosas especies a servir cada vez más y mejor a la forma de vida rectora, aumentó la capacidad de producir alimentos para una población humana por un factor de aproximadamente dos (de la cota 3,000 millones a la de 6,000 millones de humanos alimentados casi cotidianamente) y sigue aportando incrementos. La búsqueda de la vida humana era un claro y llano objetivo. Sin duda buena ecología, sin duda buen cristianismo.

Comparando las enormes inversiones que se han hecho en las últimas décadas del siglo XX para tecnología de guerra, con lo que se ha invertido para tecnología de producción de alimentos, resulta una comparación dramática. Pues aunque la mitad de la población sufra por necesidades básicas, la otra mitad reconoce que en su habitat hay sobreabundancia de alimentos. Se subsidia al no productor en la agricultura, se consumen cantidades estratosféricas de tiempo en actividades no productivas, como el mirar la televisión sin que de esto derive otro “beneficio” que el confort, el “dolce far niente”.

De estos cientos de millones de horas hombres que pudiesen derivarse en acumular conocimientos y evolucionar según el modelo que hemos visto, ausente está el “labrar el jardín”, no aparece el “cuidar la creación” por lado alguno. ¿Será que, como el animal comido descansa, el león satisfecho dormita, luego el Homo sapiens animalado, ve la televisión, sirve al espectáculo? Pues parece que en esto la “ecología” no medita demasiado, aunque por ellos se pierda más diversidad que en todas las otras agresiones a la biodiversidad juntas.
Claman a grandes voces los ecólogos de moda: “acabar con la diversidad vegetal, ¡crimen definitivo!, acabar con la diversidad animal ¡Oh crimen de crímenes!...” Pero afectar la diversidad humana restando millones de horas de estudio a nadie parece importarle.
Claro, si persiste el error de que la diversidad humana no tiene que ver en la sana ecología, de que el hombre no es más que otra especie de los animales, que la evolución del género humano debe de ser hacia el espectador confortable, inútil digestor de espectáculo, a modo de vegetal receptor de fotones pero sin la bondad de la fotosíntesis, entonces los promotores del modelo de ecología inmutable semejan al entorno polar, frío en extremo. Ni siquiera podemos llamar a este vicio del entendimiento ecología antropocéntrica -como en el hombre antiguo, que cuidaba que el entorno le sirviera- sino más bien excéntrica, sin eje, sin quicio, de postura desorientada con respecto al entorno, no direccionada para el hombre, sino estático. Busca que no se cambie, que no se mueva, ecomuseografía, en busca de la ecofosilización, o en el mejor de los casos reducir la acción del hombre sobre su medio a una ecología-espectáculo, útil solamente para ser televisada.

El cristiano debe de seguir su labor llevando a la creación a nuevos horizontes y la buena ecología debe de seguir sirviendo al crecimiento y a la expansión de la especie-Reino. El buen cristiano debe de aplicar los principios elementales que ha dado a la civilización más dinámica, su capacidad de ascenso, de vuelo. Uno de ellos, el tercero en aparecer y que sólo se aplica al Reino homínido y que es bien importante, si no el que más, es:


Enseñar al que no sabe.

Enseñar el uso de herramientas para comer y vestir, para ser buen hijo, buen padre, buen ciudadano y digno hijo de Dios. Enseñar desde tomar un vaso hasta hacer entender y aplicar una doctrina, enseñar a amar, a ser generoso, a trabajar arduamente, como célula sana de organismo sano, etc. Pues con este principio se logra el acercamiento a todos los demás principios que tanto el cristianismo como la buena ecología mandan. Por ejemplo, siguiendo con algunas obras de misericordia que ordena la doctrina cristiana, podemos decir:

-¿Cómo voy a dar de comer al hambriento sin conocimiento propio o asociado de producción de alimentos, sin conocimiento de donde hay comida, de donde hay hambre, de cómo llevar el alimento o la tecnología al hambriento, etc? Sin estos conocimientos podré regalar algunos panecillos, y hay que hacerlo, pero jamás podré influenciar seriamente la capacidad de alimentar a muchos necesitados.

-¿Cómo voy a dar de beber a muchos hombres sin conocimientos de hidráulica, sin saber perforar un pozo, canalizar un manantial, dar tratamiento de agua a los residuos que fluyen por doquier, como mejorar el consumo en las ciudades? Para un evolucionado y conocedor miembro del Reino de los que evolucionan con ciencia, el dar un vaso de agua y quedar con ello satisfecho insulta su nivel de evolución. Es como una vaca que en vez de dar leche da saliva; como para llevarla al rastro.

-¿Vestir al desnudo? Sin ciencia, tal vez regalar algún traje viejo, algunos calcetines transparentes ya por el uso. Con ciencia, se puede investigar en elaborar nuevas fibras, mejores semillas de algodón o lino, hacer tela de reciclados, desarrollar plantas y animales que den más y mejor fibra. etc. Todo ello labrando el jardín, cuidándolo con esmero, como precioso regalo del Creador. Todo ello con esfuerzo, dando más de nosotros, porque...

“El sostenimiento de la vida exige sacrificio. Sin sacrificio no se propaga la vida ni en el espacio ni en el tiempo. Muere la huella genética, se pierde en la nada el orden pervertido que no desea sacrificarse por su entorno vital.”

¿Quién acabará con los comodones que usaron del enorme avance de herramientas para la autocomplacencia? No se necesitará mucha ayuda. El apetito desbocado y el ocio palpable son más destructivos para el hombre que el peor tala-bosques para el árbol, pues ya que sostengo que existe, en el Reino de los homínidos, velocísima selección natural, es lógico afirme que muchos perecerán en esta competencia por la supervivencia del más apto. Negarse a la procreación parece ser en estos días el derrotero común por el que se produce esta muerte del linaje no apto, determinada por la selección natural.

Alguien me puede preguntar ¿Y qué ha hecho el autor de estas líneas para que sus actos sean de buen ecólogo cristiano? Pues fácil:

-Hacer un sacrificio de muchas, muchas horas de estudio e investigación para poder entender lo que sucede y así poder encontrar alguna solución que favorezca a mi huella, y poder colocar esta herramienta de vida en una herramienta de comunicación, como un libro, para así...

-Enseñar al que no sabe. Con esta nueva herramienta de la ecología cristiana podemos informar a otros para...

-Aumentar la diversidad del Reino humano y mejorar con ello, la capacidad de supervivencia de algunos, espero que de muchos.

-En resumen, “labrar y cuidar el jardín”, según mandato divino, para la Gloria del Creador.




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